El surgimiento de la Neuropsicología Uruguaya

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SURGIMIENTO DE  LA NEUROPSICOLOGÍA URUGUAYA

 

                   Sergio DANSILIO             

 

 

Este trabajo es  de alguien que trata sobre “historia” sin ser él mismo un historiador. Está hecho para una maestría dentro del Instituto de Filosofía sin ser el autor un filósofo (por lo menos, no uno “profesional”). Recurre, quizá por ignorancia a la historia oral. En efecto, el Profesor Carlos Mendilaharsu tuvo la gentileza de recibirme en sesiones que duraron aproximadamente diez horas (dos horas por semana), para contar, responder preguntas (e intuyo que también debe haber “escuchado” a su manera). Gran parte del cimiento informativo proviene de aquellas entrevistas. Pero la responsabilidad es del autor. Como no es un “testamento” o un acta testimonial de la Neuropsicología uruguaya, las omisiones de nombres, de situaciones, de ocasiones, de datos, supongo que no serán tomadas con presunciones perversas. Espero que se abra un espacio para corregir errores. Espero que se entienda el contexto en el cual se escribe este trabajo.

 

El agradecimiento, entonces, a Carlos Mendilaharsu por haberme recibido en su hermoso domicilio de la calle Colonia para contarme de algo que sucedió antes de que yo llegara al Laboratorio.

 


Qué es y qué fue la Neuropsicología

 

            Hoy ya no resulta sorprendente recurrir a términos híbridos o inclusive a neologismos. Es más: la ciencia se expande y emergen nuevas disciplinas que, sin plantearse la necesidad de cuestionar o establecer preguntas acerca de su estatuto, eligen el nombre después. Quizás en estas notas se advierta la marca de una actitud conservadora con respecto a las concepciones de la disciplina que nos atañe considerar ahora, pero dadas las preguntas que alguien suele recibir, creo oportuno realizar algunas definiciones acerca del ámbito a considerar. Por lo pronto, también estimo “serio” no desarrollar disquisiciones y simplemente – si aproximar una idea de la neuropsicología es el objetivo – intentar ofrecer concepciones de la disciplina que resulten operativas y cuyos referentes sean investigadores de relevancia en la comunidad científica. Por ejemplo, F. J. Stachowiak, editor de un tomo que compendia trabajos de investigación en técnicas de diagnóstico y rehabilitación de pacientes “neuropsicológicos” elaborados por cincuenta y tres centros de quince países de Europa concibe lo siguiente (38):

 

“Neuropsychology is concerned with the brain – behavior relationship, i.e. describing and localizing functions of the human brain and developing models of basic mental processes. Diagnostic and rehabilitative procedures are based on this research. Clinical assessment in neuropsychology is the application, extension and refinement of the neurological examination” (V) ·

 

M. Lezak, ha reiterado ediciones de un texto clásico de la semiología neuropsicológica, fuente de consultas a lo largo del mundo (22). Reflejo de la disciplina en los Estados Unidos de América, donde se ha desarrollado desde la Psicología – y con una fuerte tendencia “psicometrista” – no deja de ser un referente. Concibe la Neuropsicología – en este caso “clínica” – de la manera siguiente:

 

“Clinical neuropsychology is an applied science concerned with the behavioral expression of brain disfunction” (pag. 7)··

 

La definición de J. L. Signoret y G. Deloche, no varía mayormente, pero se aclara que (37):

 

“Such a claim must not make one think of neuropsychology as a medical subarea. Its history shows that it became autonomous but established reciprocal relations to many sciences, yet it still keeps an obligatory link to the clinical domain” (pág. 279)···

 

La insistencia en destacar los aspectos clínicos no es casual o irrelevante para este trabajo. Veremos cómo la Neuropsicología uruguaya en particular ha sido fundamentalmente “clínica”, y en su momento caracterizaremos esta aseveración. Resta quizá especificar un tanto términos como “mental” o “comportamiento”. Nos podemos ayudar en A. Luria (24). El autor soviético habló fundamentalmente de “procesos psicológicos superiores”, pero no ofrece cambios sustanciales para nuestros objetivos. Se preguntaba qué suerte de procesos psicológicos podían ser vinculados a la estructura y funcionamiento del sistema nervioso central, y tal vez por ahí encontremos una clave cuando menos útil. En efecto, podríamos decir que la Neuropsicología estudia aquellos procesos psicológicos (o fenómenos mentales, o comportamientos, o como quiera llamársele) que encuentren una correlación significativa e interesante con el cerebro, sin presumir que lo que aquí entra implique a “todo” el “psiquismo” del ser humano, ni que haya que recurrir (necesariamente) a cadenas explicativas de naturaleza reduccionista. Presupone sí, para que la empresa sea viable o atrayente, alguna especie de interrelación entre ambos registros, sin primacías ontológicas. Acerca de qué funciones trata la disciplina, es algo que podría irse vislumbrando a lo largo del trabajo.

 

Quizás sea oportuno, hasta donde fuere posible, diferenciar los términos “Neuropsiquiatría” y “Neuropsicología”, que no necesariamente son sinónimos. Examinando un “texto” (libros de texto donde cristalizan las disciplinas como tales), no hay un claro criterio de corte o una referencia explícita entre ambas. Existen menciones de solapamientos entre la sintomatología neurológica y psiquiátrica,  de “zonas grises” o de “interfase” (14). Sin entrar en la discusión de la naturaleza de la patología mental, podría resultar aproximado destacar que la Neuropsiquiatría se preocupa por todas aquellas afecciones que tradicionalmente han constituido el dominio de la institución psiquiátrica (como espacio médico), en tanto puedan hallarse correlaciones hacia la estructura y el funcionamiento cerebrales. Tanto desde un abordaje “seco” (conexiones, áreas, lesiones estructurales), como desde un abordaje “húmedo” (el mapeo de neuromediadores). Pero la propia lectura de compendios y aún trabajos de investigaciones muestran superposiciones: espectro donde los tonos “nítidos” se modifican paulatinamente.   

 

 

Bajo el hilo conductor de la afasia

 

En esta breve introducción seguramente queden por lo menos dos incertidumbres o dos deudas conceptuales. Por un lado se habló de ciertas funciones o procesos mentales que constituían el objeto de la Neuropsicología, por otro se hizo hincapié en definiciones “clínicas”. Al examinar el desarrollo de la disciplina en nuestro país podremos ir descifrando – aunque quizás sólo parcialmente – ambas referencias. En primer lugar algo acerca de aquellas entidades de que trata. Puede observarse en un rastreo realizado por F. Dalmás et al. (9) cómo los orígenes “no institucionalizados” estuvieron ya signados por el estudio de la afasia. De manera rápida: las perturbaciones del lenguaje y el habla como consecuencia de una lesión cerebral. Verdadera categoría médica (¿Puede desde la lingüística concebirse algo así como un “lenguaje patológico”?), condicionó inclusive inferencias ad – hoc acerca de modelos del lenguaje “normal” para permitir de alguna manera interpretar la semiología de los pacientes. Ya en 1927, aparece en el primer número de los Anales del Instituto de Neurología un artículo de J. M. Estapé titulado “Algunas nociones fundamentales sobre las perturbaciones del lenguaje” , trabajo de revisión tocado por los conceptos de Pierre Marie y publica nuevamente en 1935 (Revista de Psiquiatría del uruguay) una “Contribución a la historia anátomo – clínica de la afasia”. La descripción de casos clínicos se encuentra en el citado trabajo de Dalmás et al. hacia el año 1933. En la revista Día Médico Uruguayo el Profesor C. Brito Foresti publica un caso de “Hemorragia cerebro meníngea con afasia” realizándose consideraciones acerca de diferentes tipos de lesiones cerebrales y trastornos del lenguaje así como la introducción de sus perturbaciones en las demencias. De aquí puede irse a los trabajos de R. Arana Iñíguez y A. Dub (década del 40), así como un trabajo de revisión realizado por R. Piaggio Blanco sobre “El lenguaje y sus trastornos”. Pero ahora ya empieza a tomar más forma de lo que pasaría a ser la escuela neuropsicológica uruguaya por lo cual corresponde efectuar algunas consideraciones acerca de los médicos citados.

 

Bernardino Rodríguez, sub-director del Instituto de Neurología (décadas del treinta al cuarenta) realiza un curso sobre afasias, donde guiado por un libro de Nielssen, trata las discusiones de la época entre “localizacionismo” (siendo Dejerine el paradigma) y el no – localizacionismo (a lo Pierre – Marie) llegando hasta la postura prácticamente “holística” de Goldstein. La afasia – más que el lenguaje: la afasia es “síntoma”, la afasia invalida ecológicamente al paciente – persiste siendo el centro de interés que progresiva y escalonadamente abrirá las rutas de la neuropsicología. Cuenta C. Mendilaharsu que en el servicio de oto-rino-laringología, había un excelente foniatra de origen austro – húngaro, A. Dub[1]. Junto a su discípula, N. Queirolo, se vuelcan al estudio de las afasias. Posteriormente se integrará Aída Fernández, Licenciada en Psicología en la Facultad de Humanidades, quien utilizaba una batería de exploración de paciente afásicos y a quien se le refería ese grupo de pacientes. Luego de constituido el Laboratorio, A. Fernández pasará a trabajar al mismo. Aunque decíamos que la “presión” iba hacia el complejo sindromático – y no únicamente, creo, por razones asistenciales, sino también por el esquema conceptual desde el cual conciben las problemas los médicos – el lenguaje, y en general el resto de los dominios involucrados por esta función (que rápidamente “irán exigiendo su lugar”), traerá consigo un fenómeno característico de la neuropsicología. Me refiero a la inevitable confluencia de técnicos procedentes de diversas disciplinas. Esta tendencia “implosiva” responde, bajo esta perspectiva, a la naturaleza de la temática tratada. No excluye, por supuesto, que las concepciones asistenciales holísticas constituyan también otras de las sendas por las cuales se generan confluencias multidisciplinarias dentro de ciertas áreas del conocimiento. Nos deja además la reflexión de que no necesariamente la “ultra – especialización” de la medicina actual – como corolario del “big bang” científico general en su versión tradicional – implique fragmentaciones o compartimentaciones.

