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SOBRE
LA INTERNACIONALIZACION
DE LAS
REVISTAS MATEMATICAS
Mariano HORMIGON Universidad de Zaragoza (España) A la
Revista Ciencias Matemáticas de La Habana en
su XX Aniversario 1.– Un poco de logos platónico para comenzar 1.1.– Naciones e internacionalización En
un tema como el de la internacionalización de las revistas matemáticas[1]
se entrecruzan tres conceptos, al menos: periódicos–revistas, matemáticas e
internacionalización. Aunque en la vida cotidiana estos términos se suelen
manejar como intuitivos y no definidos, quizás no sobre advertir, en medios
científicos que aspiren al rigor, que los tres han evolucionado a lo largo de
la historia y que, incluso en un mismo corte cronológico, los tres tienen
diferentes perspectivas, enfoques y, por lo tanto, definiciones, en función del
lugar en el que se coloque el observador. Un
mero ejemplo: en 1068, uno de los autores más precoces en el mundo de la
historiografía científico–matemática, Ibn Sacid
Al-Andalusi de Toledo (de España, no de Ohio) daba cuenta de las culturas
existentes en un libro titulado Libro de las Categorías de las Naciones (Kitâb Tabaquât al-Uman)[2]. En este libro se introduce un concepto de nación etnológico, obviamente
distinto del que, como tantas cosas del mundo contemporáneo, surgió de la Gran
Revolución Francesa de 1789. El trabajo de Sacid Al-Andalusi, realizado en el marco de una prestigiosa escuela astronómico–matemática,
es a la vez histórico y periodístico, ya que en algunos episodios se convierte
en un reportaje sobre el nivel y evolución de los conocimientos
matemáticos –y de otras ciencias– del momento, en diferentes partes
del mundo. Sobre
este particular dice el sabio musulmán lo siguiente: “Los
sabios que se han ocupado de la historia de los pueblos, que han investigado en
el conjunto de los siglos, que han estudiado la sucesión de los tiempos, han
afirmado que los hombres, al principio, antes de la división de las tribus y de
la diferenciación de las lenguas, formaban siete naciones”[3] Las dos primeras naciones eran las de los Persas y los Caldeos. La tercera estaba formada por un conjunto plural de pueblos entre los que se podían destacar, según la tradición en la que se apoya Sacid Al-Andalusi, los Romanos, los Griegos, los Francos, los Gallegos, los Eslavos, los Rusos, los Alanos, etc. La cuarta nación estaba situada en la zona del Nilo y del norte de Africa y de ella formaban parte los Coptos, los Abisinios, los Nubios, los Bereberes, etc. Las tres restantes Naciones eran las de los Turcos, los Hindúes y los Chinos, respectivamente. Esta clasificación de Naciones, fruto de una larga tradición que recogió el Islam y que proyectó sobre los medios cultos de Africa, Europa y Asia, tiene desde luego muy poco que ver con las categorizaciones que se fueron dando tras la constitución de los Estados absolutos al comienzo de la Edad Moderna primero, y con las configuraciones dadas por la burguesía ascendente, después. Además, la perspectiva con la que contempla el problema Sacid Al-Andalusi es muy concreta, porque tras haber descrito las naciones que forman su elenco –no se olvide que son las que protagonizan el título del libro– pasa a clasificarlas según sus aptitudes para las ciencias en dos grandes bloques. El primero, que es el que lógicamente interesa más al sabio andalusí es el de los pueblos que han cultivado las ciencias, que son los Hindúes, los Caldeos, los Hebreos, los Helenos, los Rum, los Egipcios y los Arabes. En el otro están todos los demás. Pero no se piense que hay prejuicios peyorativos por esta actitud y por esa supuesta aptitud. Sacid Al-Andalusi arranca el apartado dedicado a las naciones que no han cultivado las ciencias con las siguientes palabras: “Las naciones más nobles que no han cultivado las ciencias son los Chinos y los Turcos”[4]. Y pasa, sin solución de continuidad, a extenderse sobre las virtudes y méritos de estos pueblos, de quienes, a modo de ejemplo, llega a decir: “Los Chinos son el más grande de los pueblos por el número, el más poderoso por el imperio, el más considerable por el territorio”[5]. Es
un ejercicio de benéficos efectos para la salud mental del lector el repaso de
la exposición donde se habla de categorías entre naciones en función de su
amor por el saber. La superioridad de unas sobre otras se basa en el afán de
adquirir las virtudes que aconseja el alma
razonable[6]
frente a las disposiciones belicosas del alma y el orgullo de la fuerza brutal[7].
Las Naciones que cultivan las ciencias son, para este autor del siglo XI , las
que forman la élite y la parte esencial
de las criaturas de Alá. En
su relato histórico–científico, el sabio toledano da cuenta de los méritos
de los distintos pueblos en las diferentes ciencias. Entre éstas descuellan la
astronomía, la música, la aritmética, la geometría, la historia del mundo,
la historia de los pueblos, la
astrología, la lógica, las ciencias naturales, la física, incluso la moral y
la educación. Su perspectiva es , por tanto, muy amplia, aunque su atención
por las matemáticas sea precisa y constante. Claro que el concepto de matemáticas
que utiliza tampoco es comparable al que se usa en los medios académicos en la
actualidad. Para verlo bastará un ejemplo. Cuando Sacid
Al-Andalusi estudia el caso de los griegos y se detiene en Aristóteles hace un
ensayo de clasificación de las obras del Estagirita[8].
En él la filosofía se divide en dos grandes y desiguales ramas. La mayor es
denominada Ciencias Naturales. En este epígrafe, por un proceso de intervalos encajados se llega
desde la física hasta los tratados Sobre
el alma y Sobre la juventud y la
decrepitud. La parte menor de la filosofía de Aristóteles la constituyen
las matemáticas, en las que distingue tres libros titulados Optica,
Mecánica y Sobre las líneas que no se cortan[9].
Ello no obstante, donde Sacid
Al-Andalusi despliega toda su sugestiva persuasión es cuando se refiere a la
ciencia entre los árabes en general y a la ciencia musulmana en Andalucía en
particular[10].
Son estas páginas las que han convertido este libro en un texto imprescindible
para conocer y entender el alto nivel de la ciencia hispanomusulmana en los
siglos X y XI. Por ellas va apareciendo un caleidoscopio de imágenes referentes
a varias ciudades de al-Andalus entre las que descuellan Córdoba, Toledo,
Sevilla y Zaragoza. No voy a extenderme más en reflexiones –que no obstante
podrían ser jugosas– sobre ejemplos excesivamente alejados de los límites
cronológicos que recomienda la reflexión sobre la idea de la transformación
evolutiva de las matemáticas. Simplemente quiero enfatizar, por una parte, que
el hecho de dar noticia pública de acontecimientos recientes no es por supuesto
específico de nuestros días y, por otra, que las mismas palabras pueden
significar cosas distintas en el transcurso de la historia. Naturalmente,
giros decisivos en el tema de la internacionalización desde el punto de vista
geopolítico se produjeron al inicio de la Edad Moderna y en el proceso del
reparto colonial del mundo por los países imperialistas en la Contemporánea.
En el primero de los episodios, como ya se ha tratado en otro lugar[11],
tras la extensa expansión colonial hacia los territorios de América, Africa y
Asia se fue desarrollando un nuevo sistema de producción, el capitalismo, en el
que las relaciones ya no fueron precisamente de cooperación sino de poder y de
propiedad o viceversa. Hobbes, uno de los grandes teóricos del nuevo sistema,
lo expresó con rotundidad en su Leviathan: “Doy
como primera inclinación natural de toda la humanidad un perpetuo e incansable
deseo de conseguir poder tras poder, que sólo cesa con la muerte”[12]. Otros
teóricos, como Locke y Smith, el padre de la economía política del laissez–faire,
no se anduvieron tampoco con remilgos. Locke, mentor de la sociedad civil
concebida como república de propietarios,
señalaba al respecto: “El
fin capital y principal, con vistas al cual los hombres se asocian en repúblicas
y se someten a gobiernos, es la conservación de su propiedad”[13]. El
modelo político y social que se instaló en el núcleo duro de los países
dominantes en el mundo desde la Edad Moderna se basó en un entramado homogéneo
y coherente en el que se conjugaron la llamada sociedad civil, la economía de
libre empresa y el tejido científico que servía para fundamentar
intelectualmente todo el sistema. Desde la perspectiva que aquí nos ocupa, la
de las relaciones entre los estados y las personas de un mismo ente geopolítico,
la impronta que plasmaron las nuevas relaciones de producción y las nuevas
relaciones interpersonales distaron mucho de poder ser consideradas como de
cooperación. Es más, la relación propietarios–proletarios
que se afianzó en el primer mundo se
derivó de la previamente establecida hombres
civilizados–salvajes que caracterizó la expansión de los imperios de los
inicios de la Edad Moderna. A este respecto, Lévy–Straus ha escrito: “La
colonización es histórica y lógicamente anterior al capitalismo, el régimen
capitalista consiste en el tratamiento de los pueblos de Occidente como el
Occidente hizo previamente con las poblaciones indígenas. Para Marx, la relación
entre el capitalista y el proletario no es pues sino un caso particular de la
relación entre el colonizador y el colonizado”[14]. De
similar opinión es Fidel Castro respecto a nuestros días. En la entrevista que
le realizó Federico Mayor Zaragoza retomaba ideas ya presentadas en la Cumbre
Sur, entre las que manifestaba: “Albergo
la más firme convicción de que el actual orden económico impuesto por los países
ricos no sólo es cruel, injusto, inhumano, opuesto al curso inevitable de la
historia, sino también portador de una concepción racista del mundo como las
que en su tiempo inspiraron en Europa al nazismo de los holocautos y de los
campos de concentración que hoy llaman en el Tercer Mundo centros de
refugiados, y que son realmente concentrados por la pobreza, el hambre y la
violencia; las mismas concepciones racistas que en Africa inspiraron al
monstruoso sistema del apartheid”[15] Estos
apuntes, que podrían extenderse ad
infinitum, pueden ser suficientes para encuadrar el tema un tanto vidrioso
en el que se han basado las relaciones entre estados y naciones en los cuatro últimos
siglos. Todos los elementos sociales y culturales que implicaban a esos estados
y naciones han estado influidos e implicados por las relaciones generales y básicas
entre esos entes. Y aún se perfilarían con más nitidez e intensidad si aplicáramos
nuestra atención a la época de articulación de los imperios contemporáneos
y su evolución en el siglo XX. El rosario de guerras menores y mayores de los
siglos XIX y XX es una prueba experimental de la aprensión que venimos
sosteniendo sobre las dificultades para la cooperación amistosa o fraternal en
el panorama mundial, sin que quepa imaginar excepciones evidentes al mapa de
categorías conceptuales autónomas que pudieran escapar a esos férreos
condicionantes. Sin embargo, de la ciencia –otro caso similar ha sido el
deporte– sí que se adujo que estaba fuera de ese contexto. Y en su seno, las
matemáticas de manera muy principal. 1.2.– La comunicación científica. Correspondencia
