Enero-febrero 2006

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hoja informativa de Galileo
Publicación dedicada a
problemas metacientíficos

volumen trece
número uno
enero-febrero de dosmilseis

¿LENGUAJE UNIVERSAL, TESIS, O PRESUPOSICIÓN?

KATZ, Jerrold J.; Sense, reference, and philosophy. Oxford University, New York, 2004.

Desde 1979 hasta al menos 1997 Jaakko Hintikka sostuvo que la filosofía del siglo XX ha presupuesto, en el sentido de Collingwood,  o bien que el lenguaje es un medio universal, o bien que el lenguaje es un cálculo. Estos dos presupuestos que portan las antedichas denominaciones, en realidad, son, cada una, constelaciones de presuposiciones. El lenguaje como medio universal implica entre muchas otras cosas que el lenguaje ordinario (o natural) será inescapable, que sus relaciones semánticas son inefables, y que está ya interpretado. El lenguaje como cálculo niega esto último y sostiene que los lenguajes ordinarios son reinterpretables.

Katz, en el presente libro, que se publicó póstumamente (llevaba ya dos años de fallecido), elucida otra forma de concebir la universalidad del lenguaje: el lenguaje es universal porque todo puede decirse en los lenguajes naturales y su interpretabilidad depende de factores independientes al propio lenguaje; la universalidad del lenguaje no se trata de un presupuesto, es un rasgo de su naturaleza. Para  defender su propuesta, Katz debe desmontar, negar y criticar, todos los presupuestos de lo que él denomina filosofía lingüístico/analítica (la llama L/AP).

Dada la inmensidad de la empresa, sólo bosquejaré aquí los tres apoyos de semejante pulverización y  rogaré, especialmente al lector de tendencia analítica, que acepte el desafío de leer la  obra, gigantesca en alcance, comprometida e inspiradora. Obra que además presenta dos curiosidades: está dedicada al malo de la película, W.O. Quine -...paradigmatic of the sterility and emptiness, let alone esotericism, of analytic philosophy (p. 198)-, y ha sido escrita por un filósofo L/A.

El primer y más importante presupuesto indebido de L/AF aparece en el texto de Katz, al final del mismo. Se trata de la fusión malhabida entre lenguaje y teoría (the conflation of language and theory, en el original) En la página 198, el autor sostiene que “Natural languages do not contain principles of sustantive domains of knwoledge”. El modo mediante el cual fílósofos como Wittgenstein, Quine o los decontruccionistas hablan del lenguaje impone verlo como si éste fuese un sistema de conocimiento, cuyas reglas propias predeterminan la verdad y la falsedad sobre asuntos de hecho acerca del mundo. Sin embargo no resulta difícil para el autor entender por qué los lenguajes naturales son, en lo sustancial, neutrales respecto a cualquier sistema  de representación. Un enunciado, agrega, puede ser expresado como una afirmación o una negación, en consecuencia los lenguajes naturales permiten al hablante negar o afirmar lo que gusten. Si, por otro lado, los significados de las palabras introducen sesgos  en el conocimiento, existen tres modos propios del funcionamiento de los lenguajes que  permiten evitar estos últimos: 1) los lenguajes toman prestados significados que aún no poseen (por ejemplo, los que el latín toma del griego). 2)  los lenguajes  tienen usuarios que acuñan nuevos términos para expresar nuevos significados (“xerox” en lugar de fotocopia) y 3) los lenguajes tienen usuarios que le dan nuevos significados a viejas palabras (“virus” para ciertos softwers). Los lenguajes naturales son entonces, profundamente flexibles y adaptables respecto a la verdad  y al significado. La L/AP nació con una gran dificultad para apreciar esto; o lo que es lo mismo, el proyecto fregeano de un lenguaje lógicamente perfecto ha sobrevivido con tanta juventud en la filosofía analítica, que aún se continúa no apreciando esa característica de los lenguajes naturales. Desde luego, la lógica del lenguaje es comprendida por Katz como una teoría cognoscitiva más.