 

            En una entrevista con C. Castells[2], C. Mendilaharsu establece como requisitos o condiciones mínimas para establecer un laboratorio de “afecciones corticales” adecuado, tres cargos “no – médicos”: una psicóloga, una fonoaudióloga y una secretaria. Los cargos son aceptados y financiados por la “Donación Saralegui”. El origen era un paciente de Ricaldoni, estanciero, que donó una de sus haciendas al Instituto. Ingresa N. Queirolo como fonoaudióloga y A. Fernández como psicóloga. El Laboratorio comienza, sin embargo, a trabajar formalmente como tal cuando el Instituto se traslada del Hospital Maciel al Hospital de Clínicas. De esta manera se institucionaliza una escuela de neuropsicología que, como ha escrito A. Ardila, fue pionera en toda América Latina (7). La primer paciente que ingresa al Laboratorio, “Alba B.”, presentaba una afasia a predominio motor asociada a una epilepsia. Los trastornos del lenguaje pues, retornaban una vez más a marcar los hitos en el desarrollo de nuestra neuropsicología. Si bien las causas podrán ser múltiples, el grado de invalidez que le ocasionan al paciente para su desempeño familiar, social y, por supuesto, laboral en algunas situaciones desbordaban a lo que podría representar la limitación motriz de la hemiplejía. Por lo demás, el “lenguaje” como sistema cognoscitivo, excedía las posibilidades de conocimiento con que se manejaba el aparato intelectual médico del momento.

 

 

 

Marcas

 

La Neuropsicología llevará la impronta del modelo estructural y la arquitectura del “saber” médico (por no utilizar el término “paradigma”). Esta constatación no se ve afectada por la práctica “multidisciplinaria” o a veces “interdisciplinaria” cristalizada inclusive en los grupos de trabajo que irán segregando los resultados empíricos de la disciplina. Antes bien hace referencia al marco, al contexto y al modelo desde el cual se estructura aquella. Por ejemplo, diferenciándose de los caminos que tomó la Neuropsicología en los Estados Unidos, donde ha sido fundamentalmente del resorte de la Psicología como institución. Me refiero a los espacios reales donde se compila, transmite y “oficializa” el conocimiento específico, o donde se expiden títulos o se requieren para acceder al edificio académico. Seguramente las razones deben de ser múltiples y no es mi propósito agotarlas. Pero es posible ensayar una explicación de trascendencia que, sostengo, ha sido crítica. El paciente, motivo “encarnado” de las preguntas, entidad a la cual refieren las hipótesis, lugar donde se contrastan las teorías, es por naturaleza un sujeto que consulta, se estudia y asiste en una clínica neurológica[3]. Quizás expresado en términos más burdos: la condición necesaria para que haya un paciente cuya sintomatología sea relevante para la Neuropsicología, es que tenga la mala fortuna de sufrir alguna afección del sistema nervioso central. Es imprescindible pues construir dentro de la trama semiológica por la cual se leen las desarticulaciones de ese sistema, todo un andamiaje más o menos preciso que de cuenta de aquellas funciones llamadas alternativamente “superiores”, “psicológicas”, “cognitivas” o “comportamentales” – por nombrar solamente algunas caracterizaciones. El proceso necesariamente tiende a la apertura de otros caminos. Modelos que permitan la interpretación de los hallazgos (si el paciente presenta dificultades en el armado fonológico de la palabra, algo debe proponerse acerca de eso), y modelos que sirvan para desarrollar estrategias de asistencia. Es ahí también por donde cobra vigor el cariz interdisciplinario de la Neuropsicología: claramente el paradigma médico es insuficiente para dar respuestas en esos sentidos.

 

            Será también una Neuropsicología clínica. Las razones que se ofrecieron tratando de ubicarla conceptualmente dentro del paradigma médico en gran parte justifican la aseveración. Pero también debe destacarse que ha sido “clínica” y poco, digamos, “experimental”. Sin constituir nuestro propósito extendernos en las nociones de “lo experimental”, debemos sí, aclarar que nos referimos a aquellos diseños de trabajo donde se “ponen a prueba hipótesis” siguiendo directa o indirectamente los cánones de las “ciencias duras” para verificar, para obtener conocimientos independientemente de la ganancia asistencial más o menos inmediata que pueda lograrse. En cierta parte el medio no era el adecuado o el propicio para alentar ese tipo de modelo. No era tampoco lo que “se necesitaba” en ese ámbito donde se iba desarrollando la neuropsicología (uruguaya). Es entonces “clínica” como el vocablo procede del latín “clinicus” y éste del griego klinikos, de kline, lecho (10). Lecho del paciente, y por lo tanto es una neuropsicología que trata con enfermos o que está centrada en la relación médico – paciente. A. Tatossian ha tratado de reivindicar un cierto modelo de la clínica, considerando que la investigación dentro de dicho contexto se ha visto reducida, apareciendo los psiquiatras dentro de los médicos como “fósiles vivientes” que continúan dependiendo de la práctica de una “actividad vestigial” (39). Se le reprocha la “subjetividad” de sus apreciaciones, y la mediocre fidelidad de sus hechos constatados. A. Tatossian plantea su problema para la psiquiatría, pero hay reflexiones válidas para nuestro caso. Distingue un “modelo inferencial” donde la idea de la práctica clínica hace referencia al pasaje entre semiología y nosología. Esquemáticamente el modelo integra una fase de “observación” donde se efectúa de la manera más completa posible el relevamiento de síntomas y signos, y una fase de inferencia diagnóstica, naturalmente probabilística, donde se plantea una nosología en razón de cierta configuración sintomatológica. De manera muy simple, la actividad consiste en pasar de “algo que se ve” o algo “observable” (el universo del síntoma), a algo que “no se ve” (la enfermedad, por llamar la entidad de una manera generalizadora). Los objetivos de esta empresa son alcanzar la mayor fidelidad y precisión posibles en los sistemas de relevamiento y lectura semiológica, dentro de una concepción implícita donde se trabaja con dos entidades: “índices” visibles y alguna cosa a la cual se accede únicamente mediante inferencia (de aquí que también sea esencial ajustar las reglas de inferencia y de “modelización” de la entidad que se infiere, agregaría yo). En la neuropsicología hay mucho de este llamado “modelo inferencial”. Por un lado se abre un arbol algorítmico de procedimientos, y por otro lado una serie bien contabilizada de pruebas de ensayo-y-error que validen aquellos algoritmos. Para la psiquiatría A. Tatossian propone un modelo de alternativa que llama “perceptivo”. La entidad en juego ya no es considerada como una combinación sumatoria de síntomas sino como una “Gestalt” , y las “gestalts” serían “percibidas” y no “inferidas” (sic). En realidad hace referencia a la percepción global, extremadamente intuitiva de la situación general, argumentando que el modelo inferencial repara únicamente en lo que un proceso de categorización señala como “patológico”, perdiéndose lo histórico, lo cultural, lo relacional. También tiene algo de esto la neuropsicología uruguaya, fundamentalmente en la “práctica diaria”, cotidiana, de “consultorio”, y muchas veces constituye el punto de partida desde el cual se inicia el estudio de un caso para luego confirmar o refutar las hipótesis iniciales – necesariamente intuitivas –. A. Tatossian propone que un “equilibrio” entre ambos modelos permite, en la clínica psiquiátrica, entrar en una “racionalidad científica auténtica” (pág. 60). En algunas dudas que surgen, cuando no confusiones, malentendidos o directamente enfrentamientos ideológicos, se suele confundir el aspecto puramente asistencial, de la investigación y de los problemas específicos que plantea cada disciplina o dentro de cada disciplina, cada microproblema. Claro, “holistas”  a-la-gurú” siempre encontraremos.

 

            Ciertamente la psicología como “institución” no se preocupó mayormente por esta problemática, por este género de pacientes, por esta suerte de enigmas. Decir que no se preocupó es decirlo en los mismos términos que señalábamos al principio: no cuentan los destellos individuales si nos detenemos a reflexionar sobre la marcha de una disciplina. Constituyen evidentemente los argumentos fuertes  identificar cristalizaciones en ámbitos académicos (desde la inclusión de tópicos relevantes dentro de un programa o un currículum hasta la creación de centros, laboratorios o departamentos abocados explícitamente al tema). Es difícil determinar las causas. Por lo pronto parece que otras tendencias, como el psicoanálisis, han prendido más. Algunas materias que conceptualmente rondaban en torno a las “bases biológicas del comportamiento” tuvieron su lugar, y en particular dentro de la “Escuela de Psicología” que estableció la Universidad intervenida se estableció una repartición que estuvo a cargo de J. Monti (quien en algún momento fue catedrático de farmacología en la Facultad de Medicina). La idea se amplía más recientemente y luego de la desintervención, agregándose un curso propiamente de “Neuropsicología”, cuyo departamento queda a cargo de H. Santini. La función es básicamente docente, no es asistencial y no parece encargarse tampoco de proyectos de investigación. El núcleo profesional, empezando por H. Santini procede fundamentalmente del Laboratorio de Neuropsicología. El lugar que debiera ocupar la neuropsicología dentro de una Facultad de Psicología en el contexto urguayo – y sin escamotear la realidad internacional de esa comunidad científica – representaría un tema de crucial interés para el futuro de la disciplina en nuestro país, pero excede el propósito de este trabajo. Nos encontramos en sociedades que planifican poco o nada, y por ahora, algunos giros quedan supeditadas a la inspiración o presencia de determinadas personalidades intelectuales y a la “moda”. Cuando no al prejuicio y la ignorancia.