y primeras revistas Otro de los componentes del presente trabajo es el de la comunicación científica[16]. En la actualidad, una parte importante de la transmisión de las ideas científicas se hace por medio de las revistas y de ahí la importancia que tiene la amplitud de su rango o su nivel de internacionalización pero, como es natural, los actuales y cambiantes soportes de mensajería tuvieron unos antecedentes concretos. Tampoco voy a extenderme demasiado en comentarios sobre una de las más antiguas formas de trasmitir información entre personas. Me refiero, obviamente, a la correspondencia, embrión de una práctica que, al regularizarse, dio origen a las más precoces iniciativas periodísticas. Los intercambios epistolares entre personas próximas o lejanas se dieron en todos los ámbitos de las actividades intelectuales humanas. A título de ejemplo no basta sino recordar que algunos escritos doctrinales de carácter religioso de la Antigüedad tuvieron forma de epístolas de dirigentes a comunidades concretas. Por ceñirnos a nuestro ámbito, algunos documentos señeros de la historia de las matemáticas de la Antigüedad clásica, como el famoso Método de Arquímedes, fue otra epístola dirigida a su amigo Eratóstenes. Además de la propia componente técnica de la hechura de los libros, no se puede olvidar que el tipo de comunicación que ha representado la correspondencia ha preservado la privacidad –que no clandestinidad– de algunas ideas que, como en el caso del método arquimediano, su autor no quería difundir a los cuatro vientos para evitarse críticas de los puristas y dogmáticos platónicos más extremistas. En la Edad Media europea también hay cartas que han marcado hitos en el desarrollo del conocimiento, como la notable Epístola De Magnete, que se considera el origen eficaz de los estudios sobre el magnetismo. Ya en la Edad Moderna, Galileo Galilei condensó en varias cartas –suyas o de sus discípulos, colaboradores y amigos– de difusión suficientemente abierta sus posiciones sobre diversos asuntos científicos, que en este formato evitaron enojosas revisiones determinadas por las leyes aunque tuvieran, como de hecho ocurrió, mucha eficacia desde el punto de vista divulgativo o propagandístico. Algunos de estos trabajos, en otros momentos posteriores, hubieran podido ser, perfectamente, artículos de periódicos o revistas. Y cómo no recordar, aunque sea someramente, las cartas cruzadas entre Newton y Leibniz –sobre todo la Epistola Prior y la Epistola Posterior[17]– sobre el calculus que tanta tinta harían correr en los años –e incluso los siglos– siguientes. En este sentido, los trabajos –y el mérito– de personajes históricos como Mersenne[18] u Oldenbug[19],, como epicentros expansivos de la información que recibían o como animadores de propuestas en pro de la resolución de problemas que se consideraban importantes, contribuyeron decisivamente a la difusión del conocimiento matemático del momento. Este trabajo, ser estafeta científica y distribuidor de novedades, es de estructura eminentemente periodística, aunque bajo formato epistolar. Aunque los repertorios biográficos que más se difunden por los ámbitos divulgativos o por los medios académicos en nuestros días suelen pasar por alto a personajes como Mersenne u Oldenburg, a los que de forma bastante gratuita consideran menores, es muy importante comprender la función que estos gestores de la administración científica, como designa Rupert Hall a Oldenburg, han desempeñado en pro de la ampliación y dignificación de esta actividad. Y es importante porque como elemento social que es, la ciencia no sólo debe su progreso al chispazo genial que surge autónomo de la cabeza del genio creador sino que necesita, además, del medio humano en el que ese chispazo puede ser comprensible, de una gestión añadida que lo propicie y lo difunda. Mersenne (1588–1648), de la orden de los Mínimos, estableció su red en el convento de la Anunciación de París, en el que era visitado o en el que recibía una vasta correspondencia de muchos rincones de Europa e incluso de Turquía, Siria o Túnez. Entre sus corresponsales se encontraban Peiresc, Gassendi, Descartes –exalumno, como él, de los jesuitas de La Flèche–, Giovanni Battista Doni, Roberval, Beeckman, van Helmont, Fermat, Hobbes, Galileo y los Pascal, entre otros. Crombie dice a propósito de la proyección del trabajo de Mersenne:: “El papel de Mersenne como secretario de la república de correspondencia científica, …, se institucionalizó en la Academia Parisiensis, que él organizó en 1635”[20]. Oldenburg, cuya obra científica, tanto la original como la referente a comentarios, adaptaciones o ediciones, es mucho menor que la de Mersenne, tiene una enorme significación en lo que respecta a la consolidación tanto de la Royal Society (RS) como institución científica como de de las Philosophical Transactions. Su mayor función fue la de redactor de cartas, aspecto complementario del de Robert Hooke, y decisivo en la primera andadura de la institución inglesa, a la que aportó su capacidad de trabajo, su conocimiento de varias lenguas continentales y su fino estilo literario. Rupert Hall estima que durante su vida activa como Secretario de la RS escribió una media de seis o siete cartas por semana. Que son muchas y que fue muy bueno para la vida de la institución. Pero obviamente, a pesar de sus desvelos, no todo fue bueno para Oldenburg y ello resulta especialmente relevante para el desarrollo de este trabajo. Oldenburg –nacido en Bremen (Alemania)– debió creerse que la nueva forma de pensar que representaba la filosofía experimental no sabía de fronteras y no detuvo su actividad, por ejemplo, en tiempo de guerra. Ese celo le llevó a ser encarcelado en la Torre de Londres durante unas semanas en el verano de 1667[21]. La prisión le impidió hacer frente, entre otras cosas, a la tarea que estaba realizando desde marzo de 1665 en las páginas de las Philosophical Transactions, en las que publicaba trozos de cartas, bajo el subtítulo Giving Some Accompt of the Present Undertakings, Studies and Labours of the Ingenious in Many Considerable Parts of the World. Tan prolífico y minucioso corresponsal no siempre fue bien comprendido y estimado –no sólo por los poderes públicos, como acabamos de señalar– sino incluso por sus propios colegas y compañeros de institución. La publicidad de los debates habidos en las reuniones de la Royal Society y de las consideraciones que sus corresponsales le hacían en sus cartas creó una cierta aureola de falta de discreción. Riesgos del oficio de secretario. Por tanto, la correspondencia científica en el siglo XVII es un elemento imprescindible para entender el proceso de articulación científica de carácter duradero. De hecho, no es exagerado afirmar que de las actividades regulares de los grupos autoorganizados que se crearon en esa época en torno a la filosofía experimental surgieron, por una parte, las instituciones científicas y, por otra, las primeras revistas. Sin querer abundar mucho más en este interesante asunto se podría establecer el proceso por el que ganan corporeidad las iniciativas que surgen desde abajo en el ámbito científico y en casi cualquier otro. Tras la toma de contacto de personas interesadas en un determinado tema –en nuestro caso la filosofía experimental– se trata de mantener el vínculo con los ausentes por razones de distancia geográfica. La primera fase será voluntaria e informal, pero cuando se pase a informar sistemáticamente de las actividades desarrolladas, tanto a los colegas ausentados como a los interesados que nunca han formado parte del grupo, habrá nacido una revista. Las cartas saltaron normalmente las fronteras. Aunque su difusión, como es lógico por otra parte, no fuera ciertamente masiva, la correspondencia escrita en soporte de papel ha representado la vía de comunicación por antonomasia entre personas con residencias, habituales o transitorias, normalmente alejadas. De cualquier forma, a pesar de las redes de comunicación que pudieran representar las establecidas por los ya aludidos Mersenne y Oldenburg, es difícil y arriesgado extender conceptos como el de comunidad científica anteriores a la estabilización de las instituciones y, en consecuencia, hablar de internacionalización aún más. Sobre esto, no obstante, estudiaremos algunos detalles interesantes más adelante. Así
pues, la mayoría de los especialistas en la llamada Revolución Científica
mantienen la opinión bastante extendida de que el embrión de las instituciones
científicas de la modernidad se articuló en torno a la práctica de la
correspondencia regular, como cualquiera que
haya tenido una mínima experiencia organizativa de cosas nuevas sabe que no podía
ser de otra manera. La copiosa historiografía sobre el último tramo del siglo
XVII, con su revolución, su contrarrevolución, sus pompas de Grand Siècle y
sus instituciones científicas –creadas y mantenidas gracias a la tensión
dialéctica entre el entusiasmo silvestre y autoorganizativo[22]
y la dirección centralista y cortesana– permite afirmar sin temor a
desmentido repentino y brusco que los medios regulares de comunicación científica
fueron manifestaciones externas de esos nuevos organismos sociales que deseaban
y necesitaban dar a conocer sus preocupaciones, sus (escasos[23])
logros y el trabajo de sus miembros. Mas las Philosophical
Transactions y el Journal des Savants
no son las únicas representaciones del periodismo científico de la época
inaugural, aunque sí las más nítidamente relacionadas con territorios geográficos
y políticos concretos, o sea, con referentes nacionales si se permite una
expresión que es un claro abuso de lenguaje como la propia historia indica. En
este ámbito, estas instituciones nacionales del último tercio del siglo XVII
expresan una necesidad de comunicación orgánica que no sintieron, por ejemplo,
otras instituciones inglesas o francesas de la época, las academias italianas o
la academia española de matemáticas previamente instituídas[24],
para las que la vinculación epistolar bastó como vehículo de relación con el
exterior, aunque todas tuvieran la posibilidad de considerar la imprenta como
prodigiosa herramienta para sus trabajos de propaganda. La diferencia entre
estos procesos que se distancian cronológicamente poco más de medio siglo hay
que buscarla, una vez más y para mayor tormento de los fundamentalistas del
internalismo, en la sociedad, porque la idea de publicar periódicos ya había
traspasado los umbrales de los círculos de opinión y se había ampliado el ámbito
de los demandantes de información. Claro que lo que era de interés social podía
reunir un público suficiente en una ciudad o territorio específico, pero lo más
especializado, como claramente era la filosofía natural, necesitaba de la unión
de dominios –en principio no conexos– para garantizar su viabilidad. Así,
como productos de la dinámica de comunicación propiciada por el ambiente
generado en Europa en colectivos de filósofos de la naturaleza hay que situar
la creación y explicar la larga vida de revistas como la prestigiosa Acta Eruditorum de Leipzig, entre otras de menor difusión. Otro
caso es el del Journal de Trevoux, órgano
de expresión de los jesuitas contra los philosophes. Esta revista, aparecida en 1701 gracias a la inspiración
de Jacques Philippe Lallemant y Michel Le Tellier, estuvo financiada por el
Duque de Maine, hijo natural de Luis XIV. Mantuvo las posiciones de la Compañía
de Jesús hasta 1762 en una orientación extensiva que fue desde los meros
comentarios bibliográficos de los inicios hasta la implicación combativa en la
evaluación de todas las contribuciones intelectuales de su tiempo, entre las
que se encontraban las científicas[25].