La separación entre lenguaje y teoría nos proporcionaría, siempre según el autor, una herramienta para resolver muchos problemas tradicionales. Uno de ellos es el que Katz llama el dilema epimenideano (“Epimenidean dilemma” [pp.93-102]). Se supone que Epiménides sostuvo que “todos los cretenses son mentirosos”. Dado que no es una afirmación estadística  y que Epiménides era cretense, si decía la verdad, entonces debía ser un mentiroso. Si afirmaba una falsedad, entonces, no todos los cretenses serían mentirosos. Pero si éste último era el caso, entonces lo que Epiménides pronunció sería falso, lo que significa que era un mentiroso, y consecuentemente, su enunciado verdadero. El dilema epimenideano consiste entonces en que “...we cannot say both that natural languages are in some sense universal or unlimited in expressive power and that they are consistent”. (p. 93)

Si los lenguajes son universales (efables) y las “paradojas del mentiroso” son parte de ellos entonces introducirían una contradicción en los lenguajes. Para Katz, esto se corrige, o bien rechazando el concepto de analiticidad propuesto por Frege (el tercer apoyo) o simplemente  despegando los lenguajes de las teorías: una paradoja del mentiroso introduce contradicción en el lenguaje sólo si ella es parte de un lenguaje concebido como un sistema de conocimiento o como un desarrollo lógico de teoremas que se deducen de axiomas. Katz nos propone estudiar otro tipo de paradoja del mentiroso, la propuesta por Eubúlides, que sostiene que “esta oración es falsa”. Otra vez, si es falsa, entonces lo que dice es verdadero, si es verdadera, entonces lo que sostiene es falso. Ahora bien, ¿a qué sistema de conocimiento pertenece esa paradoja? A ninguno sostiene el autor, es una oración autorreferida, pero a diferencia de una oración analítica, no puede ofrecerse a sí misma el valor de verdad verdadero. No existe procedimiento epistémico alguno, excepto la reductio ad absurdum, que permita asignarle un valor de verdad. Lo mismo podría decirse de cualquier tipo de paradoja del mentiroso según Katz y así, es irrelevante que  esas paradojas impliquen contradicción: o bien son parte de alguna teoría pero no del lenguaje, o bien se autorrefieren. El lenguaje puede ser totalmente efable y consistente.

El segundo apoyo de la crítica de Katz concierne a la distinción fregeana entre sentido y referencia.  El autor no objeta la distinción, más bien la aplaude. Critica la noción asociada de que sea el sentido aquello que determina la referencia. Para Katz, los sentidos y el intensionalismo son imprescindibles para dar cuenta de la naturaleza del lenguaje, pero estos no intervienen en la especificación de la referencia. Luego de conocer su propia y autónoma teoría gramatical del sentido, queda claro por qué para Katz, sentido y referencia, intensión y extensión son asuntos independientes. Desde Heráclito hasta nuestros días, la palabra fuego ha poseído un sinnúmero de sentidos fregeanos, es posible que incluso el nuestro esté equivocado, pero nadie duda que Heráclito y nosotros hablamos acerca de la misma cosa según el autor.

La  tercera  crítica  fundamental de Katz  concierne a la noción de analiticidad. Según él, el gran error que desde Frege la L/AP viene cometiendo es considerar a esa noción como si se tratase de un asunto lógico y no mereológico. Para el autor no se trata de una implicación lógica sino de una relación entre la parte y el todo de una oración. Cuando decimos que  “Red is not blue” (p. 155) enunciamos una oración analítica, sin embargo, el predicado de ese enunciado no está contenido (como una planta en la semilla) en el sujeto, pero basta pensar en todos los colores, por muchos que sean, para darnos cuenta que el color rojo no es el color azul, aunque ambos sean colores. Un ejemplo menos comprometido que no ofrece Katz es “el bien no es el mal”. Es claro que el mal no está contenido en el bien, sin embargo, aquélla es una oración analítica gracias al juego de los antónimos o los así llamados opuestos desde la filosofía griega; el antónimo es parte de la intensión (no fregeana) de una palabra.

Katz no es un universalista en el sentido de Hintikka, se aproxima más a la idea “calculista” acerca de que los lenguajes naturales son dúctiles y cumplen omnímodamente con la función de expresar. Pero el valor de esta obra radica en poner de manifiesto una presuposición colingwoodiana para la filosofía del siglo XX, que sería lógicamente anterior a las del propio Hintikka: the conflation of language and theory. Y habrá que ver si este sayo no le cae al mismísimo Hintikka.

Lucía LEWOWICZ

 
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Última Modificación: 17 de mayo de 2008