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LA ASOCIACION URUGUAYA PARA EL PROGRESO DE LA CIENCIAMaría Laura MARTINEZ
Contexto nacional
Luego de la primera Guerra
Mundial nuestro país fue convirtiéndose lentamente en un intermediario
exportador de cuero, carne y lana, abandonando el proyecto de una industria
nacional basada en una ciencia nacional y autónoma, para lo cual habían sido
creados los institutos de Pesca (1911), Geología y Perforaciones (1912), Química
Industrial (1912) y las Estaciones Agronómicas (1911), durante la segunda
presidencia de José Batlle y Ordóñez (1911-1915) y el Ministerio de
industrias del Dr. Eduardo Acevedo. El objetivo de estos institutos era servir
de base a los intereses de la incipiente burguesía industrial que en este período
había alcanzado un nivel de desarrollo importante. La propuesta combinaba la
preparación de la mano de obra para la industrialización y la formación de técnicos
y profesionales para la dirección de la misma. Las Facultades de la Universidad
de la República y los cuatros institutos creados por el Ministerio de
Industrias tenían entre otras funciones la formación de tales directores, así
como el estudio y análisis de los recursos y condiciones materiales
disponibles. Para ello pretendían desarrollar ciencia y tecnología autónomas,
integrando investigación, docencia y producción, al estilo del laboratorio
alemán dominante a fines del siglo XIX. Estaban profundamente arraigados en lo
económico y lo social, dirigidos a satisfacer las necesidades e intereses de
los sectores que los propulsaban. Ese estar atados a una práctica empírica
coyuntural les valió la crítica de aquellos que pretendían una ciencia
“desinteresada”. A mediados de la década de 1910, el auge de los frigoríficos
y el éxito de la exportación de carnes debido al conflicto bélico, hicieron
que la burguesía que había impulsado el proyecto industrial anterior se
volcara hacia el nuevo rubro, apostando ahora no ya al mercado interno sino
externo. Este grupo social fue perdiendo el control del proceso de
industrialización y convirtiéndose en intermediario, obteniendo sus beneficios
de la exportación de carne. A esto se sumó el problema no resuelto del combustible.
Fundamentalmente los institutos de Química Industrial y de Geología y
Perforaciones, habían sido creados con el objetivo de atenuar o eliminar la
dependencia del exterior en materia energética. El primero de ellos llegó a
hacer ensayos de fabricación industrial de alcohol para utilizarlo como
carburante; pero no fueron continuados. Así, la solución de este problema, que
era uno de los puntos esenciales del que dependía la autonomía de la
industria, y en este sentido, también del país, permaneció sin resolver. Como el modelo de país exportador de materia prima
no era compatible con la industrialización impulsada en 1910, todas las
realizaciones que se habían erigido para apoyarla, se fueron desintegrando
lentamente. Fracasó el proyecto, y con él lo que se había creado para acompañarlo.
Comenzó a procesarse otra política científico-tecnológica, y la primera
medida que se tomó fue quitarle recursos a los institutos anteriormente
mencionados, porque se los acusó de no haber priorizado la investigación y
producción agrícola y ganadera. A partir de la década de 1930 el modelo de país
exportador, será definido claramente, ayudado por acontecimientos
internacionales favorables como la segunda Guerra Mundial y la guerra de Corea,
en que la economía exportadora fue exitosa. Nuestro país exportaba
fundamentalmente dos productos básicos desde el punto de vista bélico, carne y
lana. La economía condicionó el resto de los ámbitos del país. El sistema
científico-tecnológico y educativo, reflejó esa base material. La Universidad de la República,
que a partir de 1915 aproximadamente se había convertido en una
universidad profesionalizada construyó en la década de 1930 los grandes
edificios de las Facultades de Arquitectura, Ingeniería y el Hospital de Clínicas
(hospital universitario). El interés nacional que había impulsado la creación
de las facultades técnicas con el objetivo de proveer al país del personal idóneo
que necesitaba para su proyecto industrialista, comenzó a desaparecer. A partir
de la primera Guerra Mundial, al cambiar las necesidades, el sistema educativo
también tuvo que hacerlo y reestructurarse para preparar los profesionales, que
en ese momento político, económico y social, el país exigía. Dentro de estas
Facultades aparecieron los institutos, con objetivos bastante diferentes a
aquellos que habían sido creados durante el proyecto anterior. Los que se
crearon en la facultad de Ingeniería pueden ser un ejemplo ilustrativo. En 1942
se creó en esta Facultad el instituto de Matemáticas y Estadística, dedicado
a la ciencia básica y con los objetivos de organizar cursos especiales que no
tendrían como objetivo brindar diploma alguno, sino el estudio amplio y
profundo de un tema determinado. Además, debía formar futuros investigadores,
realizar estudios e investigaciones en el campo de las matemáticas puras y
aplicadas y asesorar cuando y a quien lo necesitara. Las Facultades en general,
comenzaron a verse no solamente como formadoras de profesionales, sino como
realizadoras de investigación científica. La misma ya no debía estar atada a
la práctica empírica coyuntural que servía a las demandas técnicas
obstaculizando el desarrollo de la investigación pura. Cambió en esta época
la manera de concebir la actividad científica en el país; ya no se veía en la
misma una apoyatura para la industria, sino una actividad vocacional y
desinteresada. Se la trasladó a la Universidad, y se propuso la investigación
básica para ese centro educativo, además de la formación de profesionales
liberales. En la constitución de estos nuevos institutos universitarios no había
un plan orgánico de desarrollo pero si había un motivo ideológico: imitar el
modelo internacional de tendencia norteamericana. Estos institutos estaban
dirigidos por los pioneros en investigación a nivel universitario, aquellos que
ya en 1930 hablaban de ciencias básicas y de la necesidad de investigación en
este ámbito educativo. También contaban entre su personal con quienes habían
salido a estudiar al extranjero una vez terminada la guerra. A partir de la
mitad de la década de 1940, hubo un número importante de estudiantes y
graduados que fueron a seguir formándose fundamentalmente a Estados Unidos. En
esta época aparecieron también las publicaciones científicas en la
Universidad. A fines del siglo anterior los trabajos científicos nacionales los
encontrábamos en las publicaciones de las distintas sociedades como el Ateneo;
a principios del siglo XX, la mayor parte estaba en los Anales de la
Universidad; cuando ocurrió la atomización de las Facultades en 1915,
surgieron las revistas técnicas de las asociaciones profesionales, y alrededor
de 1935 aparecieron las revistas de las Facultades, que hacia 1950 ya estaban
publicando artículos de nivel internacional.
