El diálogo de la ciencia

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El diálogo de la ciencia frente a la sociedad

 

Fernando TULA MOLINA

ftulamolina@gmail.com

 

 

Frente a la sociedad

 

La reflexión sobre el lugar de la ciencia frente a la sociedad, implica el diálogo con la sociedad. Pero este diálogo no es el del científico individual con sus semejantes no-científicos en la vida cotidiana. En este sentido hay que distinguir entre las distintas manifestaciones por los que de hecho se produce la interacción entre ciencia y sociedad, y reconocer aquellas que cumplan un papel legitimador de las prácticas científicas y tecnológicas dentro del cuerpo social.  Dicho de otro modo, son reflexiones diferentes aquellas que se ocupan de cómo se difunde la cultura científica en la sociedad, de las que se ocupan de las decisiones políticas en entornos institucionales: estas últimas tienen peso instituyente, mientras que las primeras no; y esto tanto sobre la continuidad y rumbo de las prácticas existentes, como sobre la constitución de prácticas innovadoras.

A continuación bosquejaré dos ideales de conocimiento diferentes que guían - también de modo diferente - las decisiones tomadas sobre el desarrollo científico: distinguiré el ideal empirista del ideal humanista. Sobre el final bosquejaré un nuevo contexto socio-epistémico para la discusión democrática sobre la eficacia y legitimidad de las prácticas científicas frente a la sociedad.

“Frente a la sociedad” puede entenderse y vivirse de muchas maneras. En un extremo nos encontramos reflexionando de modo dicotómico, como en la “vereda de enfrente”, las decisiones sobre el curso de la ciencia tienen que ver con su propio desarrollo, un curso será el de la ciencia y otro el de la sociedad; el cruce entre ambos podríamos representárnoslo como un paso de peatones, donde son  individuos los que circulan entre entornos científicos y no científicos. En este caso, más que diálogo deberíamos decir que lo que se da son diferentes actitudes individuales hacia la ciencia, las que de modo colectivo sólo se expresa en casos extremos a través de solicitadas o manifestaciones. En mi opinión, tales manifestaciones son menos representativas del dialogo, que de la falta de comunicación entre ciencia y sociedad.

En mi opinión hablar de diálogo con la sociedad implica que los objetivos sociales sean parte de los objetivos a alcanzar en los lugares institucionales donde las decisiones cobran peso instituyente. El lugar concreto otorgado a tales valores hablará de las características de este diálogo en cada entorno institucional específico.

No es mi intención aquí discutir la distancia que hay entre el lugar político en que las decisiones son tomadas, del lugar institucional en que cobran legitimidad (Castoriadis). Mi interés, apunta a deslindar la legitimación de las prácticas científicas, de su mera eficacia; la capacidad tecnológica del dominio de tal capacidad en función de fines. Una vez hecha esta distinción puede acordarse en la necesidad por parte de la sociedad contemporánea de una deliberación institucional sobre los fines de la ciencia que sustenta. Al respecto, puede tenerse en cuenta las palabras del filósofo de la tecnología William H. Vandeburg:

“Las operaciones tecnológicas tienden a aumentar el control sobre nuestro entorno tanto natural como social con el fin de que produzcan lo máximo posible. Es una estrategia que divide y conquista, lo individual, lo social y los ecosistemas, para crear un nuevo orden técnico a expensas de la integridad del conjunto. Este nuevo orden global se está convirtiendo en una de las necesidades más complejas en la historia de la humanidad, en el sentido que impone mucho más a la humanidad de lo que la humanidad puede imponerle”[1].

En mi opinión, la reflexión simultánea sobre lo eficaz y lo legítimo se ha tornado urgente. El valor simbólico de la eficacia parece haber demorado reconocer que la discusión central es sobre fines, sobre valores proyectados a futuro, sobre las discrepancias y los caminos hacia el consenso. Para esto debemos pensar el progreso de la ciencia asociado al progreso de la sociedad; si, por el contrario, reflexionamos sobre el porvenir de la ciencia, y su desarrollo, sólo en función de las propias posibilidades científico tecnológicas de desarrollo, contribuiremos poco al diálogo entre ciencia y sociedad.

