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MEMORIA GEOLOGICA SOBRE LA FORMACION DEL RIO DE LA PLATA DEDUCIDA DE SUS CONCHAS FOSILES Dámaso Antonio Larrañaga
Nota introductoria. La Memoria
Geológica sobre la Formación del Río de la Plata Deducida de Sus Conchas
Fósiles fue publicada por primera vez en la Revista
de Ciencias y Letras de Buenos Aires, de la cual fue tomada una
transcripción que se publicaría en 1894, abriendo el Tomo inaugural de los Anales
del Museo Nacional de Montevideo. En la Carta al entonces Director del
Museo Nacional, Prof. J. Arechavaleta, C. M. De Pena manifestó que esta Memoria
había sido exhumada por Lamas, quien a su vez había expresado que se trataba
de un borrador, aún sin correcciones, acerca de la Geología del Río de la
Plata.
A raíz de la redacción de un Trabajo de Pasaje de Curso para el Año
Lectivo 1998 de la Materia Epistemología I de la Facultad de Humanidades y
Ciencias de la Educación, y por
sugerencia de la Prof. Lucía Lewowicz, tuvimos la fortuna de acercarnos a
esta enriquecedora Memoria tanto
desde el punto de vista científico como del histórico. A tal efecto
efectuamos una transcripción de la versión que fuera publicada en los Anales
del Museo Nacional de Montevideo, y cuyo Tomo correspondiente se encuentra
depositado en la Biblioteca Nacional. Dicha transcripción figuró como
Apéndice I en el Trabajo antes referido, titulado Evaluación
de la “Memoria Geológica sobre la Formación del Río de la Plata Deducida
de sus Conchas Fósiles”, por Don D.
A. Larrañaga, con una perspectiva histórica, y, con correcciones, es
la que presentamos a continuación de este texto introductorio.
Motivación de Larrañaga para la redacción de la Memoria.
“En un país cuya historia se pierde un poco más allá de tres siglos, y en el que nuestros padres no nos han dejado monumento ni vestigio alguno con que llenar este gran vacío, parece que no nos queda otro medio que recurrir á la Geología, esta moderna ciencia, que en tan cortos días ha hecho descubrimientos brillantes sobre los grandes acontecimientos de nuestro globo.
No
hay necesidad, pues, de recurrir á las fábulas, como lo han hecho los más
clásicos autores: nosotros podremos entretener á nuestros lectores con más
dignidad y más provecho suyo. Bastará recurrir á la naturaleza y
consultarla: ella nos pondrá de manifiesto ese libro, tan veraz como
interesante.”
De esta elocuente
manera Larrañaga nos introduce a la lectura de su Memoria, apelando a la ciencia como medio para vislumbrar en la
naturaleza indicios que nos permitan reconstruir una historia que en nuestro
país se pierde no muy atrás en el tiempo; a lo largo de sus páginas veremos
que el autor basará su trabajo en observaciones fundadas, y que en todo
momento intentará atenerse a la razón, evitando así caer en explicaciones
superficiales que enmascaren los hechos.
Como una “inocente distracción
de estudios más serios” inicia Larrañaga en los años previos a este
trabajo un acopio de conchillas, las cuales va clasificando y ordenando en una
colección que incluía material de nuestro país y del exterior. Al examinar
su diversidad y distribución, nota que entre ellas abundan conchillas
fósiles de origen marino, y que pueden además agruparse en tres formaciones
definidas por una ubicación y composición de especies en particular.
A cada una de estas tres formaciones le otorga Larrañaga un origen en
tiempos geológicos diferentes; desconociendo la naturaleza de los eventos que
llevaron a su formación y el orden en que se sucedieron, formulará al
respecto una teoría que a su vez acabará describiendo el origen del Río de
la Plata (por un desarrollo más extenso de las observaciones que realizara
Larrañaga, así como de su teoría, ver el Trabajo de Pasaje de Curso
mencionado anteriormente).
Contexto de ideas en que fue escrita la Memoria.
