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hoja informativa de Galileo publicación dedicada a problemas metacientíficos volumen diez número dos marzo de dosmiltres DOS MATADORES TOREAN. EL
PRIMERO A DOS ESCRIBAS ORIENTALES Y EL SEGUNDO APENAS A UNO DE ESTOS DOS
ZUBILLAGA,
Carlos. Historia e historiadores en el Uruguay del siglo XX,
Librería de la Facultad de Humanidades y Ciencias, Montevideo, 2002.
Este es el primer gran libro que se dedica a la producción historiográfica uruguaya del siglo XX, y merece parangonarse con el monumental estudio que dedicara Pivel Devoto a Francisco Bauzá. Como toda la obra de Zubillaga, ésta es erudita y refleja un incansable esfuerzo de investigación en fuentes primarias y éditas. Pero, además, y eso también la singulariza frente a la restante producción historiográfica sobre el siglo XX uruguayo, aporta una teoría epistemológica que ubica a los historiadores dentro de contextos institucionales y económicos específicos que, si no los determinan, los condicionan o por lo menos ambientan. En este sentido es clave el estudio de las diferentes comunidades historiográficas que han producido los relatos sobre el pasado de nuestra nación, y adquiere singular brillo la exposición sobre las comunidades "en las cercanías del poder" y la descripción de las que nacieron al amparo de la "profesionalización" del conocimiento y la investigación histórica: la Facultad de Humanidades y el IPA. Pueden formularse objecciones. A veces la pasión enturbia el juicio y el afán de comprender es sustituído por el de justificar o condenar. En este sentido me parece ilustrativo el relato del nombramiento del argentino Emilio Ravignani como primer director del Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Humanidades en 1947 en vez del uruguayo Juan E.Pivel Devoto. Creo que la descripción hubiera ganado en hondura si en vez de hacerse hincapie en el chauvinismo de los apoyos a Pivel se hubiese insistido en el "universalismo" ideológico que reinaba entre sus enemigos, los blancos independientes y los batllistas de la Facultad, quienes, como en la antigua Defensa de Montevideo, creían que la contradicción principal seguía radicando, no entre las naciones, sino entre principios políticos abstractos. Desearía señalar finalmente, que este libro de Zubilllaga pone el acento en los historiadores y sus centros de investigación más que en sus obras, debido a lo cual queda en la oscuridad uno de los aportes posibles, y claves, de la historiografía, pues la Historia escrita informa sobre el pasado -ese es el objetivo conciente- pero también alude -y cuánto!- al presente de su creador, y uso la palabra exprofeso. Es desde el presente que se hacen las preguntas al pasado, que se seleccionan los documentos y se eligen los paradigmas interpretativos. Y este rasgo a la vez que acota, enriquece a la Historia escrita y la hace siempre contemporánea. Priorizar el estudio de los "colectivos historiográficos" fue una opción del autor que debemos respetar. Si tenemos derecho a esperar de su talento y capacidad de trabajo que complete su indagatoria. José Pedro
BARRAN SANGUINETTI,
Julio María. El doctor Figari, Aguilar-Fundación BankBoston,
Montevideo, 2002.
Fue durante
la dictadura y el forzoso interregno que esta impuso a los partidos políticos,
que Julio María Sanguinetti revisó exhaustivamente el Archivo Figari
depositado en el Museo Histórico Nacional. Fruto de esa labor y la pasión por
la pintura, Sanguinetti ha escrito una documentada y valiosa biografía de una
de las personalidades multifacéticas más ricas de la historia intelectual del
Uruguay. El lector se ilustra allí sobre la campaña que el abogado Pedro
Figari condujo contra la pena de muerte, base de la ley que la abolió en 1907;
del pasaje breve pero removedor de Figari por la Escuela Nacional de Artes y
Oficios en 1915-16 y la conversión de ésta en una Bauhaus a la uruguaya, para
descontento del empresariado industrial y el mundillo político; del pensamiento
político del Figari masón y positivista, admirador crítico de Batlle y Ordoñez
pero también de Gabriel Terra; y, por fin, de su entrega, casi monacal y a los
sesenta años, a la pintura. La descripción que hace el investigador de la vida
pública del pintor es rica pero cabe reprocharle cierta parquedad -que
probablemente sea fruto de un pudor que este reseñador no comparte- en el
tratamiento de su vida privada, la que, por lo dicho y sugerido, debió ser
también ilustrativa tanto de su personalidad como de su época. El origen
inmigratorio italiano reciente del pintor, por ejemplo, contrasta con su
temprana inserción patricia a través del casamiento con una de las hijas de
Carlos de Castro, y la ruptura del matrimonio años después parece haber
ambientado tanto su radicación en Buenos Aires como su dedicación exclusiva a
la pintura entre 1918 y 1921. Algunos errores menores desmerecen el texto y
pudieron evitarse; así, por ejemplo, en la p.32 se atribuye a Jacinto Vera, el
primer obispo de Montevideo en 1878, la dignidad, que nunca tuvo, de arzobispo.