Antes de concluir este apartado quiero incidir en dos notas finales. La primera, ya apuntada más arriba, se refiere al proceso vivido por estas revistas pioneras del ámbito científico: la reducida dimensión del conjunto de personas interesadas por la filosofía natural y la mucho menor del de los potenciales autores favoreció de una forma casi necesaria la ampliación del dominio de la comunicación. Internacionalismo propiciado por una lengua de uso común, el latín, y unos intereses científicos de carácter especializado, pero general. Vayan estas consideraciones preliminares como sustrato previo a la afirmación de que en todo tiempo la comunicación entre personas que han reflexionado sobre la Naturaleza en general y las matemáticas en particular ha superado montañas, vadeado ríos y traspasado fronteras, si bien esas relaciones están bastante alejadas de lo que se entiende por internacionalización en siglos más recientes. Para
no olvidarnos de la cuestión central del presente trabajo quizás convendría
subrayar la idea respecto a la fluidez de la comunicación entre virtuosi
residentes en diversos territorios, aunque las dificultades de comunicación
–de todo tipo, incluido el postal– fueron causas objetivas para que se
limitara el conocimiento de las novedades científicas por una parte y por otra,
y, por tanto, el acceso de los autores a los medios de comunicación existentes.
Acceso que tenía que superar, en algunos casos, escollos de tan escasa
objetividad como puede suponer el caso de Newton en las Philosophical
Transactions en los años en los que ocupó la presidencia de la Royal
Society[26].
Ese conjunto de razones –deficientes infraestructuras de caminos y correos y
despotismo social– fue obstáculo más poderoso en el proceso de generalización
de las relaciones personales entre los científicos que el proveniente de la
voluntad xenófoba de la mayoría de las formas de gobierno. Aunque, por
supuesto, las había. Naturalmente, las tensiones bélicas –o simplemente políticas–
generaron conflictos y animadversiones entre unos científicos y otros. Si los
ingleses montaron una pantomima vejatoria respecto a Leibniz a cuenta del calculus,
Juan Bernoulli no se quedó atrás en sus ataques a los ingleses. El
último apunte que querría señalar se refiere a la pervivencia del modelo
periodístico basado en la correspondencia. Todavía en el último año del
siglo XVIII Franz Xaver von Zach, astrónomo del Duque de Saxe–Coburg, fundó
un verdadero periódico mensual, Monatliche
Correspondenz, dirigido a la difusión de noticias científicas. Y casi un
cuarto de siglo más tarde, un pariente próximo al universo de los matemáticos,
el astrónomo y amigo de Gauss, Heinrich Christian Schumacher (1780–1850), creó
el que se considera primer periódico enteramente dedicado a la astronomía, Astronomische
Nachrichten, en 1823, sobre la base de la gran cantidad de cartas que él
escribía y recibía. Este hecho favoreció que fuera designado como el
cartero general de la Astronomía[27].
2.– El periodismo matemático Aún
debería transcurrir más de un siglo hasta que naciera la primera revista matemática
de la historia: los Archiv der reine und
angewandte Mathematik que editara en Leipzig entre 1795 y 1800 K.F.
Hindenburg (1741–1808). Lo primero que cabe hacer notar es que el nombre
otorgado a esta primera revista matemática propiamente dicha de la historia
marcaría una huella profunda, pues la que por su mayor difusión se suele
considerar pionera de esta faceta profesional, los Annales de Mathématiques Pures et Appliquées de Joseph Diez
Gergonne, tenía un título sensiblemente similiar, así como las que
protagonizaron los dos grandes episodios siguientes del periodismo matemático:
los Archiv für die reine und angewandte
Mathematik de Leopold A. Crelle y el Journal
des Mathématiques Pures et Appliqués de Joseph Liouville. Entre las muchas
consideraciones que se pueden realizar, tres hechos merecen algún comentario
especial en relación con estos primeros hitos del periodismo matemático. El
primero está relacionado con el título que las matemáticas hijas de la
Ilustración, por una parte, y de la Revolución por otra, adoptaron para ser
presentadas ante la sociedad en el nuevo formato. Las revistas, desde sus
inicios, introdujeron en la pequeña comunidad cuasiprofesional varios cambios
en la estructura de la comunicación matemática, hasta entonces preferentemente
epistolar o de libro. Otra de las mutaciones significativas fue la relativa al
tamaño de las contribuciones científicas impresas. Por las revistas fue
aumentando e imponiéndose poco a
poco la nueva tendencia de producir trabajos más cortos, en los que se resolvían
problemas concretos, que los usuales libros de la historia anterior. No es que
las primeras revistas fueran precisamente escuálidas en lo referente al número
de páginas, ya que en bastantes casos dieron
lugar a volúmenes de grosor y apariencia similares al de otros libros impresos
de la época. Sin embargo, había un matiz que las distinguía: las revistas
eran textos compuestos colectivamente, algo muy diferente a la usual autoría
unipersonal de la mayoría de las producciones científicas –y no sólo científicas–
hasta entonces utilizadas. Otro aspecto central propiciado por el nuevo sistema
de comunicación, cuya vigencia e importancia sería difícil sobreestimar, fue
la decidida opción por la exigencia de novedad y originalidad en los trabajos,
en clara ruptura con la antigua costumbre de comentar las opiniones de las
autoridades consagradas (a veces hasta desde el punto de vista de los dogmas
religiosos) por la historia y los poderes. La tercera innovación fue la del título
en el que, como se ve claramente, aparecen dos categorías que rompen la idea de
unidad de la matemática. Esto merece un comentario un poco más amplio. Porque
hoy, como una prolongación conceptual de usos y costumbres decimonónicos,
todavía hay personas empecinadas en el uso del singular, aunque la vida
cotidiana en cualquier ámbito de ejercicio matemático les haya pasado
ampliamente por encima. Y aunque no lo crean los amantes de la unidad y de la
uniformidad –o, por lo menos, les cueste mucho creerlo–, la innovación no
procedía de la mera diversidad, esto es, de la constatación de varias clases
de matemáticas, ya que desde muchos siglos antes se habían introducido
elementos de diferenciación. Los pitagóricos lo hacían[28],
los eléatas les copiaron, cambiando un poco el nombre, e Ibn Sina (979–1037),
el autor que concita más referencias de autoridad del periodo medieval, promovió
una clasificación de los saberes que sería seguida bastante fielmente en el
mundo cristiano[29].
Y ya en la Edad Moderna, con las matemáticas plenamente instaladas en muchos
programas de aprendizaje artesanal –navegantes, mercaderes, etc.–, Bacon
crearía la gran subdivisión entre matemáticas puras y matemáticas mixtas que
estuvo en vigencia durante casi dos siglos en todos los lugares en los que no
siguió instalado el Quadrivium. La
novedad que aportaron las revistas y que también ha servido de modelo casi
hasta nuestros días es la denominación diferenciada entre matemática pura y
matemática aplicada. Esta distinción sería poco explicable en marcos
conceptuales anteriores en los que la aplicabilidad del conocimiento tenía una
carga peyorativa. Por ello, hay que entender que ese cambio rupturista pudo
producirse gracias a las condiciones de ebullición intelectual propiciadas por
los vientos de cambio social. Otro
apunte que no conviene olvidar es que el surgimiento del periodismo matemático
se produce –donde se produce, ya que hasta ahora sólo hemos citado ejemplos
relacionados con Francia y Alemania– cuando en estos países se va articulando
y plasmando un mismo concepto de nación en el que se entremezclan poder político
–y su consiguiente aspiración hegemónica exterior–, poder económico –y
su planteamiento de sacar beneficios máximos en cualquier momento y en
cualquier parte– y, en no menor escala, presión cultural con sus múltiples
derivaciones en el terreno de la lengua, la organización del saber, el sistema
de valores y un largo etcétera en el que ocupaban su lugar –no precisamente
despreciable– las matemáticas. En nuestro análisis vamos a fijarnos
especialmente en ejemplos franceses tanto por su objetiva importancia histórica,
como por sus cambios de posición
en el ranking matemático mundial a lo largo del tiempo. Si
la revista de Leipzig tuvo un ámbito de proyección local, como señalan los
que la han ojeado –y como era lógico habida cuenta de los diferentes
desarrollos matemáticos que podían ostentar los diferentes centros del
mundo–, los Annales de Gergonne
tienen –a pesar de su permanencia, ya que pueden exhibir más de dos décadas
de existencia– como característica fundamental ser uno más de los productos
generados por la Revolución Francesa. Sus biógrafos más concienzudos[30]
señalan que a su creador, Joseph Diez Gergonne, tras una elemental instrucción
con los hermanos de las Iglesias Cristianas y un solitario estudio con los
manuales de la época –de Bézout o de Bossut–, le bastó un mes de
instrucción en Chalons para adquirir el método
revolucionario[31]
con el que pudo convertirse en oficial del Cuarto Regimento de Artillería
destinado en los Pirineos. Luego, en 1795, pasaría a formar parte del claustro
de profesores de la Escuela Central de Nîmes, una de las escuelas centrales que
la Revolución creó en todos los departamentos franceses. Cinco años después,
en pleno período napoleónico, van a ver la luz los Annales
gracias al material acumulado, como él mismo reconoce, en sus años de enseñanza.