Cuando fue escrita
esta Memoria se creía que los
avances y retrocesos del mar, documentados desde tiempos tan remotos como la
Grecia clásica y comprobados por la presencia de conchillas marinas en áreas
entonces alejadas del mismo, se debían a procesos que se llevaban a cabo en
el lecho marino, al que se le adjudicaba una naturaleza menos compacta que las
zonas terrestres. Se daba a este respecto la siguiente explicación: los
avances del mar se debían a un continuo proceso de sedimentación que
rellenaba las cuencas marinas con materiales provenientes de tierra firme, y
los retrocesos a procesos provocados por la presión en el fondo marino que
hacían que éste se hundiera. Los continentes eran considerados como una masa
sólida que no sufría desplazamientos verticales ni horizontales. Recién en
1858, unos 40 años después de que fuera escrita la Memoria,
Snider-Pellegrini propondría por primera vez la posibilidad de un
desplazamiento horizontal de los continentes que habría separado a las
Américas del Viejo Mundo; la Tectónica
de Placas como hoy la conocemos no surgirá sino hasta los años sesenta
del Siglo XX.
A principios del Siglo XIX comenzaba a surgir en Europa la posibilidad
de utilizar a la Paleontología como herramienta auxiliar de la Geología,
luego de los estudios llevados a cabo en la cuenca de Montmartre de Francia y
en la región Lías de Inglaterra, en los cuales se había demostrado que era
posible definir y aún ordenar los estratos geológicos según los fósiles
que estos contenían. Surgen junto con esta idea varias otras, que en su
conjunto recibieron mucha atención en la época; entre ellas la Teoría
Catastrofista de Cuvier, en oposición al Gradualismo de Buffon, y las nuevas ideas sobre la antigüedad de la
Tierra, en contraposición a la interpretación bíblica de la misma.
Según dicha interpretación bíblica, la edad de la Tierra sería de
unos cinco o seis mil años, y en algún momento en la historia habría habido
un Diluvio Universal que cubrió completamente la superficie del Globo. El
hecho de que en Europa y en el Nuevo Mundo se hubiesen encontrado restos de
conchillas y animales marinos en zonas alejadas del mar se tomaba como una
prueba a favor de esta interpretación diluvista, ya que era imposible en la
época considerar la existencia de desplazamientos tectónicos que hubiesen
llevado a tierra firme áreas anteriormente cubiertas por el mar. En la Memoria vemos en Larrañaga una posición acorde a esta
interpretación; nos deja en claro que está de acuerdo con una edad de la
Tierra de cinco o seis mil años y que tiene la convicción de que en algún
momento “el mar ha cubierto toda la
superficie de la Tierra y á un mismo tiempo”, lo que explicaría por
ejemplo la presencia de concillas marinas en la cima de altas montañas. Sin
embargo, propone que las formaciones de conchillas por él observadas en
nuestro país y en Argentina no son producto de este fenómeno, sino que
fueron originadas por un proceso de cambio gradual que se ha dado y se ha
documentado desde hace miles de años: el avance y retroceso de los mares.
Dado el estado del conocimiento imperante en su época, Larrañaga no
tomó en cuenta el fenómeno de orogenia, que hoy conocemos como principal
agente responsable del levantamiento de la cuenca platense, al momento de
explicar el proceso que llevó a la formación del Río de la Plata. En su
lugar, llegó a la conclusión de que nuestra cuenca se habría formado por
sucesivas etapas de deposición de materiales aluviales, los cuales habrían
ido rellenando un Golfo aquí antes existente, desplazando las aguas del mar.
De hecho este fenómeno existe y es muy importante como modelador del paisaje;
aún más, aparentemente habría sido el responsable, como lo señalara
correctamente Larrañaga en su Memoria,
de la formación del delta del Río Paraná.
Consideraciones finales.
Es muy probable que
nos encontremos ante la primer obra geológica y paleontológica escrita en
Uruguay acerca de la Geología del Río de la Plata; asimismo es factible que
figure entre los primeros trabajos nacionales –si no el primero- en los
cuales se haya intentado utilizar a la Paleontología como complemento de la
Geología.
Al interiorizarnos con el trabajo de Larrañaga en el contexto de la
época en que fue escrito, no podemos dejar de apercibirnos de que es un fiel
reflejo del estado de la ciencia en aquel entonces, cuando el acopio de
materiales y su clasificación dieron lugar a numerosos estudios, muchos de
los cuales mantienen aún su vigencia. El “sabio” no perdía una visión
holística en sus estudios, siempre intentando correlacionar sus
investigaciones con otras en disciplinas que eran a veces distintas a la de su
especialización, y considerando las implicancias de sus conclusiones en otros
niveles o áreas del conocimiento. También fue un período muy fructífero en
cuanto al gran aporte intelectual de las investigaciones, en el sentido de que
en muchas ocasiones un enorme caudal de conocimientos era volcado por el autor
para proponer nuevas teorías, a veces controvertidas, que estaban dirigidas a
la explicación de fenómenos observados que no podían ser interpretados
mediante los dogmas vigentes.
