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Diez tesis
en torno a una política de la ciencia de orientación ecosocialista; una
aproximación a las reflexiones de Manuel Sacristán Salvador
LOPEZ ARNAL
Al finalizar su
tesis doctoral sobre la gnoseología de Heidegger, Sacristán escribió un artículo
inicialmente publicado en el suplemento de 1957-58 de la Enciclopedia Espasa. En
este trabajo -"La filosofía desde la terminación de la Segunda Guerra
Mundial hasta 1958"-, se proponía trazar un cuadro, "necesariamente
esquemático, de la filosofía en la última postguerra" (1958: 90). Además
de unas, entonces, inusuales páginas dedicadas a la filosofía en el Extremo
Oriente, y de las obligadas referencias a las principales escuelas tradicionales
y a los "últimos filósofos clásicos", Sacristán centraba su atención
en las tres grandes tendencias filosóficas de la postguerra: el
existencialismo, el neopositivismo y las filosofías de "intención científica
y sistemática". Entre estas últimas, ‚l destacaba el movimiento
racionalista, la obra de Teilhard de Chardin y el marxismo, del que resaltaba
tres personalidades: Mao, Antonio Gramsci y John Desmond Bernal.
Apuntaba
Sacristán en su generosa exposición de la obra de este "científico
positivo de relieve, que ha desempeñado importantes funciones técnicas en la
administración inglesa" (1958: 182) que tanto la crítica de la
"fobosofía" positivista como los estudios de historia de la ciencia y
de las ideas, "confluían en el programa de humanismo racional del filósofo
inglés" (1958: 185), humanismo que partía de la consideración crítica
de la supervivencia de esquemas mentales periclitados en la intepretación de la
vida y sociedades humanas. Sirva este brevísimo
apunte como reconocimiento de la figura de John Bernal y del papel pionero que
en la difusión de su obra en nuestro país jugó, como en tantos otros temas,
Manuel Sacristán. No es éste, empero, el motivo de la presente comunicación.
Pretendo dar sucinta cuenta de las principales tesis de MSL en el ámbito de la
política de la ciencia, asunto que sin duda consideró prioritario en los últimos
años de su vida y que, desde luego, no era nada ajeno a los intereses del autor
de Science in History, un clásico que, como es sabido, fue traducido al
castellano por Juan Ramón Capella, uno de los discípulos de Sacristán más
reconocidos. Consideraciones espacio-temporales acaso puedan justificar el
excesivo carácter dogmático y poco argumentado de mi exposición, que formulo
en las diez tesis siguientes: Primera tesis:
Prioridad del enfoque ontológico. Para Sacristán,
el filosofar metacientífico había discurrido básicamente por dos vías
diferenciadas si bien no siempre excluyentes (1979a). La primera perspectiva se
había centrado en la relación entre la ciencia y la cultura, entre el conocer
científico y la comprensión global del mundo y de la vida. Recordaba para ello
el conocido aforismo de Heráclito: "El haber aprendido muchas cosas no
enseña a tener entendimiento". A este tipo de consideraciones, las
enmarcaba con el rótulo de "planteamiento o problemática epistemológica".
Existía, sin
embargo, otra línea de reflexión, cuyos antecedentes situaba en el idealismo
alemán, o incluso en Leibniz, que proponía considerar la relación entre lo
científico y lo metafísico, entre la ciencia y la reflexión metacientífica,
en términos mucho más ontológicos. Heidegger era un representante destacado
de esta segunda línea. Consideraba
Sacristán que el primer planteamiento era una línea que filosóficamente
siempre estaría viva por la propia definición y autoconciencia del pensar
científico, que se sabe, o debería saberse, inseguro, revisable y limitado.
Sin embargo, aun suponiendo y admitiendo, en línea de inspiración kantiana,
que estas cuestiones fueran inextinguibles, Sacristán creía que tenían una
importancia secundaria, y que debían perder peso respecto a los temas
enmarcables en la metaciencia ontológica, dada la potencial peligrosidad de
muchas líneas de investigación de la tecnociencia actual. Segunda tesis:
Paralogismo de las concepciones neorrománticas. Los peligros de
la creciente y grave desorganización de la relación entre la especie humana y
la naturaleza, fuertemente mediada por saberes y haceres científico-tecnológicos,
habían facilitado un renacimiento de concepciones que Sacristán agrupaba bajo
la denominación de "filosofías románticas de la ciencia"
(1981: 453-455). Se refería a las corrientes emparentadas con el segundo
Heidegger y con la literatura "contracultural"
de los años sesenta y posteriores.