Quiere decirse con esto que la vida y la obra fundamental de Gergonne es fruto
del ambiente y estímulos de la Revolución, en el que incluyo, sin dudarlo, la
contradictoria época de gobierno de Bonaparte. No es propósito de este ensayo
analizar pormenorizadamente el discurrir de las revistas matemáticas, sino que
lo que se pretende es, sobre todo, analizar las vinculaciones que puedan
explicar las relaciones internacionales de las publicaciones periódicas. En
este aspecto –y como demuestran los estudios cuantitativos realizados– la
publicación fue eminentemente francesa. Ahora bien, se se tiene en cuenta que
la Revolución Francesa, como todas las grandes revoluciones, fue
internacionalista, no será difícil convenir que, en sus inicios, el periodismo
matemático tuvo una proyección internacional. Después vendrían otros
derroteros sustentados en la pluralidad de centros y, por tanto, el elenco de
rivalidades. Dhombres y Otero señalan con rotundidad que, en sus inicios, la
articulación de los Annales con el sistema educativo y científico francés
resalta de manera particularmente nítida[32],
elemento que no conviene olvidar,
aunque pueda justificarse con el subterfugio de que en tanto que la función
crea el órgano, también las revistas que surgen en un medio intelectual se
alimentan primordialmente del mismo. Justificación que hay que estimar para el
primer tercio del siglo XIX y para después. Que quede claro. Los
estudios cuantitativos llevados a cabo sobre los Annales de Gergonne, la revista de la época mejor estudiada hasta
la fecha, son particularmente explícitos sobre los sesgos que definen la
composición y autoría de la publicación.
Partiendo de un trabajo presentado por B. Durand en la Universidad de
Nantes[33],
Otero y Dhombres señalan la existencia de ciento siete autores de los 839 artículos
que se reúnen en la colección, pertenecientes esencialmente a tres círculos:
profesores de provincias, mundo politécnico y estudiantes. O sea, hablando en
plata, muchos franceses. No todos. Porque en los cuadros estadísticos que se
contienen en el estudio que estamos siguiendo se revela una apreciable
participación no francesa que no sería justo pasar por alto, aunque sí
matizar. En el cómputo general realizado sobre el origen geográfico de los
autores y de los artículos que les pertenecen, las cifras son bien claras: Distribución estadística de los artículos de los
Annales de Gergonne según el origen geográfico de los autores[34]
% artículos
% autores París
10,2
18,7 Provincias
63,7
36,6 Extranjero
12,6
22,8 Anónimos
o de origen desconocido
13,8
21,9 Los
números reseñados, aparte de otras sutilezas en las que no podemos entrar,
son bien explícitos de la red que mantuvo viva la primera revista
importante de la historia de las matemáticas. El conjunto humano que hizo
posible esta aventura intelectual, del que estuvieron ausentes –cosa lógica,
por otra parte– los grandes patriarcas de la matemática francesa de la época,
como Lagrange, Monge, Laplace o Legendre, todos vivos al inicio de la aventura,
vivía en provincias. De las provincias francesas ¡y ésta es una de las
grandes aportaciones de la Revolución! Casi dos quintos de los autores residía fuera de París,
pero en Francia, y de allí surgieron, aproximadamente, dos tercios de los artículos
publicados[35].
En lo tocante a las cordenadas geográficas y geopolíticas no parece que deba
haber muchas dudas respecto a la adscripción de los Annales de Gergonne. No obstante, como los números porcentuales
relativos a la participación extranjera no son despreciables, quizás convenga
hacer alguna aclaración al respecto. En valores absolutos hay un conjunto de
veintiocho colaboradores no franceses, autores de ciento veintidós artículos,
cifras que, si no se analizan, son estimables, y más tratándose de la segunda
y la tercera década del siglo XIX. La
agrupación por naciones de estos colaboradores ya restringe un poco más el
campo. Así, los suizos, algunos de los cuales –como Sturm o Argand–
hicieron buena parte de su carrera en Francia, aportan 59 artículos, casi la
mitad del total. Los prusianos, entre los que destaca la figura de Plücker,
enviaron 31 artículos a la revista de Gergonne. Los italianos, 18. Y luego, en
cantidades ya mucho menores, aparecen algún belga y algún polaco, que tampoco
debe llamar a asombro, porque la relación de éstos con la Francia matemática,
procede del hecho de haber sido alumnos de la Escuela Politécnica[36].
En esos términos la colonia
extranjera en la revista de Gergonne es un tanto especial, máxime en una época
en la que el francés estaba sustituyendo al latin como lengua preponderante en
el ámbito de las comunicaciones, incluidas, por supuesto, las matemáticas. Como
se ha dicho anteriormente, la iniciativa tuvo un eco perdurable. En 1826, el
ingeniero alemán A. L. Crelle[37]
ponía en circulación el Journal für die
reine und angewandte Mathematik, versión alemana de la revista de Gergonne.
Como siempre ocurre, aunque se copien las cosas, si no son plagios, nunca son
exactamente iguales. El Journal de Crelle
fue eminentemente alemán, si bien consiguió una nómina de colaboradores con
nombres verdaderamente descollantes entre los que se encuentran, entre otros,
Jacobi, Dirichler o Steiner. También algún extranjero de postín, como Abel,
pudo publicar sus atormentadas contribuciones en la publicación del ingeniero
alemán. Faltó a la cita, también lógicamente, algún santón como Gauss,
demasiado pendiente de su ombligo como para perder el tiempo publicando en
revistas inmaduras. Se echan en falta –y esto es particularmente relevante
para nuestro discurso– los franceses o, cuando menos, muchos franceses. Y eso
aunque Crelle admitía artículos en la lengua de Molière, al contrario que sus
vecinos del otro lado del Rin. Porque los franceses que transitaron por la
publicación alemana fueron personajes todavía marginales en esa época, como
Poncelet o Sophie Germain. Bien es verdad que, como señala Lützen[38]
los franceses eran de la justificada opinión de que
su capital era el centro de la ciencia. Por ello era natural que el mundo entero
buscara el contacto con París y no natural que ellos mismos publicasen en la
periferia, incluidos los periódicos extranjeros. Aún
se debe señalar otra influencia directa de los Annales
de Gergonne en la misma Francia. Cuando Gergonne fue nombrado en 1832 Rector
de la Universidad de Montpellier cortó abruptamente la publicación sin que
nadie continuara la tarea de forma inmediata. Es cierto, y es tiempo de
aclararlo, que estas revistas no anduvieron su existencia en la más estricta
soledad. Hubo otras publicaciones que, si bien no exclusivamente matemáticas,
dieron a la luz muchos trabajos matemáticos, algunos importantes. Sin salirnos
de Francia, se pueden citar los dos Journals
de la Académie des Sciences o el
de la Polythecnique, entre otros.
Igualmente, en la segunda mitad de la segunda década del
siglo XIX Quételet editó, por ejemplo, su Correspondance
mathématique et physique, con lo que se quiere decir que el panorama se fue
poblando poco a poco de revistas. Pero con la desaparición de los Annales,
el centro del mundo de la ciencia se quedó sin la suya y eso dio pie a que un
joven y activo matemático francés, Joseph Liouville, un tanto quemado por las
peripecias que sus manuscritos debían pasar en las redacciones de algunos
medios, decidió dar continuidad a la obra de Gergonne poniendo en circulación
en 1836 una nueva revista significativamente denominada Journal
des Mathématiques pures et appliquèes. Lo significativo reside en la leve
variación, menos ampulosa, respecto a la revista de Gergonne y la traducción
exactamente literal de la de Crelle. Conviene advertir un matiz. El momento en
el que apareció la publicación y la larga duración de la dirección de
Liouville, prácticamente cuarenta años, propició que esta revista alcanzase
un gran prestigio y difusión internacionales dentro del ámbito de los países
que tenían lectores susceptibles de leer y entender el francés, única lengua
en la que aparecieron las distintas colaboraciones. De
lo anterior cabe destacar un rasgo que se repite con nitidez en todas estas
publicaciones aludidas. Las primeras publicaciones periódicas –y muchas
posteriores– son obras de individuos. La impronta personal es representativa
de lo que Plejanov estudió respecto al papel del individuo en la historia. En
todas ellas, por tanto, es perceptible una manera de hacer concreta en la que el
ámbito intelectual del fundador es constatable. Con
el siglo el crecimiento cuantitativo se dejó sentir y la decisión de los
individuos dejó paso a las instituciones, en muchos casos creadas desde abajo,
igual que había ocurrido dos siglos antes con las corporaciones interesadas en
el desarrollo de la filosofía natural. Así, hacia finales del segundo tercio
del siglo XIX, cuando las características de las nuevas sociedades iban
definiendo sus nuevos perfiles –en algunos casos harto siniestros–, cuando
los estados más desarrollados industrialmente se organizaban en torno a
presupuestos económicos y políticos más claramente establecidos en una síntesis
de elementos capitalistas, nacionalistas e imperialistas, las comunidades matemáticas
de las principales ciudades de algunos de esos estados crecieron numéricamente
lo suficiente como para poder abordar dos objetivos. El primero, establecer
sociedades matemáticas. El segundo, difundir órganos que expresaran la
producción y actividad científica de esas sociedades. Así, las tres últimas
décadas del siglo XIX y el tramo del XX anterior a la Gran Guerra vivieron la
eclosión de iniciativas de carácter nacional o local –pero representativas
de hechos nacionales– que añadieron elementos organizativos a la red
constituyente de la comunidad matemática. La Sociedad
Matemática de Moscú (1864), la Sociedad
matemática de Londres (1865), la Sociedad
Matematica de Francia (1872), el Círculo
Matemático de Palermo (1884), la Sociedad
Matemática Americana (1888), la Sociedad
Matemática Alemana (1990), la
sociedad italiana formada por profesores de escuelas de enseñanza secundaria
llamada Mathesis (1896), la Sociedad Matemática Española (1911) y algunas más
que, como la sociedad checa, nacieron como sociedades de estudiantes en 1862
para convertirse pronto en una entidad que agrupaba a los matemáticos y físicos
checos. No señalo más para no alargar excesivamente el discurso. Además
progresaron y se consolidaron desde el punto de vista organizativo las secciones
de matemáticas de las Asociaciones para el Progreso de las Ciencias y de las
Academias de Ciencias, lo cual extendió algo más la geografía de las matemáticas
en el mundo, ensanchando los cercanos límites europeos a los que se había
circunscrito hasta entonces[39].
Un
elemento a destacar es que la aparición de estas sociedades matemáticas
significó la materialización de una vocación de amplitud geográfica y de
permanencia temporal. Y la historia se encargó de demostrar que sin comunidades
científicas que las sustenten en lo inmediato es imposible la provisión de
elementos nutrientes que garanticen la vida de las revistas matemáticas. Así
nacieron y se desarrollaron muchos órganos de expresión matemática
representativos de las diferentes comunidades profesionales del último tercio
del siglo XIX. Las que lo hicieron con mejores bases consiguieron larga vida,
aunque no siempre la –en bastantes ocasiones deseada– apertura hacia el
exterior pudiera conseguirse.
