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LOS
ESTUDIOS DE TEMAS MATEMÁTICOS ANTERIORES A LA CREACIÓN
DE LA FACULTAD DE MATEMÁTICAS EN
URUGUAY (1888).
Nelson PIERROTTI
La historia de los estudios sobre temas
matemáticos en la Banda Oriental colonial y luego en Uruguay, estuvo
condicionada por una serie de factores vinculados a las características
propias de la sociedad en cada momento particular. Los antedichos estudios
siguieron un camino de desarrollo paralelo al modo en el que la comunidad ha
visto, promovido o rechazado, la ciencia y la tecnología. En razón de esto y
para comprender el desarrollo general de los temas matemáticos en Uruguay es
necesario comenzar por el análisis de las primeras formas de actividad
científica, la marcha hacia una incipiente profesionalización y la
comunicación, enseñanza y aplicación del conocimiento matemático. Así
como establecer la relación existente entre las necesidades materiales de la
sociedad y la naturaleza de la investigación científica emprendida, el grado
de institucionalización de la actividad enseñante y el nivel alcanzado en
cada periodo. Se procurará determinar qué papel desempeñaron los
manuscritos y los libros llegados hasta estas tierras en la formación de una
proto-cultura matemática. Un momento de señalada importancia en la historia
de las ciencias exactas, de ruptura con el pasado, lo marcó la introducción
del sistema métrico-decimal (1862-1864). ¿Por qué este hecho tuvo un efecto
tan profundo en el medio? ¿Qué mecanismos puso en movimiento? Y desde
entonces ¿qué hitos marcaron la marcha hasta la creación de la Facultad de
Matemáticas?. Para responder a estos interrogantes se expone aquí un avance
de la investigación en curso sobre el periodo comprendido entre la fundación
de Colonia del Sacramento (1680) y el establecimiento de la indicada Facultad
(1888). La estrategia seguida teniendo en cuenta lo incipiente de los estudios
sobre historia de las matemáticas en Uruguay es descriptiva y explicativa
[1]
.
PRIMERA PARTE:
La formación de una proto-cultura
matemática.
LOS COLEGIOS Y LAS CÁTEDRAS
PREUNIVERSITARIAS.
Casi todo el hacer matemático conocido en la Banda Oriental en los
cien años que transcurren desde la fundación de Colonia del Sacramento
(primer ciudad-puerto estable) se remite a la aritmética, la trigonometría y
la mecánica (1680-1782). Esta “proto-cultura matemática” se impartió
desde las “escuelas prácticas” militares y los colegios creados en
Colonia
[2]
, Soriano
[3]
y Montevideo
[4]
. Desde dichos centros se difundieron las primeras nociones de
geometría plana, cálculo aritmético (las cuatro operaciones, quebrados,
decimales, regla de tres, etc.) y elementos de trigonometría, conocimientos
necesarios para desempeñarse en las actividades comerciales y militares
básicas de aquel tiempo.
Los
primeros docentes de Colonia fueron jesuitas como el subprior Manuel Amaro,
quienes merecieron el reconocimiento reiterado de las autoridades por su labor
didáctica
[5]
. En Montevideo, la enseñanza de primeras letras estuvo a cargo de
religiosos como Cosme Agulló y Rafaél Martorell, además de otros muchos
maestros particulares (“que todo lo enseñaban”) los cuales sirvieron en
cierta medida a una "primitiva" difusión del saber sobre temas
matemáticos
[6]
.
En la segunda mitad del siglo XVIII el aula de
Gramática y Latinidad
[7]
abierta en la residencia jesuita de Montevideo (1763) representó
un cierto avance con relación a la enseñanza anterior al agregarse el
estudio de cosmografía elemental, de geometría y de aritmética algo más
adelantada. Es probable que temporalmente uno de los maestros de la cátedra
haya sido Benito de Riva respetado profesor de filosofía de la Universidad de
Córdoba (Río de la Plata) crítico
de Newton, Leibniz, Wolff y Descartes
[8]
.
Con él pudieron trasladarse al colegio montevideano las discusiones en boga
en aquella universidad sobre las teorías del cosmos, la física moderna y las
matemáticas. No obstante, la enseñanza regular de las matemáticas obedecía
a una finalidad puramente práctica. La sociedad comercial no veía en ellas
otra utilidad que la aplicable al comercio y la contabilidad. Se entendía que
las matemáticas más adelantadas pertenecían a algunos niveles del ámbito
militar, necesitados de emplearla por la naturaleza técnico profesional de su
trabajo
[9]
.
Pero
aun en dicho medio las ciencias exactas se cultivaban por sus aplicaciones
prácticas a la náutica o la artillería.
Expulsados los jesuitas habría que esperar quince años hasta que se
instalase una cátedra de Gramática Castellana y Latina en el colegio
franciscano de San Bernardino de Sea (1783). Esta aula cumplía fines
preparatorios para la correspondiente de Filosofía abierta cuatro años
después. Los estudiantes aprendían algo de aritmética y geometría,
astronomía elemental, hidrostática y física aristotélica. Los que lo
deseaban podían continuar sus estudios intermedios en el San Carlos de Buenos
Aires. Allí muchos jóvenes orientales encontraron un ambiente donde
comenzaba a cristalizar el pensamiento moderno. Algunos docentes del colegio,
como Juan Baltazar Maziel, pedían libertad de cátedra y la posibilidad de
dictar física en los textos de Descartes, Newton o Gassendi (1786)
[10]
. Las corrientes modernas exigían una perspectiva diferente,
tenazmente resistida, que tuviera en cuenta la experiencia y la reflexión. Lo
que implicaba una nueva actitud ante el conocimiento
[11]
. La influencia de aquellas tendencias se sentía también en las
universidades de Córdoba y de Charcas (Bolivia) a las que acudían los
jóvenes para titularse en Filosofía o en Derecho. En estas se formaron a
partir de 1751 los primeros doctores de la Banda Oriental
[12]
. Es de señalar que algunos de estos conocieron a partir de 1763
una cátedra independiente de matemáticas en la que se impartieron nociones
de física, álgebra y trigonometría.
[13]
La inauguración del aula de Filosofía en Montevideo (1787) obedeció
a las reiteradas solicitudes de los vecinos de la ciudad que preocupados por
la educación de sus hijos recurrían a las autoridades virreinales
[14]
. Aquel curso de tipo preuniversitario se formó con los alumnos de
Gramática recibidos en 1786. De acuerdo con las Actas Capitulares
franciscanas en primer año se estudiaba lógica (dialéctica y crítica como
introducción a la filosofía) y cosmología (filosofía física, organizada
en multitud de tratados especiales). En segundo metafísica y en tercero
ética (moral racional y sicología clásica). Lógica y cosmología
comprendían algunos estudios sobre matemática y geometría clásicas (Euclides,
Pitágoras, etc.). Pero es factible que como en las aulas de filosofía
física españolas se discutiera en la de Montevideo:
“el pro y el contra de las teorías o sistemas de Galileo y Copérnico,
de Ticho Brahe y de Newton sobre Astonomía y Medicina, Mecánica y Física y
de cuantas ciencias ahora tratan del hombre y de los animales y las plantas”
[15]
.
La "marea" de ideas pudo traer consigo
algo de la filosofía inductiva de Bacon y de las enseñanzas de Descartes
hasta la cátedra franciscana. Mariano Chambo profesor por concurso de la
cátedra, dio mucha importancia a los tratados de física. En estos quedaban
comprendidas las ciencias exactas y naturales. Por lo que en aquel marco las
ideas científicas del siglo XVIII pudieron ser citadas aunque fuera "con
prevención y desconfianza" y con el fin de "condenarlas".