Aun apreciando
las emociones que subyacían en la crítica de estas corrientes y aun
reconociendo el valor de algunos de sus análisis y descripciones, Sacristán
rechazaba su menosprecio, casi generalizado, por el mero conocimiento operativo
e instrumental, y sostenía a un tiempo que no representaban una línea adecuada
para salir del espeso bosque en el que nos encontrábamos inmersos, entre otras
razones, por el peligro de "impostura intelectual" que en ocasiones
les afectaba. Disertaban y sentenciaban sobre el conocimiento positivo hablando
de asuntos que no eran, en absoluto, la práctica científica realmente
existente. De hecho, estas
concepciones estaban afectadas por un notable paralogismo que dañaba su
comprensión de la situación. Confundían los planos de la bondad o maldad práctica
con los de la corrección o incorrección epistemológica. Pero es precisamente
la peligrosidad práctica de la tecnociencia contemporánea la que está
relacionada con su bondad epistemológica.
La maldad social, política, de la bomba atómica es netamente dependiente de la
calidad gnoseológica del saber físico que le subyace. Si los físicos atómicos
fueran unos simples ideólogos obnubilados que no fueran capaces de pensar
correctamente, no estaríamos hoy preocupados por asuntos como los de la energía
atómica o el de las armas nucleares. Más aún, en el supuesto no admitido de
que existiera un saber gnoseológicamente
superior al conocimiento positivo, como estas corrientes parecían defender, el
peligro no sólo no se disolvería sino que se incrementaría. Recordando la
versión kantiana del mito del Génesis acerca del árbol de la ciencia,
Sacristán insistía en que era, precisamente, el buen conocimiento el que era
peligroso moral, prácticamente, y, con toda probabilidad, tanto más amenazador
cuanto mejor fuera epistémicamente. Las concepciones criticadas caían pues en
las peligrosas y heladas aguas de la falacia naturalista: si la bondad teórica
no lleva forzosamente implícita ninguna bondad práctica, la maldad moral no
lleva adherida inexorablemente la invalidez teórica. Tercera tesis:
Contra el progresismo irrestricto. Fue en una
conferencia impartida en la escuela de Ingenieros de Barcelona (1976), donde
Sacristán empezó a referirse a la crisis que, en su opinión, acechaba tanto a
la filosofía clásica de la ciencia como a las políticas científicas de carácter
meramente progresista o desarrollista, defendidas por entonces con aquiescencia
casi unánime. Esta situación de perplejidad creciente afectaba directamente al
corazón del progresismo clásico, a la fe progresista de que toda acumulación
científica y todo avance tecnológico eran buenos en sí mismos. No había duda
de que esta situación era netamente dependiente del carácter operacionalista
de la ciencia moderna, del estrecho hermanamiento, cuando no identificación,
entre la aventura de la ciencia y la empresa de la técnica. Pero Sacristán
nunca sostuvo que fuera razonable una solución en negro que defendiera, sin más
matices, una desvinculación de ambas y una consideración del ideal científico
con helénica mirada estrictamente contemplativa y separado drásticamente del
ámbito tecnológico. Y no sólo, aunque también, por lo que esta
renuncia pudiera tener de irreal, sino porque, en su mirada, la práctica tecnológica
era una parte imprescindible del avance científico ya que esa práctica era la
que daba, en última instancia, intimidad al conocer. Lo expresaba así en una
de sus notas de 1979: "La intención es buena y fundada: es la tendencia a
restaurar la contemplación y preservar el ser, la naturaleza. Pero hay que
saber que no puede uno ponerse a contemplar por debajo de la fuerza de sus ojos,
y que el arte de acariciar no puede basarse sino en la misma técnica que
posibilita la tiranía de violar y destruir". Cuarta tesis:
La necesaria rectificación de las concepciones emancipatorias. Las dos
principales corrientes del marxismo habían pensado la ciencia moderna como neto
factor de emancipación. El esquema clásico de la idea de revolución
emancipatoria en esta tradición era presentado por Sacristán (1976: 6) en los
términos siguientes: se partía de la hipótesis inductiva, histórica, de que
situaciones de contraposición entre el crecimiento de las fuerzas productivas y
las relaciones de producción que obstaculizaban ese crecimiento, junto con
otros factores, constituían las condiciones de posibilidad de cualquier
transformación, de lo que se infería, por lo que respecta a la política de la
ciencia, "un progresismo sin nubes": la ciencia era una fuerza
productiva y toda política sensata de la ciencia tenía que consistir única y
exclusivamente en su promoción. De ahí una receta de la mayor simplicidad: había