Casi
todas las nuevas sociedades matemáticas impulsaron órganos de prensa periódica
con matices diversos y diversas estructuras temáticas. Verdaderamente el número
de boletines, revistas y medios de comunicación creció como la espuma. Lubos
Novy[40]
ha delineado a través de algunos trabajos un tratamiento interesante del
desarrollo de los periódicos de matemáticas en el tramo 1870–1925[41]
así como sobre la aplicación de los métodos cuantitativos al estudio de los
periódicos[42].
La primera cuestión que aparece ante todo es de carácter ontológico: qué
es un periódico de matemáticas. La pregunta no es banal, porque no todos
los periódicos de matemáticas son iguales. Los hay que contienen solamente artículos
de matemáticas puras y/o aplicadas –que no siempre han tenido la misma
consideración de calidad en los medios matemáticos– y, entre éstos, caben
subdivisiones relativas a las diferentes exigencias de nivel, de temática, de
rigor, etcétera. Luego están los que contienen –supongamos que sistemáticamente–
artículos de matemáticas junto a otros asuntos. Así destaca Novy cuatro
categorías según el fondo que se desprende del análisis del famoso trabajo de
Felix Müller[43]
de 1909 –en el que se recogen más de mil periódicos que aparecieron hasta
comienzos del presente siglo y del vaciado del Jahrbuch
über die Fortschritte der Mathematik, fundado en 1868 y que sobrevivió
hasta la segunda Guerra Mundial. Las cuatro clases de periódicos son las
siguientes[44]:
1.–Periódicos de Matemáticas propiamente dichos.
2.–Periódicos de Matemáticas y Físicas.
3.–Periódicos especializados en otras ramas científicas que publican
regularmente artículos de matemáticas.
4.– Periódicos generales de similares características. Pero
nosotros estamos contemplando este panorama desde el punto de vista de la
internacionalización y en este sentido más que el análisis interno de los
contenidos nos interesa la ubicación geográfica de las publicaciones. El
balance, desde luego, no es sorprendente. En el conjunto total destaca un grupo
de cuatro países en el que el número de revistas es significativamente más
elevado y, por tanto, el de la actividad matemática. Dichos países son
Alemania, Francia, Italia y el Reino Unido. Apreciablemente más retrasado se
encuentra un segundo grupo formado por los Países Escandinavos, tomados como un
todo, Rusia, Bélgica, los Países Bajos y USA, cuya evolución fue interesante
porque de no contar con ningún periódico de matemáticas en 1870 pasó a tener
6 en 1900 y 30 en 1925, igualándose con el nivel de los cuatro primeros países.
El resto de los territorios en los que aparecieron en el medio siglo de
referencia artículos de matemáticas no alcanzó nunca el 20% del total. Luego
estaba el resto del mundo. En esta gran masa de periódicos hay una – cierta o
selecta o pequeña o incluso grande– presencia de autores de unos países en
las revistas de otros. Para muchos autores este hecho es la confirmación de la
consolidación internacionalista. Mi opinión, de acuerdo con los datos
objetivos de la historia, no es esa. 3.–
La internacionalización Que el aserto con el que he concluido el párrafo anterior es arriesgado lo asegura el aparentemente amplio consenso que existe sobre el carácter internacionalista de la ciencia. Grattan–Guinness, por ejemplo, uno de los británicos más famosos e importantes después de Newton y la de Reina Victoria, discípulo de Popper y relevante historiador de las matemáticas, ha afirmado[45] que, en el último tercio del siglo XIX, los contactos internacionales se desarrollaron fuertemente, así como las ciencias que se basaban mucho en la colaboración internacional. Las matemáticas manifestaron muy marcadamente la nueva actitud, con matemáticos publicando sus trabajos en periódicos extranjeros mucho más frecuentemente que anteriormente. Esto es cierto y cabría entender que entre mi aserto anterior, que podría tomarse como provocativo, y el juicio de Grattan–Guinness hay contradicción. En puridad no hay tal. Ivor Grattan–Guinness tiene razon en lo que sostiene y creo que yo también. Su opinión se la acepto sin demostración, mas la mía necesita de razones que creo que, en algunos casos, son evidentes. Ello no obstante, antes de entrar en la respuesta o en la matización de la opinión de Grattan–Guinness, que destaco por la importancia objetiva del autor en la comunidad mundial de historiadores de las matemáticas –en el caso de que formemos una comunidad, cosa muy discutible–, convendrá presentar alguna otra perspectiva de desarrollo. Por ejemplo, en un texto sobre el tema cocinado con ingredientes australianos puede leerse[46]: “La
ciencia, se dice a menudo, no conoce fronteras nacionales. Las operaciones y
leyes de la naturaleza son universales y científicos de muchas naciones y países
contribuyen al progreso de nuestro conocimiento sobre ellas. Cuando se han hecho
intentos de reconstruir la ciencia sobre fundamentos raciales o políticos –
como la ciencia aria en la Alemania
nazi, por ejemplo, o la ciencia socialista
por Lysenko– esos han sido condenados por todas partes como antitéticos a la
verdadera naturaleza de la empresa”[47]. Sin
embargo, desde una perspectiva australiana, ya no puede negarse que “desde
otro punto de vista, […], está claro que la ciencia está socialmente
empotrada. Diferencias de lenguaje pueden crear barreras entre los científicos.
Las diferentes culturas valoran la ciencia de forma distinta y proveen de
soportes mayores o menores para el trabajo científico. Los científicos están
constreñidos, como cualquier otro ente, por las formas de la sociedad
particular de la que forman parte. Las instituciones sociales de la ciencia
–los sistemas educativos en los que los científicos realizan su aprendizaje,
las sociedades cultas, las publicaciones, las organizaciones profesionales y los
institutos de investigación– varían
significativamente de un país a otro tanto en su estructura como en su modo
operativo”[48]. Simplemente,
de lo que quiero dejar constancia, de entrada, es que la supuesta unanimidad es,
desde luego, matizable. En primer lugar hay un hecho que difícilmente se puede
sortear: el conjunto de países que componen la comunidad matemática
internacional es en valor absoluto una pequeña parte del conjunto de la
Humanidad, tanto desde el punto de vista de la población del planeta como del
conjunto de países que entonces –y ahora– existían. Sobre esto se puede
establecer una hipótesis de trabajo –sobre la que puedo decir, como Newton: non
fingo– o, cuando menos, un cierto encuadre de los asertos que se
pronuncien. Se trata, simplemente, de despreciar el complementario del dominio
de existencia, haciendo una restricción del mundo real al mundo en el que se
publican artículos y revistas matemáticas. El resto del mundo, con sus gentes
incluidas, no existen para el análisis. Carecen de interés. Es arriesgado,
pero usual. No hay que hacer ningún mal gesto para admitir una fórmula
bastante habitual en nuestro espacio historiográfico –y no sólo en él–.
Podemos señalar, por tanto, que nuestro mundo matemático es el mundo. El resto
no cuenta o, como se dice en términos matemáticos, se puede despreciar. Aceptemos,
por tanto, como axioma que se llame mundo internacional al mundo en el que se
publican artículos de matemáticas y proyéctese el análisis en este pequeño
mundo a fin de extraer las consecuencias pertinentes. En estos términos
entramos en el ámbito al que se refiere Grattan–Guinness y convenir con él
en que las relaciones internacionales entre los matemáticos se desarrollaron
fuertemente en el último tercio del siglo XIX y que durante el XX ese proceso aún
se hizo más notorio. ¿Ya está? ¿No hay nada más? Para
mi, por lo menos, hay tres cuestiones que me suscitan reflexión. La primera está
relacionada con un tema al que los historiadores de las matemáticas han
dedicado mucho interés y al que ya he aludido incidentalmente en algún
momento: el problema del centro que, más propiamente, debería ser el problema
de la cabeza. Dicho en otras palabras: ¿Quién es el primero? Porque si hay un
primero quiere decir que se establece una ordenación, con lo que las relaciones
entre los elementos ya no serán de equivalencia, sino de otro tipo. Y en la época
que tenemos de referencia, la correspondiente al período 1850–1914 –como he
dicho las condiciones sociopolíticas del posterior periodo de entreguerras son
muy peculiares– hay un extenso consenso sobre la preeminencia alemana en las
cuestiones matemáticas. Ergo se
considera que hubo un primer elemento de la sucesión finita –y corta– de
elementos integrantes del conjunto de países matemáticos. La segunda reflexión
tiene que ver con la proyección exterior de cada comunidad nacional y la
tercera con la evolución de las propias revistas matemáticas. Dice Novy[49]
que los crecimientos cuantitativos en el periodo considerado encierran mensajes
escondidos. En primer lugar destaca que la mayoría de los artículos de matemáticas
que se publicaron en 1900 lo hicieron en medios de comunicación no matemática
–dos tercios–. Esto es relevante para el estudio de la comunidad
profesional, pero también lo es para considerar los caminos que muchos autores
tuvieron para exponer sus resultados. Otro dato interesante es el crecimiento
del número de revistas. Así, entre 1870 y 1915 el número total de revistas
matemáticas –en el amplio sentido anterior– se multiplicó por dos.
mientras que el de las revistas estrictamente matemáticas lo hizo por cuatro.
Ante esto Novy se interroga y da una explicación que matiza la perspectiva
internacionalista a través de un caso concreto. Dice
Novy[50]:
¿Tenían los autores dificultades para
publicar sus resultados o han jugado otras razones un papel principal? El
ejemplo elegido por Novy es muy interesante porque se refiere a los países
checos –que hasta 1914 formaron parte del imperio austro–húngaro– en los
que el alemán –lengua importante de expresión matemática– era ampliamente
conocido[51].
En su opinión, la publicación desde 1870 de los Archives
de sciences mathématiques et physiques se debió a causas culturales y políticas.
Los matemáticos checos querían demostrar la riqueza e independencia de la
cultura checa y su valor comparable al de otras naciones. He aquí un aspecto
que no conviene pasar por alto: el deseo de países de posición no precisamente
preeminente de ser tenidos en cuenta en la comunidad internacional a causa de
cualquier aspecto cultural. Esta vertiente que no conlleva, en principio,
condicionamientos peligrosos desde el punto de vista político, sí los tiene
desde el higiénico–sanitario, ya que puede producir esquizofrenia
profesional. Este fenómeno, que conozco bien, porque se da en países como España
y en muchos otros –G–7 incluido, como Alemania, Francia, Italia o Japón–
, se caracteriza por una autoselección creativa de los trabajos científicos.