 

 

Formación y desarrollo del Laboratorio de Afecciones Cerebro - Corticales

 

 

Durante el año 1952 se vive un período socio-económico especial. Post-guerra en Europa, ascenso de la cotización del peso y mejora de las condiciones de intercambio de los productos uruguayos. En 1939 la situación económica del país era relativamente saneada y próspera (15), y entre 1945 y 1955 se produce el crecimiento más intenso de la “industria de protección necesaria” (19). Recién durante la década del 60 los aumentos en el costo de la vida alcanzan niveles hasta entonces desconocidos en el País, con un 60 % anual (20). Con un sueldo de grado 2 (“jefe de clínica” o “asistente”) de la Universidad de la República, C. Mendilaharsu puede vivir decentemente en la Francia que aún no finalizaba su reconstrucción para tomar contacto con uno de los focos más duros de la Neuropsicología mundial. Los otros centros de trascendencia eran Inglaterra (McDonald Critchley, por ejemplo), poco en Estados Unidos (A. Benton y N. Geschwind) y la gigantesca figura de A. Luria en la entonces Unión Soviética, quien estudió exhaustivamente los lesionados de guerra que acudían por millares a los hospitales. Pero Luria (que marcó radicalmente la neuropsicología) tuvo un lugar apenas destacado, solamente autor “de mención” en nuestra neuropsicología. La Francia mantenía personalidades de referencia dentro del campo y es allí donde abrevará la Neuropsicología uruguaya, de cuyo modelo “médico” tomará la estructura y la manera de trabajo que se instalará luego en nuestro país. Mussio Fournier, Profesor de endocrinología era íntimo amigo de Teófilo Alajouanine, quien a su vez era Profesor de neurología en la linajuda La Salpetrière, Paris. Recordemos que los hospitales de La Salpetrière y Bicêtre fueron creados con motivo del “gran encierro” que en 1656 Luis XIV decretó siguiendo fines policiales para recluir a sujetos poseedores de trastornos persistentes del comportamiento social, sin tomar en cuenta la naturaleza del trastorno. Posteriormente se separa a los “alienados” del resto, “medicalizando” definitivamente la locura cuando Philippe Pinel es nombrado médico a cargo de Bicêtre primero y de La Salpetrière en 1795. Durante la misma época la Psiquiatría, empuje de la frenología mediante, reniega también de la “Filosofía” y de la “Metafísica” (34). En 1870, cambios arquitecturales y urbanísticos (seguramente entre otras razones quizás de mayor peso que nos llevaría lejos del trabajo estudiar) hicieron que el hospital admitiera salas para las “neurosis”, particularmente la histeria y la epilepsia. De manera parcialmente fortuita J. Charcot funda dentro mismo de La Salpetrière una escuela de Neurología. Las neurosis no formaban parte de las “alienaciones mentales” y no eran atendidas por psiquiatras (hasta entonces denominados “alienistas”). Pero detrás de las neurosis (femeninas, era un hospital además, de mujeres), confluyeron otras afecciones neurológicas.

 

            Mussio Fournier daba clases cuando concurría a La Salpetrière, donde se sentía un profundo respeto por el profesional uruguayo. Mendilaharsu consigue una carta de Mussio y se asegura un lugar privilegiado de estudio, el objetivo era aprender Neurología y “afasias”. Mendilaharsu describe a Alajouanine como un médico sumamente “intuitivo”, de observaciones rápidas y profundas y diagnósticos “geniales” sin mayor despliegue de algoritmos explícitos. Lo compara, para ilustrar, con el J. García Otero en Uruguay. La Medicina de entonces, para detectar tumores cerebrales, hematomas o infartos no poseía recursos que llamaríamos “incruentos”. El juego semiológico debía ser cuidadoso y “detectivesco” para economizar métodos dolorosos e inclusive riesgosos como la neumoencefalografía o la arteriografía carotídea. Muchos casos se lograban describir al detalle recién en el propio acto de intervención quirúrgica o, para los pacientes menos afortunados, en la necropsia. Aunque ya entonces existía toda una tendencia dentro de la Neuropsicología llamada “noeticista[4] (versión menos fuerte del “holismo”, vocablo más clarificador) y que incluía a autores de la talla de Pierre Marie, Goldstein, Lashley, H. Jackson, entre otros, la fuerza de la praxis médica llevaba a buscar funciones que fueran localizables. Que “hablaran” de topografías encefálicas y, de ser posible, que ofrecieran claves para estimar la naturaleza nosológica del cuadro (¿afección degenerativa? ¿afección tumoral? ¿afección de etiología infecciosa?). Los noeticistas mezclaban concepciones localizacionistas y no localizacionistas en mayor o menor grado, y como grupo se componían tanto de neurólogos como – en mayor grado – de psicólogos. Pero, aunque hubiese funciones no “discretas” en relación a alguna estructura o zona cerebral, el clínico debía poder definir aquella constelación de síntomas que refiriera sí al topos. Era una necesidad práctica, por llamarla de manera “llana”. Otra discusión en la que no entraremos fue – y sigue siendo – el hecho de que es dudoso hasta qué punto una “perturbación” nos permite inferir “funciones normales”. También tuvo la oportunidad de aprender con H. Hécaen, otro de los referentes clásicos de la Neuropsicología durante varias décadas. H. Hécaen estuvo trabajando, entre otros, con Penfield, y por aquel entonces hacía la Policlínica de la mañana en Sainte-Anne. Otra personalidad destacada de esos lugares (citado en especial por sus estudios sobre las apraxias), fue Morlaas quien concurría al Hospital para hacer acupuntura.

 

            Estando ya en Europa, Mendilaharsu fue llamado por I. Más de Ayala, Profesor “Libre” de Psiquiatría, quien le comunica que se “está perdiendo” a Julián de Ajuriaguerra. De origen vasco, hablaba fluidamente el castellano. Talentoso médico, enseñaba en el hospital de Sainte-Anne, también Paris y también con una rica tradición (por ejemplo, Magnan estuvo a cargo del mismo). La relación con de Ajuriaguerra será todo un hito. Visitó el Uruguay en tres oportunidades (años 1952, 1954 permaneciendo durante un mes y en el año 1969). Sus preocupaciones influyeron en la Neuropsicología uruguaya profundamente. Hacía Psicoanálisis fuera del hospital para poder mantenerse económicamente. Viró desde un interés por las demencias hacia un interés por la Psiquiatría Infantil editando un enorme tratado que aún hoy sigue consultándose. Introdujo la obra y las concepciones de J. Piaget tanto en la Neuropsicología de niños como de adultos. Cuando concurría al Uruguay se le solían presentar los “casos difíciles”. Psicoanálisis y Piaget constituirían dos modelos que irán marcando íntimamente a la Neuropsicología uruguaya de entonces. En la primera de las disciplinas no entraremos (requeriría quizás todo un trabajo de por sí), pero efectuaremos posteriormente algunas consideraciones acerca de la Psicología Genética ya que ello es inevitable. Mendilaharsu trabaja y ve pacientes en Sainte-Anne junto a de Ajuriaguerra, hasta “que el frío”, el gélido invierno parisino lo hace volver a Montevideo (fue un lapso de poco más de nueve meses, lo suficiente para parir un ser humano).

 

            No resultarían excesivas algunas reflexiones. En primer lugar destacar el momento propicio para facilitar la rotación de un profesional uruguayo en centros de primer nivel dentro de una cierta disciplina. No solamente la eventualidad de que un sueldo universitario de asistente alcanzase para sostenerse en Paris, sino el posicionamiento la Medicina uruguaya con respecto a la europea. Por lo demás, comienza a quedar claro el objetivo de la Neuropsicología y su fraguarse dentro de la matriz médica. El modelo es el modelo francés de entonces. Los pacientes se encuentran en hospitales, y particularmente en los hospitales neurológicos ya entonces separados (o cuasi separados) de los hospitales psiquiátricos (¿volverán a confluir en el futuro, al menos parcialmente o en algunos sectores?). A los hospitales van fundamentalmente los médicos, es, de alguna manera, el “templo” de la medicina (junto a la pequeña parroquia que es el consultorio individual).

Esa Neuropsicología, imbricada dentro del andamiaje institucional médico, brota cuando aún la explosión tecnológica no ha ocurrido y el ejercicio clínico, el abordaje “persona – a – persona” con escasos instrumentos “materiales” para esgrimir, es fundamental en el acto diagnóstico y terapeútico. El posterior empobrecimiento de nuestros países, la exponencial “tecnologización” de la Medicina nos distanciará después, una vez más. Queda bajo discusión abierta  en qué medida aún hoy la Neuropsicología depende de tecnología costosa y de “última generación” para hacer, pensar y proponer cosas interesantes. Pero ahí nos iríamos por otros caminos.