En resumen, en este período, el Uruguay era un país que se había
convertido en un exportador con grandes beneficios, favorecido momentáneamente
por el mercado exterior. La enseñanza reproducía y sustentaba ese modelo. Y el
sistema científico y tecnológico, partía del supuesto de que el desarrollo
del país podía tomar un alto vuelo solamente con imitar a los países
industrializados. La “profesión científica” implicaba requisitos
rigurosos, y mientras los científicos fueron profesionales originalmente
liberales que dedicaban su ocio a las ciencias básicas, y que no eran
retribuidos por ello, la profesionalización no llegaría. Ahora bien, al
comenzar a imponerse ideológicamente el “ethos científico de la
modernidad”, fue entrando en la conciencia de los científicos la necesidad de
recorrer un proceso curricular que estaba planificado bajo patrones normalizados
externos al país, dándose paulatinamente la profesionalización dentro de
instituciones transformadas a semejanza del modelo copiado. Y como todo país
avanzado tenía un Consejo Nacional de Investigación que regulara o coordinara
la investigación en ciencia y tecnología, Uruguay también debía
tenerlo. Esta es una de las razones por la que la Asociación Uruguaya
para el Progreso de la Ciencia lanzó hacia 1956 el proyecto de creación de tal
Consejo; pero hablar de ello ahora, supondría adelantar el final de este
trabajo. Ciencia y
Tecnología en el Uruguay
Este período se caracterizó en ciencia y tecnología por imitar las
estructuras y orientaciones científicas y tecnológicas de los países
desarrollados. La doctrina que afirma que esa es la solución de los problemas
de los países subdesarrollados puede ser denominada como “desarrollismo”.
En nuestro país, fue fijada en 1948 por la Conferencia de Expertos Científicos
de América Latina, organizada por la UNESCO en Montevideo. Es en esa época que
se acentúa la influencia norteamericana en Uruguay a través de diversos
canales; la continuación de las obras de la represa hidroeléctrica de Rincón
del Bonete que un consorcio alemán había dejado sin finalizar, convenios
universitarios, becas de estudio, convenios de investigación con la fundación
Rockefeller, la U.S. Army Research Office, la OEA, etc. La labor de estas
agencias internacionales es netamente desarrollista, para eso basta el ejemplo
de los informes de CEPAL o UNESCO.
Como doctrina oficial del gobierno quedó establecida a través de la CIDE
(Comisión de Integración y Desarrollo) y de la creación de las comisiones
relacionadas a la investigación científica: CNEA (Comisión Nacional de Energía
Atómica), y CONICYT (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas). Desde todos los sectores se planteaba en ese momento la necesidad de la
ciencia por su utilidad a largo
plazo. El Ing. Vicente I. García, decano de la Facultad de Ingeniería afirmaba
que las circunstancias de que una gran parte de las investigaciones realizadas
en los laboratorios, aunque ofrecieran un extraordinario interés desde el punto
de vista puramente científico, se presentaran en cambio, como desprovistas de
toda probabilidad de aplicación práctica inmediata, hacía que muchas personas
contemplaran con indiferencia la realización de tales tareas, que demandaban no
obstante, una gran dedicación, un ingente esfuerzo y muchos gastos, pero que
aparecían ante sus ojos sin una justa compensación. La fundamentación de
dicha investigación era que un país no puede desarrollarse sin investigación
científica y que nunca se sabe cuando de tal ciencia pueda salir algo
revolucionario. Pero existía un gran problema, y era quién debía pagar esa
ciencia. En nuestro país, no había quien lo hiciera, por tanto los
laboratorios necesarios no habían sido creados y los que existían vivían una
vida anémica de recursos presupuestales y humanos; y quienes iban a
perfeccionarse al extranjero cuando regresaban al país a investigar no tenían
recursos con qué hacerlo. Por tanto, se reclamaba que el gobierno se hiciera
cargo, porque no era posible desarrollar el país sin investigación científica.
En este aspecto hay que tener en cuenta que, por un lado en ese momento había
disponibilidad de dinero que se estaba invirtiendo en otras cosas, no en
investigación. Por otro lado, que los que reclamaban esta necesidad de ciencia
no eran los industriales, porque la industria nacional no invertía dinero en
investigación. Si necesitaba su concurso la compraba ya
hecha en el exterior. Por tanto, de que nuestros industriales, estancieros y
comerciantes no reconocieran la importancia de la ciencia, se concluyó que
quien debía costearla era el Estado. En esta década de 1950 los graduados que
habían ido a perfeccionarse al extranjero estaban produciendo trabajos de nivel
internacional, con prestigio reconocido, y en ese sentido el modelo
internacional se estaba cumpliendo.