Los que se estiman mejores se publican en la lengua del país hegemónico y los
menos brillantes en la lengua vernácula y en el interior. Esta penosa realidad
marca algunos derroteros del internacionalismo científico de los siglos XIX y
XX, si bien en el siglo anterior el enfoque no fue tan monolítico como en el
actual. La
segunda cuestión que he planteado se refiere a la proyección exterior de las
comunidades nacionales. Ya he aludido al caso de los países checos y eslovacos,
aunque quizás sea necesario recoger alguna información, con permiso de
bohemios y moravos, más relevante por venir, como se ha apuntado
abundantemente, de uno de los territorios matemáticos que siempre se ha
encontrado en vanguardia en los tres últimos siglos y del que se dispone de
mejor información. Me refiero a Francia, sobre cuya comunidad matemática,
aunque circunscrita a la Société Mathématique
de France, Helène Gispert ha realizado un estudio bastante exhaustivo. En
sus trabajos, dirigidos con preferencia al primer medio siglo de existencia de
la institución, Gispert[52]
aporta datos muy significativos de lo que representan el crecimiento y la
internacionalización en el mundo de las matemáticas de uno de los países más
desarrollados matemáticamente. Veamos. En un pequeño pero muy explícito
cuadro sobre la producción total de los miembros de la SMF y su proyección
internacional se pueden leer los siguientes números: Tramo
cronológico
1870–74
1890–94
1910–14 media
anual de artículos...........
104
218 ................
185 de
ellos, publicados en el extranjero
8
27
.................. 36 Como
la estadística sirve para muchas cosas, estos números sirven para constatar
una multiplicidad de asuntos. Se puede afirmar, por ejemplo, que la producción
matemática de Francia aumentó en un 77.8% entre el quinquenio fundacional de
la SMF y el inmediatamente anterior a la Gran Guerra (1914–18). Se puede también
observar, con pertinencia, que la publicación de artículos en el extranjero se
multiplicó por más de cuatro. Pero también se puede señalar que la publicación
francesa en el extranjero arroja unos porcentajes para los tramos elegidos del
7.69%, 12,38% y 19,45% respectivamente. Dicho en otras palabras, en el periodo
en el que se da por consumada la internacionalización matemática los trabajos
franceses dirigidos a medios extranjeros no alcanzaron el 20%, lo que visto
desde el otro lado significa que la inmensa mayoría de matemáticos franceses
siguieron publicando en francés, en Francia y, como también señala Gispert,
preferentemente en París. Y es que no se puede olvidar que las publicaciones
son ingredientes imprescindibles de las carreras académicas y los jurados que
evalúan y promocionan a los candidatos en casi todos los países son
nacionales. Y en el caso francés no se puede hablar ni por asomo de
mediocridad. Estamos hablando de autores como Jordan, Darboux, Poincaré, Borel
o Picard, que publicaron fuera de las fronteras de Francia una parte muy pequeña
de su copiosa producción. A este respecto Gispert destaca[53]
que "Picard,
por ejemplo, que escribió hasta 1914 más de 400 artículos, no hizo aparecer más
que una veintena de ellos en periódicos extranjeros". Las
excepciones a esta regla definida por la tensión dialéctica
nacionalismo–internacionalismo en el periodo que hemos elegido como
conformador de las relaciones matemáticas en nuestros días podrían venir de
dos medios singulares en el panorama internacional como fueron los Rendiconti
del Circolo Matematico di Palermo y L'Enseignement
Mathématique, habida cuenta que la mayoría –por no escribir
arriesgadamente lo de la totalidad– de las restantes publicaciones periódicas
tenían referencias nacionales. De L'Enseignement
Mathématique, verdadera mina informativa para los temas matemáticos del
siglo XX, y extranjera por definición para todos, no me voy a ocupar, aunque sí
que querría señalar que su estructura y proyección estuvo íntimamente ligada
a la correlación de fuerzas de las diferentes naciones a lo largo de su
existencia. Esto no debe entenderse, en absoluto, en términos peyorativos. Todo
lo contrario. L'Enseignement Mathématique
ha sido, en el siglo XX, salvo los lógicos vaivenes, un jalón distinguido en
el quehacer matemático. Y algo más. Al fin al cabo, L'Enseignement
Mathématique fue producido, por definición, por un impulso internacional,
si bien, como queda dicho, de un internacionalismo reducido a los países que
pudieran decir algo en los ámbitos de las matemáticas y de su enseñanza que,
desde luego, no eran todos. El
caso de la revista siciliana es bastante más singular. Su singularidad procede
de dos causas tan explícitas como evidentes. La primera es la del exótico
lugar de nacimiento. La segunda, la recia personalidad de su fundador[54],
G.B. Guccia. Es obvio que desde sus inicios la proyección internacional del Circolo
y de los Rendiconti fue notable, sin
duda por la fuerza de su lanzamiento desde un lugar tan singular y de tan
antiguas raíces históricas. Estos elementos supusieron un gancho evidente para que muchos matemáticos eminentes se avinieran
a enviar contribuciones a la publicación siciliana que, además, realzó su
prestigio gracias a los premios que comenzó a distribuir entre afamados geómetras
italianos y extranjeros. Estos rasgos contribuyeron decisivamente a situar a
esta publicación, en principio local, en la más elevada órbita del universo
matemático. Todo parecía demostrar que la calidad de la ciencia, en general, y
de las matemáticas en particular, no dependía del lugar donde se produjese
sino de sus calidades internas y del ánimo de sus promotores. Sin embargo, como
no ha dejado de destacar Brigaglia[55],
entre las primeras y más poderosas razones de Guccia para desarrollar su
empresa se encontraba la siguiente reflexión: "Italia
[...] ocupa ciertamente uno de los primeros puestos en el ramo de las matemáticas
puras [...]; pero si queremos conservar nuestro puesto y no dejarnos sobrepasar
por otras naciones es menester procurar [...] la rápida difusión de nuestra
producción en el extranjero". Este
pensamiento de Guccia nos permite retomar la primera de las reflexiones que me
suscitaba la referencia al reducido mundo de las matemáticas y sus peculiares
relaciones internacionales: el problema de la ordenación. Para el
'internacionalista' Guccia, la difusión internacional no era un afán altruista
y fraternal con objeto de compartir el saber entre todos los pueblos –¿hermanos?–
del mundo, sino que tenía unas razones de cariz profundamente nacionalista:
mantener el lugar de privilegio de Italia y no dejarse superar por otras
naciones. Peculiar internacionalismo ¿no? El
mismo criterio parece animar a quienes gustan de ordenar los países por su
importancia, aunque sea en ámbitos tan específicos como los matemáticos. En
este sentido y sin salirnos de la época que hemos elegido como patrón, existe
la extendida opinión, que avala Grattan–Guinness[56]
en el trabajo ya aludido, de que "Alemania (o
mejor Prusia) se elevó a la cima de los países, pero los matemáticos alemanes
usaron su influencia para animar proyectos centrados o parcialmente
desarrollados en su país, pero en los que colaboraban matemáticos de otros países”.
Es correcto e
incluso hermoso. Representa el desprendimiento generoso de los matemáticos de
un país hegemónico que ajenos a todo afán avasallador ofrecen a los colegas
de Tanzania, Namibia o Bolivia participar en sus programas, para, entre todos,
hacer progresar el conocimiento que nos permitirá a todos conocer mejor los fenómenos
naturales del cosmos, de la tierra, de la vida y ¿por qué no? de la muerte.
Estos colegas, en ese espíritu de colaboración fraternal, podrán participar
en los proyectos para la fabricación de nuevas técnicas industriales, de
nuevas ideas científicas, de nuevas armas. ¿O no? Desde luego, la visión
matemática del discípulo de Popper es honorable y estimulante y representa un
tipo de relación internacional sobre el que conviene reflexionar. Vayamos a
ello. Ahora, cuando la
revolución, en todos los sentidos, de las comunicaciones ha impuesto la
convicción de la aldea global, en la que las cabezas económicas y políticas
del mundo clavan cada mañana sus banderas en un mapamundi en el que
diversifican sus intereses, se está instalando un concepto de
internacionalización nuevo y sobre el que no me voy a extender porque es
sobradamente conocido. Pero en el siglo XIX, cuando los estados mayores de los
países industrializados pugnaban por el control del mundo, las ideas de
internacionalización eran distintas. El internacionalismo del siglo XIX es una
tendencia de raíces proletarias que llega a cuajar en una organización, la
Asociación Internacional de Trabajadores, que se extiende por el mundo con una
sola palabra. la Internacional, y que
tiene un himno con el mismo nombre desde 1888. En esa organización todos los países
caben y todos son, en principio, iguales. Ahí, en principio, no hay
exclusiones. Ese es un internacionalismo social que extendió las ideas de
cooperación y fraternidad entre los seres humanos. Frente a él, los estados
mayores de la guerra y la economía se implicaron en la hobbesiana guerra de
todos contra todos por culpa del deseo de dominar la mayor parte de los
territorios y mercados posibles. No creo que quepan dudas de que las
hostilidades desatadas por la preeminencia económica o militar desataron una
sucesión de guerras menores y mayores y numerosos conflictos que crearon un
panorama internacional más bien poco idílico. Como quiera que en el sistema
económico dominante en la mayor parte del mundo lo que tiene o gana uno no lo
gana otro y como quiera que desde el punto de vista político–militar lo que
no controla o domina uno no lo suele hacer otro, la internacionalización
existente ha sido del tipo quítate tu que
me pongo yo. Habitualmente por las malas. Quedaba aparte el
mundo de las ideas, en el que la ciencia y las matemáticas tenían un papel a
desempeñar, ya que en el terreno de las ciencias aplicadas y de las técnicas
hace tiempo que quedaron bastante claras sus posibles implicaciones económicas
y militares. Los descubrimientos tecnocientíficos tenían valor económico y
hace tiempo también que se demostró que la superioridad tecnocientífica
permite matar niños y mujeres sudaneses, irakíes o serbios con la mayor
impunidad. Estos hechos han impuesto desde hace dos siglos el secreto en las
relaciones científicas internacionales y la ausencia de cooperación
internacional. Ningún tipo de internacionalización ha sido posible en estos ámbitos
y lo que se lee en las revistas o es obsoleto o no es aprovechable. Las matemáticas
–y cabría extender teóricamente la conclusión al campo a las ciencias básicas–
podían haber sido un territorio en el que se plasmasen las tendencias de
cooperación internacional, pero –siempre hay un pero– en la medida en que
participen de los programas anteriormente aludidos corren un camino parecido al
de sus parientes aplicadas. ¿Cómo interpretar entonces el resto de las
relaciones internacionales? También se puede
deducir esta interpretación de la cita anterior de Grattan–Guinness. Situados
en el periodo anterior a la Gran Guerra, Alemania o Prusia ocupaban el lugar
culminante en la comunidad matemática. De esta forma ellos definían sus propios proyectos sobre los temas que les
interesaban a ellos e invitaban a
colaborar a algunos matemáticos seleccionados en otros países. Es la antigua y
conocida fórmula de la caza de talentos[57],
que tiene una denominación clara en las relaciones entre personas físicas o
jurídicas: son las relaciones de hegemonía. Las vinculaciones
internacionales entraron en una dinámica en la que el país
–o los países– hegemónicos impusieron sus reglas de excelencia. La
primera es el privilegio de la lengua dominante, que coloca automáticamente a
quien, sin poseerla, pretende incorporarse al main
stream a un evidente sobre esfuerzo. Y las lenguas no se han privilegiado
históricamente por razones lingüísticas, sino por razones de poder político
y económico. La segunda manifestación de la hegemonía fue –y es– la
prevalencia de unos temas que se consideraron actuales o de vanguardia, frente a
otros que se consideraron obsoletos e irrelevantes. La tercera de las
incidencias de la hegemonía en la comunidad científica es el tema del
prestigio otorgado por la publicación en unos medios y no en otros. 4.– Algunas conclusiones En suma y
resumen, la internacionalización de la ciencia no fue internacionalista en el
sentido de la igualación y la fraternidad de colaboración, sino restringida a
un pequeño conjunto de países –por otra parte variable– y hegemónica en
el interior de dicho conjunto. Datos relevantes de esta realidad nos llevarían
a otros dominios de la comunidad científica, como el de las instituciones
internacionales, igualmente sesgadas y condicionadas por las potencias hegemónicas,
como pudieron comprobar muy vívidamente los serbios en Rambouillet. La
hegemonía es una realidad política, económica y militar. También científica.