 

            La idea de fundar un Instituto de Neurología dentro de la órbita de la Facultad de Medicina crece dentro del Parlamento nacional cuya decisión era imprescindible (39). El proyecto de ley fue aprobado el 29 de Octubre de 1926[5], sancionado por el Poder Ejecutivo el 3 de Octubre del mismo año realizándose la inauguración el 5 de Mayo de 1927. Antecede en varios años, por ejemplo, al de Montreal (Canadá), es el primero en América Latina, antecedido solamente por el Instituto de Neurología de la Columbia University en Nueva York (11). Desde ese momento funciona en el Hospital Maciel, trasladándose al gigantesco Hospital de Clínicas (ahora sí, hospital puramente universitario) el 10 de Mayo de 1958. La inauguración oficial se produce en Octubre de 1959. Ya Ricaldoni concebía el Instituto como producto de la conjunción entre la neurología y la neurocirugía, desarrollando tareas de asistencia, enseñanza e investigación, estimulando como metodología de trabajo la constitución de equipos. El centro debería representar el centro de referencia para la práctica de esas disciplinas en el País. Desde actividades directamente clínicas, a investigación en ciencias básicas, con los laboratorios respectivos, existiendo inclusive un apartado de “cirugía animal”. La estructura incluía dibujantes, fotógrafos especializados y hasta era necesario registrar actos de interés científico mediante técnicas cinematográficas. Ricaldoni pensó en una infraestructura de cuatro pisos (al inicio, se asistían 469 pacientes internados en salas de los 159 eran portadores de las llamadas “enfermedadades del sistema nervioso y anexos”, y 169 en policlínicas, de los cuales 76 portaban afecciones neurológicas). El Hospital de Clínicas le cede un piso entero (el sistema de block quirúrgico se encuentra ya centralizado) y espacios en el piso de las policlínicas (primer piso). 

 

            Roman Arana Iñíguez, mediante concurso, asumirá la dirección del Instituto de Neurología ya en el Hospital de Clínicas. Su formación tanto en neurobiología junto a Clemente Estable transucrrió también por el exterior (Instituto Neuropsiquiátrico de Chicago, Clínica Lahey de Boston, Presbiterian Hospital de Columbia y hasta un pasaje por el centro de neurofisiología experimental con H. Magoun y J. French en California). La adaptación al Hospital de Clínicas implicó algunas modificaciones (muchas de ellas condicionadas por la propia concepción del hospital). Pero como hecho a destacar, se mantiene el funcionamiento de trabajo “parcial” (part-time) de casi todos los recursos humanos, no pudiéndose cumplir el sueño de Ricaldoni – luego de Arana – de contar con personal a dedicación total (full-time) por lo menos en su mayoría (11). Permanece el laboratorio de electroencefalografía, los estudios de laboratorio clínico quedarán prácticamente limitados al de líquido céfalo – raquídeo (el resto pasará al laboratorio central) y permanecerán algunas técnicas de diagnóstico e investigación histológicas y de anatomía patológica específicas. Sin embargo, el Instituto verá multiplicarse un nuevo sistema de “secciones” donde agrupaciones de técnicos se ocupan de áreas definidas de la disciplina (epilepsias, ataxias, enfermedades extrapiramidales, enfermedades cerebro – vasculares, etc.) (40). Estable-Puig destaca que la inclusión dentro del Hospital de Clínicas ubica al instituto en “una situación de dependencia total de un hospital general “part-time”, carente de programas y objetivos bien definidos.” (pág. 278) (11). La independencia física pensada por Ricaldoni primero, y por el propio Arana después no alcanzó nunca a lograrse (centro de asistencia con 120 camas, como sueño). 

 

            El Instituto de Neurología se convierte pues, y a pesar de los inconvenientes mecnionados, en el centro de referencia a nivel nacional. Aún las neurociencias no habían sufrido las transformaciones radicales en las metodologías diagnósticas. En general la arteriografía, la pneumoencefalografía, la punción lumbar, la ventrículografía, la mielografía y luego lo “directamente visualizable” por el técnico una vez abierta la calota craneana eran metodologías “invasivas” (dolorosas y riesgosas, tanto cuanto nos referimos a riesgos de morbilidad como de mortalidad). El grado de destreza requerido por quienes las llevaban a cabo (el “factor humano”) era generalmente crítico, tanto para realizarlas de la manera menos iatrogénica posible como en el arte de interpretar los resultados. Muchas veces “la verdad” final era la “revelación” del estudio que realizaba el patólogo. Juan Medoc, de los últimos defensores del “uso del gorro blanco”, llevaba la pieza que dirimía las discusiones entre los médicos “descubriendo el velo” lentamente frente al ateneo en pleno (39). Juan Medoc asombró al propio de Ajuriaguerra, pero no se interesaba por las afecciones degenerativas. Como cuenta C. Mendilaharsu las piezas de cerebros con demencias permanecían relegadas y más allá del interés de Medoc – más preocupado por los tumores cerebrales – . En fin, no es nuestro objeto detenernos en el Instituto de Neurología, pero creo imprescindible mostrar el contexto en el cual se desarrolla la Neuropsicología uruguaya. Forzosamente hay omisiones si alguien pretendía detalles de otra naturaleza. La Neurología experimental, bajo la dirección de Elio García Austt desarrollará diversas líneas de investigación desde su instalación en 1959. Por lo demás, una vez en el Hospital de Clínicas, el Instituto dispondrá de espacios para la internación y asistencia ambulatoria de niños con afecciones neurológicas, área que dirigirá primero María Antonieta Rebollo, cobrando cada vez más una mayor autonomía, e integrando otros técnicos como maestras especializadas, psicólogas, fisioterapeutas, psicomotricistas. En 1955 se funda una publicación: Acta Neurológica Latinoamericana (ANLA, desde ahora para abreviar), entre cuyo consejo editorial se encontraban personalidades de primer nivel en las neurciencias latinoamericanas. Arana intentaba así crear un espacio de publicación para las neurociencias latinoamericanas que generalmente quedaban relegadas de los ámbitos internacionales de publicación (por multiplicidad de razones que ahora no nos toca efectuar), manteniendo la defensa de nuestro idioma. ANLA subsiste durante aproximadamente veinte años. Un centenar de becarios acudieron a los primeros dieciocho años del Instituto en el Hospital de Clínicas desde diferentes lugares del mundo, particularmente desde países de América Latina. El ingreso era gratuito en un hospital universitario público que se sostenía con parte de la riqueza del pueblo.

 

Digresión: ANLA

 

 

            Acta Neurológica Latinoamericana (desde ahora ANLA) representará por un lado el reflejo de la evolución del Instituto. Por  otro lado el espacio donde ven publicadas sus trabajos de investigación aquellos que llevaron delante la neuropsicología uruguaya. Una digresión en ese sentido corresponde, quizás por dos motivos. La trascendencia de un ámbito de publicación de resultados, arena donde se expone al juicio de la comunidad científica  el hallazgo, y por otro lado que la fuerza de producción científica y la infraestructura económica permitía – por lo menos al principio – llevar adelante. No será entonces una empresa de investigación acerca de ANLA, solamente tratar  de ofrecer el contexto y orientarlo a la neuropsicología. Buscaremos números claves. El primer ejemplar es de Enero – Marzo de 1955, y la Secretaría de Redacción, manifestando los propósitos de una empresa de tamaña envergadura dice (4):

 

“Acta Neurológica Latinoamericana tiene por objeto acuciar el interés por la Neurología en América Latina y atraer la atención hacia la producción neurológica latinoamericana en los ambientes científicos serios de otros países del mundo. [...] ...esta revista propicia, además del castellano y el portugués, el uso del idioma inglés, cuya universalidad para fines de intercambio científico parece hoy reconocida”

 

El propósito de la publicación demuestra una ambición que fue correspondida – por el tiraje y el número de suscriptores – a nivel internacional, donde se ganó prestigio. El objetivo fundamental era generar ese espacio de manera primordial en América Latina, pero se le hacía necesario aceptar que el “latín” de los códigos del conocimiento de la época pasaban por el inglés. En ese primer número aparecen aportes de Buenos Aires, uno de S. Obrador Alcalde (Madrid, en páginas 35 – 45) y hasta algún artículo escrito en inglés. Conceptualmente, el espectro de la publicación de alguna manera, por refractancia incide sobre la noción neuropsicológica (4):

 

“Su única limitación será el estar dedicada a la Neurología orgánica, en la que todos los hechos tratados deben responder a circunstancias objetivamente demostrables. Los problemas de la Psicología y Psiquiatría puras estarán, pues, excluidas del temario de la revista.”

 

Lo que en realidad representa un acto constitutivo en cierta manera “doctrinario” acerca de la publicación, tiene un efecto hacia “atrás” o – al contrario – es producto de la neuropsicología que se tenía entonces. Por un lado la necesidad de “remarcar” la organicidad de la Neurología. Por otro lado la de exigir la “demostrabilidad” y además “objetiva” de los hechos que se presentan. Y una forma de hacer Psicología o Psiquiatría, disciplinas evidentemente emparentadas con la neuropsicología (entonces y ahora) que quedaban fuera de la institución. No es una cuestión de legitimidades la que nos anima discutir ahora. Pero quizá encontremos aquí parte de los divorcios entre algunas disciplinas afines. Los artículos de fe de la publicación se racionalizan para especificar la suerte de área temática y hasta la estructura conceptual sobre la cual versarán, pero no eran solamente artículos surgidos exclusivamente “para la revista”. Eran producto de una arquitectura del concebir esas zonas de la ciencia. Y en gran parte esa concepción toca también al surgimiento de la neuropsicología uruguaya. En gran parte también desinteresa a científicos que aún en aquellos momentos podían imaginar formas alternativas de hacer ciencia. Pero eso es otro tema. El comité de redacción, cuerpo de colaboradores y comité consultivo, bajo la dirección de R. Arana recorre gente de Buenos Aires, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, México, Panamá, Puerto Rico y Venezuela.

 

            Es recién en el número 3 del volumen uno donde aparece el primer artículo de la escuela neuropsicológica uruguaya, trabajo empírico realizado sobre nueve observaciones – trabajo del Instituto de Neurología – de lesionados hemisféricos derechos, casuística de entidad cuantitativa en la época (2). Se utiliza un abordaje fenomenológicamente descriptivo de la sintomatología de los pacientes, rayano en lo anecdótico, pero también recurso habitual que prolongó por lo menos en la tradición francesa hasta los sesenta tardíos y más[6]:

 

“Para la colocación de los zapatos se ayuda solamente con la mano derecha. Tiene dificultades para hacer un nudo, haciendo varias vueltas en el mismo sentido con las cintas, pudiéndolo a veces completar después de varias tentativas.”