“Frente a la sociedad” también puede entenderse y vivirse de modo diferente, donde el desarrollo de la ciencia esté pensado en función del desarrollo social. Como ideal explícito esto está en lugares tan distantes como el conceptualismo socrático, el positivismo de Comte y la nanotecnología de Eric Drexler. Pero sabemos al mismo tiempo que un enunciado tan simple no dice nada de sobre la complejidad de esta relación.  Y si bien en muchos casos los recursos provistos por el desarrollo científico-tecnológico efectivamente aportan alivios a los malestares del cuerpo social, hay que reconocer que los valores que guían tales prácticas no son los únicos valores, ni intereses que están en juego. Hay inversiones académicas que buscan rédito académico, inversiones económicas que buscan rédito económico, e inversiones políticas que buscan rédito político. En la esfera privada, el horizonte de tales decisiones se vuelve estratégio y corporativo. 

Pienso que más importante que lamentar tal situación, es buscar puntos de equilibro consensuados entre los actores diferentes que están involucrados en las prácticas científicas y tecnológicas. Pienso que más que buscar impedir que tales inversiones produzcan sus respectivos réditos, es necesario buscar caminos para garantizar marcos de equidad y justicia donde las inversiones sociales, también sean efectivamente saldadas; esto es, que los valores sociales relacionados con las prácticas científicas superen la instancia declamativa y cobren peso efectivo como parte de las decisiones tomadas a nivel institucional.

 

Ideales de conocimiento

 

Cuando Paul Feyerabend dejó de hablar del proliferacionismo de teorías y pasó a hablar de la ciencia en una sociedad libre, su pensamiento estaba abandonando el debate epistemológico y comenzando la reflexión política sobre la ciencia, una reflexión que ya no se interesa por precisar lo que es científico y lo que no, y que pasa a preocuparse por el lugar de la ciencia frente a la sociedad. Analizar esta transición me permitió en su momento, reconocer la presencia de dos ideales de conocimiento diferentes asociados a uno y otro modo de pensar la ciencia[2]. En ambos casos sus argumentos están pensados para evitar el dogmatismo. En el primer caso el dogmatismo de pensar que hay algo efectivamente dado que puede caracterizarse de un modo único, en el segundo caso el dogmatismo de suponer que la ciencia, por su propia existencia, representa una bendición para la humanidad.

Desde el punto de vista de la obra de Feyerabend el reconocimiento de este doble de ideal de conocimiento, permite ver que las críticas epistemológicas usuales (relativismo, irracionalismo, anarquismo) deben restringirse al aspecto epistemológico de su obra, vinculado con el proliferacionismo o pluralismo epistemológico, y no se aplican a su pensamiento político vinculado con la tesis de “la ciencia como una tradición entre otras” o pluralismo democrático. Desde el punto de vista del interés que todavía pueden tener las ideas de Feyerabend en las discusión actual sobre las prácticas científicas, el transito de su pensamiento puede ejemplificar la diferencia entre pensar la ciencia como un fin en sí mismo, a pensarla con una finalidad fuera de si, a pensarla frente a la sociedad.

La reflexión guiada por el ideal empirista de conocimiento busca testear las teorías al máximo, las teorías que guían nuestra comprensión de la realidad deben involucrar la menor cantidad posible de error. La reflexión guiada por el ideal humanista de conocimiento está al servicio del desarrollo social y humano. Feyerabend no impugna el ideal empirista, ni lo abandona; pero reconoce que, frente a los falibilismos que encuentra el análisis epistemológico, no podemos aceptar acríticamente la supuesta bendición para la humanidad. Esta situación no mejora, sino que se agrava, cuando la reflexión sobre nuestra propia cultura científica está obligada a admitir, que no toda la sociedad tiene el mismo acceso a tales beneficios. Por consiguiente, resulta razonable preguntarse seriamente por cuál es el mejor lugar para la ciencia en la sociedad contemporánea.