Creo que no se puede negar alegremente ni sostener la patraña de la igualdad
democrática entre hombres y pueblos, porque no hay más que ver el
funcionamiento de las instituciones internacionales (simplemente lo que cuentan
los medios de información general) para entender como se despachan los asuntos
del planeta, cómo se embarga comercialmente a unos y cómo se bombardea
impunemente a otros, destruyendo sus infraestructuras y llevando a los países a
la ruina y a los pueblos a las privaciones y a la desolación. Esto parece que
cada día está más claro y no parece preciso insistir mayormente en ello.
Quienes están de acuerdo con el sistema sostendrán lo justo del actual estado
de cosas y quienes no lo estamos no nos vamos a convencer fácilmente de sus
bondades. Hay
en estos contextos internacionalistas muchos matices en los que la supuesta
asepsia metodológica y procedimental esconde rasgos ideológicos que se
camuflan en el aparato argumental. Podríamos aludir, por ejemplo, a la acogida
humanitaria de los científicos perseguidos por el terror nazi por parte de
algunos países y a los cambios sucesivos de actitud. Este tipo de
aproximaciones historiográficas son favorecidas si se santifica científicamente,
como únicamente riguroso y válido, el enfoque empirista, con el que sólo se consideran bagajes documentales
procedentes de instituciones concretas y de un cierto rango público. Nada por
tanto se puede decir de intereses oscuros o explícitos, de intenciones, de
animadversiones de carácter personal, de posiciones políticas preestablecidas.
Y mucho menos de lo que quedó en
el camino por la acción de las censuras existentes
en todos los ámbitos, incluidos, por supuesto, los que pasan por ser más
democráticos. Poca luz y, en su caso, poco interesante, poco concluyente y poco
consistente, puede obtenerse de los estudios histórico–científicos si no se
indagan las contradicciones estructurales y profundas y, en un símil con
algunas metáforas de las que siempre se echa mano, si no se estudian las
cloacas del sistema tecnocientífico, incluido, por supuesto, el matemático. La
comunidad científica, y la matemática no es una excepción, que cada vez
dispone de más cauces administrativos y burocráticos para una cierta
representación institucional, está inerme ante las posiciones del oficialismo
científico que impone en todas partes su concepto hegemónico de cientificidad
del que se excluyen, en principio, la mayoría de los proyectos discrepantes. A
la opinión pública de los llamados países democráticos occidentales se le
presentan estas realidades como escenarios de normalización, a los que no se
adaptan los individuos conflictivos, rebeldes o hipercríticos.
El proceso imparable es el de la progresiva marginalización de los diferentes,
que a menudo sufren un proceso de autoinculpación por haber optado por temas,
metodologías o actitudes no ortodoxas. Y si alguien insiste en denunciar las
injusticias de que ha sido objeto no se debe esperar con excesiva confianza la
recompensa de la solidaridad. Muchos colegas le tildarán de fracasado o enfermo
mental y en cualquier caso encontrarán razones para afianzar el proceso de
marginalización. Por supuesto, estos casos se esconden. Y tanto los mandatarios
de la comunidad científica como los de las diferentes instituciones, y los políticos
que las tienen bajo su responsabilidad presentarán, por el contrario, la
fotografía de un mundo armonioso en el que, como repite José María Aznar,
Presidente del Gobierno de España, todo
va bien. La comunidad científica en casi todos los ámbitos pierde
progresivamente sus señas de identidad y al aferrarse a presupuestos ideológicos
extremistas, como la autonomía a ultranza y el cientismo,
olvida sus principios éticos y sus fundamentos intelectuales en
beneficio de los proyectos neoliberales de la sociedad o de empresas privadas en
el contexto de proyectos financiados desde el exterior. Naturalmente
hay matices. Para contener el desasosiego de los más radicales y para
tranquilizar la conciencia superficial de la comunidad científica, los
organismos científicos destinan algunos fondos para financiar una investigación
crítica, que queda como un adorno necesario para mostrar su amplitud de miras y
su talante democrático. Estas ayudas, cada día más ajenas a las vías
regulares, tienen el carácter de una especie de premio de consolación. Son
ayudas destinadas a recompensar esfuerzos de profesionales de la diáspora que,
en ocasiones, ya están en el paro. Pero sirven de coartada y lavan conciencias. Mas para terminar
en un tono no abiertamente pesimista se podría aspirar a una fórmula de
relaciones –ya que como decía Gauss las matemáticas son aristocráticas e
incluso principescas– similar a la que la aristocracia del viejo reino de Aragón
utilizaba con su Rey: Nos que somos tanto
como vos y todos juntos más que vos. Quizás mereciera la pena ensayarla. [1] Un avance de este trabajo se presentó en la reunión Mathematics Unbound: the Evolution of an International Mathematical Community, organizada en la Universidad de Charlottesville (Virginia, USA) entre el 27 y el 29 de mayo de 1999 y a la que el autor fue expresamente invitado. El malestar que produjeron algunas de sus apreciaciones en algunos ámbitos de las matemáticas estadounidenses mostró dos aspectos interesantes. El primero, el de las enormes dificultades que existen en los Estados Unidos de América para la publicación de ciencia no concordante con los férreos postulados del pensamiento hegemónico en los países del G–7. El otro, que el trabajo estaba orientado en el buen camino. Esta reflexión es su primer resultado. [2] SAcID AL–ANDALUSI (1935) Kitâb Tabaqât al–Umam (Livre des Catégories des Nations). Traduction avec notes et indices précédée d’une introduction par Régis Blachère. Paris, Laroche Editeurs. [3] Ibidem, p. 31. [4] Ibidem, p. 36. [5] Ibidem. [6] Es el término que utilizan muchos escritores islámicos y que implica un interesante matiz sobre el término alma racional. Una cosa es la potencia de la racionalidad y otra el ejercicio de esa racionalidad. [7] Ibidem, 39. [8] Ibidem, p. 65. [9] En el libro de Sacid al–andalusi hay errores históricos a nuestros ojos, hoy, evidentes. Pero la fineza historiográfica no es el tema que aquí más nos interesa. Lo que queremos mostrar es la mutación de los conceptos a lo largo del tiempo. [10]
SAcID,
Op. cit., pp. 120–154. [11] HORMIGON, M. &
KARA–MURZA, S. (1997) “La influencia de las contribuciones científicas
en los aspectos ideológicos de la economía política”. Arch. Inter.
d’Hist. des Sciences, 47 (139), pp. 346.388. [12] HOBBES, T. (1994) Leviatán. Barcelona, Altaya, p. 87. [13]
LOCKE, J. (1967) Deuxième traité du
gouvernement civil. Paris, Vrin, p. 124. [14] LEVY–STRAUS, C. (1990) Antropología estructural. México, Siglo XXI, p. 296. [15] “Entrevista de Federico Mayor Zaragoza a Fidel Castro”. Gramma Internacional Digital, 22 de junio de 2000, VII parte, p. 1. [16] Sobre el papel de la comunicación en el proceso cognoscitivo y su utilización no siempre ortodoxa, véase HORMIGON, M. & KARA–MURZA, S. (1990) “Ciencia e Ideología”. LLULL, Revista de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 13(25), 447–513. [17] Una versión resumida de
estas cartas se encuentra en FAUVEL, J. & GRAY, J. (1987) The
History of Mathematics: A reader. London,
Macmillan and Open U., pp. 402–404. [18]
CROMBIE, A.C. (1981) “Mersenne, Marin”.In:
C.C. Guillispie (Ed.) Dictionary of
Scientific Biography. Vol. 9. New York, Charles Scribner’s Sons, pp.
316–322. [19]
RUPERT HALL, A. (1981) “Oldenburg, Henry”.In:
C.C. Guillispie (Ed.) Dictionary of
Scientific Biography. Vol. 10. New York, Charles Scribner’s Sons, pp.