Pero el sueño acariciado de convertirse mágicamente en un país
desarrollado por crear institutos y laboratorios semejantes a los de aquellos países,
y de producir graduados según los
parámetros internacionales, fracasó por falta de recursos. Por su lado, la
burguesía comprendió perfectamente que su fuente de ingresos no estaba en el
mercado interno, sino en la intermediación de los productos agropecuarios o en
la participación de beneficios a través de tarifas proteccionistas de aduana;
en una palabra, en el mercado exterior. Por eso, ya no le interesó más
invertir en la creación de conocimiento científico y tecnológico para la
industria. Por eso, ni el Estado ni la industria dieron recursos para construir
un sistema científico en serio. La Asociación Uruguaya en el marco Internacional
La Asociación Uruguaya para el Progreso de la Ciencia fue creada en
Montevideo en diciembre de 1948, y su creación constituía una aspiración
sentida, desde tiempo atrás por los científicos nacionales. Las asociaciones para el avance de la ciencia aparecieron en países en
desarrollo, con el objetivo de canalizar y centralizar los contactos científicos
a nivel nacional, y aumentar el status de la ciencia en los respectivos países
por medio de una doble acción: a nivel social, publicitando y popularizando el
trabajo de los científicos, y a nivel de estado, para que la fuerza social
presionara sobre los centros de decisión a favor del fomento de la actividad
científica. En aquellos países que había una comunidad científica populosa,
internamente situada en el umbral de la zona de modernidad, las asociaciones
eran útiles o necesarias. En tales condiciones las comunidades científicas podían
beneficiarse abriéndose al exterior y buscando el soporte social y el
reconocimiento de sus trabajos, materializado en políticas de estado,
teniendo su lugar en el presupuesto de gastos del Estado y siendo consideradas
como productivas. Según Ausejo[1]
su gran novedad histórica fue el proveer el verdadero concepto de asociación
científica tal como se entiende en la actualidad, relacionado a la actividad
científica intrínseca y a los aspectos profesionales de la misma. La
consolidación de la ciencia como un medio de producción dio lugar a la aparición
de científicos como trabajadores
especializados asociados en el ejercicio de su profesión. Estas asociaciones
nacieron de la tendencia a suscitar y extender en todo el cuerpo social la
voluntad reflexiva de colaborar con empeño en la cultura nacional, y de la
necesidad imperiosa de difundir y encarnar en la comunidad los resultados de la
investigación científica, que es la base de nuevos avances y el instrumento
para la producción de la riqueza y el progreso de las naciones. Asociaciones similares a la que acababa de crearse en
Montevideo, funcionaban desde el siglo XIX en muchos países del mundo. La
primera de ellas (1815) fue la Helvetische Gesellschaft der Naturwissenschaften
(HGN), establecida en Suiza. A partir de ese momento siguieron creándose en
otros países europeos[2], en América del norte[3],
en Australia, India y Sudáfrica[4].
Durante el siglo XX continúan formándose, en 1907 en Italia (SIPS), en 1908 en
España (AEPPC), en 1925 Japón, en 1944 Ceilán, en 1947 China, en 1948
Birmania, en 1949 Pakistán, en 1951 Tailandia y Filipinas, Portugal y Suiza[5].
Las de América Latina fueron parte de las últimas en aparecer, en 1933 la
argentina, en 1948 la brasileña y la uruguaya, luego la venezolana, la
ecuatoriana, la salvadoreña y la hondureña. Conferencia de expertos científicos de América Latina La UNESCO organizó en Montevideo la “Conferencia de expertos científicos de América Latina para el desarrollo de la Ciencia”, del 6 al 10 de setiembre de 1948, convocando a representantes de las naciones de todo el continente, para solicitarles su asesoramiento en la delicada y trascendente tarea de establecer las bases fundamentales que deberían orientar el futuro desarrollo científico de Latinoamérica. Concurrieron delegados de Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Cuba, Chile, Ecuador, El Salvador, República Dominicana, Uruguay y Venezuela. Además de observadores delegados de las siguientes instituciones: Organización de los Estados Americanos, The Rockefeller Foundation, Smithsonian Institution, Oficina Internacional del Trabajo y Unesco. Los delegados uruguayos Prof. Clemente Estable, Prof. Ing. Walther Hill, Prof. Dr. Rodolfo Tálice, Prof. Ing. Germán Villar, serían luego miembros importantes de la Asociación Uruguaya para el Progreso de la Ciencia. Además de esta delegación estuvieron presentes en la Conferencia otros profesionales que luego integrarían la Asociación[6]. Por otra parte, a excepción de Argentina que ya contaba con su asociación para el avance de la ciencia, cinco de las otras naciones (Uruguay, Brasil, Venezuela, Ecuador y El Salvador) las formaron posteriormente. En la sesión inaugural el ministro de Instrucción Pública y Previsión Social, Prof. Oscar Secco Ellauri, en su discurso expresaba que dicha reunión se “hace en pro de la humanidad y de los hombres de Ciencia de América Latina”; para “traer el progreso de la Ciencia y la cultura y por su intermedio la propia distribución de la obra, que podría ser, en primer término, organización del trabajo científico; en segundo término, la cooperación; y en tercer término, la coordinación”[7]. A continuación el vicepresidente de la Conferencia, el Prof. Dr. Miguel Ozorio de Almeida (delegado de Brasil), recordó que inicialmente la UNESCO había establecido una división del mundo científico en dos zonas, una clara, luminosa y otra oscura. En estas zonas oscuras, en las cuales surgían algunos focos aislados de luz estaba América Latina. No discutía los fundamentos de tal división, pero se preguntaba qué condiciones del medio, económicas, sociales y otras, hicieron que países colonizados por europeos pertenecientes a zonas incluidas entre las luminosas, permanecieran en la oscuridad o en la semioscuridad. “El problema actual a ser enfrentado por la conferencia consiste en saber cómo podrá América Latina pasar de la categoría de zona oscura a la categoría de zona clara, ...una idea ya parece firme y clara en el espíritu de todos los que en ella toman parte: es urgente y necesario que todo se haga para dar a la investigación científica el papel primordial que le corresponde en la vida de las naciones modernas”[8]. En dicha Conferencia se estudiaron los principios y métodos necesarios
para impulsar el desarrollo de la ciencia en América Latina y se dieron “normas
para la organización bibliográfica, el establecimiento de becas, el
intercambio de investigadores y hombres de ciencia, la creación de fondos para
la investigación. Se ha destacado la ineludible e impostergable necesidad de
organizar la dedicación total y el interés preferente que debe darse a las
materias fundamentales, manantiales que nutren todas las ciencias
aplicadas...”[9].
La delegación uruguaya sugirió en esta reunión, que para promover un
florecimiento de la ciencia pura y aplicada en nuestro continente habría que
ejercer una acción continuada y persistente que sólo podía lograrse creando
órganos específicos de carácter permanente. Por ello, propuso la creación de
una asociación latinoamericana de científicos con el apoyo económico de la
UNESCO. Dicha delegación también planteó algunos de los problemas más
importantes acerca de la educación científica, respecto a una organización y
financiación conveniente por parte del gobierno, universidades con bibliotecas
y laboratorios bien montados, y personal científico capaz con dedicación
exclusiva en número suficiente. Sostuvo además que la ciencia requería para
su completo desarrollo, que los pueblos comprendieran cuán extraordinaria es su
fuerza de transformación y mejoramiento social, y que requería de
organizaciones convenientes de las universidades y apoyo generoso de parte de
los gobiernos. Algunos de estos problemas serían planteados luego, por la
Asociación Uruguaya para el Progreso de la Ciencia.