 

Aparecen fotografías de copias de figuras (revelando interesantes ejemplos de apraxias constructivas, que servirían aún hoy para ilustrar cualquier tratado) y, en dos de los casos, la documentación anátomo-patológica efectuada por Medoc (cortes de Pitrès). El artículo sigue el enfoque “anátomo – clínico” de la época, haciendo referencia a “disturbios visuoespaciales y práxicos (....) insistiendo en la agrupación sintomática y en el tipo de lesión presentada.” (pág. 295). Con lo cual comienza a comprenderse el cariz de la institución neuropsicológica, tanto como efecto de las urgencias del medio, del contexto en el cual se desenvuelve y el momento histórico. Nos encontramos aún en la etapa previa en la inauguración del Laboratorio en el Hospital de Clínicas.

 

            Poco después se rescata otra publicación de naturaleza neuropsicológica que posee algunos visos de interés: se recurre a técnicos que trabajan por fuera de los muros del ámbito exclusivamente médico. En el trabajo “Algunas consideraciones sobre la afasia central”, donde se presentan tres casos, aparece M. Berta, procedente del Instituto de Psicología, Facultad de Humanidades y Ciencias (3). Comienza a apreciarse un “doble sentido” en el uso del término “afasia central”. El anatómico, es decir, la lesión “responsable”, que para este caso ocupa la parte central de lo que se consideraba entonces el área del lenguaje. El “psicológico”, porque los autores penetran consideraciones donde juzgan que se afecta el “lenguaje interior”, “fenómeno central” de los instrumentos o mediadores del lenguaje (concepto que venía de K. Goldstein). El trabajo hace referencia a la interpretación funcional que ya en 1891 había dado S. Freud, opus sepultado entonces por las escuelas clásicas de neuropsicología, donde comenzaba a plantearse que una entidad psíquica debe explicarse por otra entidad psíquica (en la discusión contra los “hacedores de esquemas”). Todavía se utiliza en la exploración de los pacientes una metodlogía sumamente cualitativa: estudio del habla espontánea, denominación de objetos y de láminas, descripción de figuras, reconocimiento de consignas (“órdenes”). En el examen “psicológico” se utilizan baterías como el Raven, el Weschler – Bellevue, el Bender y el Rorshach, por nombrar algunos que conservaron (de manera revisada o no) su vigencia. No hay estudio “anatómico” y la localización se realiza por inferencia sindromática, de ahí que interese particularmente la “pureza” del caso. Tal vez  la incorporación de otras metodologías y disciplinas al estudio del paciente hace que empiece a postularse la importancia de factores tales como el tipo individual de adquisición del lenguaje (“en parte dependiente de la personalidad” – ver pág. 20), lo que llaman la “historia integrativa” luego de la lesión, es decir, los fenómenos de reorganización, compensación por actividades de naturaleza psicolingüística o no y la posible participación del hemisferio contralateral. Dado el año en el que nos encontramos, los aportes eran novedosos y entreveían nuevas líneas de investigación que, al menos en parte, cuestionaban el “encorsetamiento” doctrinario de la revista.

 

            Ya en un ejemplar de 1960 aparece un artículo donde figura el pie la referencia al Laboratorio de Afecciones “Cerebro – Corticales” (25). Continuando con la metodología descriptiva se ofrecen nueve casos de “afasia amnésica”, aventurando una hipótesis de especificidad lingüística del trastorno, y en contra del déficit de la “actitud categorial” con el que ya sin mucha suerte venía insistiendo el mencionado K. Goldstein. Tomando un tema controversial como la relación entre lenguaje y pensamiento, proponen la posibilidad de poder – dicho en otros términos – disociar lo que es el mecanismo de extracción o búsqueda lexical de lo que representan fenómenos cognoscitivos más complejos, holísticos o “intelectuales” generales (ahí apuntaba la famosa categorialidad de K. Goldstein).

 

            Siguiendo este nuevo “hilo conductor” que es ahora ANLA encontramos un artículo autóctono curiosamente escrito en inglés (¿Intentó remitirse a alguna publicación de otra envergadura? ¿Buscó un auditorio más extenso?), que destacamos ya que ilustran los caminos de la neuropsicología uruguaya (19). Por un lado emergen “nombres” que luego la Facultad capitalizará, ya sea el de A. Bermúdez como fonoaudióloga en el propio laboratorio o el de A. Ginés, actual catedrático de Psiquiatría. Se suma C. Grümberg, por lo cual la multidisciplinaridad queda sellada de facto[7] . Por otro lado se tiende a un diseño de paradigmas experimentales más sofisticados, aunque es evidente que el objetivo continúa siendo “clínico” (digamos, buscar resultados que redunden en un beneficio para el diagnóstico). Y finalmente se advierte el impacto de la lingüística estructuralista en el modelo afasiológico uruguayo. Claro, no es patrimonio del Uruguay, pero ese no es el caso. El texto citado es el clásico de R. Jakobson y M. Halle de 1963 “Essais de linguistique générale” (Paris, De Minuit)[8].  Por el año de edición puede observarse que la dictadura ya había sembrado su oscuridad en nuestro país. Pero igual fue posible rastrear otros artículos de importancia en este seguimiento de ANLA.

 

            Sorprendemos un estudio de grupo realizado por M. Flores, quien integrará el Laboratorio ya durante la década del setenta (16). El artículo (no sabemos si deliberadamente o no) representa toda una línea de investigación empírica: la búsqueda de determinada sintomatología neuropsicológica o relevamiento de resultados en poblaciones con afecciones especificadas. Los alcances diagnósticos, pronósticos y eventualmente de tratamiento en tal tipo de abordaje son evidentes. En el trabajo se asocia inclusive un técnico, G. González, que efectúa el análisis estadístico, agregando una dimensión de elaboración científica no despreciable. El trabajo, que explora la percepción y la memoria táctil en personas epilépticas (en aquel entonces, una de las enfermedades donde se buscaban soluciones viables), parte de una batería empleada previamente e introduce corroboraciones de significatividad para documentar la muestra. Al final se agradece la orientación de S. Acevedo por la orientación en el trabajo. Otra vía aparece en las perspectivas del laboratorio. Posteriormente aparece la confección de una prueba para la evaluación de la memoria visuoespacial con diseños tridimensionales tomando una población sana de 80 sujetos (23).

 

            Si bien no directamente vinculados a la metodología utilizada corrientemente por la neuropsicología de entonces, aparece un artículo de E. García Austt acerca de los potenciales evocados sensoriales fruto de un trabajo que recibe financiación extranjera[9], y producto en parte en de investigaciones que ya venía realizando J. Bogacz (18). Los potenciales evocados “cognitivos” constituirán en el futuro una herramienta más en las múltiples líneas de investigación que adoptará posteriormente la neuropsicología en el mundo. Y E. García Austt ya entreveía su aplicación clínica en el estudio de los trastornos de la comunicación, en estudios psicológicos y psiquiátricos, y en la acción de psicofármacos. Por otra parte, registramos también un prolijo estudio histológico acerca del proceso de envejecimiento cerebral realizado en conjunto por R. F. de Estable-Puig, J. Estable-Puig y J. Purriel, los dos primeros trabajando ya en la Facultad de Medicina de la Universidad Laval (Québec, Canadá), y J. Purriel en el Laboratorio de Neuropatología del Instituto de Neurología (12). La exploración de las modificaciones microestructurales y ultraestructurales en los procesos de envejecimiento darán lugar a un área de relevancia en el estudio de las demencias. Ambos artículos representan, además, dos vetas de investigación experimental diversas (una la neurofisiología, otra la histopatología) que no hallarán un desarrollo vigoroso en la neuropsicología uruguaya. Representan también dos artículos donde, de alguna manera, la práctica científica se “internacionaliza”: en un caso recibiendo financiación desde los Estados Unidos, en otro caso lográndose un trabajo conjunto que involucra laboratorios de dos naciones distintas.

 

            En 1962 se incorporará el comité editor neurológico del “Acta Neuropsiquiátrica Argentina” a ANLA, atribuyéndose el pasaje al proceso de especialización científica (5). En efecto, “Acta Neuropsiquiátrica...” pasaba a llamarse “Acta Psiquiátrica y Psicológica Argentina” considerando exclusivamente la producción que versara sobre aquellas áreas – en el supuesto de que se encontraban claramente diferenciadas –. Pasan a ANLA prestigiosas figuras de la neuropsicología argentina como J. Azcoaga (quizás el iniciador de toda la neuropsicología argentina propiamente dicha), C. A. Bardeci – que ya se encontraba en la editorial de ANLA -. Y A. Thompson, entre otros. “...las dos publicaciones hermanas [dice el editorial], nacidas simultáneamente, cubrirán cada una los dos campos fundamentales del estudio del sistema nervioso.” Comienza por entonces a plantearse dificultades en la financiación de la publicación, y en la editorial del mismo número citado se menciona la creación por el Instituto Torcuatto di Tella del Centro de Investigaciones Neurológicas con sede en Buenos Aires, por cuyo intermedio otorgará a ANLA un subsidio que cubre hasta un 50 por ciento de los gastos de publicación. Saltando a la década de los ochenta, se encuentra ya C. Mendilaharsu como editor jefe de ANLA (conjuntamente con M. D. Bottinelli era editor ejecutivo a fines de los setenta), teniendo un comité consultivo que se extiende a científicos ubicados fuera de América Latina. P. Albert Lasierra de Sevilla, L. Barraquer Borda de Barcelona, E. García – Austt (ahora en Madrid), R. F. de Estable-Puig (en el Québec), R. García Mullin (Florida) y F. Torres Restrepo (procedente de Bogotá, se encuentra ahora en Minneapolis). Como “cita al azar” puede tomarse un ejemplar de 1986 (6). Es ya también la época de los exilios políticos y la égida de científicos y clínicos. El último número, volumen 30, es del año 1987, está dedicado enteramente a un simposio internacional sobre enfermedades neuromusculares realizado en Montevideo. Razones fundamentalmente económicas (aunque debiera indagarse también en qué medida la producción científica descendida o no pueda haber incidido) parecen haber justificado la interrupción.