200–203. [20]
CROMBIE, Op. Cit., p. 316. [21] RUPERT HALL, Op. Cit., p. 201. [22] El sentido de autoorganización no debe parecer modernismo exagerado. De las instituciones que se crearon en la segunda mitad del siglo XVII, sólo la Académie Royale des Sciences estuvo bien integrada en el sistema, las demás se crearon desde abajo, aunque fueran autorizadas por el poder correspondiente de arriba, para contrarrestar la inoperancia de las universidades en materia de filosofía experimental. Véase al respecto SHAPIN, Steven (2000) La Revolución Científica. Una interpretación alternativa. Barcelona, Paidós, p. 168ss. [23]Para no herir fervores nacionalistas, diré que los llamo escasos en el sentido de la relación promesas–realizaciones. Tampoco es nuevo. Todos los dirigentes sociales han prometido siempre muchas cosas –sobre todo en periodos preelectorales– que normalmente no suelen cumplir. Es la vida. [24]En la época denominada como Revolución Científica se desarrollaron o crearon muchas instituciones, desde la Academia de Matemáticas que Felipe II ordenó levantar en Madrid, en 1572 para remediar la carencia que había en el reino de artilleros o el Gresham College londinense (1579), hasta la Académie parisina (1666) o la Royal Society (1660), pasando por la romana de los Lincei (1600), o la florentina del Cimento (1657). Sin contar los muchos organismos reales o gremiales destinados a la instrucción. En casi todas ellas se editaron libros, pero revistas sólo alumbraron las últimas. . [25] BANGERT S.I., William V. (1981) Historia de la Compañía de Jesús. Santander, Sal Terrae, pp. 370–371. [26] Newton (1642–1727) fue presidente de la Royal Society desde 1703 hasta su muerte. Para que no parezca exabrupto gratuito la expresión sobre sus maneras respecto del funcionamiento de la institución recordaré, simplemente, alguna de las afirmaciones de uno de sus más recientes biógrafos, Richard S. Westfall, sobre este periodo [Vid. WESTFALL, R.S. (1996) Isaac Newton: una vida. Cambridge U.P.] : “Un tono casi imperial se introdujo en la sociedad después de 1710. En la sesión del consejo del 20 de enero de 1711, se consideraron aptas cuatro propuestas para órdenes del consejo que fueron leídas en el siguiente pleno de la Royal Society. Entre ellas figuraban éstas: 1.– Que nadie tomará asiento en la mesa excepto el presidente en la cabecera y los dos secretarios, uno a cada lado del extremo opuesto, salvo si asiste algún extranjero especialmente honorable y a discreción del presidente. […] 3.– Que ninguna persona hablará con otra u otras durante
las sesiones plenarias, ni en un tono de voz que pueda interrumpir el curso
del debate en la sociedad, y que deberá dirigirse antes al presidente.” [WESTFALL,
Op. Cit, pp. 334.335.] Y más adelante se ve obligado a escribir: “Podemos tomar
[…] las elecciones [a la Royal Society] como medida, a grandes rasgos, del
extremo hasta el cual el despotismo de Newton enemistaba [a los miembros de
la institución]”. [Op.
Cit,, p. 345]. [27]DEWHIRST, D. & HÖSKIN, M. (1997) “The message of Starligh: The rise of Astrophisics”. In: M. Kosk & M. Höskin (Eds.) Astronomy. Cambridge, Cambridge, U.P., p. 257. [28] Como hace notar Wussing, los pitagóricos distinguían cuatro “mathémata, o disciplinas teóricas ordenadas sistemáticamente, cuyo conjunto hacía referencia a la representación de un universo según el número y la medida: teoría de los números (arithmetika), geometría (geometria), teoría de la música (harmonika),y astronomía (astrologia)”. [WUSSING, Hans (1998) Lecciones de Historia de las Matemáticas. Madrid, Siglo XXI, p. 302.] Como se ve, este es el embrión del Quadrivium medieval. [29] En esencia estas clasificaciones se basan en la división en tres niveles de conocimiento. El superior, que se conforma de los estudios teológicos, procede de las verdades reveladas. El medio, derivado de la actividad del intelecto racional humano, se refiere sobre todo a las matemáticas puras. El ínfimo, que está formado por los conocimientos que dependen de los sentidos, se ocupa de las ciencias físicas. Naturalmente, hay otras subdivisiones que se rigen por patrones similares y en las que se distinguen de forma nítida las matemáticas teóricas de rango superior, como la geometría, de las derivadas de la vida cotidiana, como el cálculo indio o el álgebra. [30] DHOMBRES, Jean & OTERO, Mario H. (1993) “Les Annales de Mathématiques Pures et Appliquées: le Journal d’un homme seul au profit d’une communauté enseignante”. In: E. Ausejo & M. Hormigón (Eds.) Messengers of Mathematics: European Mathematical Journals (1808–1946). Zaragoza, Siglo XXI, pp. 3–70. [31] Ese método revolucionario fue el origen de la renovación docente que se llevó a cabo en la Escuela Politécnica y en la Escuela Normal Superior parisinas. [32] DHOMBRES & OTERO, Op. Cit., p. 11. [33] DURAND, B. (1988) J.D. Gergonne (1771–1859) et ses ‘Annales de mathématiques pures et Apliquées’ (1810–1832). D.E.A. Université de Nantes [34] DHOMBRES & OTERO, Op. Cit., p. 18. [35] Ibidem, pp. 17–27. [36] Ibidem, pp. 39–40. [37] Para un análisis de la
personalidad de Crelle, véase, por ejemplo, ECCARIUS, W. (1976) “August
Leopold Crelle als Herausgeber wissenschaftlicher Fachzeitschriften”. Annals of Science, 33, 229–261. [38]
LÜTZEN, Jesper (1990) Joseph
Liouville (1809–1892) Master of pure and applied mathematics. New
York, Springer–Verlag, p. 37. [39] Una aproximación reciente a este asunto puede verse en PARSHALL, Karen H. (1995) “Mathematics in National Contexts (1875–1900): An International Overview”. In: Proceedings of the International Congress of Mathematicians, Zurich, 1994. Basel, Birkhäuser Verlag, pp. 1581–1591. [40]NOVY, Lubos (1993) “Le Journal Tcheque des Mathématiques et de la Psysique”. In: E. Ausejo & M. Hormigón (Eds.) Messengers of Mathematics: European Mathematical Journals (1800–1946). Madrid, Siglo XXI de España Editores, pp. 219–233. [41]Este año puede considerarse como el límite superior de los que se caracterizaron por las restricciones que derivaron de la Primera Guerra Mundial. Luego en el periodo siguiente, hasta la nueva conflagación mundial, vendría otro periodo especial caracterizado por el ascenso de las posiciones más violentas de los nacionalismos, el exilio forzado de científicos y, en suma, un panorama muy poco generalizable a otros periodos. [42] FOLTA, Jaroslav &
NOVY, LUBOS (1965) “Sur la question des méthodes quantitatives dans
l’histoire des mathématiques”. Acta
historiae rerum naturalium necnon technicarum, Special Issue 1, Prague,
3–35. [43]MÜLLER,
Felix (1909) “Führer durch die mathematische Literatur”. In: Abhandlungen
zur Geschichte der mathematischen Wissenschaften mit Einschluss ihrer
Anwendungen. Leipzig–Berlin, XXVII, Heft. [44]
NOVY (1993), Op. Cit., p. 220. [45]GRATTAN–GUINNESS,
Ivor (1993) “European Mathematical Education in the 1900s and 1910s: some
published and unpublished Surveys”. In: E. Ausejo & M. Hormigón, Op. Cit., pp. 117–130. [46]
HOME, R.W. & KOHLSTEDT, Sally G. (1991) International
Science and National Scientific Identity. Australia between Britain and
America. Dordrecht/Boston/London, Kluwer A.P., p. 1. [47]He tratado sobre estos verdaderos tópicos de la historiografía científica en mis trabajos sobre ciencia e ideología. El desarrollo más extenso se encuentra en HORMIGON, M. (2000) “Ciencia e Ideología. Propuestas para un debate”. Zaragoza, preprint. Este trabajo está aceptado para su publicación en Galdeano, Revista Internacional de Historia de la Ciencia, vol I., nº 1, de inminente aparición en el primer cuatrimestre del 2001. [48]
HOME & KOHLSTEDT (1991), Ibidem. [49] NOVY (1993), op. cit. Pp. 221–222– [50]Ibidem. [51] Más de un tercio de la población hablaba alemán. [52]GISPERT, Helène (1993) “Le milieu mathématique français et ses journaux en France et en Europe (1870–1914)”. In: E. Ausejo & M. Hormigón, Op. Cit., pp. 137–158. [53]Ibidem, p. 141. [54] Espero y deseo que Aldo
Brigaglia, el más importante biógrafo de estos episodios matemáticos, no
tomará como ofensivos estos términos. Desde luego, para hacerse una opinión
cabal de los méritos del la revista siciliana, del núcleo que la hizo
posible, de su fundador y de su proyección internacional, véase, entre
otras de sus publicaciones, incluso más extensas, BRIGAGLIA, Aldo (1993)
“The Circolo Matematico di Palermo
and its Rendiconti: the
contribution of Italian mathematical community to the difusion of
international mathematical journals (1884–1914)”. In:
E. Ausejo & M. Hormigón, Op.
Cit., pp. 71–93. [55]BRIGAGLIA,
Op. Cit., p. 71. [56]GRATTAN–GUINNESS,
op. cit., p. 118 [57]
Sin
ánimo de ensañarme puedo traer a colación algunos datos recogidos en el
informe del Programa de las Naciones
Unidas para el Desarrollo del año 1992 en el que puede leerse lo
siguiente: “Los países en
desarrollo pierden miles de personas capacitadas todos los años:
ingenieros, médicos, científicos, técnicos. Frustrados por los bajos
salarios y la limitación de oportunidades en sus países, se marchan a países
más ricos en donde sus talentos puedan encontrar un mejor uso y sean mejor
remunerados. […] Los países industrializados se benefician ciertamente de
las capacidades de los inmigrantes. Entre 1960 y 1990, Estados Unidos y
Canadá aceptaron más de 1 millón de inmigrantes profesionales y técnicos
de países en desarrollo. El sistema educativo de Estados Unidos depende en
gran parte de ellos. En 1985, aproximadamente la mitad de los
profesores–asistentes menores de 35 años de las instituciones de enseñanza
de ingeniería eran extranjeros. Japón y Austria también han hecho
esfuerzos para atraer inmigrantes calificados”. “Esta pérdida de trabajadores calificados
representa una severa hemorragia de capital. Según estimaciones del
Servicio de Investigaciones del Congreso de Estados Unidos, en 1971–72 los
países en desarrollo en conjunto perdieron una inversión de US$20.000 en
cada emigrante calificado, lo que equivale a un total de US$646 millones”. “[Algunos países] están perdiendo capacidades que requieren urgentemente. En Ghana, el 60 %de los médicos que estudiaron en los años ochenta vive hoy en día en el exterior, situación que plantea una escasez crítica en el servicio de salud. Y se calcula que, en conjunto, Africa ha perdido hasta 60.000 administradores de nivel medio y alto entre 1985 y 1990”. [PNUD (1992) Desarrollo Humano: Informe 1992. Bogotá, Tercer Mundo Editores, pp. 134–135].
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