 

El contexto de implicación

 

Para esta pregunta de Feyerabend bajo el ideal humanista de conocimiento, para esta reflexión compleja sobre cuál es el mejor lugar para la ciencia frente a la sociedad propongo un nuevo contexto socio-epistémico, el cual en parte me fue sugerido por la lectura de Hugh Lacey (1999). Lacey muestra la distinción entre valores sociales y valores cognitivos; son las teorías las que evaluamos de modo cognitivo, y las prácticas las que evaluamos de modo social y muestra que la comprensión integral de las prácticas científicas debe ir más allá de los criterios de consistencia, debiendo adentrarse en diferentes niveles de análisis que afectan de modo diferente a los diversos actores involucrados, e implicados en tales prácticas. Sin pretender seguirlo en todos los puntos, quisiera proponer la pregunta que estructura tal contexto: ¿qué implica lo que estoy haciendo para los demás, para las generaciones futuras y para los ecosistemas? 

En mi opinión esta pregunta no puede ser tratada adecuadamente en los contextos epistemológicos clásicos de descubrimiento, justificación y aplicación tecnológica, en tanto ninguno reconoce la necesidad de discutir los problemas cognitivos, y el grado en que están conectados con la eficacia de las prácticas científico-tecnológicas, al mismo tiempo que los problemas sociales, y su relación con la legitimidad de tales prácticas. Tampoco me parece que sea una consideración que podamos dejar librada a la retórica institucional o la cobertura de los medios, más ligados a lo que Castoriadis llamaría sofística contemporánea[3], desligada de la preocupación de acordar sobre los fines.  Hablar de retórica en el contexto de implicación no es lo mismo que hacerlo en el de justificación. En este último, de modo general, su significado quedó asociado a “estrategias de argumentación y decisión más allá de la evidencia empírica disponible”; en el contexto de implicación, la retórica queda ligada “estrategias de argumentación y decisión independientemente de los fines comunes”, i.e. lo público reducido a lo sectorial o, como diría Castoriadis, lo público devenido privado.

 

Dos sentidos del valor de control de la naturaleza

 

Con relación a Lacey, creo que también acierta cuando pone el foco de reflexión en la idea y el valor de “control de la naturaleza”. Efectivamente soy de la opinión que gran parte de los problemas aquí considerados se originan en una confusión extendida entre dos  sentidos diferentes de la idea de “control de la naturaleza”. Esta confusión se encuentra presente a veces en los propios practicantes de la ciencia y otras veces entre quienes reflexionan sobre tales prácticas. En este último caso parece haberse pasado del cientificismo, a la anticiencia y, en la actualidad, a la búsqueda de propuestas superadoras. Tales propuestas tienen como desafío hacer compatible el crecimiento interno de la ciencia con la disminución de las consecuencias no deseadas, dentro de una visión integral de la relación entre ciencia y sociedad. Quizá sea ir demasiado lejos seguir a Evandro Agazzi al considerar este desafío como uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo[4]. Quizá no.

Los dos sentidos referidos son los siguientes:

“Control-1” como capacidad tecnológica: en este primer sentido, la idea de control se piensa como un fin en sí mismo, donde el aumento de control es siempre deseable. Podría decirse que esta es la idea técnica de control como valor. Tal capacidad tecnológica puede ser desarrollada, sin una finalidad específica. Por otra parte, en los casos donde la finalidad sí está especificada, ésta se refiere a una determinada aplicación o producto tecnológico (Fin-1).

