Setiembre-octubre 2008

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volumen quince número cinco
setiembreoctubre de dosmilocho

 

LA CONCIENCIA DE LA CIENCIA      

Entrevista con el epistemólogo social Steve Fuller

por José Gabriel LAGOS, editor de cultura de La Diaria

            versión ampliada respecto a la publicada allí el 30 de mayo


¿Adónde nos lleva la tecnociencia? ¿A un mundo donde cada cual elija sus propias mejoras genéticas? ¿O a uno en que el Estado las controle? ¿Pueden los estudios humanísticos incidir en ese rumbo?


Desde el miércoles hasta hoy tiene lugar el VI Encuentro de Filosofía e Historia de la Ciencia del Cono Sur, que por primera vez ocurre en Montevideo. Entre los expositores internacionales del evento (Newton Da Costa, Hugh Lacey, Javier Echeverría), sin dudas el nombre más conocido para los no especialistas es el del norteamericano (establecido en el Reino Unido) Steve Fuller. Presentado por Lucía Lewowicz, presidenta del comité organizador local, como el enfant terrible de la Filosofía de la Ciencia, este sociólogo y filósofo norteamericano captó la atención de los medios masivos gracias a su participación en “por lo menos dos” debates intensos que excedieron el interés académico (ver recuadros). En la ponencia que presentó en el congreso de AFHIC, “¿Hemos perdido el argumento? ¿Qué es esta ‘ciencia’ cuya historia y filosofía queremos captar” abogó por la vuelta de la perspectiva histórica en la reflexión sobre la ciencia y por la recuperación del proyecto de una ciencia unificada.

 

-Usted nombra de manera general el campo en el que trabaja como Estudios sobre Ciencia y Tecnología (STS, Science and Technology Studies). ¿En qué es distinto a la Filosofía de la Ciencia?

-Los STS son un campo interdisciplinario compuesto por la historia de la filosofía, la sociología de la ciencia y la tecnología, que en los últimos años ha incorporado a investigadores de estudios culturales, de economía, de psicología, y en general, a cualquier disciplina que pueda extraer sentido acerca de la naturaleza de la ciencia y la tecnología en la sociedad, ya que es de eso de lo que se trata el campo de estudios. En el mundo hay algunos doctorados en la carrera, pero todavía no está institucionalizada del todo, aunque ha estado funcionando desde hace alrededor de 30 años.

 

-A su vez, usted es uno de los fundadores de la Epistemología Social. ¿Cuál es el lugar de esa disciplina dentro de los STS?

-Los que comenzaron con los STS, a finales de los 60 y los 70, eran muy críticos acerca de la manera en que la ciencia y la tecnología eran practicadas en la sociedad. Esa dimensión crítica obviamente tenía un carácter normativo, o sea, una visión sobre cómo debería ser la ciencia, adonde debería dirigirse nuestra sociedad en esta especie de etapa científica. La epistemología social lleva adelante este tipo de cuestiones tomándose muy en serio el hecho de que para tener respuestas relevantes, o sea, que se dirijan a asuntos fundamentales sobre valores y normas, uno tiene que estar empíricamente informado acerca de la naturaleza de la ciencia, esto es, entender cómo era la ciencia en el pasado, y también cómo es en el presente. Ese conocimiento opera como datos sobre los cuales podemos elaborar políticas, recomendaciones, y reflexiones acerca de cómo hacer que la ciencia funcione más adecuadamente en la sociedad.

 

-La publicación de Thomas Kuhn: A Philosophical History for Our Times (2002), donde critica el trabajo de Kuhn desde una posición de izquierda, le dio notoriedad internacional.

- Kuhn es el más influyente de los teóricos de la ciencia de la segunda mitad del siglo XX. Transformó muchas posiciones que tomaban a la ciencia por algo único o especial, en atención a temas como objetividad, racionalidad, neutralidad y cosas de ese tipo. Abrió un campo muy influyente en los STS, porque es uno de los que nos permitió ver a la ciencia como una actividad social más, no especialmente privilegiada. Eso está bien, pero el problema es lo que Kuhn valoraba de la ciencia, que básicamente son sus aspectos conservadores. Para él, sólo hay ciencia si hay un paradigma y un paradigma es básicamente una manera unificada de entender un dominio de fenómenos (una teoría abarcadora, métodos oficiales para estudiar los fenómenos). Su mejor ejemplo es la mecánica newtoniana, donde hay una teoría que habla acerca de toda la realidad física, que da cuenta de cómo hacer investigaciones en el área en términos de experimentación, uso de la matemática y demás, y deja problemas abiertos para su resolución dentro de esos límites iniciales. Ésa es la ciencia normal. Ahora, esta idea de la ciencia va en contra de la idea del científico como un radical o un revolucionario que desafía los puntos de vista dados por supuestos. Antes de Kuhn, si uno preguntaba qué clase de persona era un científico, se pensaba en Galileo: desafió a la Iglesia, a las convenciones. Pero éste no es el punto de vista de Kuhn. Para él, en la ciencia se llega a momentos radicales y revolucionarios sólo después de que no se pueden resolver problemas con los métodos anteriormente tomados como norma. En otras palabras, crítica y revolución son el último recurso; sólo ocurren cuando no se puede ir más allá con el paradigma.