Pérez Castellano señalaba en 1787 que Chambo era "hábil para discenir
en filosofía lo útil de lo superfluo", es decir, lo que consideraba
provechoso del pensamiento moderno.
[16]
Este comentario indirectamente apoya la hipótesis de que las
ciencias modernas fueron tratadas en clase. Por otra parte, es de tener en
cuenta que el auge económico que experimentaba Montevideo fue acompañado,
entre otras cosas, por la visita de numerosos científicos y técnicos que
dejaron una honda huella social. Particularmente los frailes montevideanos
estaban en buena posición para pulsar las corrientes de pensamiento que
venían de ultramar, afiliarse a ellas o rechazarlas. Durante veinticuatro
años el curso de filosofía marcó un hito en la enseñanza institucional de
las ciencias de aquellos tiempos. Tras las luchas por la emancipación (1811-16) y la
dominación luso-brasileña de Provincia Oriental (1817-1822) la situación
económica se hizo caótica. Sin embargo, aun en aquellas circunstancias el
interés social por la educación no se apagó del todo. Algunos entendían
conveniente abrir institutos educativos que brindaran una formación acorde a
las necesidades del momento. En 1820 Camilo Enriquez presentó ante las
autoridades lusitanas un plan de educación pública en idiomas, lógica,
dibujo y matemáticas puras y aplicadas. Proponía que el maestro enseñara
aritmética, álgebra aplicada a la resolución de ecuaciones, geometría
teórica y práctica, trigonometría esférica, secciones cónicas, cálculo
diferencial e integral, trigonometría plana y mecánica con el fin de
aplicarse a oficios, mecánica y fortificación. Pese a no que no se
concretó, la propuesta misma señala la permanencia del concepto de ciencia
útil fuertemente arraigado en la
sociedad colonial. Al año siguiente Dámaso Larrañaga introdujo el sistema
lancasteriano de instrucción mutua que permaneció en vigencia hasta 1874.
Aquella nueva enseñanza abría las puertas a una instrucción científica
más diversificada que la de Enriquez, incluyendo nociones de física,
electricidad y química
[17]
. En su carta al gobernador portugués Lecor (1820) Larrañaga dijo
que para él aquel momento era:
"La
ocasión más favorable para imprimir en el ánimo de nuestros jóvenes el
gusto y principios de las ciencias. Cuanta utilidad se reporta de la Física
(...), la Electricidad (...) la Química (...), la Fisiología (...), la
Historia Natural (...), la Historia y la Cronología (...), la Geografía
(...) y la Agricultura, la ciencia más necesaria al hombre que saca de la
tierra su principal alimento y el fondo más sólido de las riquezas de un
estado."
[18]
LA EDUCACIÓN MILITAR
PROFESIONAL.
Las matemáticas tuvieron circunstancias más propicias para su
expansión en los estamentos militares, más permeables a la influencia
moderna que los colegios y las universidades. Ingenieros, cosmógrafos y
navegantes se valían del cálculo para el desempeño de sus funciones
técnicas. Aun en los niveles básicos del ejército se impartieron nociones
de matemática aplicada. La Escuela Práctica de Tiro abierta en Montevideo
con ciento cincuenta alumnos (1780) tenía como objetivo instruir a los
milicianos en el ejercicio de tiro con cañón y mortero. La escuela se
estableció (según consta en los partes del Virrey Vértiz):
"extramuros de esta capital y plaza de Montevideo escuelas prácticas
(...) a imitación de las de España (con) tres ingenieros a las órdenes del
Gobernador de Montevideo y varios oficiales (...) que se encargarían de)
continuar la instrucción de aquellas milicias”
[19]
.
Un cañón de a 24 -máximo calibre usado en
América española- tenía que ser disparado con una carga de pólvora igual a
los dos tercios del peso de la bala y apuntado a un blanco que a lo máximo
podía estar a 487 metros
[20]
. Para que los
soldados consiguieran la efectividad deseada y como cada bala empleada
representaba para el ejército un gasto de cierta importancia, es lógico
pensar que los instructores enseñaran a los soldados a calcular la dirección
y el curso de los proyectiles; y que les impartieran conceptos básicos de
trigonometría y mecánica “grado de fuerza y modo
con que
obran las causas
que motivan el
movimiento”, etc.
[21]
. La escuela práctica continuó en existencia por más de treinta
años hasta el fin del periodo colonial (1811)
[22]
.
Durante la colonia los ingenieros recibían su educación de manera
práctica. Los oficiales formados en España se ocupaban de la instrucción de
los nuevos técnicos. Sin embargo, en Montevideo a fines del siglo XVIII las
matemáticas superiores y el análisis infinitesimal se enseñaron en cátedras
militares.
[23]
Es posible que fuera la necesidad de institucionalizar la
instrucción técnica lo que movió al Director del Cuerpo de Ingenieros de
Buenos Aires García de Cáceres a instalar una Academia Militar de
Matemáticas en Montevideo en 1791. Si bien no sabemos exactamente qué se
estudió en dicha academia es probable que se dictaran las mismas asignaturas
que en otros cursos similares de Hispanoamérica: matemáticas puras y
aplicadas, fortificación, topografía, dibujo y perspectiva. Hacia 1800 la
Academia de matemática
[24]
era dirigida por el ingeniero Agustín Ibáñez Matamoros según
consta en unos borradores hallados en el Archivo General de la Nación
(Uruguay)
[25]
. En la nota dirigida por Miguel de Texada (ingeniero con extensa
trayectoria en el medio), Andrés Ordoñez y Cayetano Ramírez Arellano a los
tres regimientos montevideanos, se fija la fecha de comienzo del curso:
"El
día primero de Marzo próximo se dará principio a las Academias de
Mathemática y de Ordenanza para los cadetes de los regimientos de
Infantería, Dragones y Blandengues, la primera bajo la dirección del
Ingeniero Dn. Agustín Ibáñez y la segunda a cargo del Tente. Dn. Mariano
Gascón y el jueves 20 de este mes se juntarán todos en mi casa a las nueve
de la mañana (...) Dios y Mont.o 17 de Feb.o de 1800".
En otro folio, con fecha 4 de marzo, se hace
constar los gastos efectuados para la compra de los útiles, mesas y bancos
necesarios para el aula
[26]
:
"Mesas,
Bancos (e indispensables muebles)
p.a las Academias de Cadetes de esta Plaza (...) Igualmente mientras no haya
edificio del Rey en q.e colocarles, satisface dho. Regto. 16 ps. Mensuales por
(el alquiler de) dos piezas p.a la Academia de Mathematica".
La
importancia de esta cátedra está dada en buena medida por su valor
histórico: fue la primer academia montevideana destinada a la formación de ingenieros. De ella
egresó en 1810 Diego Cónsul Lacome quien afirma en su Diario manuscrito que
el curso duraba seis años.
[27]
Por otra parte, en lo que hace a la actividad enseñante y
difusora del conocimiento de las matemáticas y a la preparación de
ingenieros o ayudantes, la academia militar de matemáticas marcó un hito de
gran importancia. En un momento en que se tendía a la institucionalización
de su enseñanza. Fue un punto culminante en el largo proceso de formación de
una proto-cultura matemática
[28]
. Por aquellos tiempos también se estaba
planificando la instalación de un aula de náutica. Siendo Montevideo la sede
del Apostadero Naval español en el Plata, se entiende que el gobernador José
Bustamante y Guerra protestara por la creación en Buenos Aires de una
academia para pilotos de barco (1798). Esta tenía
que instalarse en Montevideo. No nos fue posible saber si la academia
montevideana funcionó efectivamente. Ni por cuanto tiempo. Pero es posible
que se iniciaran los preparativos para la misma. De hecho esto queda sugerido
por la naturaleza didáctica de un manuscrito compuesto en Montevideo aquel
mismo año. Este pertenecía al piloto español José Pérez Villada y llevaba
el título, Tratado de Náutica, Geometría, Matemática y Astronomía.