“Control-2” como dominio de la capacidad tecnológica en función de valores. Este sentido, más amplio, incluye el sentido anterior pero incorpora de modo central la discusión sobre los valores que guían las prácticas científicas. Aquí, la mera referencia a una determinada aplicación o producto tecnológico, no se ve como justificación del uso dado a tal capacidad, sino que se considera necesario que tales resultados representen, además, un avance en el cumplimiento de alguno de los valores consensuados por la sociedad (Fin-2).

No pasa desapercibido que, mientras la eficacia tecnológica se ha impuesto de un modo acelerado, no se ha avanzado de la misma manera en la discusión sobre las prácticas científicas responsables en un marco de equidad y justicia. Por mi parte, según lo señalado al comienzo, el propio valor de control requiere de una discusión seria y amplia, tanto en función de valores cognitivos, asociados a la eficacia de la intervención tecnológica, como también en función de los valores mantenidos por la sociedad que sostiene tales prácticas. Dicho de otro modo, los problemas éticos y sociales involucrados en las prácticas científicas van más allá de evitar los riesgos materiales que supone el desarrollo tecnológico. Las prácticas responsables van más allá que las prácticas eficaces.

 

Riesgo material y riesgo social

 

Asociados a los sentidos de “control” arriba distinguidos, es necesario introducir adicionalmente la distinción entre dos sentidos diferentes de riesgo.

  • Riesgo-1 como riesgo material. Sólo hay responsabilidad en el caso de que algo falle en el diseño tecnológico. En palabras de Drexler: “nosotros inventamos los mecanismo, Uds. encuentren qué hacer con ellos”.
  • Riesgo-2 como riesgo social. También hay responsabilidad en el caso en nada falle en el diseño tecnológico, y reconoce que los problemas éticos y sociales vinculados a la ciencia están relacionados con el respeto a los valores mantenidos por la sociedad, y la distribución justa de los beneficios en función del origen de los recursos destinados a su promoción y desarrollo.

Al respecto, puede señalarse una diferencia adicional relacionada con el impulso y la velocidad de las prácticas, según el riesgo sea entendido en uno u otro sentido. Mientras la necesidad de saldar las inversiones y costos de la estructura de producción tecnológica conduce a la necesidad de obtener resultados satisfactorios en el menor tiempo posible, la necesidad de evitar las consecuencias indeseadas imponen un sentido de prudencia que tiende a desacelerar tal desarrollo. Es decir, tales inversiones, sea bajo la idea de control-1, o bajo el término genérico de “desarrollo”, no siempre suponen que las cuestiones vinculadas a la idea de control-2 estén saldadas. Por otra parte, es sólo por medio de este último camino, i.e. vinculando capacidades tecnológicas con valores sociales, que tales inversiones pueden ser consideradas efectivamente inversiones sociales.

 

Prácticas eficientes y prácticas responsables

 

Al mismo tiempo, a cada una de las ideas de control les está asociada una idea diferente de fin, y por consiguiente, de responsabilidad. El primer sentido está asociado al ideal empirista, y a la eficacia de tales prácticas. El segundo sentido está asociado ideal humanista y a la legitimidad de tales prácticas frente a la sociedad. Ambos responden a motivaciones humanas básicas, sea por buscar la seguridad de la certeza o la evidencia de la eficacia en un caso, sea por buscar un equilibrio legítimo entre ciencia y sociedad en el otro. La diferencia fundamental, es que en el segundo caso, las prácticas responsables son tanto o más importantes que las prácticas eficaces.

No contar con un contexto para reflexionar de modo simultáneo sobre la eficacia y legitimidad de las prácticas científicas, en mi opinión ha contribuido más a acrecentar las diferencias y aumentar los enfrentamientos, dificultando el poder concebir la posibilidad de un dialogo fructífero entre practicantes diferentes, en la búsqueda del consenso que regule y legitime la interacción en las prácticas. Gestar este modo de reflexión espera contribuir al desarrollo conceptual de una nueva plataforma de diálogo, que intente evitar los riesgos ocasionados por la discusión desarticulada de lo eficaz y lo legítimo.