que asignar a la tecnociencia la mayor cantidad posible de recursos. No había más
limitación que la de los recursos existentes. El esquema
anterior, en su opinión, era por de pronto inactual. Difícilmente un autor de
la segunda mitad del XIX podía imaginarse la productividad del trabajo
alcanzada a finales del XX. De lo que Sacristán infería, prudentemente, que la
situación no permitía otorgar una fe incondicional a la manera tradicional de
presentar este esquema de transformación social, mas teniendo en cuenta que el
mismo Marx ya había considerado que en la época de la gran industria toda
fuerza productiva era, al mismo tiempo, una fuerza destructiva. La principal
rectificación que los múltiples condicionamientos ecológicos (y afines) suponían
para el pensamiento revolucionario, en sus diferentes vertientes marxistas o
libertarias, consistía (Sacristán 1979b) en el abandono de todo milenarismo,
de toda consideración de la revolución social como plenitud de los tiempos,
ansiado momento a partir del cual obrarían, al fin, las buenas y objetivas
leyes del Ser, deformadas hasta ese instante por las pecaminosas e injustas
sociedades clasistas. No hay ni habrá paraíso terrenal, no hay sociedad
humana pensable en la que se disuelvan o superen todas las contraposiciones
sociales y naturales. No habrá Juicio Final.
Quinta tesis: Primacía del
valor igualdad y control social de la investigación. La política
científica propuesta por Sacristán no tenía vocación de eternidad ni
presuponía ni podía presuponer duración previa alguna y, en su opinión, debía
estar sometida a revisión permanente. Se partía en ella de una primacía del
valor igualdad sobre cualquier otro valor social, lo cual, obviamente, no
implicaba anulación ni menosprecio alguno de otros valores, e implicaba, como
decíamos, la necesidad de revisión de concepciones mayoritariamente aceptadas
en las varias tradiciones emancipatorias. El asunto
afectaba indudablemente a la libertad de investigación, pero no forzosamente más
que las actuales restricciones. Admitiendo una corrección a la elección sin límites
del científico investigador, valor que, sin duda, en la tecnociencia contemporánea
era más una formulación de deseos que una realidad alcanzada (Rubbia 1989:
17-19), sostenía Sacristán que ese límite debía ser instrumentado de la
forma más liberal y libertaria posible. Era muy probable que estas
restricciones no fueran muy distintas de las realmente existentes, concretadas
en una falta o en una disminución en la asignación de recursos a determinadas
líneas de investigación o, por el contrario, primando ciertos programas en
detrimento de otros, pero presentaban una diferencia esencial: Sacristán defendía
que estas limitaciones, fueran sólo económicas o distributivas, o incluso político-culturales,
para ser tolerables y admisibles ética y políticamente, tendrían que estar
controladas por la propia colectividad, con presencia del mismo científico
afectado o del colectivo investigador al que perteneciese. Sexta tesis:
Por una dialecticidad temperada. Hay, sin duda,
en la propuesta sacristaniana una politización del concepto de práctica pero
no en el sentido de primar o potenciar determinados programas de investigación,
en línea lyssenkista, por supuestas coincidencias ideológicas o político-filosóficas,
sino en el sentido de orientar la investigación a determinadas áreas por sus
posibles aplicaciones prácticas, sociales o comunitarias, convirtiendo, por
ejemplo, la salud laboral o la conservación del medio en tareas prioritarias de
esta búsqueda sin término, pero no forzosamente sin finalidad, que es la
ciencia. El principio
orientador general de esta política de la ciencia de inspiración socialista
para esta federación de comunidades, como gustaba decir el Sacristán tardío,
exigía una rectificación de los modos de pensar hegelianos clásicos de las
varias tradiciones marxistas. Defendía Sacristán una dialecticidad que tuviera
como primera virtud práctica el principio aristotélico de la mesura, fruto de
la convicción de que las contraposiciones sociales eran de tal calibre que ya
no podían considerarse resolubles al modo clásico hegeliano, por agudización
del conflicto, sino mediante la postulación y creación de un marco en el que
pudieran dirimirse sin catástrofe. No había pues
que pensar en una solución en blanco y negro por el simple juego de supuestos
factores objetivos. Esa vía era simplemente irrealizable o recusable sin más:
recusable si se trababa de continuar y apostar por el simple desarrollismo económico-tecnológico,
dado que, según Sacristán, eso llevaría a la Humanidad al desastre;
irrealizable, además de éticamente no deseable, si se optara, sin más, por el
negro de la simple prohibición de la investigación.