Es precisamente esto lo que vemos en la Memoria; el planteo de un
mecanismo de evolución geológico nunca antes propuesto para esta zona,
basado en una miríada de observaciones propias y ajenas, de la época y de
tiempos pasados, y que cubren tres grandes disciplinas de la Historia Natural
como lo son la Geología, la Paleontología y la Zoología.
A través de la lectura de este trabajo vislumbramos varios aspectos de
Larrañaga como hombre de ciencia; su preocupación por lograr una
organización y clasificación muy cuidadosas del material que llegaba a sus
manos, su respeto por los trabajos de otros investigadores, aún de aquellos
con los cuales no compartía la totalidad de sus ideas, su actualización con
respecto a los avances de la ciencia en el Viejo Mundo, admirable además dado
el relativo aislamiento geográfico y cultural que le implicaba el habitar en
estas regiones. Encontramos además a un investigador que confía en sus
observaciones y en su criterio, al punto de no dejarse influenciar por
reconocidos naturalistas como lo fue Cuvier, y que al mismo tiempo reconoce
que la parcialidad de su formación no le permite expresar opiniones con
propiedad en determinados temas. Finalmente, si bien la presente Memoria
es un borrador, resalta al leerla lo que de Pena muy acertadamente
describiría como “...la concisión y
galanura de su estilo...”, que lleva de la mano al lector a través de
sus perdurables páginas.
Odile
Volonterio TEXTO DEL MANUSCRITO
MEMORIA GEOLÓGICA SOBRE LA FORMACIÓN DEL RÍO DE LA PLATA DEDUCIDA
DE SUS CONCHAS FÓSILES, POR DON D. A. LARRAÑAGA, NATURAL DE MONTEVIDEO.
-ESCRITA POR LOS AÑOS 1819.
(Transcripción tomada de los Anales del Museo Nacional de Montevideo,
donde se publicó esta versión modernizada en cuanto al idioma con respecto
al original.)
En un país cuya historia se pierde un poco más allá de tres siglos,
y en el que nuestros padres no nos han dejado monumento ni vestigio alguno con
que llenar este gran vacío, parece que no nos queda otro medio que recurrir
á la Geología, esta moderna ciencia, que en tan cortos días ha hecho
descubrimientos brillantes sobre los grandes acontecimientos de nuestro globo.
No hay necesidad, pues, de recurrir á las fábulas, como lo han hecho
los más clásicos autores: nosotros podremos entretener á nuestros lectores
con más dignidad y más provecho suyo. Bastará recurrir á la naturaleza y
consultarla: ella nos pondrá de manifiesto ese libro, tan veraz como
interesante.
Pero, desgraciadamente, los objetos de esta ciencia se hallan aun en
nuestro país ocultos, y sólo podemos leer el rótulo de este gran libro. El
hombre avaro aun no ha encontrado en él indicios del objeto de su codicia y
no ha desentrañado todavía la tierra. Ésta tampoco presenta aquellas
irregularidades ó alturas que en otros países han sido tan fecundas para los
geólogos. Se advierten solamente algunas minas de conchilla, que apenas se
han escarbado en su superficie, y ellas son las que fijaron mi atención.
Véase aquí el resultado de mis investigaciones, que harán el objeto de esta
memoria.
En los primeros años de mi estudio, me dejé llevar de aquella manía
del siglo, ó mejor diré, de aquella inocente distracción de estudios más
serios, acopiando los testáceos más hermosos que nuestro país producía y
que de fuera podía conseguir. Ciertamente, una rica y bien ordenada
colección de conchas, encanta por su belleza y sorprende por su curiosidad:
se parece á un jardín bien surtido de flores, y no cede sino á una
colección de mariposas, con la ventaja de que éstas sólo tienen una
duración efímera, porque las estaciones y los insectos, en un país cálido,
acaban con ellas, y aquélla conserva siempre el esmalte y la viveza de sus
colores.
Había hecho un regular acopio de conchas, y hecha su enumeración,
advertí que eran más de lo que había creído prometían unos países
monótonos y unas aguas que ni bien son dulces ni saladas, y que alternaban en
su calidad según la inconstancia de los vientos.
Habiéndolas clasificado y encontrándolas casi todas nuevas en el
sistema de Linneo, procuré, á ejemplo de nuestro primer padre, darles
aquellos nombres que me parecieron más conformes al estado de esta ciencia.