La delegación uruguaya también impulsó y estimuló la constitución de
sociedades para el progreso de la ciencia en los países latinoamericanos,
impulso bajo el cual se creó tres meses después la Asociación uruguaya.
Objetivos de la Asociación Uruguaya para el Progreso de la Ciencia La Asociación uruguaya de acuerdo a sus estatutos tendía fundamentalmente a “favorecer
el progreso de la ciencia” estimulando la investigación científica,
facilitando el desarrollo de todas sus ramas. Buscaba asegurar a los hombres de
ciencia condiciones materiales y morales indispensables para llevar a cabo sus
trabajos. Coordinar e incrementar la colaboración entre los investigadores que
se consagraran a iguales o distintas disciplinas así como intensificar el
intercambio de informaciones con las instituciones y los científicos
extranjeros. Además incluía entre sus objetivos principales el de informar al
público en forma adecuada, sobre los métodos y el valor de la ciencia. En la expresión de estos objetivos puede verse reflejado un aire
familiar con los fines de otras asociaciones para el avance de la ciencia, en
el sentido de concertar los esfuerzos de todos aquellos que estaban interesados
en el adelanto y difusión de los conocimientos para crear un ambiente
espiritual favorable a la obra científica colectiva. De estimular las
vocaciones y la investigación en todas las ramas, y brindarle al científico
las condiciones materiales y espirituales en que llevar a cabo su trabajo. Hacer
conocer los resultados del trabajo científico al público en general y lograr
que la importancia del mismo se apreciara en su justo valor respecto a lo que
podía aportar a la prosperidad cultural y económica de las naciones. No
olvidando el siguiente precepto: saber es poder. Otros objetivos hubo que adaptarlos a las
condiciones de nuestro país. Así por ejemplo, mientras uno de las metas de la
asociación italiana es “...la necessità
di temperare fra i cultori della scienza la tendenza alla eccesiva
specializzazione...[10]”,
en nuestro país esa excesiva especialización no existía
y justamente por ello, no era posible que se formaran asociaciones científicas
particulares, entonces, lo conveniente era formar una asociación de carácter
general y luego la formación de subgrupos dentro de ella. Durante sus tres primeros
años de vida a pesar del esfuerzo desplegado, la Asociación, sólo pudo lograr
parcialmente sus propósitos, debido en gran parte a la insuficiencia
de los recursos puestos a su disposición. Comenzó a publicar un modesto
boletín en 1952, tendiendo a llenar una necesidad pero también a conquistar un
mayor apoyo oficial y privado a su obra. Con él se pretendía obtener una
difusión más amplia de sus trabajos entre los afiliados y la sociedad en
general, así como intensificar los vínculos internacionales con otras
asociaciones del mundo.
A semejanza de todas las asociaciones, la uruguaya también recurrió al
apoyo del Estado, a quien correspondía velar por los intereses primordiales de
la nación, desarrollando la cultura a través de la promoción de la educación
y del amparo a las instituciones sociales que eran su complemento. En nuestro país
se hicieron gestiones a través del
ministro de Instrucción Pública y P. Social, pidiendo que el Estado
subvencionara la actividad de la Asociación, como uno de los medios para
propender al mejoramiento de las disciplinas científicas en el país[11].
Lamentablemente no tenemos información de que tal demanda haya sido satisfecha. Paralelamente a ello, se solicitó a un grupo de organizaciones
comerciales e industriales directamente vinculadas con la actividad científica
en el país, su colaboración con la obra de la Asociación, mediante una
contribución mensual, o donaciones periódicas destinadas a la creación de
premios, becas, concursos, etc. Por este camino se obtuvo mejor respuesta, y
entre quienes contribuyeron se encontraban laboratorios médicos, casas de venta
de instrumental científico y técnico, laboratorios químicos e industrias. Actividades de la Asociación Ensayos de divulgación científicaLa Asociación brindaba conferencias de diversos
temas a cargo de miembros de la misma, o de
invitados uruguayos o extranjeros. Asimismo, en su tarea de divulgación científica, mantuvo desde 1949,
una audición semanal en la radio estatal S.O.D.R.E. Trasmitía por ese espacio
radial breves conferencias de investigadores científicos, dirigidas a un público
general. A partir de diciembre de 1951, se agregó una segunda audición creada
anteriormente por el S.O.D.R.E., denominada “Tópicos de ciencia y arte”, en
la cual tres actores conversaban acerca de temas científicos, sobre libretos
preparados por la Asociación Uruguaya para el Progreso de la Ciencia. Un tercer ensayo de divulgación científica fue la publicación en la
revista “Mundo Uruguayo” de breves notas sobre un tema científico de interés
general. Encuesta sobre investigaciones recientes
Uno de los puntos más
interesantes del programa de actividades de la Asociación era la realización
de una encuesta informativa, acerca de todas las investigaciones originales que
se estuvieran realizando y se hubieran realizado en los últimos años en la
Universidad de la República. Dicha encuesta podría, una vez terminada y
analizada, prestar reales servicios a las autoridades encargadas de coordinar e
impulsar estas actividades y a los propios científicos, entre otros. Permitiría
apreciar el volumen y la intensidad de los trabajos, los temas investigados, el
personal dedicado a estas tareas, el grado en que las diversas especialidades
eran objeto de atención, los resultados obtenidos y las principales
dificultades para llevarlas a cabo. Defensa del full time
En esta década, tanto a nivel de la Asociación como de la Universidad
de la República, se hizo un fuerte énfasis en la necesidad del régimen full
time para los investigadores. La investigación debía ser una profesión, el
investigador debía estar dedicado a ello, no ser un aficionado. La aplicación de tal régimen fue propuesta por la delegación
uruguaya en la Conferencia de expertos científicos de 1948, dado que podría
asegurar sin tardanza un resultado satisfactorio, corrigiendo las notorias
deficiencias del estado de la investigación científica en el país. En ese momento, se contaba solamente con seis investigadores full time,
todos en ramas biológicas o biólogo-médicas, con una asignación reducida y
trabajando con poco personal y mal remunerado. A pesar de este escaso número y
de las dificultades, otros que no poseían dedicación total, habían acumulado
una masa de trabajos evidenciando la existencia de una capacidad firme
para la investigación original y la creación de conocimientos. Por tanto, era
preciso promover cuanto antes no solamente la implantación del régimen de
dedicación total para los investigadores científicos, en todas las ramas, sino
también que pudiera ser extensivo al personal asociado a dichos trabajos, y que
la remuneración les permitiera consagrarse por completo al trabajo de
investigación sin desviar sus actividades y sus preocupaciones hacia otras
tareas. La dedicación total era un requisito si queríamos imitar a los países
desarrollados. Las primeras Facultades de nuestro país que tuvieron profesores
con régimen de dedicación total fueron Medicina e Ingeniería, pero igualmente
en pequeño número.