Su propósito era:
"enseñar
y explicar la Esfera Celeste y Terráquea. La Náutica trabajados sus
problemas por el Cuadrante de Reducción; por la Trigonometría y por la
Escala Plana".
El documento trata de navegación teórica y
práctica, aritmética, trigonometría rectilínea y esférica, hidrografía,
astronomía náutica, logaritmos y operaciones de cálculo náutico,
mecánica, gráficas y dibujo. Los problemas que el alumno debía resolver
aplicando cálculo matemático y geométrico se cuentan por docenas. Los
poemas introductorios (usados como estímulo mnemotécnico) animan al
estudiante a adquirir no solo conocimientos sino también experiencia
[29]
. En la academia, si funcionó al menos por un tiempo, se debió
enseñar hidrografía, náutica, esfera celeste, el manejo de instrumentos de
navegación, matemáticas y astronomía. La base bibliográfica del manuscrito
estuvo constituida por los Elementos de Euclides y las Tablas
náuticas de Pedro Cedillo
[30]
. Pero si este manuscrito no sirvió para la enseñanza de
matemáticas en una educación de tipo académico,
es probable que fuera la guía docente de un programa práctico de instrucción
no formal. Ya que muestra indicios (notas y marcas) de haber sido usado
por diferentes marinos en viaje a Cádiz hasta 1810
[31]
Aunque el Tratado no presenta aporte alguno a las teorías
matemáticas no deja de ser un documento singular. Es la primer recopilación
de datos relativos a una profesión con intensión didáctica escrito en
Montevideo. A la vez que fuente de primera mano para conocer la aplicación de
las matemáticas en la navegación colonial.
El desarrollo de aquella proto-cultura matemática, muy
brevemente esbozado, da cuenta de una de las más profundas (y poco
estudiadas) transformaciones en la historia de la cultura montevideana y
oriental. Desde las más simples operaciones aritméticas a la formación de
los primeros ingenieros que conoció Montevideo hubo un salto cualitativo. Sin
embargo, en esta etapa no se van a producir nuevos aportes al saber
matemático ni se va a abandonar el concepto de ciencia útil, destinada a
resolver los problemas que plantea la vida cotidiana o la
profesional.
LA LECTURA COMO MEDIDA DE LOS
NIVELES DE SABER COLECTIVO. La lectura de obras de divulgación científica
ayudó a formar mentalidades y a despertar la afición por las ciencias. Una
parte importante de la actividad científica y enseñante de la época se
concentraba en torno a la lectura. Los maestros tomaban de los libros (propios
o prestados) los conceptos básicos que sus alumnos debían copiar a mano.
Esta actividad probablemente generó con el paso de los años muchos
manuscritos
[32]
.
Es
presumible que estos desempeñaran un papel muy importante en la conservación
y transmisión del conocimiento ya que los libros eran relativamente caros.
Pero, muy poco se conserva. El estudio de las bibliotecas montevideanas
(según consta en los testamentos e inventarios de bienes) permite hacer
algunas especulaciones sobre el material que fue leído en los siglos XVIII y
XIX
[33]
.
En el catálogo de una de las bibliotecas documentadas más antiguas
-la de los jesuitas- se alistan unos 1930 volúmenes de variado contenido
[34]
. Entre los que resaltan algunos manuscritos de matemática
[35]
, pequeñas obras impresas, compendios de aritmética
(inventariados sin nombre de autor ni título) y libros de divulgación
científica. Como las Memorias
de Trevaux (en francés), periódico que divulgaba las ideas de
Leibniz, Nollet y Newton; los
nueve tomos del Espectáculo de la Naturaleza del abad Pluche
[36]
, “físico” envuelto
en el proyecto de divulgación cultural de la Ilustración que intentaba
instruir y divertir; los cinco volúmenes de Divertimentos
físicos
[37]
, que transitan en la misma línea; seis tomos abreviados de cierto
Rolin, quizá el Rollin autor de una historia de las ciencias
[38]
; dos tomos de física y metafísica manuscritos
[39]
; y El Abece del nuevo ejercicio Militar una guía técnica
[40]
. Los libros de divulgación de aquel tiempo trataban de alcanzar a
un público más amplio popularizando el saber. Como la biblioteca jesuita era
accesible a los estudiantes y con frecuencia prestaba sus volúmenes pudo
contribuir a la difusión de las ideas de aquellos
Una de las obras de mayor interés desde el punto de vista de la
presente investigación es una copia de los Elementos
de todas las matemáticas (1716) en dos tomos, del alemán Christian
Wolff, autor ecléctico a medio camino entre la escolástica y el pensamiento
moderno
[41]
. Este libro había llegado al Río de la Plata a principios del
siglo XVIII de la mano de los mismos jesuitas. La popularidad de la obra de
Wolff fue enorme en la región,
como se demuestra por el hecho de que se hallaba en casi todas las bibliotecas
coloniales e incluso poscoloniales
[42]
. Wolff se caracterizaba por su racionalismo sistemático
prekantiano, por su admiración hacia Leibnitz y Newton y por difundir los
últimos avances de las matemáticas de su tiempo. Es posible que la copia manuscrita, en poder de los jesuitas, haya estimulado el
pensamiento de lectores que se inclinaban al revisionismo de los dogmas
científicos y religiosos. Su lectura hecha por afán de contradicción o
motivada por ideas oscilantes pudo ejercer alguna influencia.
Entre el repertorio de libros también figuraba la obra completa del
humanista cristiano Juan Luis Vives De
Discipliniis. De corruptis artibus in universum
[43]
(1531). La Disciplina
resulta de interés por su crítica al pensamiento aristotélico
[44]
, por hacer un estudio sistemático de la manera de alcanzar y
transmitir el conocimiento, por su descripción del sabio como tipo humano
ideal; y por su consejo (adelantándose mucho a Diderot) de aprender en las
fábricas, no solo en los libros. El genio o capacidad humana no tiene
límites, dice Vives, y solo Dios puede decir hasta donde llegará su
desarrollo
[45]
. Este concepto pudo influir en el pensamiento de sus lectores
predisponiéndolos quizás a aceptar nuevas ideas, aunque no necesariamente
las de la Ilustración filosófica. Poco después de decir estas cosas Vives
pasa a dedicar un capítulo único a las matemáticas en el que repasa los
conocimientos que se poseían en el siglo XVI sobre cantidades, geometría,
aritmética, astronomía, música (“el
número aplicado a la armonía”)
[46]
, perspectiva y óptica. Sostiene que las matemáticas por sus
características internas no se corrompieron como las demás artes.