Por fin cabría decir que esta vida -como todas las biografías- informa tanto
sobre el objeto de estudio como sobre el sujeto que la escribió. Y así, si en
la simpatía con que se considera al abogado, político y pintor se percibe la
simpatía del sujeto por su objeto, en la admiración de Sanguinetti por la
clase alta argentina de los años veinte, "progresista" en lo económico
y con "vocación de grandeza política y afición por las artes"
(p.206), se desnuda una identificación con ese sector social calificable de
ingenua por lo menos. José Pedro BARRAN. ZUBILLAGA,
Carlos. Historia e historiadores en el Uruguay del siglo XX; entre la profesión
y la militancia. Librería de la Facultad de Humanidades y Ciencias, Montevideo,
2002..
Este es un libro que debe ser leído, estudiado, discutido y disfrutado. Es un libro escrito con rigor y pasión. Es una investigación realizada con rigor metodológico por un reconocido profesional de la disciplina histórica. A su vez, sus páginas revelan la pasión de un militante universitario que exige que el conocimiento cumpla la función social crítica que la Ley Orgánica de 1958 colocó como uno de los principios de nuestra Universidad. Con este texto Zubillaga abre, en uno de sus niveles más interesantes, algunas puertas de nuestro ámbito cultural que permanecían cerradas al conocimiento público. Se trata de la historia, pero es necesario advertir al lector que no es de la historia vista desde ese plano tan general como evasivo con que se acostumbra a difundirla. Aquí asistimos al proceso de formación de comunidades e instituciones que hacen posible y viable la estructura académica desde la cual se instituye y legaliza como disciplina autónoma y profesionalizada. De ese largo, arduo y hasta dramático camino hacia la profesionalización trata el libro de Zubillaga. Hubiera bastado que la investigación tratara solamente esta cuestión para satisfacer las necesidades de conocimiento que sobre el tema está exigiendo la sociedad uruguaya. Pero este libro, que contiene un inmenso caudal de información y datos de fuentes primarias y secundarias, explorados con minuciosidad casi obsesiva y analizados con una fineza crítica que impacta, es algo más que una descripción de ese proceso. Precisamente lo que hace apetecible el libro de Zubillaga es ese algo más que refleja la madurez de un historiador y teórico de la historia que tiene el coraje de enfrentarse a mitos consagrados que emergen de la evolución de la disciplina en el Uruguay. Al respecto es necesario recordar que este denso libro es la conclusión de investigaciones anteriores en las cuales Zubillaga proporciona los elementos claves para entender las raíces de ese proceso de formación institucional y profesional de la historiografía nacional. Al respecto se destaca Los desafíos del historiador (Montevideo, Universidad de la República, 1996) una importante recopilación de ensayos sobre el tema, del cual la “Introducción” es un valioso aporte biográfico de lectura imprescindible para comprender los caminos de la vocación de un historiador uruguayo, así como un trabajo sobre Historiografía y cambio social. El caso uruguayo (CLAEH, 1982) en el cual no sólo realiza una revisión profunda y crítica a las diversas concepciones historiográficas, sino que adelanta los fundamentos de su propio programa de investigación. Sería imprudente que en esta recensión realizara una descripción de capítulos y temas contenidos en el libro, considero que al lector, especialmente en este caso, merece que se le incite a introducirse en un texto ordenado, muy bien escrito, pleno de anécdotas y de una sutil ironía que produce ese deleite que sólo dan los buenos autores. Pero aprovechando esta brevísima advertencia no quiero dejar pasar sin comentar algunas referencias a temas epistemológicos interesantes presentes en el texto. Para quienes trabajamos en el campo de la epistemología el libro de Zubillaga es un golpe duro pues muestra las debilidades manifiestas de las comunidades de filósofos para poner en práctica lo que en teoría se han estado enseñando desde hace décadas. Visto desde la perspectiva de cómo se han desarrollado las polémicas epistemológicas en el campo de las ciencias sociales, Zubillaga es un historiador extraño; al contrario de lo que piensan muchos de sus colegas nacionales e internacionales, entiende el valor de la epistemología como disciplina que permite orientar y fundar