 

La Neuropsicología uruguaya en marcha

           

            No será mi objetivo realizar una detenida y completa revisión de la bibliografía que produjo el Laboratorio de Neuropsicología. Esa pretensión de “archivo” queda fuera de los propósitos de este trabajo, que intenta tener poco de “registro” (entendida por tal una tarea lo más aséptica y neutral posible de recolección ordenada y rigurosa de datos). Se navegará, antes bien, por temas, preocupaciones y modelos. Buscaremos aproximarnos a una comprensión de lo que ha sido la Neuropsicología uruguaya (o lo que ha querido ser) bajo una de las interpretaciones posibles, claro. Tampoco entraré en la “indeterminación de la interpretación”. Que el lector le asigne al concepto el significado que quiera: no afectará mayormente al propio trabajo.

 

            Exactamente el primero de Agosto de 1958 se inaugura lo que el Profesor J. Gomensoro denominará el “Laboratorio de Afecciones Cerebro – Corticales”[10] dentro del ámbito del Instituto de Neurología (por supuesto, Facultad de Medicina). El nombre refleja una concepción de la neuropsicología. Por un lado, que se encarga del estudio de aquella sintomatología asociada a lesiones de los niveles de organización cortical. Segundo: es el registro de lo biológico lo que intitula al laboratorio. Tercero: implica una noción de la neuropsicología más próxima a la que mencionábamos transcribiendo un pasaje reciente de F. Stachowiak, es decir, como una “sofisticación” del examen neurológico y poco más. Dada la magnitud del problema y las dificultades de los técnicos para hacerse cargo intelectual del mismo, son nuevamente las afasias el conjunto de temas sobresalientes en el laboratorio. Allí han ido también las fonoaudiólogas. Es así que, dentro de la jerga médica, el laboratorio es llamado “...de lenguaje”. Alguien puede llamar hoy al Hospital de Clínicas y, según la operadora telefonista, puede no identificar el interno ya sea por “Laboratorio de Neuropsicología” (actual denominación), ni “Laboratorio de Afecciones Cerebro – Corticales”. Si alguien le dice: “Laboratorio de Lenguaje”, entenderá perfectamente adónde dirigir la llamada. El “hilo conductor de la afasia” con el que casi comenzábamos aún hoy parece seguir tendido.

 

            Se obtiene todo un cuerpo docente y asistencial asignado por la Facultad de Medicina al Laboratorio, que permanece bajo la órbita del Instituto de Neurología. Un Profesor Agregado (grado 4) dirige el Servicio. Siguen tres Profesores Adjuntos y tres asistentes (con cargas horarias que oscilan en las doce horas semanales). La estructura hospitalaria considera al departamento como de “diagnóstico especializado” (centro de referencia nacional, por lo demás) y los cargos pueden extenderse a seis años. Deben sumarse una Asistente Social asignada al Servicio y luego psicólogas y fonoaudiólogas sin contar el personal “honorario” que contribuyó con trabajo, estudio e imaginación a la marcha de este aparato intelectual creciente. Algunas ventajas proceden de la inserción dentro del Hospital de Clínicas. “llueven”, como narra C. Mendilaharsu, las solicitudes de estudios neuropsicológicos, y la casuística se multiplica porque en el propio Hospital se encuentran las clínicas médicas, quirúrica, y la policlínica de Psiquiatría de adultos. Los trabajos aparecen codificados en la serie de “Estudios Neuropsicológicos” (29, 30, 31 y 32), y publicaciones realizadas fundamentalmete en Acta Neurológica Latinoamericana, prestigioso “journal” neurológico de trascendencia internacional en el cual ya nos hemos detenido. No ha sido el objetivo de este trabajo llevar a cabo una detallada búsqueda bibliográfica por lo cual no es de dudar que se omitan algunos artículos, presentaciones o publicaciones que también formaron parte del acervo intelectual “escrito” de la institución.

 

            El espacio físico que aún hoy sigue perteneciendo al Laboratorio de Neuropsicología fue descubierto dentro del laberinto del Hospital de Clínicas por accidente. Cuenta el propio C. Mendilaharsu que llamaba la atención cómo un epiléptico concurría asidua y puntualmente a sus controles, logrando siempre el primer número de asistencia. Se rastrea la situación y fue posible encontrar que el hombre habitaba un espacioso lugar en desuso y “olvidado” en el piso uno, donde se encuentran las policlínicas. El Director, H. Villar no podía creerlo. M. Cassinoni era Decano en aquel entonces. Fue necesario documentarlo ocularmente para lograr después que el rincón olvidado (aposento del marginal) pasara a ser el espacio físico del Laboratorio de Neuropsicología. Donde bajo el empuje personal –ya ahora no solamente intelectual- de C. Mendilaharsu y S. Acevedo de Mendilaharsu junto al grupo que venían constituyendo armaran lo que se encontraba virtualmente abandonado. Boxes para la asistencia de los pacientes, material para realizar las pruebas, infraestructura de secretaría y hasta grabadores (a cinta, por supuesto) para registrar la producción del algunos pacientes. Destinar un espacio físico en cualquier aparato educativo, más allá de lo anecdótico, implica en gran parte asignar una importancia institucional al ámbito que se hace acreedor de ese espacio. C. Mendilaharsu ingresa como jefe del Laboratorio realizando una tesis que se denominó “Apractoagnosias por lesión del hemisferio derecho”. El tribunal lo integraban Arana (entonces ya director del Instituto) , y los profesores Herrera Ramos y M. Ferrari.

 

Y resta ahora, resumir las preocupaciones críticas de la neuropsicología de entonces, para poder contribuir a la comprensión de lo que siguió. De manera sencilla:

1)Topografiar lesiones de acuerdo a una semiología exhaustiva

2)Diagnóstico de “organicidad”

3)Rehabilitación, fundamentalmente en el plano de las afasias, donde la disciplina cobró un gran desarrollo

 

El Laboratorio de Neuropsicología profundizó sin embargo en otros ámbitos. El desarrollo, por ejemplo, hasta que desde otra área del Hospital (Neuropediatría, durante la dirección de María A. Rebollo) se entendió que no debían estudiarse más niños en aquel espacio. Y no pueden quedar de lado las consideraciones acerca de la influencia del modelo de J. Piaget dentro de la Neuropsicología uruguaya. Destacable, porque ello representó en aquel momento la voluntad de utilizar un determinado modelo teórico para poder interpretar o explicar lo que se encontraba en el dominio de la empiria, tanto en seres adultos como en los niños.

 

 

 

 

Desintegraciones

 

Saltemos por un momento hacia el estudio de las demencias. Al final del Tomo I de los “Estudios Neuropsicológicos”, S. Acevedo de Mendilaharsu y C. Mendilaharsu presentan una exposición llamada “Senilidad: Algunas consideraciones neuropsicológicas sobre las demencias seniles y vasculares en el viejo” (29)[11]. El trabajo data de por lo menos 1979 (fecha de cierre de impresión del tomo, el artículo apareció sin mayores modificaciones publicado en ANLA[12]), y lo hemos escogido porque de alguna manera ilustra las concepciones de la época. Queda entre paréntesis el hecho de que las reflexiones se encontraban fundadas en una amplia experiencia clínica que se publicó en su oportunidad: no era una mera reflexión de escritorio. Pero el salto hacia las demencias es deliberado, porque resulta más sorprendente encontrar aquí a J. Piaget que si tomáramos directamente por la Neuropsicología del Desarrollo. También huelga decir que no es el objetivo en este espacio efectuar un análisis pormenorizado de los aspectos del modelo piagetiano y su inserción en la neuropsicología autóctona o en la neuropsicología en general. El modelo empleado realiza una distinción entre las funciones intelectuales (“la inteligencia”) término para el cual se empleó también el de “funciones cognitivas”, y las “funciones instrumentales” de la inteligencia (es decir, el lenguaje en su dimensión “estructural”, las gnosias y las praxias)[13]. Esta modelización recuerda de alguna manera la diferencia entre “sistemas periféricos” y “sistema central” de J. Fodor (17). Sólo que en J. Piaget el dominio de “lo operatorio”, que es central, “invade” a toda la actividad de los sistemas “periféricos” – no hay “encapsulamiento” ni “impenetrabilidad cognitivia” (17, 33). 