Séptima tesis:
Preeminencia de la educación de la ciudadanía. Justificado
este principio general, que él mismo denominaba defensa de una "ética
revolucionaria de la cordura", Sacristán concretaba su propuesta programática
de política de la ciencia en los siguientes puntos: Había que
admitir la preeminencia de la educación de la ciudadanía sobre la investigación
durante un cierto largo período de tiempo de imposible concreción, cuya
variabilidad dependería de las circunstancias sociales, históricas y
culturales de las diferentes poblaciones. Esta primacía educacional estaba
orientada a evitar malas reacciones, por ineducación de las colectividades, a
las consecuencias que la línea defendida de política de la ciencia iba a
conllevar inexorablemente. Entre ellas, una importante reducción del consumo,
amén de una adecuada y mucho más justa redistribución del mismo. En todo
caso, esta reducción no debía entenderse como simple anulación estoica de las
necesidades. Inspirándose en el viejo Marx y en coincidencia con algunas tesis
de Paul Lafargue, Sacristán consideraba que las necesidades que siente un
individuo son índice de su maduración, de su progreso vital, y que por ello
cabía distinguir entre necesidades básicas y las de otro alcance. Del punto
anterior se colegía un corolario: la acentuación de la función educativa,
formativa, de la enseñanza superior. Las facultades universitarias, todas
ellas, deberían convertirse en centros donde, básicamente, se educase en los
valores de una nueva sociedad. Esta medida significaría una menor
"producción" de profesionales y un incremento en la producción de
"hombres cultos", retomando la expresión de Ortega. Con ello, infería
Sacristán, se produciría también un descenso del consumo, a través de la
posible disminución de la productividad de bienes, por lo menos en una primera
fase. Octava tesis:
Primacía de la investigación básica sobre la aplicada. Sacristán
proponía además una línea de asignación de recursos que primase la
investigación básica respecto a la aplicada, en oposición a las políticas
científicas seguidas por la mayoría de los gobiernos occidentales y, en
algunos casos, reclamadas por importantes y poderosos colectivos de la sociedad
civil. La justificación es, básicamente, la misma que la del punto anterior:
repercusión negativa inmediata en el consumo y en la producción industrial de
cierto tipo de bienes. De ahí la
conveniencia de apoyar, en el trabajo de los colectivos científicos, los
aspectos contemplativos respecto de los instrumentales, sin que ello implique,
como decíamos, una vuelta imposible a la concepción contemplativa de la
actividad científica, por lo demás siempre recordada por Sacristán con cierta
nostalgia. Se trataría, por ejemplo, de contratar a muchos más físicos teóricos
que a ingenieros físicos. Las razones, las mismas: reducción del producto
final consumible. Igualmente habría
que sostener la investigación de conocimiento directo descriptivo, no teórico.
Para él, disciplinas menospreciadas
en las universidades contemporáneas, como la Geografía o la Botánica
descriptivas, eran buen saber para la época que se acercaba. Más aún: no sólo
eran buen saber sino que, en algunos casos, podían ser mejor saber que el
conocimiento teórico en su vertiente operativa. Había que
disminuir igualmente los recursos dedicados a tecnología pesada y otorgar
preeminencia a la inversión en tecnologías ligeras, más intensivas en fuerza
de trabajo y menos en capital, más limpias ecológicamente y más soportables
por el medio. Investigación tecnológica que, por sus menores costes, en el
sentido económico tradicional y en sentido social, estaría justificada aunque
su ámbito de aplicación fuera más reducido que el de las tecnologías
pesadas. El objetivo
central perseguido por esta última propuesta no sería tanto la disminución
del producto final sino el aumento del tiempo colectivo de trabajo que evitara
el creciente paro estructural, con sus secuelas sociales y culturales, aumento
del tiempo de trabajo que, con toda seguridad, quedaría paliado si se eliminara
la producción nociva y la enorme producción inútil existente, y, en la
concepción por él defendida si antes se hubiera dado la condición previa y básica
de toda su propuesta: la sustitución de los antiguos poderes por otros de
motivación igualitaria que intentaran, esta vez en serio, la superación de la
vieja división social del trabajo. Novena tesis:
Actuación equilibrada y discriminada en el Tercer Mundo.