 

-Una posición conservadora.

-Exacto. Y lo que pasa después de la revolución es que se reconstituye la disciplina, por lo que se olvida lo ocurrido antes de que ocurriera la revolución. Así que Kuhn tiene esa visión de que la historia de la ciencia debe ser alejada de las ciencias, porque él creía que si los científicos conocieran la verdadera historia de la ciencia y supieran cuántas cosas radicales se hicieron en realidad, o cuán poco acuerdo hubo en algunos temas, entonces los científicos no estarían realmente motivados para dedicarle el tiempo suficiente al trabajo técnico minucioso que la ciencia requiere. Y para Kuhn, la ciencia era justamente ese trabajo técnico detallado, y la única manera de estimularlo era haciendo creer a los científicos que eran parte de ese gran proyecto que es continuo y no presenta cambios radicales en el medio. Eso es lo que hace a Kuhn un conservador: no quería alentar a los científicos a ser críticos o a repensar las bases de su disciplina. Por eso para él la filosofía tenía que estar afuera de la ciencia.

 

-En su ponencia usted denunció una serie de procesos que atentaron contra la unidad de las ciencias, que en sí sería un proyecto socialista y deseable.

-De alguna manera, la ciencia es el proyecto por el cual la humanidad como un todo se vuelve consciente de sí misma. Ésa es una idea del siglo XIX, y creo que es lo que Comte compartiría con Hegel, Marx y otros. Yo creo que tenemos que recuperar esa idea. Si no, lo que ocurre es que la ciencia va en la dirección, cualquiera sea, en la que va el financiamiento, como pasa hoy. En el pasado, digamos antes del fin de la Guerra Fría, cuando el Estado era el principal financiador y director de la ciencia, se llevaba adelante una especie de versión en miniatura de este proyecto socialista: “la ciencia va a beneficiar a nuestro pueblo, y queremos que todos estén bajo el mismo paraguas”. Pero ahora, con el debilitamiento del Estado y la universidad, y la apertura a las fuerzas del mercado, la ciencia también ha perdido su dirección y se está volviendo simplemente un instrumento del poder, acompañando su dirección.

 

 -Una muestra de esto sería el auge de fondos para la biología, que es diversa y tiene aplicaciones comerciales inmediatas, y el abandono de la física, que lideraba el proceso de unificación de las ciencias.

-Esta movida hacia la biología no la ha abarcado completamente: las áreas más tradicionales, asociadas con la ecología y el trabajo de campo, no están obteniendo muchos fondos, pero sí las ligadas a la biotecnología y la industria farmacéutica. Ésas son las áreas de la biología en las que se piensa cuando se habla de tecnociencia, ese término que se ha vuelto tan popular en los círculos políticos y académicos. Creo que lo que muestran es el grado en el que la ciencia se ha vuelto una herramienta de producción de riqueza, pero no necesariamente para la sociedad como un todo, sino para aquellos que tienen alguna inversión financiera en aquellas corporaciones que financian la investigación. Tal vez también algunos consumidores se benefician con la tecnología, pero sólo los que son capaces de pagarla. Por ejemplo, la investigación en la industria farmacéutica no está distribuida en forma pareja entre las distintas enfermedades, sino concentrada en las preocupaciones de aquellos con mayor capacidad de pago. Este sesgo ocurre dentro de la biología, por lo que vemos que no sólo es desunificada y diversa, sino que también está sesgada en ciertas direcciones.

 

-¿Ve a su trabajo como una fuerza que puede operar en la reunificación de las ciencias, que en definitiva sería una redefinición de adónde queremos ir como sociedad?