Al no limitar las posibilidades intelectuales del hombre daba paso a la
expansión del pensamiento. Una obra de gran influencia en el Río de la Plata
fue el Teatro Crítico Universal
(1726-1739) de Benito Feijóo
[47]
. Del Teatro no escapó casi ningún aspecto de la actividad
intelectual de su tiempo, incluyendo la física
[48]
. Si bien conocía las ideas de Bacon, Newton y Nollet e impugnaba
el concepto de autoridad aristotélica en el campo científico, Feijóo en
realidad era anti-ilustrado
[49]
. Pese a esto es indudable que su actitud ante las ciencias abrió
camino a una nueva visión de las mismas, justamente porque buscaba sustituir
la física aristotélica por la experiencia y la reflexión. Algo que parece
haber inspirado las reformas propuestas por Baltazar Maciel en el San Carlos
de Buenos Aires
[50]
. El anti-aristotelismo de Feijóo implicaba un rechazo al saber
institucional. Con el tiempo la renuncia al dogmatismo se traslada al campo
social donde contribuye al desarrollo de actitudes críticas hacia el
conocimiento aceptado. Los paradigmas de Feijóo movilizaron ideas y se
convirtieron en un eficaz corrosivo de la vieja mentalidad colonial
[51]
. Resulta significativa la presencia de obras como estas en una
biblioteca de tipo escolástico y en una zona tan alejada de los centros
universitarios americanos. Pero revela que ni Wolff, Newton, Leibniz o Nollet
les eran desconocidos a los clérigos.
Acorde al crecimiento económico de la Banda Oriental y en especial de
Montevideo, en la segunda mitad del siglo XVIII se produce un súbito aumento
en el número de libros de divulgación científica que circulaban en el
ámbito seglar. En este periodo los textos de matemáticas se hacen más
comunes
[52]
.
Al respecto el primer
libro de matemáticas que se halla en los inventarios coloniales es la Aritmética
de Moya, perteneciente a la pequeña biblioteca de Antonio de Parra (1760)
[53]
. Una de las mayores librerías privadas de aquel tiempo fue la del
farmacéutico José Piedra Cueva y su esposa, María Antonia Pérez. Formada
entre 1768 y 1790 constaba de unos 118 libros repartidos en 400 volúmenes.
Entre las obras de interés se hallaban doce tomos de Feijóo, Eruditos
a la Violeta o curso completo de todas las ciencias de Cadalso (quien
puso de relieve la actitud contradictoria de los sabios de su tiempo); varias Farmacopeas
(las de Palacios, Fuller y Loecher); los dieciséis tomos de El
Espectáculo de la Naturaleza de Pluche; el Curso de Química de Lemedi (primero mencionado en los
documentos), y tres tomos del naturalista Tournefort
[54]
.
A su muerte en 1787 el comerciante Francisco Medina dejó tras sí una
biblioteca con setecientos volúmenes y un buen conjunto de libros de
ciencias. Entre ellos el infaltable Wolff, un Tratado
de matemática, un libro titulado Ciencia
del cálculo, un Análisis
demostrado, un Tratado de
trigonometría, una Aritmética
especulativa y práctica, y un Arte
del álgebra (inventariados sin nombre de autor). Estos y otros textos
nos revelan la preocupación propia de quien necesitaba utilizar cálculo
aritmético y trigonometría para sus actividades comerciales. Por su parte,
la biblioteca de Francisco Ortega y Monroy (jefe de Aduana entre 1769 y 1790)
constaba de 870 volúmenes. Entre ellos estaban los veintiocho tomos de la Encyclopedie francaise (1751-72).
[55]
Ésta obra no solo difundía las nuevas ideas políticas y
económicas de la época. También recopilaba el saber matemático del siglo y
ponía énfasis en el desarrollo técnico y el estudio sistemático de los
oficios
[56]
. Siguen en el inventario, los tres tomos de una “Filosofía de Newton”, quizás los Principia, o un
comentario sobre los mismos; un Análisis
de la filosofía de Bacon quien estableció el conjunto de reglas y
métodos operativos de la experimentación. Un Curso de física, una Historia
de la electricidad (primer ciencia física nueva surgida tras el
periodo newtoniano), la Física de
Nollet, quien intentó independizar esta ciencia de la mera
especulación teórica; un Arte
de experiencia física, una Historia
de las ciencias exactas, la Historia
de las ciencias de Rollin
[57]
;
y la Ley
Agraria (1776) de Jovellanos, quien celebraba a Bacon como el primero
"que enseñó a dudar, a examinar los hechos y a inquirir en ellos mismos
la razón de la existencia y sus fenómenos".
Por la misma época, otro montevideano Francisco Xavier de Viana
(egresado de la Escuela de Náutica de Cartagena) se refiere entre sus
lecturas a Pierre Maupertuis, Christian Huyghens e Isaac Newton (1789)
[58]
. En Maldonado circulaba la obra del médico español Martín
Martínez Medicina Escéptica. En esta el autor plantea el problema del
conocimiento de los objetos físicos, se aparta del concepto de autoridad
y se declara a favor de Bacon
[59]
. Tres años después dos jóvenes estudiantes, Dámaso Larrañaga
y Gregorio García de Tagle, presentaban en el San Carlos de Buenos Aires en
acto público, su tesis de pasaje de curso "Theses
Ex Universa Philosophia". En esta trataban sobre lógica (anti-cartesiana),
física (materia, elasticidad, gravedad, electricidad, luz, hidrostática,
física especial), química (los elementos y los meteoros), astronomía
(mecánica universal, manchas solares, sistema planetario, estrellas fijas),
geografía y matemáticas. Resalta el hecho de que ninguno de los matemáticos
y astrónomos más importantes les era desconocido: Newton, Leibniz,
Maupertuis, Galileo, Copérnico, Boscovich (cuyas teorías relativistas se
habrían adelantado a Einstein)
[60]
, Nollet, Franklin y otros. Si bien se manifiestan escolásticos en
filosofía su enfoque de las ciencias naturales es mecanicista.
[61]
Así mismo el manuscrito de Pérez Villada (1798)
nos permite apreciar que la astronomía colonial era practicada sobre la base
de la mecánica celeste de Kepler y Newton. De hecho, Villada consideraba el
"universo o mundo" como "la gran máquina en la que
habitamos"
[62]
. Está claro que el mecanicismo estaba penetrando en los ambientes
académicos del Montevideo antiguo.
La demanda social por mayores conocimientos está mejor documentada a
principios del siglo siguiente por alguien muy vinculado al saber científico
durante toda su vida, Dámaso Larrañaga, fundador de la Biblioteca Pública
en 1816
[63]
. En la Oración Inaugural
de la misma, en su correspondencia y en su Diario
de Historia Natural (manuscrito, 1824) enumeró una serie de obras de
divulgación científica y matemática conocidas en la Banda Oriental en el
primer cuarto del siglo XIX. Entre otras se encontraban el Diccionario físico de A. H. Paulian (Dictionaire de physique portatif) con sus suplementos; los
omnipresentes Elementos de todas las
matemáticas de C. Wolff; los Elementos
y los Principios de Bails,
que desplazó a Wolff en Hispanoamérica; la Introducción
al análisis infinitesimal de Leonard Euler; el Cours de Mathematiques de Bezout, las Tablas portatives de logarithmes de Francois Callait-Bois y
las Tablas de logaritmos de
Mendoza
[64]
. En las bibliotecas menores también se evidencia
cierto interés por temas relativos a matemáticas, física, economía,
geografía, medicina, arquitectura y náutica. Parece obvio que la curiosidad
científica trascendía los medios exclusivos
y acaparaba la atención de hombres y mujeres comunes
[65]
. Un argumento más a favor de la hipótesis de que el interés
social por las matemáticas había crecido se aprecia en la prensa periódica
que desde su aparición publica tanto artículos sobre ciencias como problemas
aritméticos.