Pero al mismo tiempo el sabio Matón leía en 1809 una memoria á la Sociedad
Linneana de Londres, en que describía unas conchas del Río de la Plata,
siguiendo el mismo sistema de su titular, y advertí que había hecho el mismo
juicio que yo en su extrañeza y novedad, dándoles también nuevos nombres.
Él se ha adelantado en su publicación y tiene derecho á que se
conserven éstos y no los míos. Describe su memoria siete especies de conchas
y caracoles, cuatro bilabiadas (conchas), y son la Mya
labiata, volumen X de las Transacciones de dicha Sociedad, pág. 325, tab.
XXIV. Pero esta bivalva no debe de ningún modo colocarse entre las Mya,
después de las desmembraciones que ha padecido este género. En esta familia
establecida por Cuvier, sólo deben colocarse aquellas bivalvas que, á más
de otros caracteres, tengan sus extremos más ó menos entreabiertos, y según
confesión del Sr. Matón “valvae sunt obtusissimae”. A más de esto, la valva inferior
está como partida en su charnela y en su fondo se halla la cavidad ó faveolo
del ligamento. Creo, pues, que debe hacerse nuevo género con el carácter
siguiente:
MATONIA ANTIGUA Testa subovalis transversa
inaequilatera antice subrostrata, valvis sub-equalibus obtusissimus. Cardinio
deus alternus vulvae validus ascendens medio eritriangulum excavatus cum
faveolis lateralibus provisentions, denti lamilabelum anterius: hac aliquantum
minores alterium alterna magnae prominens: umbonibus acutum flexis
approximatis impressione musculari unica utriumque contigue faveolis pro
insertione, etc.1
Creería que podría ponerse después de la tellinas.
Pero consideradas las masas en su totalidad, se advierten ciertas
camadas de una ó dos pulgadas de grueso, que se distinguen unas de otras por
tener sus conchas más o menos conglutinadas y más o menos enteras. Uno de
estos trozos parece á primera vista sólo compuesto de la Mya
labiata: es más compacto y de fragmentos más menudos, teniendo todas sus
conchas calcinadas y harinosas. Pero examinándola con cuidado he advertido
una que otra univalva, que, aunque imperfecta y pequeña, parece acercarse a
la sérpula: yo creo sea un género
nuevo casi espiral, su boca comprimida y sus vueltas casi contiguas. No he
quedado satisfecho.
El otro trozo es compuesto por mitad de la misma Mya y de una especie de ostra con su base muy prolongada, que ha
desaparecido de estos mares; he encontrado en él una bocina enterísima y
sobre una ostra un pequeño balano.
En este trozo las conchas todas se hallan vestidas por una incrustación que
preserva el módulo de ellas: presenta muchos vacíos. Las ostras casi
enteras; pero todas las valvas separadas.
Todas estas conchas son marinas y las más han desaparecido del mar
inmediato. ¿Quién ha formado, pues, estos grandes depósitos que se
extienden al Oeste de esta Capital y quizá lleguen hasta la boca del Paraná?
Véase aquí una cuestión bien fácil para un geólogo y cuya resolución
parecerá ridícula para los que no están versados en esta ciencia.
Que el mar ha cubierto toda la superficie de la tierra y á un mismo
tiempo, según lo dice Moisés, ya no puede negarse. Ulloa encontró conchas
fósiles en el Perú á más de 14000 pies sobre el nivel del mar, y el
laborioso Humboldt las ha encontrado en nuestra América á tan grandes
alturas, á donde no pudieron llegar las aguas sin inundar todo el globo....
Las catacumbas de París y las canteras de cal de las cercanías han puesto
este punto fuera de toda duda. Los geólogos admiten otras inundaciones
parciales en ciertos terrenos que se distinguen por sus diferentes compuestos.
Cuvier y Brongniart en las dichas canteras, y Hericat y Thury en las
catacumbas de aquella nueva Roma, con la antorcha de la Anatomía comparada en
la mano, con las luces que suministra la zoología, han distinguido once
formaciones parciales y más de setenta camadas que alternan por sus
compuestos marinos y fluviales. Pero, lo más extraño para aquellos sabios,
lo más interesante para los americanos del Sur, es haberse encontrado en
aquellas diferentes formaciones, muchos mamilares que sólo tienen afinidad
con los de la América del Sur y en particular con los del Río de la Plata.
Nuestro tapir o anta, Urce Didelphis
ó comadreja, nuestros Myrmecophaga
Bradypos ó perezoso y hormigueros, y nuestros cuises, tienen también sus
representantes en aquellas remotas partes del globo.