Sacristán se refirió
sucintamente a la problemática de las poblaciones del Tercer Mundo. Era obvio,
por ejemplo, que el tema del control demográfico había que tratarlo caso por
caso. Parecía innegable su necesidad en el caso de países como China o India,
pero era monstruosa la política maltusiana seguida por poderes y agencias
norteamericanas entre la población amerindia en los años setenta. Tampoco sostenía
Sacristán que fuera necesaria una reducción del consumo per cápita en estas
sociedades empobrecidas. No había duda: tenía que aumentar pero no tal como lo
estaba haciendo. En muchos de estos países, la actuación de las
multinacionales era simple y llanamente criminal. No había,
pues, que intervenir con recetas preconcebidas pero tampoco pensando y
defendiendo que determinadas industrias, ampliamente rechazadas en las
sociedades avanzadas, eran, en cambio, convenientes para ellos. Tampoco allí la
contaminación, el peligro atómico o muchas de las actividades de alto riesgo
relacionadas con la biotecnología podían ser admitidos. De hecho, ésta era y
es la tendencia de muchas empresas del Norte "civilizado".
Décima tesis: Por una racionalidad completa: contra las vías tecnocráticas.
Contraponiéndose
un tanto a posiciones como las defendidas por Jesús Mosterín, Sacristán no
aceptaba la posición de que sean los técnicos quienes tengan el poder de
decisión exclusivo sobre los denominados "problemas técnicos".
Defender esa posibilidad es ignorar que también ellos y los científicos son
grupos humanos con intereses particulares, predispuestos a reaccionar según sus
propios intereses. Es ingenuo pensar que el ciudadano técnico va a decidir
siempre según los intereses generales de la comunidad.
La solución
criticada no tiene en cuenta que los problemas sobre la técnica no son técnicos
sino políticos, en el sentido general de organización de la convivencia
social. De ahí que los versos de Hölderlin reiteradamente citados por Sacristán
("De donde nace el peligro / nace la salvación también"), sean
interpretados por él en el sentido de que la actual situación de crisis, la
contradictoriedad en la que nos encontramos inmersos, sólo puede disolverse o
superarse a partir del uso de más razón, pero de razón en su totalidad, no de
una razón meramente tecnológica o estrechamente cientificista. En su propuesta
de racionalidad completa, Sacristán incluye el control democrático, social,
sobre el desarrollo la ciencia. Si se construyera una fracción, una razón que
arrojara la tasa de dominio en nuestras sociedades de la ciudadanía sobre la
ciencia, el valor de esta fracción sería irrisoria y trágicamente mínimo. No
siempre ha sido así. En otras culturas, en la antigua civilización china por
ejemplo, se habría obtenido seguramente una buena razón. Entre otras cosas,
justo es reconocerlo, porque el denominador, la potencia científica de esa
cultura, era bajo y el poder social sobre la ciencia era intenso. En la
actualidad incrementar esa razón ya no va a ser posible reduciendo el
denominador, disminuyendo la fuerza de los saberes tecno-científicos. La única
solución razonable pasa por aumentar el numerador, la fuerza de la ciudadanía,
el poder social sobre la ciencia. De ahí, la importancia de la función
educativa y del primado de la asignación de recursos a este ámbito en la
propuesta programática por él defendida, sin negar que esa tarea no era un
camino fácil dada la creciente complejidad y especialización de los saberes
científicos contemporáneos, aunque posiblemente no haya ningún tipo de
control externo que pueda suplir el autocontrol de los científicos y tecnólogos
conscientes de su responsabilidad moral y social. Estas
orientaciones de política científica presuponen, como decía, un cambio neto