En un artículo de la
revista de la Asociación se realiza un análisis del problema de la dedicación
total y la conclusión a que se llega es que los sueldos eran muy bajos y no
alcanzaban para la manutención del investigador y su familia. Pero no era
solamente esto, no sólo que los sueldos eran bajos, sino que los cargos de
dedicación total no se lograban cubrir porque había pocos aspirantes, lo que
evidencia que había otras formas de ganarse la vida más atrayentes que en los
laboratorios de la Universidad. Intervención en reuniones internacionales, comisiones nacionales y publicaciones recibidas La Asociación intervenía en reuniones
internacionales a través de delegados. A nivel nacional, intervenía
activamente en otras comisiones científicas uruguayas como la Comisión de
Energía Atómica. Recibía con regularidad publicaciones científicas
editadas por las Asociaciones para el progreso de la ciencia extranjeras, así
como de otras instituciones; por ejemplo: Ciencia e Investigación (Asoc.
Argentina), Science y Scientific Monthly (American Assoc.), South African
Journal of Science (South African Assoc.), Sciences (Assoc. Française), Ciencia
e Cultura (Soc. Brasileña), Proceedings of the Pakistan Science Conference
(Pakistán Assoc.), Impact (UNESCO), Proceedings de la American Academy of Arts
an Sciences, Science Service publications (Embajada EEUU). Socios
La Asociación contaba aproximadamente con medio
centenar de socios titulares[12],
exigiéndose para serlo la condición de investigador, entendiéndose por tal el
que hubiera realizado trabajos originales de investigación científica, y
demostrado interés por la formación de investigadores. Dentro de la lista de
asociados predominaban dos profesiones, la medicina y la ingeniería, que eran
las comunidades científicas con mayor desarrollo en el país en aquel momento. La Asociación estaba dirigida por una Comisión Directiva compuesta
por 11 miembros. De 1951 a 1955 el presidente de misma fue el Dr. Rodolfo Tálice,
y de 1958 a 1960 el Ing. Rafael Laguardia. Boletín de la
Asociación
El Boletín de la Asociación
Uruguaya para el Progreso de la Ciencia, se publicó desde 1952 a 1960. En
1955, cambió su nombre por el de Revista
de la Asociación Uruguaya para el Progreso de la Ciencia. Tal como se
explica en dicho número, cambiando la denominación de la publicación, sus
autores pretendieron conferirle mayor jerarquía entre sus similares, al
incorporar a su contenido un material de mayor interés general, en el cual
contaba una sección permanente dedicada a Historia
de la Ciencia, iniciándose en ese número, con una biografía de Pierre
Curie, en ocasión del cincuentenario de su muerte. En el número de 1958, en la
misma sección apareció una biografía de Pierre Louis Moreau de Maupertuis. Esta publicación era la vanguardia de la ideología científica en el
país y en la Universidad de ese momento. Su primer número, se inicia con un
artículo del Ing. Oscar J. Maggiolo Campos, acerca de La ciencia, la técnica y la sociedad actual, donde se plantea por
qué un país debe tener un sistema científico. Se debía invertir tanto en
ciencia pura como aplicada, y “es
necesario comprender que la inversión que se realice en este campo es dinero
bien colocado del cual depende nuestro futuro como sociedad libre y culta de ser
respetada en el campo internacional. El pueblo uruguayo y especialmente sus
gobernantes deben poner plena atención a este hecho, pues en nuestro país es
mucho lo que falta hacer en este sentido”[13].
El editorial de 1953 también escrito por Maggiolo, se titula La
enseñanza de la ciencia en el ciclo secundario, aportando fragmentos
interesantes: “los cometidos fundamentales de la enseñanza media en una democracia
deben ser, aparte de la educación moral, el asegurar el desarrollo intelectual
de manera que los estudiantes aprendan a estudiar por sí solos, a observar con
precisión, a razonar de manera coherente y reflexiva, a valorar objetiva y críticamente
las opiniones de los demás y a formarse un juicio propio sobre los problemas
fundamentales de la sociedad y los que le interesen personalmente; y adquirir un
cuadro vivo y coherente del mundo en que tendrán que vivir”[14].
Esa era la finalidad de la enseñanza media, y el artículo señala cuáles
eran los recursos materiales necesarios para llevar a cabo esta tarea,
laboratorios, pequeños talleres y buenas bibliotecas, filmes científicos y
diapositivas para ilustrar y complementar explicaciones, además de fomentar en
los liceos la formación de clubes de ciencia en los que los alumnos pudieran
perfeccionar sus conocimientos y cultivar su curiosidad e imaginación
efectuando observaciones y experiencias planeadas por ellos mismos. Los
laboratorios existían, pero se usaban mal. En el número siguiente, el
editorial El profesor de ciencia en Enseñanza
Secundaria, el Ing. Segismundo Gerszonowicz, se ocupa ya no de los recursos
materiales necesarios para el impulso científico, sino del entorno espiritual,
por decirlo de alguna manera, que debía rodear la ciencia, “Para
que la ciencia pueda desarrollarse en un país y, por consiguiente, para que éste
pueda progresar, es indispensable que los gobernantes y la gente considerada
culta tengan ideas claras con respecto al valor, espíritu y métodos generales
de la ciencia. Por lo tanto todo hombre de ciencia debería preocuparse muy
seriamente por contribuir a mejorar la enseñanza científica que se imparte en
nuestro ciclo medio, debido a que constituye para una alta proporción de la
población instruida la etapa final de su preparación científica[15]”.