Estas formaciones tienen también sus terrenos análogos en otros
reinos de Europa. M. Webster leyó una memoria muy interesante, que se ha
publicado en el segundo volumen de las Transacciones de la Sociedad Geológica
de Londres, en que presenta igual serie de formaciones en Inglaterra.
Pero nosotros no creemos necesarias tan repetidas revoluciones y
grandes catástrofes del globo, para la explicación de estas formaciones,
como quieren Cuvier y Brongniart; así porque se advierte en ellas alguna
mezcla simultánea de producciones marinas y fluviales, como porque suponiendo
por una sola vez, dice Thury que el mar ocupó aquellos terrenos, las aguas
dulces que ocuparon su lugar pudieron ir haciendo diferentes depósitos de
estos residuos del mar.
De un modo igualmente sencillo, y aún más natural, podemos explicar
la formación de estas capas de conchilla marina, que se encuentran en nuestro
país, en las riberas de este gran río.
Yo pudiera recurrir a una causa lenta y silenciosa general, que hace
retirar los mares de ciertas costas y avanzar sobre otras. Yo pudiera
preguntar si esa misma causa que con tanta lentitud obra sobre la acción de
los equinoccios, no podría obrar sobre la situación de los mares. Yo podría
preguntar si conocemos bien cuáles o cuántos son los agentes que causan las
mareas, y si éstas no tuvieron en otro tiempo mayor actividad. Yo pudiera
preguntar si esos fluidos generales que conocemos: el calórico, la luz, la
electricidad, el galvanismo, ó si las atracciones y afinidades y
gravitaciones y otros principios que se van descubriendo todos los días, no
fueron en otro tiempo más enérgicos ó si no hay alguna insensible
disminución y más inacción hacia las otras esferas; ó si no tuvieron, á
lo menos, más vigor antes del diluvio que el que tienen ahora. Ello es cierto
que el hombre entonces era más enérgico, nos dice Moisés, y vivía diez o
doce tantos más. Tengamos más consideración con los libros sagrados,
medítense con reposo, y se encontrará mucha luz para explicar los fenómenos
que parecen incomprensibles.
Pero yo prescindo por ahora de semejantes cuestiones.
Nuestras formaciones son parciales y no debemos por lo mismo recurrir a
causas generales.
Es verdad que debemos confesar que de cualquier modo que lo
expliquemos, siempre es necesario hacer desaparecer el Río de la Plata y
hacerlo posterior á esta formación; es decir, que el gran cauce que hoy
ocupa, era antiguamente ocupado por el mar. Nosotros creemos que la existencia
del Guazú es más moderna que la del Paraná, hasta cuya boca á lo menos
llegaba el mar. Creemos que esta barra y estos grandes bancos de arena é
islas que las componen son un efecto de lo que vemos en todas las bocas de los
ríos al encontrar con él. Es bien sabido que las arenas que se arrastran por
las fuerzas de sus corrientes, al chocar con las aguas del mar pierden su
impulso y se precipitan por su misma gravedad; y así es que en todas las
bocas en los ríos encontramos barras ó bancos de arena y otras materias
aluviales que se extienden más ó menos según la mayor ó menor cantidad de
sus aguas y la naturaleza de sus terrenos.
Desde luego se viene á los ojos esta cuestión muy importante: ¿cómo
un caudal de agua tan inmenso como el que ocupaba esta parte del Atlántico ha
podido ceder al impulso del Paraná y retirarse cerca de dos grados al Este?
Toda teoría que anticipemos á la observación parecería muy atrevida.
Debemos, pues, primero exponer los hechos, y nada importaría que no
supiésemos explicarlos. Yo muevo á mi antojo la mano con que esto escribo é
ignoro absolutamente todos los pormenores con que esto se hace. Observamos un
flujo y reflujo periódicos en las aguas del mar, y que poco felices han sido
los físicos en sus teorías! ¿Qué es, pues, lo que nos enseña la
experiencia de todos los siglos?