-Sí. Y en esto creo que conocer la historia se vuelve importantísimo. En particular, la historia de nuestro propio campo, porque este tipo de visión es lo que permitió el surgimiento de nuestro campo, y es una visión que hoy se ha perdido. Hay que revisitar muchos de los proyectos del siglo XIX, no por curiosidad, sino porque podemos aprender algo de ellos. Por ejemplo, Auguste Comte, el fundador del positivismo y probablemente la figura más importante en esta historia, tuvo como mayor influencia a Saint-Simon, uno de los socialistas utópicos. Éste escribió, a principios del siglo XIX, un escrito político titulado La reorganización de Europa, donde proponía una sociedad del conocimiento, algo de lo que hablamos continuamente hoy en Europa. Sus ideas son muy parecidas a la concepción de tecnologías convergentes, una tema muy importante por estos días: unir nanotecnología, biotecnología, ciencias cognitivas y tecnología de la información, de modo que puedan mejorar la condición humana. Bueno, todo esto ya estaba en el plan original; por supuesto, la tecnología era menos avanzada entonces, pero la idea básica era la misma, y la fundación de los grandes institutos politécnicos en Francia estaba dirigida a este fin. Me parece que recuperar ese tipo de ideas, pensar en sus aciertos y errores, y usarlas como base para repensar nuestro proyecto, sería un rol muy productivo para la filosofía y la historia de la ciencia hoy.

 

-En la carrera por mejorar las capacidades humanas hay diferencias entre el proyecto estadounidense y el de la Unión Europea.

-Sí, la rivalidad es patente en cuanto al proyecto de tecnologías convergentes, que ha sido priorizado tanto por la US National Science Foundation como por la European Science Foundation. Ambos tratan sobre el futuro de la ciencia y la sociedad, por lo que no se trata de financiar investigaciones inmediatas, sino de cómo va a ser el panorama general. En el caso norteamericano, la idea es, ante todo, dar empleo a ciertos científicos, porque con el vuelco de la física a la biología hubo habilidades científicas que se volvieron más útiles, y las tecnologías convergentes darán empleo a muchos físicos y químicos, que actualmente tienen problemas para conseguir trabajo (por ejemplo, la nanotecnología no es sino un “cambio de marca” de la química, es lo mismo con otro nombre ). Ahora, en EEUU el foco está en la posibilidad de mejorar a individuos, entendiendo que cada cual podría elegir hacerse mejoras genéticas, o tal vez mejoras informáticas, para superarse personalmente. Eso estaría permitido como una actividad basada en el mercado.

 

-O sea, en EEUU se piensa en consumidores que van a decidir qué transformaciones genéticas hacerse a sí mismos.

-Sí, más o menos como las pastillas para mejorar el rendimiento intelectual que los estudiantes toman para los exámenes. Hay variantes más penetrantes, por ejemplo, la neurología estética, basada en el modelo de la cirugía estética, con la que sería posible “afinar” las neuronas para verse más presentable no física, sino intelectualmente. En cambio, los europeos piensan distinto sobre esto. Allí la preocupación principal es la sobrecarga del sistema de seguridad social, por lo que se quiere volver a la gente capaz de trabajar más años y menos proclive a enfermedades. O sea, se trata de políticas de trabajo y salud. Si se cumplen, se podrá elevar la edad de jubilación, ahorrándose gran cantidad de dinero en pensiones. Llevar la edad de jubilación hasta los 70, que la gente trabaje más tiempo y produzca más riqueza quizás ayude a aliviar las cargas sociales en Europa, donde la gente vive más pero no necesariamente más productivamente.

 

-Como norteamericano que trabaja en Europa, ¿qué camino le parece mejor?

-Creo que en general es un desarrollo positivo, mientras no se mercantilice. En lo que estoy con los europeos es en la necesidad de que el Estado tenga control del proceso, y que no se vuelva un mercado libre. Si se vuelve científica y comercialmente viable disponer de tratamientos de mejora, tendrían que ser incorporados a los servicios de salud pública. No se lo puede abandonar a la experimentación del sector privado. En este tema, soy uno de los que cree que el sector público tiene que experimentar un poco,  pero con una cláusula de garantía. Es decir, la salud pública puede darte acceso barato a píldoras para acelerar tu cerebro a precios relativamente bajos, pero si hay efectos secundarios, si te causan problemas, también se hará cargo de tu tratamiento. Porque no se conocerán las consecuencias reales de mejoras genéticas hasta que la gente las pruebe.

 

-La industria del entretenimiento, sobre todo la norteamericana, está haciendo que las mejoras genéticas se vuelvan más aceptables.