Y establece las condiciones ideales con que debían contar los profesores de
ciencias de enseñanza media, “En síntesis,
para que un profesor de ciencia en el ciclo medio, pueda cumplir
satisfactoriamente su misión de acuerdo a los procedimientos modernos de enseñanza
de la ciencia, debe tener necesariamente una sólida preparación científica en
la asignatura o asignaturas que enseña y en las directamente afines a las
mismas; y para llegar a tener esa sólida preparación especializada es
indispensable que sepa como se hace la ciencia[16]”. Aun más interesante es lo que se planteaba en 1954, en el editorial El
fomento oficial de la investigación científica, que comienza diciendo, “es
un hecho que se ha impuesto hoy día en todas las naciones avanzadas, que la
investigación científica es uno de los medios más poderosos por medio del
cual los pueblos pueden alcanzar su bienestar físico y económico”, por
lo tanto era, “el momento para que los
gobiernos y los hombres de ciencia aprovechen para justificar ante este hombre
elector y conciudadano, que es necesario, si se quiere mantener el derecho a la
independencia y el respeto internacional, realizar las inversiones
imprescindibles para crear o incrementar los medios de investigación científica
de que adolece o dispone el país”[17].
Y terminaba manifestando, “el Uruguay
necesita urgentemente su Consejo Nacional de Investigaciones Científicas,
organismo asesor del gobierno, promotor y coordinador de toda la actividad científica
del país”[18].
Y en el número siguiente, Maggiolo expresaba en el editorial Recursos
y hombres para la investigación científica, que, “la
investigación científica, sea pura o aplicada, necesita tres condiciones para
poderse realizar en forma eficiente: primero, personal científico auxiliar en número
necesario, bien preparado y bien seleccionado para la tarea a que se le destine;
segundo, recursos financieros amplios para las adquisiciones del instrumental,
hoy día costoso en general, que demanda la investigación, tercero, locales
apropiados para asiento de la tarea de investigación”[19].
Llegando a la conclusión de que en nuestro país casi todo el dinero destinado
a la investigación se invertía en edificios, “en
nuestro país es más fácil solucionar el tercero”; pero “es imposible equipar esos edificios en instrumental y personal. Hay
poco número de plazas y con pocas horas de dedicación. También es malo el método
con que se selecciona el personal (concurso de oposición) porque un
investigador no se improvisa de la noche a la mañana”[20].
Por tanto, era de dudosa utilidad dedicar sumas cuantiosas para edificios
universitarios y laboratorios, si no se proporcionaban simultáneamente recursos
para hombres y equipos que trabajaran dentro de ellos jornadas completas. Aun así,
no bastaba solucionar esto, sino que había que cambiar el sistema de selección
de investigadores, de modo que los méritos que realmente se tuvieran en cuenta
fueran los trabajos científicos auténticos, originales y la formación. En un artículo de 1958, analizando las posibles fuentes de financiación
de la investigación en la Universidad, se concluye que como en el Uruguay la
enseñanza superior es gratuita desde 1914 y su legislación impositiva no
estipulaba la formación de fundaciones y donaciones privadas con fines
altruistas, y dada la escasa recurrencia de la industria nacional a la ciencia,
entonces era el Estado quien debía financiar la investigación científica. Como se puede apreciar los editoriales de los boletines en su
totalidad, tratan los problemas a los que se enfrentaba la investigación científica
en nuestro país, por la falta de financiación y la escasez de recursos de todo
tipo, no solamente materiales sino también humanos.
Aparte de estos temas, en casi todos ellos se encuentran -además de la
sección destinada a la historia de la ciencia, inaugurada en 1955-, artículos
científicos de diversas áreas. Por ejemplo, en el área médica, “Ojo
subcutáneo experimental y transformación cerebroide de la retina”, por
el Prof. Clemente Estable, “Intervención
de la resonancia electrónica y de fenómenos de superficie en la acción de los
antibióticos”, por el Dr. Eugenio Riesz y “El medio interno”, por el Dr. José L. Duomarco, que
aparecieron en 1953. O en el área de la ingeniería, “Importancia
de las investigaciones sobre la energía del viento en el Uruguay”, por el
Prof. Ing. Emanuele Cambilargiu, en 1954. O en el área de las ciencias básicas
“Lógica e intuición en las matemáticas”,
por el Ing. José L. Massera. Además, en todos los boletines aparece la sección Nuestros
laboratorios, donde se describen distintos laboratorios e institutos
pertenecientes a diferentes campos disciplinarios, universitarios o no. Entre
otros se presentaron, el “Instituto
Fitotécnico y Semillero Nacional “La Estanzuela”, el “Instituto
de Electrotécnica de la Facultad de Ingeniería y Ramas Anexas”, el “Instituto
de Estática” de la misma Facultad, el “Laboratorio
de Neurofisiología de la Facultad de Medicina”, el “Laboratorio de Radioisótopos del Instituto de Radiología y Centro
de Lucha contra el Cáncer del Hospital Pereira Rossell”, los “Laboratorios
del Instituto de Ensayo de Materiales de la Facultad de Ingeniería y
Agrimensura”, y el “Instituto de
matemáticas y estadística de la Facultad de Ingeniería y Agrimensura”. También hay una sección dedicada a noticias, ya fueran de las actividades de la Asociación Uruguaya, o de asociaciones extranjeras, congresos y reuniones, visitas de eminencias extranjeras, proyectos científicos, premios y becas ofrecidos, homenajes, noticias bibliográficas o acerca de temas científicos recientes, comentarios de libros o filmes científicos, necrológicas, entre otros temas similares. El costo del boletín se cubría fundamentalmente con el aporte de los anunciantes que promocionaban productos en sus páginas, productos que como ya mencionáramos estaban relacionados en algún sentido con la investigación científica. El fin de la Asociación Uruguaya para el Progreso de la Ciencia
Hacia 1950 nadie dudaba de la necesidad de una ciencia profesionalizada
para el desarrollo del país, pero paradojalmente nadie estaba dispuesto a pagar
por ella, por tanto, la única solución posible era el apoyo estatal o
internacional. La Asociación Uruguaya para el Progreso de la Ciencia en un último
impulso antes de disolverse –en 1960-, propuso la creación de un Consejo
Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas a mediados de aquella década.