 

Ya se había adelantado que Piaget “ingresa” intelectualmente al Laboratorio a través de Ajuriaguerra. Se hace popular un libro escrito por un tal Flavell. Emilia Ferreiro, argentina, e integrante del equipo de J. Piaget concurre a dar un curso acerca del mismo. La relación con la U.B.A., donde se desempeñaba Ferreiro, era excelente, y los intercambios se podían efectuar con facilidad. Citamos de la obra mencionada en el párrafo anterior (28):

 

“En la década del 60 Ajuriaguerra y la escuela de Ginebra publicaron una serie de trabajos que marcaron una etapa fundamental en el capítulo de las demencias. En un grupo de sujetos de edad avanzada y de pacientes con demencia senil degenerativa en vías de alzheimerización, estudiaron el proceso de desintegración de las funciones cognitivas y de las llamadas instrumentales de la inteligencia. En ese estudio aplicaron las pruebas operatorias que Piaget utiliza en el niño [...] Ajuriaguerra y colaboradores demostraron que la demencia degenerativa recorre en sentido inverso los estadios que caracterizan la ontogénesis de las funciones cognitivas y que, las conductas operatorias de los viejos dementes son casi siempre superponibles a las del niño.” (pp. 218 – 219)[14]

 

Aunque es siempre intelectualmente riesgoso recortar textos, cuando menos desde una actitud conservadora, he seleccionado uno por su representatividad y porque ofrece puertas para proceder a una comprensión del sistema. El modelo de Piaget se caracteriza básicamente por ser “secuencialista” (como lo era la Biología, y en particular la Embriología de entonces), las etapas alcanzan un estado de “equilibrio inestable” que permitía caracterizarlas, y había una suerte de orden jerárquico en cada dominio. El núcleo gravitatorio hacia donde tendía el progreso intelectual[15] era la llamada por H. Gardner “Inteligencia Lógico – Matemática”, íntimamente sustentada en el lenguaje[16]. Claro, no puede plantearse con esta frescura y de manera naïve lo que fue una obra descomunal. Pero el propósito es colaborar para que el lector [no versado] siga la historia. La “inteligencia” centraba el sistema y hacia ella tendían por un lado las funciones cognitivas y por otro los factores afectivos que Piaget (deliberadamente) escamoteó. Solían llamarle “funciones instrumentales” (“de la inteligencia”) a aquellas destrezas que se caracterizaban por su especificidad y su relación directa con el mundo. La escuela de Ajuriaguerra tuvo la (¿intuición? ¿corazonada?) idea de aplicar pruebas en dementes que no habían sido diseñadas para tal uso, y, aunque el psicometrismo norteamericano cuestione la metodología empleada, hallaron una serie de fenómenos interesantes que fueron reproducidos por la escuela neuropsicológica uruguaya. Primero. La noción de “desintegración” refiere en su médula a que, las funciones delicadamente coordinadas y equilibradas según la concepción de Piaget, empiezan a desmoronarse. Hay una idea muy uruguaya, de que la diferencia entre el lenguaje de un afásico por una lesión focal y un demente lo da el mecanismo de “des – integración” en el primer caso, dentro de la décable de un desmoronamiento generalizado. En este momento es posible admitir una lectura adicional del texto de Jean Piaget, en especial, cuando el encono y los maniqueísmos entre psicoanálisis y conductismo han calado tanto. Podemos leer en Piaget (33):

 

“Creemos, en efecto, que no existe una psicología filosófica, sino solamente una psicología experimental y una filosofía de la psicología en el sentido de una epistemología del conocimiento psicológico. Una psicología filosófica que se propusiera aportar correcciones o añadidos a los resultados de la biología o de la psicología experimentales nos parece que supone el mismo tipo de inspiración que la <<Naturphilosophie>> del siglo XIX y que está abocada al mismo destino.” (p. 187 – 188 )[17]

 

 

 

Copia de figuras

 

La copia de figuras – incluidas como práctica dentro de las habilidades visuconstructivas aunque también se las consideró dentro del grupo de las “praxias” – constituyó una de las líneas de trabajo más importantes y prolíficas del Laboratorio. Comienza con el objetivo semiológico de realizar diagnósticos de topografía lesional, ya no meramente según el hemisferio sino intentar hallar diferenciaciones dentro de los propios lóbulos cerebrales. Como producto de una casuística de lesionados cerebrales de número considerable, y utilizando un protocolo único (confeccionado por Sélika Acevedo de Mendilaharsu), el cual incluía diseños bidimensionales y diseños en perspectiva (un cubo, un rancho, una mesa) así como figuras geométricas más sencillas (cuadrado, rombo, círculo) se llevó a cabo un trabajo que aparece publicado por vez primera en ANLA, en 1968 (27). Poco después se publica un artículo en el cual los objetivos, además de “topográficos”, incluyen la búsqueda de la participación de factores cognitivos o intelectuales, sensorio-motores o perceptivos (26). Un grupo de 240 casos de lesionados cerebrales (lo cual conforma un grupo considerable de pacientes) ya sea con lesiones hemisféricas derechas (50), izquierdas (90) y bilaterales (100). Nuevamente un protocolo único, con criterios similares al precedente es aplicado a todos los casos. Diferencias en la “realización” práxico – motora en el caso de los lesionados izquierdos, y del aspecto visuo – perceptivo así como la asociación a la descomposición intelectual por un lado y el extenso compromiso témporo-parieto-occipital son destacados en tal trabajo, cuya envergadura empírica es notoria tomando inclusive trabajos de nivel internacional. No sabemos porqué en un caso el trabajo aparece escrito en francés, y en otro caso en inglés.

 

El hallazgo del fenómeno conocido como “closing – in[18] por Ajuriaguerra en los procesos de desintegración demencial (30, 31) indujo una nueva línea de estudios también dentro de la copia de figuras, fenómeno que, de alguna forma estaba vinculado al propio estudio de las demencias. Ahora se trabaja en población de niños. La pregunta inicial era ¿De qué manera se adquiría aquella función de “despegue” del modelo en las tareas de copia? El paciente anciano (o no anciano aún) “volvía”  por alguna razón a adherirse al modelo. El equipo de investigación trata en principio de comparar conductas de adquisición de la función con patrones de lesión o desintegración y, aprovechando los resultados empíricos obtenidos, “intentar una prueba de maduración perceptivo – motriz que agregara información de interés al estudio psicológico del niño” (pág. 192) (27). Trabajan en una población de 386 niños en edades entre 2 a 7 años, aplicando un protocolo de copias común (cuidando inclusive el tipo y la regularidad de la “consigna” aplicada al niño). Las diferentes pautas de ejecución son analizadas inclusive cuantitativamente, cruzando los perfiles cualitativos con las franjas etarias. En las disquisiciones teóricas, como puede observarse en el artículo citado, figuran conceptos de H. Wallon, J. Piaget, B. Inhelder y Ajuriaguerra, entre algún otro. La mera conducta de copia de un modelo mostraba la diferencia sustancial con el dibujo espontáneo: ahora se requería “desprenderse” de una figura estampada en la hoja y realizar un dibujo que era “igual y distinto” al propio modelo, por lo cual se ponían en juego funciones cognitivas seguramente diferentes.

 

Posteriormente el estudio se amplía incluyendo la distribución de la copia en el espacio de la hoja, aventurando una comparación con las evidencias de los perfiles en lesiones focales de adultos (distinción hemisferio derecho – hemisferio izquierdo), particularmente para extraer conclusiones acerca de los caminos de la maduración encefálica (1). Ya se había observado cómo el “closing – in” orientaba al concepto de “retrogénesis”. Las comparaciones no implicaban extrapolaciones burdas: no se trataba de deducir que los mecanismos neurofisiológicos o psico-fisio-patogénicos fuesen idénticos, y además “el resultado final de un acto puede ser alcanzado por vías y mecanismos diferentes” (pág. 102). En dicho trabajo se sugiere – por entonces precozmente, dado el estado de los conocimientos – cómo el hemisferio derecho podría madurar con anterior al izquierdo sus funciones, o las funciones que clásicamente se encuentran asociadas al mismo. En suma, los estudios realizados en nuestro medio acerca de las habilidades visuoconstructivas (no hemos mencionado por ejemplo otras rutas de exploración, como la reproducción de diseños tridimensionales utilizando piezas de madera, o con palillos, por ejemplo), proporcionaron un rico caudal de conocimientos en el estudio de la adquisición de estas funciones en el niño así como el potencial diagnóstico en los adultos con lesiones cerebrales. Es dudoso que se haya avanzado mayormente en este campo particular.

 

Las afasias

 

En 1966 C. Mendilaharsu integra la World Federation of Aphasiology como miembro fundador representando a América del Sur, y asiste a sus reuniones periódicas hasta 1978. Vuelve el hilo conductor de la afasia. La escuela uruguaya de neuropsicología realizaría numerosos aportes en el tópico dentro del contexto científico de la época. La adaptación al Uruguay de la Batería de Benton-Spreen fue una empresa de gran relevancia. Era A. Benton un neuropsicólogo a la usanza de los Estados Unidos: de extracción psicológica, poseía un extenso conocimiento en las neurociencias. C. Mendilaharsu conoce a A. Benton a través de H. Hécaen. O. Spreen era cadaniense, y el contacto entre las disciplinas en dichas naciones limítrofes fue siempre fluido. Realmente, por mucho tiempo, en América del Sur (o en la América de habla castellana en su totalidad) se utilizaban batería de exploración del paciente afásico traducidas en España o México. Pero una batería no requiere únicamente traducciones (o inclusive adaptaciones que pueden poseer una vigencia regional). ¿Qué frecuencia posee la palabra “iglú” en Uruguay, o qué diríamos de un “bate de beisbol”? ¿Tuna y cactus son sinónimos, cuál tiene mayor frecuencia en cada país? Y esto solamente por ofrecer algunos ejemplos banales pero que ilustran por su sencillez lo que significa estudiar dentro de estos ámbitos y confeccionar herramientas de exploración neuropsicológica.

 

Benton presenta a la reunión del Grupo de Investigación en Afasiología (World Federation...) una herramienta de exploración del paciente afásico que, como método de examen, uniformizara el estudio del paciente y permitiera expresar cuantitativamente los resultados así como permitir homologaciones y comparaciones en diferentes países. La Batería se desarrolla y completa mediante el aporte de O. Spreen y es comenzada a utilizarse en nuestro país desde 1968, cuando fue finalizado el estudio (29)[19], la adaptación se extenderá a la población pediátrica.