[66]
El análisis de los inventarios de las bibliotecas
coloniales hasta 1825, da la pauta del tipo de lecturas que se hacían. Sobre
la base de aquellos se puede demostrar que el interés por las matemáticas
modernas se había ampliado mucho en la segunda mitad del siglo XVIII y la
primera mitad del XIX. También existía una afición por la física moderna,
la electricidad, la tecnología y la historia de las ciencias que obviamente
trasciende los límites de la utilidad comercial. Es posible tomar las
bibliografías citadas como un índice sociológico del desenvolvimiento de la
proto-cultura matemática local. Paulatinamente el conocimiento de las
ciencias exactas se iba asimilando socialmente en las bibliotecas, las
escuelas, las universidades y los centros militares. Mientras crecía sobre
todo en el ámbito militar, el rechazo hacia la simple especulación y la
valoración la experiencia y la observación. El Tratado de Villada, la Tesis
Larrañaga-Tagle, el Diario de Viaje
de Xavier de Viana y la Oración Inaugural documentan la difusión e
influencia creciente de la literatura
científica en la sociedad montevideana
[67]
.
SEGUNDA PARTE:
Hacia la producción de
conocimientos.
Apenas conquistada la independencia política
Uruguay comenzó a luchar por su independencia cultural
[68]
. Se puso en movimiento (visto desde el presente) un proceso de
institucionalización de la actividad científica que marchó a diferentes
ritmos de acuerdo a la situación político-social de cada momento histórico.
En cuanto a la aplicación del conocimiento En la faz enseñante se hicieron nuevos esfuerzos
por mejorar y extender el tratamiento de temas matemáticos. La Academia de
Matemáticas que intentara crear el agrimensor e ingeniero militar Adriano
Henrique Mynssen (1829) es el primer ejemplo del periodo independiente
[69]
. De acuerdo con el plan de estudios que Mynssen esbozó en el
discurso inaugural de la academia los oficiales se aplicarían al estudio de
cálculo aritmético, trigonometría, mecánica,
topografía y dibujo. El instituto no tuvo éxito porque llegó en un momento
inoportuno económicamente
[70]
. Por razones similares tampoco prosperó el plan que tres años
después presentara Larrañaga ante el Senado y Cámara de Representantes de
la República para establecer una institución destinada a la instrucción del
ejército y la armada, con cursos de matemática, arquitectura, astronomía y
navegación
[71]
.
Sin embargo, a partir de entonces la enseñanza de las ciencias en
general y de las matemáticas en particular comenzó una lenta pero progresiva
marcha hacia su profesionalización en el nuevo país. En el ámbito
institucional privado algunas entidades educativas gozaron de mucha fama. El
Colegio de los Padres Escolapios (que funcionó entre 1836 y 1867) creado por
Pedro Giralt fue el más destacado de aquel tiempo. En el periodo 1836-38 el
colegio abrió aulas de comercio, filosofía, lógica, geografía astronómica
(cosmografía), pilotaje y cronología. Los estudios de filosofía a cargo de
Giralt (1837), inspirados en los cursos coloniales, comprendían para primero
lógica y metafísica; y para segundo aritmética, álgebra y geometría “aplicada
a cálculos de física” (análisis dimensional). Por su parte el curso
de geografía astronómica (de dos años de extensión) dictado también por
Giralt contribuyó a popularizar las ideas de Galileo, Kepler y Newton entre
las nuevas generaciones
[72]
. Pero hacia 1859 el colegio da un paso significativo al abrir las
carreras de ingeniería, arquitectura, agrimensura
y pilotaje que en sí implicaban un
viraje hacia la modernización de su enseñanza. Esta era una instancia de
gran importancia ya que por primera vez se intentaba la formación
institucional de ingenieros y navegantes fuera de los estamentos militares. En
el campo civil llenaba un vacío que la Universidad (en crisis desde su
formación) no estaba en condiciones de afrontar. Constituyó además un hito
de gran interés para la enseñanza de las ciencias exactas. Por una parte por
la orientación dada a los cursos de ingeniería y arquitectura (calcados del
modelo francés)
[73]
; y por otra, por el equipo de docentes que incorporaba: Antonio
Torres como profesor de náutica; Jaime Roldós y Pons para aritmética y
Aimée Aulbourg (ingeniero civil) para matemáticas, dibujo y topografía
[74]
.
Mientras tanto la Universidad Mayor de la República continuaba su
lucha. Su antecedente más
directo fue la Casa de Estudios Generales creada en 1833
[75]
. Las cátedras de matemáticas y filosofía de esta última
comenzaron a funcionar unos tres años después. En este caso particular es de
notar que mientras Joaquín Pedralbes, a cargo del aula de matemática,
enseñaba álgebra, geometría analítica y cálculo diferencial e integral
(es decir, matemáticas modernas), desde el aula de filosofía Benito Lamas
dictaba geometría plana y física general y particular (la teoría de la
materia, el movimiento, la luz y el sonido) en un curso típicamente
escolástico
[76]
. Es evidente que aun en el segundo cuarto de siglo la enseñanza
de las ciencias exactas era todavía entonces un campo de batalla entre los
nuevos y los viejos paradigmas. Para el año 1849 cuando aun no terminaba la
Guerra Grande
[77]
, la Casa de Estudios Generales fue erigida con el carácter de
Universidad Mayor. Por Ley se crearon cuatro departamentos: el de Ciencias
Filosóficas (donde se enseñaría matemática, física y mecánica) y los de
Ciencias Médicas, Jurídicas y Sagradas. Desde la apertura en 1850 de la cátedra de
físico-matemática (a cargo de Gabriel Mendoza) la enseñanza de temas
matemáticos encontró un ámbito institucional propicio para su expansión,
al menos hacia el interior del mundo universitario. En aquella aula se reunía
a dos asignaturas bien definidas en un programa común y se actualizaban los
conocimientos: en primero se dictó aritmética, álgebra, combinaciones y
binomio de Newton, progresiones, logaritmos y geometría plana. En segundo,
geometría del espacio, trigonometría plana y esférica; y física (materia,
calor, gravedad, hidrostática, electricidad, óptica y meteorología)
[78]
. Como textos de clase se emplearon los libros de Legendre, Fourey
(sic) y el curso de álgebra de Alfredo Pasquier, catedrático de la
asignatura en 1855. Si bien aun en aquel entonces las lecciones seguían
siendo teóricas y memoristas, y que en física no se utilizaba aparatos ni
laboratorios es obvio que se había dado un salto de importancia desde el
tiempo de Pedralbes y Lamas. Enriquecida y actualizada a mitad de siglo el
aula de físico-matemática experimentaría mayores progresos en poco tiempo La llegada de docentes como Laurentino Ximénez
abriría nuevas instancias en la profesionalización de la enseñanza de las
matemáticas. Este docente no solo introdujo el libro Geometría
práctica de Vallejo (sustituyendo a manuales anteriores) sino que
también trató de darle al aula un carácter más empírico (1859-62)
[79]
. Quizá a impulso de las nuevas corrientes pedagógicas que
llegaban desde Europa inauguró la práctica de hacer excursiones con sus
discípulos a los yacimientos de plomo y cobre de la ciudad de Minas.