Las razones de tal propuesta estaban –como ya dijimos- en que todo país
avanzado debía tener un Consejo que regulara o coordinara la investigación en
ciencia y tecnología, y el Uruguay al seguir tal modelo, también debía
tenerlo. En segundo lugar, había que encontrar financiación para dicha
investigación. Esta idea no fue propuesta solamente por la Asociación. En la
Universidad, más concretamente en la Facultad de Ingeniería, a principios de
la misma década, se solicitó a la Fundación ARMOUR, del Instituto de Tecnología
de Illinois (EEUU), que informara sobre un futuro centro de investigaciones
tecnológicas para apoyar a la industria (CATI, Centro de Asistencia Tecnológica
para la Industria). La idea de la Facultad era la de desarrollarlo dentro de su
propio ámbito, a partir de los laboratorios ya existentes. La ARMOUR llegó a
la conclusión de que tal centro debía ser independiente de la Universidad,
aunque desde el punto de vista de su localización podría hacerse en la
Facultad de Ingeniería. Esto llevó a una larga polémica de aproximadamente
seis años (1951-1957). Y aquellos que habían impulsado la idea original,
debido a los cambios que la misma fue sufriendo, debieron comenzar a frenarla,
porque terminó convertida en su contraria. Lo que había sido concebido como un
mecanismo para tratar de darle más recursos a la Facultad a través del
asesoramiento a la industria, se volvió una forma de quitarle fondos, al
proponer la ARMOUR, la creación de un nuevo centro separado, duplicando los
gastos y matando a los institutos universitarios, que no podían tener como única
meta de sus actividades el realizar solamente tareas rutinarias. Finalmente, el
proyecto fue archivado, pero la idea persistió. La Asociación Uruguaya para el Progreso de la
Ciencia, y el profesionalismo científico que estaba en su apogeo, serán
entonces, los principales motores de la creación de un Consejo Nacional de
Investigación en el país. “Existe
pues, un gran interés nacional en desarrollar la investigación científica y técnica
aplicada a los problemas suscitados por las actividades económicas, la defensa
de la salud pública, etc. Esta investigación científica, aplicada a los
problemas, presume a su vez el desarrollo de la investigación pura o, mejor
dicho, de la investigación en las ramas científicas básicas...La experiencia
de un gran número de países, más de veinte en la actualidad, demuestra que el
aumento de la investigación científica puede lograrse de una manera eficaz con
un mínimo de inversión financiera a través de los llamados Consejos
Nacionales de Investigación Científica”[21].
En este párrafo aparece más de una idea. En primer lugar se expresa la
utilidad de la ciencia para la economía y de las ciencias básicas para las
aplicadas. En segundo lugar, la Asociación proponía, en 1956, la creación de
un Consejo integrado por tres delegados de la Universidad, dos del gobierno, uno
de la Asociación y uno de la Cámara de Industrias. A este consejo ejecutivo se
le agregaba una Comisión Nacional Consultiva con delegados de los poderes
ejecutivo y legislativo, la Universidad, los consejos de enseñanza, los entes
industriales y los organismos científicos del Estado, y algunas instituciones
privadas. Tal proyecto era apoyado por la Universidad de la República. Pero en
noviembre de 1959 apareció una contrapropuesta gubernamental, un anteproyecto
de Centro Nacional de Investigaciones Científicas, sobre la base del Instituto
Nacional de Investigaciones en Ciencias Biológicas e integrado, por las
instituciones científicas que oportunamente se crearan. Sus cuatro funciones
principales eran: “1º)la investigación
científica original; 2º)la enseñanza para la investigación; 3º) estimular
la producción científica, coordinarla y suministrar medios para su realización;
y 4º) asesorar al Estado y a quienes requieran seriamente el asesoramiento en
vista de un bien que trascienda todo egoísmo o lucro personal”[22].
En esta propuesta se defendía la idea de que el Consejo iba a estar compuesto
por laboratorios separados de la Universidad, dirigidos en forma central por un
Consejo Directivo integrado por los directores de cada uno de ellos y un
delegado del Poder Ejecutivo. Por supuesto, al excluir a la Universidad este
proyecto fue rechazado por dicha casa de estudios. La Asociación para el
Progreso de la Ciencia, creyó conveniente promover reuniones de discusión,
dado que era la primera vez que se observaba preocupación por parte del
gobierno respecto al desarrollo de las investigaciones científicas. Se
realizaron algunos encuentros, concurriendo por parte de la Asociación una
comisión formada por dos investigadores del Instituto Nacional de
Investigaciones en Ciencias Biológicas, el Prof. Duomarco, el Ing. Laguardia,
el Ing. Massera y el Ing. Maggiolo. No pudieron llegar a un acuerdo, por lo que
se resolvió que era inútil seguir conversando. Finalmente, en 1961, se creó el Consejo Nacional de Investigaciones
Científicas y Técnicas (CONICYT), integrado por cuatro delegados
universitarios y siete delegados de ministerios del Poder Ejecutivo. Tal como lo
establecía la ley, las funciones del Consejo estaban orientadas hacia las
actividades científicas y técnicas, sin distinción de campo científico. El
afianzamiento de estas actividades contribuiría al desarrollo económico,
social y cultural del país. Por mandato de la ley, correspondía al organismo
cumplir un papel relevante en la transformación nacional y especialmente su
renovación tecnológica, tanto por el apoyo a la formación de cuadros de alto
nivel, como por el aporte innovador al sector productivo. Lamentablemente con el
CONICYT volvió a repetirse la historia de la no concreción de los objetivos
para los que fue creado. Esta vez no solamente por falta de recursos financieros
y humanos, sino también por falta de autonomía política. Pero eso ya es
historia para otro capítulo. Reflexiones Para realizar este análisis de la Asociación solamente pudimos acceder a los Boletines publicados por ella misma, debido a que no fue posible recuperar sus documentos originales –si es que aun existen-, a pesar de haber recurrido a los lugares y personas más indicadas. Esta precisión nos sitúa respecto del material con que contamos para la investigación, ya que tener que basarnos solamente en sus publicaciones implicó tener poca información anterior a 1952 (1948-1952), y de los años en que el Boletín no fue publicado (1956, 1957, 1959). Por otra parte, la información que aparece en ellos es muy somera y se refiere en muchos casos a lo que la Asociación pretendía hacer, pero no sabemos si logró llevarse a cabo y con qué éxito. Esta carencia de datos ha provocado por otro lado, la ausencia de estudios y bibliografía conocida acerca de la institución, que pudiera ser consultada. Pero además, la descripción de esta situación nos alerta sobre lo breve y casi desapercibida que fue la existencia de la Asociación, y de la poca importancia que se le ha dado -a ella como a otras instituciones científicas uruguayas-, que ni siquiera se han conservado sus documentos. Su fragilidad debe buscarse seguramente en la falta de recursos financieros y de apoyo estatal, pero también en su debilidad desde el punto de vista de los recursos humanos con que contaba. No hubo una continuidad en las generaciones, que permitiera su supervivencia. De cualquier modo, y a través de lo analizado, podemos afirmar que sus ideas se enmarcaron en una concepción internacional de la ciencia que servía de modelo a nuestro país y se oponía al profesionalismo anterior. Tal ideología se reflejó en las iniciativas más sobresalientes de la Asociación, la creación de un Consejo de Investigaciones, la concentración de esfuerzos en los estudios básicos y en la profesionalización de los investigadores. Ideología que en la década de 1960, ya desaparecida la Asociación, mostrará sus primeros frutos en la modernización de los institutos, la implantación más fuerte del régimen de dedicación total y el énfasis en las ciencias básicas. Si bien romper con los viejos esquemas de la Universidad profesionalista es un mérito de esta concepción, su mayor defecto fue la falta de vinculación con la realidad.