 

Evidentemente, como decíamos párrafos atrás, adaptar a un determinado contexto histórico y sociocultural una batería de pruebas de este género no es una mera tarea de traducción: la frecuencia de las palabras, la existencia y el uso de los objetos que serán denominados o señalados, las escenas que deben ser construidas y constituyen el arsenal de exploración, todo ello requiere de tomar en consideración factores de la idiosincrasia del país o la región donde se trabaja. Como ejemplo “al pasar”, en la adaptación original de la batería figura el objeto “dedal” (de coser), artículo prácticamente en desuso, y que le ocasiona serios problemas a las personas más jóvenes (cuando años atrás era un objeto de fácil denominación). Posteriormente, un estudio de confiabilidad en 100 pacientes afásicos fue realizado parra corroborar el alcance diagnóstico del producto resultante. Hasta el momento actual, las adaptaciones en América Latina de baterías para la exploración de la afasia son raras, e inexistentes en cuanto a la metodología seguida por el Laboratorio de Neuropsicología (a lo sumo se adapta una o más pruebas, pero sin alcanzar el rigor imprescindible de una adaptación enteramente confiable).

 

 

 

 

Conclusiones

 

La Neuropsicología que sigue a la dictadura y la desintervención de la Universidad seguirá otros caminos. La propia intervención de la Facultad de Medicina, el éxodo de “cerebros”, la despreocupación por la cultura y la investigación habían afectado el contexto de manera profunda. Con el tiempo se produce el alejamiento de los profesores C. Mendilaharsu y C. Acevedo de Mendilaharsu. La práctica de las neurociencias cambia radicalmente, hacia dentro y fuera de la Universidad, como ha dicho Estable-Puig (11):

 

“Señalemos a su vez que durante este período el Instituto pierde el dominio de la metodología instrumental y tecnológica ‘’de punta’’ que tanto enorgullecia al Profesor Arana. En efecto, se instala en el país una marcada tendencia al ofertismo médico, llamado ‘’de mercado’’, con la introducción fragmentante, costosa e incoordinada de alta tecnología con exclusión del sector médico académico y en carencia de una madurada evaluación de las necesidades de salud poblacionales y del impacto en el Gasto Total de Salud de un país con recursos económicos limitados.” (pág. 281)

 

Después de la desintervención Fernando Dalmás se hace cargo del Laboratorio, y comienza a introducirse la Neuropsicología Cognitiva en nuestro ámbito. Creo que no poseo el grado de distanciamiento (cronológico y afectivo) necesario como para hablar de esa época. Me sería necesario dejar pasar más el tiempo. La Facultad de Psicología también muestra cambios relevantes.

 

Podemos pensar en algunas reflexiones últimas de T. Kuhn acerca de la sobre-especialización que proliferaba en las ciencias (y a la cual aún hoy se sigue aludiendo) (21). Con la Neuropsicología ha acontecido – y sigue aconteciendo – dos procesos contradictorios simultáneos: por un lado el surgimiento de una corriente de estudio que adquiere rango profesional propio dentro de la constelación científica universal. Por otro lado el constante quiebre (por llamarlo de alguna manera) en la procedencia de los científicos que transitan por ella y reclaman (en el sentido literal del término) legitimidad para determinar que sus trabajos son neuropsicología. ¿El que estudia los neuromediadores o el que estudia el impacto familiar de los trastornos neurocognitivos? ¿El que se remite constantemente a la “neuro – imagen” que nos da la ingeniería médica o el que se sigue posturas no reduccionistas tratando de explicar un evento psíquico por otro evento psíquico para mantener la “parsimonia” de niveles? No quiero hacer un acto personal voluntario. Lo cierto es que, por lo menos de facto, todos tienen cabida – y además: libre entrada y salida – de los corrales de la neuropsicología. No es un territorio “de nadie”, queda claro. Pero ya desde sus surgimientos en el Laboratorio uruguayo, la “especiación” en el sentido biológico que pretendió incluir T. Kuhn en sus últimos trabajos, le da un mentís cuando comprobamos que puede haber fertilidad a partir de la cruza entre especies disímiles.  El siguiente texto de T. Kuhn se “invierte” o requiere de una teoría de la evolución convergente (21):

 

“What I am thus suggesting, in an excessively compressed way, is that human practices in general and scientific practices in particular have evolved over a very long time span, and their developments forms something very like and evolutionary tree.” (p. 17)

 

Hay algún camino de la Neuropsicología que sigue la línea darwiniana de evolución. La tomografía axial computarizada de cráneo no solamente revoluciona la neurología y la neurocirugía en general, sino que incide también en las derivas de la neuropsicología. Esta tecnología surge y se desarrolla a inicios de los setenta, también llamada “scanner” cerebral (8):

 

“La T.A.C. de la cabeza puede quizás ya considerarse como la contribución más importante y revolucionaria al diagnóstico neurológico desde que Walter Dandy introdujo la neumoencefalografía y Egas Moniz la angiografía cerebral”(pág. 1)[20]

 

La vieja postura “anátomo – clínica” en neuropsicología se ve afectada por una tecnología que es capaz de topografiar lesiones de manera más exacta, rápida y expedita. Los objetivos iniciales de la neuropsicología clínica se ven trastocados. Las preguntas que, según X. Seron se realiza aquella denominada “neuropsicología detective” eran (35):

 

-        (1) ¿Hay una lesión cerebral? (búsqueda de “índices de organicidad”)

-        (2) ¿Dónde se encuentra la lesión?

-        (3) En algunos casos: ¿Cuál es la nosología o la etiología de la afección?

 

Su función era, pues, diagnóstica y descriptiva, correspondiéndose con el desarrollo de pruebas, tests, baterías. Esta neuropsicología, dice Seron, “trabaja al lado del neurólogo” como una “ayuda más”, una especie de estudio complementario más. El advenimiento de la TAC de cráneo da mejores respuestas por lo menos a las preguntas (1) y (2), y en gran parte también a la pregunta (3). Tres sectores permanecen, sin embargo, siendo el objeto de búsquedas diagnósticas al “viejo estilo”, justamente aquellas áreas donde la irrupción de la imagenología aún no ha sido decisiva:

 

-        (1) Las demencias

-        (2) Los trastornos del desarrollo o adquisición de facultades

-        (3) El conjunto de afecciones cuya sintomatología se ubica en la interfase entre la neurología y la psiquiatría

 

Por lo demás, se observa que la neuropsicología se expande y multiplica, navegando sobre otros objetivos también.

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

 

 

(1)   Acevedo de Mendilaharsu, S., Delfino de Cultelli, I. & Sapriza de Correa, S. 1971. Distribución de las copias de figuras en los dibujos: estudio sobre la integración en el niño y la desintegración en las lesiones focales de los hemisferios derecho e izquierdo en el adulto. ANLA 17: 97 – 108 

(2)   Acevedo de Mendilaharsu, S. & Mendilaharsu, C. 1955. Disturbios visuoespaciales y práxicos por lesión de hemisferio derecho. ANLA 1, 3: 274 – 296

(3)   Acevedo de Mendilaharsu, C., Mendilaharsu, C. & Berta, M. 1958. Algunas consideraciones sobre la afasia central. ANLA 1, 4: 11 – 22

(4)   Acta Neurológica Latinoamericana. 1955. Secretario de Redacción. Nº 1, Volúmen 1. Montevideo, Uruguay.

(5)   Acta Neurológica Latinoamericana. 1962. Editorial. Nº 1, Volúmen 8. Montevideo, Uruguay.

(6)   Acta Neurológica Latinoamericana. 1986. Números 1 al 4, Volúmen 29. Montevideo, Uruguay.

(7)   Ardila, A. 1990. Neuropsychology in Latin America. The Clinical Neuropsychologist 4: 121-132

(8)   Baker, J. Nijensohn, D. E. & Laventman, J. 1973. Tomografía Axial Computadorizada de la cabeza. ANLA 19 1: 1 – 9

(9)   Dalmás, F., Marengo, F. & Wilson, E. 1991. Historia de la Neuropsicología en el Uruguay: Desde sus orígenes hasta la década del '50. Presentación al II Congreso Latinoamericano de Neuropsicología (SLAN). San Pablo, Brasil.

(10)         Enciclopedia Interactiva Santillana (Basada el Diccionario Enciclopédico Santillana). 1995. Chinon. Santillana Publishing Inc

(11)         Estable-Puig, J. F. El “Proyecto Arana” para el desarrollo de las ciencias neurológicas. 2do. Congreso Nacional de Ciencias Neurológicas. Jornadas de Neurología del Cono Sur. SNU. Oficiina del Libro AEM: Montevideo, pp. 276 - 285

(12)         Estable-Puig, R. F. de, Estable-Puig, J. F. & Purriel, J. 1979. Envejecimiento cerebral. Estudio ultraestructural de algunas alteraciones en el hombre y en el animal de laboratorio. ANLA 25 3-4: 167 – 188

(13)         Gardner, H. 1994. Estructuras de la mente: La teoría de las inteligencias múltiples. FCE: México. Primera edición (original): 1983

(14)         Hales, R. E. & Yudofsky, S. C. (Eds.). 1987. Textbook of Neuropsychiatry. American Psychiatric Press: Washington.

(15)         Faraone, R. 1965. El Uruguay en el que vivimos (1900 – 1965). Arca: Montevideo

(16)         Flores, M. & Gonzalez, G. 1979. Contribución al estudio de la percepción y la memoria en el área tactil en la epilepsia temporal. ANLA 25, 3-4: 271 – 286

(17)         Fodor, J. 1983. The modularity of mind. MIT Press: Massachussetts

(18)         García Austt, E. 1965. Los potenciales sensoriales provocados como expresión del influjo de información. ANLA 11 3: 261 – 275

(19)         Grümberg, C. S., Bermúdez, A., Bordoli, L. R., Bianco, E., Ginés, A. M., Acevedo d