La lengua de tierra sobre que Alejandro edificó su gran ciudad no
existía en tiempo de Homero, el Nilo ha reducido el cabo Mercotis á casi
nada; Rosetta y Damieta que ahora menos de mil años estaban sobre el mar,
distan hoy dos leguas de él; el Rhin, el Po, el Arno, en pocas centurias han
depositado en sus bocas tantas materias aluviales que forman largos
promontorios; Venecia no puede, á pesar de sus muchos esfuerzos, conservar
los lagos que la separaban del continente; Adria, que daba nombre al
Adriático y que ahora veinte siglos era su único puerto, dista en el día
seis leguas del mar. Según el cálculo de M. de Prony, del instituto de
Francia, el Po avanza anualmente 229 pies, 7 pulgadas y 9 décimos. ¿El Río
de la Plata conserva acaso el mismo fondo que antes? ¿No se ha cegado ya una
boca del Riachuelo? ¿El puerto de Montevideo no ha disminuido el fondo y
está lleno de lodo? ¿Hay acaso puerto alguno que no pida limpiarse de tiempo
en tiempo? ¿Cuánto más abrigados son los puertos no son mayores las
deposiciones fluviales? ¿Qué labrador, por rústico que sea, no ha observado
que el arroyuelo que divide su terreno le ha robado algo de él para darlo á
su vecino, y que por otro lado le sucede todo lo contrario? Confesemos que el
Océano, por grande que sea, es un cobarde, que el menor grano le detiene, y
que el triunfo en estos grandes choques siempre está por los ríos que tienen
a su disposición arsenales copiosos de esta arma, al parecer tan
despreciable.
No deberá, pues, extrañarse después de todo esto, que yo suponga que algún tiempo estuvieron lejos del Océano el cauce de este gran río y aquella por lo menos de sus riberas que están al mismo ó menor nivel que los depósitos de conchilla que observamos; y que los lugares que hoy ocupan las dos bellas ciudades del Argentino, Buenos Aires y Montevideo deben al gran Paraná ser hoy lo que son, así en lo físico como en lo político, hallándose ambas rodeadas por todas partes de estos monumentos antiguos de su inmersión. Si, como hemos visto, unos pequeños ríos han conseguido triunfos tan señalados del mar, ¿cómo no deberá éste humillarse á presencia del majestuoso Paraná, que tiene por tributarios suyos muchos superiores en orden á los ya mencionados? Y si ahora, en nuestros días, dice Cuvier, hacen tales estragos, ¿cuáles serían, y qué violentos, cuando tenían á su disposición mayor cantidad de materiales que les suministraban las montañas? ¿Y qué diría, pregunto yo, si hablase de estas grandes montañas que forman, digámoslo así, la espina dorsal del Universo? ¿Y qué si suponemos que nuestro Paraná y todas sus ramificaciones han aumentado el caudal de sus aguas, existiendo en comunicación con él los innumerables lagos que se suponen en los tiempos primitivos y de que abundan particularmente aun ahora esas inmensas llanuras.
Yo creo que los efectos que observamos casi no corresponden á su gran
poder, y que á no abrirse ya enfrente del Río Santa Lucía el Cabo de San
Antonio y presentarse enteramente flanqueado á las grandes masas de aguas del
Antártico, debió Montevideo hace mucho tiempo el disfrutar de las delicadas
aguas del Uruguay ó á lo menos de Santa Lucía, de que nuestros venideros
disfrutarán. Nada impedirá con el tiempo que las corrientes que vengan sobre
la costa del Norte conserven su buena calidad, así como ha observado Humboldt
que las aguas del Pacífico sobre la costa Occidental de nuestra América que
viene de la zona fría, conservan su temperatura aun entrando en la tórrida
de Lima. Casi siempre se notan en el mar varias fajas que aun corriendo
grandes espacios conservan color distinto, como si fuesen ríos que surcan el
mismo Océano.
Los filósofos superficiales salvan desde luego toda dificultad
recurriendo á grandes y repetidas revoluciones en el globo, y quieren para
esto dar á la tierra una antigüedad que no han encontrado los grandes
maestros de esta ciencia. Yo soy de opinión, dice Cuvier, en su ensayo sobre
la teoría de la Tierra, párrafo 34, con M. Deluc y M. Delemieu, que la
época de una grande y repentina revolución de nuestro globo no puede datarse
más allá de cinco ó seis mil años. Mientras yo, pues, no advierta más
depósitos que los que aparecen sobre las riberas del Río y de una naturaleza
aluvial y de las más modernas, no creo necesario recurrir á otros agentes
para dejarlo en seco y fuera del mar. En el interior del país, al menos á la
ribera izquierda, casi todas sus rocas son de las que los geólogos llaman
primordiales, bajo las que jamás se han encontrado semejantes depósitos
aluviales. El gneis forma la base de Montevideo; la diabase es el material de
su cerro principal y de sus subalternos; el granito de feldespato rojizo es lo
que más domina en la campaña al oriente de su gran cuchilla, en cuya parte
prevalece más la mica, mientras que en la occidental y en las cercanías del
Río abunda en su lugar el amphybolo. Los esquistos micáceos, arcillosos, su
gres y aun la piedra calcárea están exentos de todo cuerpo orgánico, y no
sus esquistos mármoles, entre ellos el sacarino granuloso de un orden
primordial. El sabio naturalista prusiano M. Sellar ha confirmado mis ideas y
no ha podido encontrar hasta ahora roca ninguna con cuerpos organizados, ni
testigo alguno volcánico. Igual observación ha hecho en el Brasil.