A nuestro modo de ver, la Asociación no tuvo la fuerza para llevar a la
práctica mucho de lo que propuso en el papel. Aunque lo intentó no pudo
cumplir los objetivos que Ausejo le atribuye a este tipo de asociaciones:
canalizar y centralizar los contactos científicos a nivel nacional y aumentar
el status de la ciencia, porque aunque publicitó y difundió el trabajo de
algunos científicos, ello no alcanzó para que la fuerza social presionara al
gobierno a favor del fomento de la actividad científica. Si bien coadyuvó a la
creación del CONICYT, esta institución tampoco tuvo recursos durante muchos años
-hasta 1985- para impulsar el desarrollo de la investigación científica, por
lo tanto no dejó de ser pura intención. Hay que rescatar sin embargo, que los pocos números
publicados de su Boletín, constituyeron la vanguardia de la ideología científica
en el país y la Universidad de ese momento, denunciando los problemas a los que
se enfrentaba la investigación por falta de recursos. Bibliografía AUPPC (1952) Boletín
de la Asociación Uruguaya para el progreso de la ciencia, 1,
Nº 1, Montevideo. AUPPC (1953) Boletín
de la Asociación Uruguaya para el progreso de la ciencia, 2,
Nº 1-2, Montevideo. AUPPC (1953a) Boletín
de la Asociación Uruguaya para el progreso de la ciencia, 2,
Nº 3, Montevideo. AUPPC (1953b) Boletín
de la Asociación Uruguaya para el progreso de la ciencia, 2,
Nº 4, Montevideo. AUPPC (1954) Boletín
de la Asociación Uruguaya para el progreso de la ciencia, 3,
Nº 1-4, Montevideo. AUPPC (1955) Revista
de la Asociación Uruguaya para el progreso de la ciencia, 4,
Nº 1, Montevideo. AUPPC (1958) Revista
de la Asociación Uruguaya para el progreso de la ciencia, 5,
Nº 1, Montevideo. AUPPC (1960) Revista
de la Asociación Uruguaya para el progreso de la ciencia,
6, Nº 1, Montevideo. AUSEJO, Elena (1994)
“The window case of science: the associations for the advancement of science
and the birth of scientific congresses in western Europe”, Archives Internationales D´histoire des Sciences, 133,
vol. 44, Istituto della Enciclopedia Italiana, p. 338-371. EL PAIS, 9 de noviembre de 1959. GROMPONE, J.A. Condiciones económicas del desarrollo de la ciencia en
el Uruguay. Curso de Epistemología 1972. (Policopiado) UNESCO (1948) Conferencia
de expertos científicos de América Latina, Montevideo, Imp. Rosgal. SCARONE, Arturo (1937) Uruguayos
contemporáneos. Nuevo diccionario de datos biográficos y bibliográficos. Montevideo, Barreiro y Ramos. [1] Ausejo (1994), p. 340. [2] Alemania (GDNA) en 1822, Inglaterra (BAAS) en 1831, Francia (CSF) en 1833, Italia (RSI) en 1839, Escandinavia (AAS) en 1839, Francia (AFAS) en 1872. Ausejo, 1994. [3] EEUU (AAAS) en 1848, Canadá (AAS) en 1890s. Ausejo, 1994. [4] Australia (ANZAAS) en 1888, India en 1890s y Sudáfrica (AAS) en 1890s. Ausejo, 1994. [5] AUPPC, 1952, p. 4. [6] Fernando De Buen, Guaraní Cabrera, Félix Cernuschi, José Duomarco, Segismundo Gerszonowicz, Rafael Laguardia, Oscar Maggiolo, José Massera, Rodolfo Méndez Alzola, Ciro A. Peluffo, Eugenio Riesz, Ricardo Rimini, Pascual Rubino, Rodolfo Usera y Raúl Vaz Ferreira. [7] UNESCO, 1948, p. 5. [8] Ibid, p. 8-9. [9] Ibid, p. 65. [10] Ausejo (1994), p. 354. [11] Por decreto del 5 de octubre de 1951 fueron aprobados por el Poder Ejecutivo los Estatutos de la Asociación, quedando así terminada una gestión importante para el futuro de la entidad, ya que su reconocimiento oficial la habilitaba legalmente. AUPPC, 1952, p. 11. [12] Había tres categorías de socios: titulares, adherentes y correspondientes, aludiendo seguramente a la relación o compromiso con la Asociación. [13] AUPPC, 1952, p. 11. [14] AUPPC, 1953, p. 1. [15] AUPPC, 1953ª, p. 1. [16] Ibid, p. 2. [17] AUPPC, 1954, p. 1. [18] Ibid, p.2. [19] AUPPC, 1955, p. 1. [20] Ibid. [21] Grompone, p. 71. [22] EL PAIS, 9 de noviembre de 1959, p. 2. |
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