Paulatinamente se iría quebrando el predominio de una formación
exclusiva-mente teórica. Un aporte significativo
en el marco de la época fue la inclusión de la asignatura de química a
cargo del profesor francés Julio Lenoble
[80]
. En el dictado de clases empleaba su propio laboratorio
farmacéutico poniendo a los estudiantes en contacto con la experimentación
química. Lenoble fue también el primer autor extranjero que publicó un
texto de química en Uruguay
[81]
. Simultáneamente se producía la apertura de un aula de náutica
de tipo práctico a cargo de Antonio Torres (quien dictar esta asignatura en
el colegio de los Escolapios)
[82]
. Según el programa de estudios del curso teórico-práctico
los estudiantes aprendían en primero aritmética, geometría, trigonometría
plana logarítmica y geometría práctica (aplicada a la confección de
planos). Y en segundo año trigonometría esférica, cosmografía y pilotaje,
sobre la base del texto de Gabriel Antonio Ciscar (1803)
[83]
. Más allá de todas sus carencias y debilidades las sobredichas
aulas dieron a los cursos universitarios una orientación mucho más
pragmática que la previa. En aquel contexto el punto de mayor importancia estuvo dado por la instalación de la segunda cátedra de
físico-matemática de la Universidad, a cargo de Ignacio Pedralbes (1863)
egresado de la Escuela Central de París como ingeniero civil; y del profesor
Carlos Olascoaga
[84]
. Este último regenteaba primer año y Pedralbes segundo. Se
adoptó como texto la Matemática
del francés Guilmin (geometría, trigonometría, aritmética y álgebra) y el
Tratado Elemental de Física de Ganot (empleado en nuevas
ediciones hasta mediados del siglo XX), el primero en reemplazo del texto de
Legendre
[85]
. Así se consiguió actualizar y enriquecer
los contenidos del curso.
Mientras tanto en los estamentos militares se fue ampliando el espacio
dedicado a la enseñanza de las matemáticas y a sus aplicaciones. En 1845
(durante el transcurso de la Guerra Grande) se había creado en Montevideo una
Escuela del Ejército, que contó con un máximo de 400 alumnos, a los que se
instruyó en matemáticas, dibujo y práctica de tiro. Años más tarde,
cuando ya muchos militares uruguayos se habían educado en Francia abrió sus
puertas la Escuela Militar Oriental (1858-63). Esta estaba formada por dos
Academias una para Oficiales y otra para Cuerpos Francos. Los estudios tenían
cinco años de duración. En primero se dictaba aritmética completa, álgebra
hasta la resolución de ecuaciones de segundo grado y geometría elemental. En
segundo geometría práctica, geometría plana y del espacio, mecánica y
estática. En tercero fortificación, en cuarto artillería y en quinto arte e
historia militar. Se preveía la posibilidad de crear un aula de arquitectura
civil y militar para aquellos alumnos “que quisieran reunir a su
instrucción la ciencia del ingeniero"
[86]
. Aunque esto no se concretó es obvio que el curso quinquenal fue
planificado como preparatorio del aula de ingeniería que se proyectaba
instalar. Paralelamente otra clase de matemática y trigonometría fue abierta
para jefes y oficiales de artillería del ejército en el local del Fuerte del
Gobierno a cargo de Laurentino Ximénez (1861)
[87]
.
Hay varios elementos en estos pocos datos, citados brevemente, que
ponen en evidencia la orientación predominantemente práctica de la
enseñanza de las matemáticas en la formación profesional de aquellos
militares. Se los forma para que apliquen sus conocimientos de geometría,
estática, cálculo, construcción y artillería a la resolución de problemas
específicos. No se alcanzaba aun la producción teórica.
LOS
PRIMEROS TEXTOS DE MATEMÁTICA, QUÍMICA Y FÍSICA.
En la faz bibliográfica recién a mitad del siglo XIX aparecen los
primeros manuales de aritmética escritos por autores extranjeros radicados en
el país. La excepción la hizo el docente francés Francois
Curel. Entre 1831 y 32 publicó su Curso
completo de Estudios dedicados a la enseñanza de aritmética general
con aplicación -es de destacarse- al sistema métrico decimal que todavía no
se imponía en el país
[88]
.
Basado
en la aritmética de Senillosa el tratado de Curel pese a sus errores, exhibe
"la
ciencia de la numeración desembarazada de todas aquellas fórmulas que la
rodean de dificultades, reducidas a unos principios esenciales y fáciles de
entender; y pasando de las reglas más sencillas a las complicadas, sin salir
del uso común, los principiantes podrán llegar al término de la carrera
espinosa de las cuentas sin fastidiarse en el transcurso"
[89]
.
Curel llenaba el vacío que existía en el ramo de
libros elementales. Pasarían más de veinte años hasta que se publicaran
textos como la Aritmética
para escuelas primarias de Luis de la Peña
[90]
(1852), los Cuadernos de
aritmética para niños y la Aritmética
matemática y mercantil para niños y adultos
[91]
(1854-9) del español Juan Bonifaz, el Curso
completo de matemáticas puras de Francoeur (sic) sobre álgebra y
geometría publicado por L'Observateur Francais (1862); y los Rudimentos
de aritmética del también peninsular Jaime Roldós y Pons (1863). El
punto sobresaliente en esta incipiente producción bibliográfica relativa a
temas matemáticos fue la Conferencia
sobre álgebra (1863) del francés Alfredo Pasquier. El hacer
matemático se iba especializando cada vez más en Europa y se trataba de
aumentar el rigor científico de las obras sobre matemáticas. Eso se
reflejaba en los trabajos de álgebra aplicada a la geometría y a las e
ecuaciones de primer y segundo grado. Pasquier entendía esta transformación
en el dominio de las matemáticas puras. Por lo que su conferencia se dedicó
a tratar sobre cálculo algebraico, ecuaciones y análisis indeterminado
(resolución de ecuaciones de dos variables). El texto de Pasquier fue el
primero sobre álgebra editado en el país
[92]
.
Aunque, como salta a la vista, no se trata de esplendorosos cursos
académicos ni de gloriosos libros científicos está claro que la enseñanza
de las matemáticas continuó desde la independencia del Uruguay conquistando
aquí y allá nuevos espacios socio-institucionales. Cada nueva cátedra,
curso o carrera que se abría en la Universidad, en los centros docentes
privados o en los colegios militares significaba un paso adelante en
la divulgación del saber y también en las posibilidades de
aplicación del mismo.
LA
BRUSCA RUPTURA: EL “BOOM” EDITORIAL DE LOS AÑOS 64 al 88.
Así califica Grompone
[93]
lo que sucedió entre los años referidos en el título. Aunque el
sistema métrico-decimal (que sustituyó al colonial) fue introducido
oficialmente en 1862 (a iniciativa de Tomás Villalba, Adolfo Pedralbes y
Arséne Isabelle) su enseñanza se hizo obligatoria recién en el año 64, y
su aplicación se fue instrumentando gradualmente hasta fines del siglo XIX
[94]
. Desde que fue obligatoria su enseñanza estalló un boom editorial para las matemáticas locales. De pronto, los
docentes vieron la oportunidad y la necesidad de hacer conocer su ciencia en
el medio social aplicándose a la enseñanza del nuevo sistema métrico. En
muchos aspectos parece una “excusa”
que los enseñantes de matemáticas aprovecharon para hacer sentir su
existencia. Esto se nota en ese afán de los “profesionales” de encontrar
apoyo popular mediante la publicación de sus trabajos en pequeños libros,
tratados y artículos de revista fáciles de leer. Los textos de aritmética
destinados a explicar el nuevo sistema se hicieron comunes. Mientras que con
el francés Arséne Isabelle se iniciaba en Uruguay el dictado de conferencias
científicas públicas. El supracitado boom
editorial marcó un momento de ruptura en la cultura matemática local que a
su vez allanó el camino a la publicación de temas científicos más
profundos. Vale la pena echar un vistazo a los textos que por entonces se
editaron.