Los depósitos que hemos visto más distantes del Río de la Plata son
los de Santo Domingo Soriano; los que rodean á Montevideo y siguen su costa
están separados unas 500 varas de la orilla del mar; los que se hallan hacia
la Ensenada, en las lomas, me aseguran que distarán como dos leguas
solamente. Para retirar, pues, el mar de estos lugares, bien se deja de ver
que nuestro Paraná ha tenido bastante poder; y lo mismo debemos decir del
Uruguay por lo que pertenece á Soriano, Vacas y Huérfanas.
Tres son las únicas formaciones que yo he encontrado en estos
depósitos y todas me parecen de un origen no muy antiguo en los principios
geológicos. La piedra de más antiguedad de todas me parece ser la roca que
se halla en una ensenada poco distante del Cerro al S.O.
De la primera formación me parece un gris calcáreo compuesto de
granos de cuarzo redondeados, unos muy brillantes y diáfanos, otros algo
rojizos y transparentes, con igual porción de fragmentos de conchas, tiernos
y menudos, que no pueden determinarse. Sirve para edificar y se han hecho de
él las gradas y las volutas de los capiteles jónicos del frontispicio de la
Matriz de Montevideo. Quemada esta piedra da una cal muy blanca, pero que
admite apenas otro tanto de arena. Esto no obstante, se podría sacar un buen
partido de ella: estando tan próxima y pudiéndose conducir por mar, debe
salir en más conveniencia, aun cuando sea necesario el duplo para igualar á
la que viene en carruajes á tanta distancia de la ciudad.
La segunda formación es aquella en que se encuentra la Mya labiata, y á ella pertenecen todas las que actualmente se
hallan en ambas riveras del Guazú; es decir, las de la Ensenada, Riachuelo y
Costa para San Isidro, Calera de los Padres de San Francisco y los de la
ribera opuesta, cuales son las de Huérfanas, de las Vacas, y las de Santo
Domingo Soriano; las que todas tienen por componente principal esta concha, y
con ella naturalmente entrarán las otras, como lo observamos en la que
tenemos por delante.
La tercera formación es la de los Mytilus
ó mejillones; y á ella pertenecen las que se hallan al contorno de
Montevideo y siguen la costa para Maldonado, é ignoro sus límites.
Son tan características estas conchas de dichas formaciones, que ni
una sola Mya he encontrado en la de
los Mytilus y ni un Mytilus en la formación de las Mya;
las demás conchas son comunes á ambas formaciones en más ó menos cantidad.
Pero aquí se presenta una gran cuestión que no sabemos bien decidir:
¿Cuáles son las primeras que han habitado este gran río: las Mya o los Mytilus?
Como ambas especies viven actualmente en Montevideo en mucha abundancia, ¿por qué la primera no entró en la segunda formación? De las otra partes componentes más o menos accesorias, es más fácil su explicación de no hallarse en la segunda, porque efectivamente han desaparecido de estas inmediaciones, y pudieron haber desaparecido antes de la segunda formación.
Después de muy largas y profundas meditaciones, me he decidido a creer
que la especie de Mytilus que
actualmente vive en Montevideo no es la misma que se encuentra en sus
fósiles. Conozco tres especies de Mytilus
en nuestra costa hacia Maldonado, tan parecidos unos a otros, que es necesario
que sus piezas ó valvas estén enterísimas para poder distinguirlas, y esto
no se consigue entre las fósiles. Con todo, por su tamaño, por su espesor,
por sus costumbres y algunos otros accidentes, tiene ésta mucha semejanza con
las que actualmente viven sobre Maldonado y en aguas perfectamente saladas que
no entran en Montevideo. Haciendo, pues, esta suposición, que la creo bien
fundada, tenemos ya la clave para ordenar las épocas de las tres formaciones
antedichas.