Por el contrario, el contexto de implicación proporcionaría el “marco común” que requiere la discusión - como bien señala B. Lewenstein (2005) - dado que el común denominador de las decisiones involucradas afecta a cuestiones de equidad, justicia, poder y libertad. Tal contexto se estructura, entonces, bajo un triple eje ético, político y epistemológico.

Esta perspectiva busca una mejor comprensión de las interacciones entre ciencia, tecnología y sociedad, con el fin de tomar mejores decisiones. Tales decisiones son de naturaleza teórica y social, ya que se relacionan con cuáles investigaciones e implementaciones incentivar y/o regular. En tales decisiones está condensada la dimensión pragmática del problema. Para establecer tales límites es necesario información, comprensión y acuerdo. El problema político es, una vez más, ¿cómo pueden adjudicarse las afirmaciones de los individuos, las corporaciones, el estado y otros grupos involucrados? ¿Cómo encontrar un equilibrio entre los intereses, los valores, las necesidades y las responsabilidades?

El interés de este marco común de discusión consiste en intentar superar el tratamiento parcelado e inconexo de las cuestiones afectadas. Tal contexto puede proveer la base para el diseño de mecanismos sociales, en la relación ciencia-sociedad, bajo una perspectiva sujeta a valores. Tales mecanismos no deben ser pensados como impedimento del avance científico-tecnológico, sino en el sentido de acompañar de modo activo el diseño de mecanismos tecnológicos bajo la idea de control-2.

El contexto de implicación, entonces, puede caracterizar el espacio general de la discusión para evaluar tanto los beneficios propuestos por los desarrollos científicos-tecnológicos, como para generar estrategias epistémicas y sociales que permitan puntos de equilibrio y acuerdo, como base de implementación de políticas que tiendan al desarrollo social efectivo.

 

Posibilidades perdidas

 

Un elemento que debe disponer este espacio de discusión es la idea de “posibilidades perdidas” Lacey (1999): no estamos obligados a desarrollar toda la capacidad tecnológica posible. La obligación no debe provenir de los sistemas materiales que son ciegos, sino de los sistemas éticos y sociales que establecen los valores y fines. Dicho de otra manera, no de los objetos, sino de los objetivos.

Creo que un objetivo académico inicial está dado por la necesidad de profundizar los estudios sobre las revoluciones tecnológicas recientes (informática y biotecnología) desde el punto de vista de la implicación, según lo ya señalado. Sus conclusiones se revelarán de gran utilidad para contrastar si lo que efectivamente aconteció en tales casos coincide con nuestros valores – en sentido amplio – o no.

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Bibliografía

 

Agazzi, E., El bien, el mal y la ciencia: dimensiones éticas de la empresa científico-tecnológica, Madrid, Tecnos, 1996.

 

Castoriadis, C., Figuras de lo pensable: las encrucijadas del laberinto VI, Buenos Aires, Siglo XXI, 2005.

 

Lacey, H., Is science value free?, Londres – Nueva York, Reutledge, 1999.

 

Lewenstein, B. "What counts as a 'social and ethical issue' in nanotechnology?", Hyle: International Journal for the Philosophy of Chemistry, July 2005, 11 (1): 5-18.

 

Tula Molina, F., "Del empirismo al humanismo: clave de lectura y crítica de la obra de P. K.

Feyerabend", Revista Latinoamericana de Filosofía, vol. XXI, Nro. 1, 1995, pp. 85-104.

 

Vanderbourg, W. H., The laberinth of technology, Toronto, University of Toronto Press, 2000.



[1] Vanderburg, W. H. (2000), p. 120.

[2] Tula Molina (1995).

[3]  Castoriadis (2005), p. 153.

[4] Agazzi, E. 2002, p. 18.

 
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Última Modificación: 02 de Enero de 2013