Del año 1864 sobresalen el Sistema
Métrico de Adolfo Bourgoing
[95]
; las Tablas de Reducción
completas y oficiales de pesos y medidas legales de Arséne Isabelle
[96]
; el Manual del sistema
métrico de Enrique Loedel
[97]
; el Tratado de
aritmética elemental del español Rafaél Escriche
[98]
; el Compendio del sistema
métrico de Pedro Ricaldoni
[99]
; y la Tabla sinóptica de
pesos y medidas del Estado que era una publicación oficial
[100]
. Desde entonces y hasta fin de siglo se publicaron muchos manuales
de aritmética y geometría. Las Nociones
de aritmética
de José Lista (1867)
[101]
; la Aritmética
(1868) de Marcos Sastre (Colonia); las Nociones
de aritmética para comprender el sistema métrico-decimal de Félix
Artou (1869), libro de gran difusión en el medio
[102]
; la Aritmética
teórico-práctica de José Carniglia
[103]
; el Cuadro completo de
reducciones del sistema métrico de Fontán Illas (1871)
[104]
; el Manual del Sistema
métrico-decimal de Roldós y Pons (1874)
[105]
; Geometría elemental
de Andrés Dubra (1876)
[106]
. La Nueva aritmética
elemental de Pablo De María
[107]
, el Tratado de
aritmética de José Velazco (1877)
[108]
y el Sistema Métrico
(1895) de Fontán Illas
[109]
.
Es cierto, insisto, que no eran textos académicos con cardinales
aportes al saber científico pero el historiador de las ciencias no puede
desconocer su importancia relativa al esbozar una historia de los estudios
matemáticos. Aquellos trabajos ampliaron el interés social permitiendo
encontrar un canal de expresión que a su vez preparó el camino a las
matemáticas superiores. De hecho el carácter pragmático de aquellos textos
se trasluce en sus mismos prólogos. Bourgoing dice que trata de evitar las teorías
demasiado abstractas o científicas (que no comprendería un lector sin
una adecuada formación) presentando
“algunas
aplicaciones geométricas que son de suma conveniencia en el sistema que vamos
a exponer”. Así mismo Loedel en su manual explica que “la
creación del sistema de Pesas y Medidas es una de las más grandes cuestiones
científicas que hayan sido resueltas” y pasa a indicar que solo
dará sencillas aplicaciones geométricas
para medidas de superficie y de capacidad, cuadros sinópticos para consulta
rápida y los problemas más importantes a resolver
[110]
.
Uno de los agentes fundamentales de la transformación que se gestaba
lo constituyó la segunda cátedra de físico-matemática (antes citada) a
cargo de Ignacio Pedralbes. La traducción que este profesor hizo de la Física
de Lefrane y Jeannin con destino a los alumnos de su cátedra se convirtió en
el primer libro sobre física editado en el país (1865). A partir de este
punto se sucedieron unas tras otras las obras de autores extranjeros o
nacionales. Entre ellas se cuenta la Trigonometría
esférica de Lacroix (1871)
[111]
; los Elementos de
meteorología de Ganot
[112]
; el Curso de Geometría
Analítica (1872)
[113]
, los Elementos de
Geometría analítica plana y del espacio, los Elementos
de trigonometría plana y esférica
[114]
destinado a los agrimensores de Roldós y Pons (1888). El Curso de geometría plana, rectilínea y del espacio (1873)
[115]
y el Curso de álgebra,
ambos de Guilmin (1875, reeditado en 1880)
[116]
. Las Nociones elementales
de física popular de Ricaldoni, primer libro de texto nacional sobre
física (reeditado entre 1874 y 1880)
[117]
; las Matemátiques
de Gauss (creador con Legendre de la teoría de los números) (1874) y la Teoría
de los átomos de Charles Würtz (1875)
[118]
. La mayoría de estos libros eran traducciones hechas para la
cátedra de físico-matemática. Aparte de éstas destacan las Consideraciones
sobre la unidad de la materia
[119]
basadas en
los principios de la química moderna por Carlos Honoré (reeditada de 1872 a
1878); los Elementos de aritmética de Félix Artou
[120]
; el Estudio sobre la
cuadratura del círculo de Maines (1878)
[121]
; los Elementos de
trigonometría esférica (1879) y el Cálculo
analítico (1887) de Piaggio
[122]
; el Cuadro sinóptico de
química inorgánica de José Carrera; las Lecciones
sobre objetos como introducción a las ciencias físicas de José
Fontanella (1885)
[123]
, el Cálculo analítico
para evaluar y dividir las superficies de las figuras planas (1887) de
Piaggio y la Geometría analítica
de Roldós
[124]
.
A fines del XIX también hacen eclosión las primeras revistas
científicas nacionales. Como “La
Ilustración” (1866)
[125]
, el “Boletín de la
Sociedad de Ciencias y Artes (1877)
[126]
, verdadera enciclopedia de divulgación científica que dedicó
grandes espacios a la consideración de temas matemáticos y proyectos de
planes de estudio sobre esta ciencia. Y el mundialmente difundido “Boletín
Trimestral”
[127]
del Observatorio meteorológico del Colegio Pío (1882). Desde las
páginas del Boletín de la Sociedad de Ciencias y Artes se publicaron
artículos sobre trigonometría escritos por Nicolás Piaggio; álgebra
superior por Ricardo Camargo; geometría analítica por Carlos Olascoaga;
geometría descriptiva de Ignacio Pedralbes; álgebra popular por Roldós y
Pons; y física y química a cargo de diferentes autores o traductores. Es de
destacar en dicha revista el serio trabajo científico presentado por Jaime
Roldós y Pons, Ignacio Pedralbes y Juan Capurro sobre la enseñanza de las
matemáticas en Uruguay y sus perspectivas de futuro. A partir de allí se
avanzarían más consideraciones sobre el papel de la matemática en las
nuevas carreras profesionales que se proyectaban, como la de ingeniero,
socialmente reclamada (1877)
[128]
.
DESARROLLO INSTITUCIONAL.
El boom editorial iniciado en el año 64 dio paso a la mayor
producción bibliográfica que sobre temas relacionados a las ciencias exactas
se hubiera conocido hasta aquel entonces. El espíritu científico del medio
se transformaba rápidamente acompañando a los cambios económicos y
tecnológicos que experimentaba el país. El grupo de profesores de
matemáticas formado en torno a la difusión del sistema métrico permaneció
conectado en el campo docente y en el profesional, formando el núcleo de
hombres que daría inicio al Club Universitario (1868) y al Ateneo de
Montevideo (1875), y que años más tarde abriría las puertas de la Facultad
de Matemáticas (1888). Un factor fundamental fue que la Universidad liderara
decisivamente la vida intelectual del país en la segunda mitad del siglo. La
progresiva elevación del nivel de sus aulas, la primordial atención dada a
la instalación de laboratorios de física y química que se vio a partir de
la década del 60, la separación de las cátedras de física y matemática,
la creación de la Facultad de Medicina (convertida en el principal foco de
penetración del espíritu científico y del evolucionismo) fueron
fundamentales. Se pasó de una orientación excesivamente teórica hacia una
conducta paulatinamente más práctica, basada en la experiencia y la
experimentación. Los mismos cambios económicos que Uruguay vivió lo
requerían. La introducción del ganado lanar (coincidiendo
con la del sistema métrico), el alambramiento de los campos, la
diversificación de la producción, la creación de la Asociación Rural, etc.