en la detentación del dominio social. Ni una larga y espléndida noche de vino,
rosas y poesía, mucha poesía, puede hacernos creer en la proximidad de un
cambio de esta naturaleza, pero escasos como andamos de nuevas ideas no es poca
cosa ver estas reflexiones como un marco de agitación y combate políticos, en
el mejor de los sentidos, que los hay, de los términos 'combate', 'agitación'
y 'política'. Todas estas
reflexiones, como los sentidos que Escoto Erígena atribuía a las palabras de
la Escritura, pueden estirarse ilimitadamente, o, como diría más cautamente
Borges, podemos biyectarlas con los tornasoles del plumaje del pavo real, pero,
por otra parte, como casi todos los decálogos que se precien, permiten síntesis
unitarias. Las palabras finales que René Char escribió en su dedicatoria de
Pobreza y privilegio, y que yo les dio en la admirable traducción de Jorge
Riechmann, pueden ayudarnos: "No nos
est permitido enloquecer en una‚ poca demente, aunque nos pueda quemar
vivos un fuego cuyo igual somos" Conjeturo,
espero que con su aprobación, que el poeta ha apuntado al rovell de l'ou, al
meollo del asunto. Entre los libros y papeles
de los que soy más deudor debo citar los siguientes: Barret, S.M. (ed), 1975,
Gerónimo. Historia de su vida, Barcelona, Grijalbo. Traducido y anotado por
Manuel Sacristán. Berry, Adrian, 1975, Los próximos
diez mil años, Madrid, Alianza editorial. Broad,W. y Wade, N, 1982, Betrayers of the truth, Nueva York, Simon &
Schuster. Char, R. 1999, Indagación
de la base y de la cima. Madrid, Ardora. Edición, traducción y notas de Jorge
Riechmann. Dennett, Daniel C., 1999,
La peligrosa idea de Darwin, Barcelona, Círculo de Lectores. Funtowicz, Silivo &
Ravetz, Jerome R, 2000, La ciencia postnormal. Ciencia con la gente, Barcelona,
Icaria. Harich, Wolfgang, 1975,
Comunismo sin crecimiento? Babeuf y el Club de Roma, Barcelona, Materiales. Metropolis, Nicholas,1992,"The Age of Computing: a personal
Memoir", Daedalus (invierno 1992), pp. 119-130. Riechmann, Jorge, 1998,
"Moratoria para los alimentos obtenidos por manipulación genética",
Mientras Tanto 72, pp. 53-76. - - - - - 1999, Argumentos
recombinantes. Sobre cultivos y alimentos transgénicos, Madrid, Los Libros de
la Catarata. Rubbia, Carlo, 1989, El
dilema nuclear, Crítica, Barcelona. Sacristán, Manuel, 1958,
"Filosofía",Papeles de Filosofía. Panfletos y materiales II,
Barcelona, Itaca, 1984, pp.90-219. - - - - - 1976, "De la
filosofía de la ciencia a la política de la - - - - -
1977,"Galileo Galilei" (ficha para la proyección de la película
sobre Galileo a estudiantes de BUP) - - - - -
1979a, "Reflexión sobre una política socialista de la
ciencia", Realitat 24, 1991,
pp. 5-13. Transcripción de Pere de la Fuente. - - - - - 1979b, "Comunicación a las jornadas de ecología
y política", Pacifismo, ecología y política alternativa, Barcelona,
Itaca, 1987. -
- - - - 1981a, "Sobre los problemas presentemente percibidos en la
relación entre la sociedad y la naturaleza y sus consecuencias en la filosofía
de las ciencias sociales. Un esquema de discusión", Papeles de Filosofía.
Panfletos y Materiales II, Barcelona, Itaca, pp. 453-467. - - - - - 1981b, "La
ciencia contemporánea", I.B. Boscán (Barcelona) (transcripción). - - - - - 1985,
Intervenciones políticas. Panfletos y materiales III, Barcelona, Itaca. - - - - - 1987, Pacifismo,
ecología y política alternativa, Barcelona, Itaca. Sanmartín, José 1987, Los
nuevos redentores. Anthropos, Barcelona 1987. Sokal, A. y Bricmont, Jean,
1999, Imposturas intelectuales, Paidós, Barcelona. Suzuki, David &
Knudtson, Peter, 1991, Conflictos entre la ingeniería genética y los valores
humanos, Tecnos, Madrid. |
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