la investigación histórica. En ese contexto hay un párrafo que merece reproducirse pues da la dimensión de esa comprensión sobre la función de la epistemología a la que hacía referencia. “(...) la Historia de la historiografía debe encararse como una Historia más, capaz de contribuir al mejor conocimiento de la experiencia social, y no reducirse a un saber iniciático sólo útil para los integrantes del gremio. Ello supone advertir que el conocimiento histórico presenta como rasgo común con otras modalidades del saber humano el de su naturaleza social: es la sociedad la que demanda (explícita o implícitamente) su producción, pretendiendo identificar en el análisis del pasado respuestas adecuadas a las interrogantes que la acucia, la desafían o la condicionan. (...) Así como el conocimiento histórico es, inequívocamente, conocimiento de lo social, su elaboración resulta también un ejercicio que trasciende la mera acción individual: la historiografía llega a ser, por lo mismo, fruto de alguna modalidad de acción en común. De allí que adquiera especial significación el estudio de los espacios y las condiciones de elaboración del conocimiento histórico.” (Introducción, p. 11) Con tal perspectiva Zubillaga ha buceado entre las diferentes vertientes epistemológicas contemporáneas, recuperando para el desarrollo de su investigación lineamientos teóricos fundamentales que, por supuesto, ya estaban presentes desde las primeras contiendas de lo que Lucien Febvre ha denominado “combates por la historia”. La estructura de la investigación está orientada por una singular convergencia de las riquísimas teorías de la historia con algunas de las tesis de Kuhn. Pero partiendo de una matriz no ajena al materialismo histórico, que Zubillaga denomina “enfoque sociológico y prosopográfico” (p. 11), la exposición muestra la competencia de nuestro historiador para captar las interrelaciones sociales tales como se manifiestan en este específico proceso de institucionalización del conocimiento. Zubillaga demuestra (lo resalto porque no es obvio para nuestros filósofos analíticos y tantos otros curiosos especímenes académicos cercanos) que el conocimiento de la historia social del país es un requisito necesario para la comprensión de cuestiones epistemológicas. Lo que más se destaca en la exposición de Zubillaga es su capacidad para presentar la formación de la historia como disciplina en relación con la sociedad uruguaya. Un logro singular con el cual el autor esclarece una cuestión clave que aún hoy tiene perplejo a tantos epistemólogos, es que en las ciencias sociales no solamente cambian las perspectivas, sino también los fenómenos. Es decir, que más allá de la propuesta de Kuhn, los paradigmas no cambian únicamente por razones internas, sino que los paradigmas mismos reflejan el cambiante universo social. Zubillaga no sólo entiende este problema sino que en su investigación lo resuelve. Léanse al respecto los estupendos capítulos tercero, cuarto, quinto y octavo, en los cuales pasa revista crítica a cuestiones epistemológicamente tan sustantivas como la relación de los científicos con el poder, con las ideologías, con el mercado, con las modas y con los medios de comunicación masivos. Este es un libro vivo y de combate. De sus páginas emerge cómo funciona concretamente el historiador en su laboratorio, cuáles son sus herramientas materiales, metodológicas y espirituales. El laboratorio del historiador Zubillaga no se reduce al espacio institucional donde produce profesionalmente, es también el ancho campo de las luchas sociales. Y esto no es menor para comprender la calidad de su libro. Pertenece Zubillaga a esa generación que se forjó en la lucha contra la dictadura. Militante social, gremial y político es uno de los muchos de aquellos jóvenes universitarios para los cuales el conocimiento no es un lujo, ni un privilegio, sino un proyecto y un compromiso no sólo a escribir la historia sino de contribuir a hacerla. Para finalizar voy a tomar prestados conceptos del historiador argentino Luis Pomar, incitando con estas sus palabras a leer este estupendo libro, desde el cual: “El lector asistirá a un proceso y a una revelación. Aguce sus sentidos y abra la puerta, que adentro de este libro (su autor) está dando un espectáculo que no se debe perder.” Alción CHERONI UN AFICIONADO A LA TORERÍA ENCARA NO SIN TEMOR
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