requirió de nuevos equipos y de obreros especializados. Lo que llevó a
modificar la enseñanza primaria (reforma de José Pedro Varela) y
universitaria (Vázquez Acevedo) adecuándola a los requerimientos de los
nuevos tiempos
[129]
. A partir de 1870 la cátedra de química de la Universidad se
puso a tono. Regenteada por Juan González Vizcaíno (profesor de
farmacología) se impuso la tendencia hacia las experiencias prácticas, se
dio mayor importancia la química orgánica y se introdujo como nuevo manual
el Tratado de química elemental del francés Troost,
sustituyendo al ya caduco texto de Lenoble. Tres años después se produjo la
citada separación de las cátedras de físico-matemática. En el año 74 el
aula de física comenzó su vida independiente dando énfasis a los aspectos
prácticos de la misma, rompiendo con lo exclusivamente teórico
[130]
. Ambas cátedras estimularon los estudios de ingeniería y de
ciencias exactas satisfechos años más tarde con la creación de la Facultad
de Matemáticas. De modo que las antedichas constituyeron el antecedente más
directo de la Facultad. Las asignaturas de física y química encontraron
también un marco apropiado para su difusión y aplicación, por un lado en la
Facultad de Medicina y, por otro, en la primer Escuela de Agronomía de la
República (creada a iniciativa de Juan Jackson en 1880) a cargo de profesores
venidos de Francia. Pero el punto más alto de este desarrollo
institucional en el ámbito universitario fue la creación por Ley Orgánica
de la antedicha Facultad de Matemáticas, que tuvo al ingeniero Ignacio
Pedralbes como primer decano. El curso de ingeniería
abrazaba el estudio de álgebra superior, trigonometría esférica,
geometría descriptiva, física superior, geometría analítica, cálculo
diferencial e integral (análisis infinitesimal), mecánica racional,
cinemática y química analítica. Las clases de álgebra superior y de
trigonometría esférica estuvieron a cargo de Juan Monteverde futuro sucesor
de Pedralbes en el decanato de la Facultad. Los cursos de bachillerato
especial puestos en marcha en el año 1885 tenían como fin preparar a los
aspirantes para entrar en la institución, mejorando sus conocimientos en el
campo de la aritmética, el álgebra, la geometría, la trigonometría, la
física y la química
[131]
.
Más allá del ámbito universitario el entusiasmo por el desarrollo
cultural y científico eclosionaba a medida que aumentaba el optimismo y la
confianza en el futuro a fines del siglo XIX. Cuando la Universidad cerró la
sección de enseñanza preparatoria (que fue restablecida en 1883) el vacío
fue cubierto por las asociaciones científicas y culturales que florecían en
el medio, como el Club Universitario, la Sociedad de Estudios Preparatorios,
la Sociedad Universitaria (que contaba con una sección de Ciencias Exactas)
[132]
, el Liceo del Plata en la ciudad de Paysandú y el Colegio de
Humanidades de Salto. Este último instituto abierto por los profesores Miguel
Lerena y Gervasio Osimani era un politécnico de estudios preparatorios e
industriales, que revolucionaría la educación media y técnica en el norte
del país, zona muy influida por la cultura brasileña (1872). Por su parte el
Liceo de Colonia Valdense (en el Departamento de Colonia) sería el primero en
instalar un laboratorio de química y un gabinete de física, además de un
museo de historia natural, introduciendo en la enseñanza media de esa parte
del país la experiencia y la experimentación
[133]
. Varias de las instituciones existentes en la
capital se fusionaron en una sola a la que denominaron primero Ateneo del
Uruguay, y luego de Montevideo
[134]
. Las cátedras que eran de tipo universitario con profesores
honorarios tuvieron un considerable éxito. Entre ellas se destacan el curso
de cosmografía de Gregorio Pérez, el aula preparatoria de matemática a
cargo de los agrimensores Ricardo Camargo y Juan Monteverde; la clase de
física conducida por el ingeniero Andrés Llovet y por el bachiller Enrique
Filliponi (1874)
[135]
. Por la misma época se inauguró la Escuela Politécnica Oriental
que tenía como objetivo formar agrimensores, peritos agrónomos y
mercantiles, ingenieros civiles y militares y arquitectos. El curso de
ingeniero y el de arquitecto duraban cinco años, en los que se estudiaba
álgebra superior y geometría analítica, cálculo diferencial e integral,
cinemática y física, mecánica racional y aplicada a las construcciones,
además de química general. El curso de agrimensor (de dos años de
duración) incluía el estudio de aritmética, álgebra hasta ecuaciones de
segundo grado, geometría elemental, trigonometría plana y esférica. Además
de nociones de física y química (1872)
[136]
.
En el ámbito religioso Mariano Soler fundaba el Liceo Universitario
(1875) una especie de universidad libre católica donde se dieron clases de
aritmética, álgebra, geometría, trigonometría rectilínea y curvilínea a
cargo de Villegas Zúñiga
[137]
. Al año siguiente el Colegio Pío abrió sus puertas con Juan
Bautista Bosco como director. Esta institución creció rápidamente y
alcanzó una gran resonancia científica en el país y en el exterior. Para el
año 1878 había sido equiparada a la Universidad Mayor con la potestad de
otorgar títulos de doctor
en ciencias. A cuatro años de esto se incorporaba al colegio el
sacerdote italiano Luis Lasagne quien organizó laboratorios de química,
física y fotografía, e introdujo en Uruguay aparatos modernos de
meteorología y astronomía (1882). El colegio tenía en ese momento un
plantel importante de profesores extranjeros de matemática, química y
física como Benvenutto Graziano, Esteban Bourlot (álgebra), Luis Farini
(geometría elemental), Carlos Cipriano, Miguel Foglino y Lorenzo Bacigalupi.
Además de una red de observatorios meteorológicos en el país, pudiendo
hacer predicciones climáticas
[138]
. Para completar el cuadro general queda por
mencionar a la Escuela de la Marina que puso en funciones un curso de cinco
años de duración para militares a cargo de Amabilio Villalpando,
catedrático del Colegio Náutico; y al curso de Marino Mercante (de tres
años de duración) con clases de álgebra, geometría, trigonometría plana y
esférica, cosmografía, física y cálculo. El paso siguiente lo constituía
el curso de Marina de Guerra (de cuatro años) en el que a las asignaturas
anteriores se agregaba álgebra superior, geometría analítica de dos y tres
dimensiones, cálculo diferencial e integral y de variaciones, geometría
descriptiva y sus aplicaciones, construcción geométrica, nociones de física
y de astronomía
[139]
. Sin embargo, el punto más alto en el ámbito militar en lo que
hace a la enseñanza de temas matemáticos fue alcanzado por la Academia
Militar creada por el general Máximo Santos en 1885. Cuya fundación coincide
(casualmente o no) con la creación de la Facultad de Matemáticas ubicándose
así como su competidor. Los docentes eran militares uruguayos que habían
cursado sus estudios en universidades italianas, recibiéndose con el título
de ingenieros militares. Una vez en Uruguay se dedicaron a la formación de
nuevos técnicos. Los cursos se dictaban sobre la base de los programas
italianos de acuerdo a una extensa bibliografía en varios idiomas. Los
ingenieros egresados de la Academia habían recibido una buena formación y
sobre todo la segunda generación de éstos se destacó por su labor técnica
en las primeras décadas del siglo XX
[140]
.
Hacia este tiempo se había conseguido trasponer la fase formativa para
entrar de lleno en la cultura matemática de los nuevos tiempos que corrían.
[1] Las fuentes documentales se marcan en negrita para su más rápida identificación. [2] El San Francisco Xavier (1720-1777) y una escuela española de primeras letras (1778-1814). [3] La escuela de la Reducción indígena. [4] Escuela de la Residencia jesuita (1746-67); de la Junta de Temporalides (1772-1810); y del convento de San Francisco (1772-1816). [5] Véase COMUNICADOS de Antonio de Vasconsellos a S.M. portuguesa. Colonia del Sacramento. Junio de 1727 - Febrero 17 de 1734. Archivo Regional de Colonia. [6] Los maestros particulares, un caso de 1749. En “Revista Nacional”. Montevideo. 1943. [7] Que para la época era un aula de tipo intermedio, entre la enseñanza primaria y la preuniversitaria. |