Los depósitos que hay entre el Cerro y el Río de Santa Lucía son
formados por los dichos Mytilus que
ahora no entran en Montevideo, y perecen en agua dulce y también en algunas
conchas marinas. Siendo estas conchas tan delicadas en la calidad del agua en
que deben vivir, no bien el Río Santa Lucía avanzó algún tanto sobre el
Océano y derramó sus aguas que se deslizaron por la costa Norte, poco más
de una legua hacia el Cerro, perecieron los innumerables habitantes testáceos
que ocupaban estas grandes ensenadas; las enormes masas de agua que vienen del
Océano con el viento Sur, las arrojaron sobre las rocas de granito ó gneis
sobre que descansan, y mezclándose con la gran cantidad de arenas de su
costa, formaron con el tiempo estas rocas de aluviones, compuestas de
partículas de concha e igual cantidad de arena. El que haya observado á
Santa Lucía, poco antes de entrar en el mar, advertirá que sus barrancas ó
riberas primitivas distan de su actual cauce á lo menos una legua; lo que
supone que este río ha tenido con el tiempo sus novedades y que el mar ha
entrado en él hasta muy arriba en la época en que vivían pacíficamente los
testáceos que forman ahora estas rocas. Nada más natural que, á más de sus
depósitos aluviales que con el tiempo ha formado como unos grandes diques
contra el Océano, haya aumentado sus aguas ramificándose hasta los lagos
contiguos y en grandes avenidas causadas por lluvias extraordinarias ó riadas
favorecidas por las continuas bajamares, haya salvado ese corto espacio.
Véase aquí también ya el origen de la segunda formación, debida al
mismo Santa Lucía y demás arroyos que entran en este Puerto.
Todas en épocas muy distantes aumentan sus depósitos; prevalecen
sobre el mar, y mezclando sus aguas dulces con las saladas, perecen también
los testáceos puramente marinos que son arrojados sobre la costa y forman
estos depósitos.
Esta teoría toma mayor vigor, si advertimos que la masa principal de
esta segunda formación y muy probablemente también de la primera, es de
conchas fijas y adherentes á las rocas que viven por familias y que no pueden
á su arbitrio desprenderse para buscar lugar más a propósito, y aguas más
saludables y más análogas a su constitución física, sino que
miserablemente perecen en cualquier trastorno que acontezca, bien sea quedando
en seco ó bien cambiando su calidad el elemento en que viven y á que estaban
habituadas.
Tales son los mitilos, las ostras, las patelas, los pisuroles y las
crepídulas que abundan en esta formación, siendo raros los toronzos, las
bocinas y los murices y volutas que como libres pudieron huir é internarse al
Océano, donde se hallan actualmente.
La tercera y última época es la de las Mya.
Éstas parece que se han internado en el actual Guazú en época más
reciente, después que sucedieron estos grandes acontecimientos sobre
Montevideo, y por esto es que no se hallan con estas primeras formaciones, á
pesar de que en las últimas forman el principal componente.
Pero ocurre aquí también una cuestión muy grave. ¿Cómo es que Santa Lucía avanza sobre el Océano y no lo consigue el Paraná hasta una época muy distante en que pueden prevalecer y abundar tanto las Mya como lo vemos por sus depósitos que ocupan ambas riberas del actual Guazú? ¿No es el Río Santa Lucía un pigmeo respecto del Paraná? Sin duda. Pero considérese que los ríos no avanzan solamente sobre el Océano por el empuje de sus grandes columnas de agua, sino principalmente por las arenas y depósitos aluviales. ¿Quién tiene a su disposición mayor copia de materiales? ¿Quién los tiene más inmediatos? ¿Quién tiene un declive más violento? ¿Quién pudo más pronto abrir su comunicación con los lagos? Considérese, pues, la naturaleza de ambos terrenos y será muy fácil la resolución de este gran problema. Por otra parte, la distancia que tienen que avanzar las aguas de Santa Lucía es cortísima respecto de dos grados que tienen que caminar las aguas del Paraná, en quien pudo entrar mucho más alto el Océano por su poco declive. En este caso (lo que creo factible y que las observaciones posteriores podrán decidir), después de arrojado el Océano del Paraná, debió pasar mucho tiempo para arrojarlo del Guazú, donde dilatándose perdió mucho de su fuerza; de aquí es que el Océano no haga una gran demora sobre su boca.
1.
Esta diagnosis latina ha sido tomada de la Revista de Ciencias y Letras, de Buenos Aires, donde se publicó por
primera vez. Los errores que el lector encuentre serán del copista primitivo,
por más cuidado que haya puesto el señor Domingo Lamas* en la transmisión
del texto latino. No ha habido tiempo de consultar éste en el original de
Larrañaga. * Domingo Lamas “se tomó la molestia de
buscar y hacer copiar de La Revista
el trabajo de Larrañaga” |
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