-En los dibujos animados y en los videogames los niños están todo el tiempo siendo expuestos a criaturas que son sólo en parte humanos: hay cyborgs, entidades híbridas de todo tipo. Hay estudios que muestran que los niños son más abiertos a ese tipo de  entidades -y quizás también a volverse ellos mismos esas entidades- que los adultos, que normalmente no miran esos programas ni juegan a esos juegos. Esa diferencia generacional va a ser muy importante, porque podría significar que en los próximos veinte años vamos a presenciar un agudo incremento de la aceptabilidad de las mejoras personales diseñadas en laboratorios. Para entonces, el asunto va a ser cómo regularlas, no cómo detenerlas. No van a parar, ya están acá y nuestros niños están acostumbrados a ellas. El problema es cómo seguimos adelante de manera responsable.

 

-Usted ha tenido buena atención mediática. ¿Le parece que los académicos tienen el peso social que deberían ?

-Creo que en general la vida intelectual está bien, pero no en la  universidad, que se ha vuelto una institución debilitada. La gente tiene que autojustificarse académicamente en cuanto a financiación, a lo que pueden producir para clientes en su mayoría no académicos y privados. En esas circunstancias, no se tiene la autonomía necesaria para desarrollar el espíritu crítico. Los académicos podían ser intelectuales en el pasado porque podían decirle la verdad al poder sin temor a perder sus trabajos. Podían ser ignorados, confrontados, podían no aumentarles el sueldo, pero no despedirlos. Ahora te pueden despedir, o, lo que es más común, no te renuevan el contrato. Entonces, cada cual está más preocupado por mantener su trabajo publicando artículos en publicaciones técnicas...

 

-Sin incidencia en la opinión pública

- Exacto. Sin embargo, la vida intelectual en Europa es muy buena, pero la alimenta gente de afuera de la academia, aunque educada académicamente. Por lo menos, la academia prepara a las próximas generaciones de intelectuales. En Europa hay televisión y radio de alta calidad cultural, especialmente en cuanto a divulgación científica, porque como en la física y la química hay menos trabajo, muchos científicos de esas áreas se dedican a la comunicación. También entre mis estudiantes, los más exitosos se abrieron camino en los medios masivos. Como resultado ha subido el nivel de conciencia pública sobre asuntos de ciencia y tecnología. Eso significa que la audiencia se involucra más, y hay más críticas hacia la ciencia. Eso pasa hoy en Gran Bretaña, y es bueno.

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-La respuesta tardía Sokal

-Fuller fue uno de los testigos privilegiados del llamado “asunto Sokal”, que afectó la relación entre los teóricos provenientes de las humanidades y los científicos. Lo que hizo el físico Alan Sokal fue enviar un artículo deliberadamente carente de sentido para su publicación en Social Text, por entonces la más prestigiosa revista académica norteamericana de estudios culturales. Sus editores fueron incapaces de detectar los disparates científicos que Sokal había plantado (según éste, debido a su habilidosa imitación de la jerga de la revista) y lo publicaron en la edición de la primavera boreal de 1996, en un número dedicado a las “Guerras de la Ciencia” donde también había una contribución de Fuller.

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-¿Debilitó el “engaño de Sokal”  los estudios humanísticos sobre las ciencias?

-Viéndolo después de doce años, creo que los STS se han vuelto mas “modestos”, o “autocontenidos”, sí. Sin dudas empantanó el área. Se ve, por ejemplo, en la creciente aprobación que los del STS buscan en los científicos, y también en un alejamiento de las posturas más radicales en cuanto al construccionismo social. En eso, ha sido decepcionante, y sin dudas el campo ha perdido filo crítico. El gran error que cometimos entonces fue haberle concedido a Sokal autoridad sobre su engaño. En otras palabras: si uno es realmente un construccionista social, todo está construido socialmente, incluido el significado del texto de Sokal. Pero no respondimos de esa manera, sino que dejamos que él dictara sobre qué era su texto. Así que cuando le dijo al New York Times, “ja, esto es una broma”, lo tratamos como si fuera la interpretación correcta del texto.

 

-¿El asunto separó aún más a las comunidades científicas y humanísticas, en el sentido en que las refería CP Snow cuando hablaba de “dos culturas”?

-Bueno, hubo intentos desde los 60 a los 80 por acercar a las dos culturas, especialmente en términos educativos, y eso se ha revertido. Sin embargo, hay una pequeña diferencia: creo que los científicos ya no captan bien el valor de la ciencia. No creo que estas diferencias entre las ciencias y las humanidades sean de principios, como podía ser cuando CP Snow escribió en 1959. No es una diferencia cultural, como él decía, sino técnica. No veo a los científicos de esta generación muy “ideológicamente científicos”; en cierto sentido, Sokal es el último. Normalmente, cuando alguien hace una defensa dura de la superioridad científica, es un veterano. Ahora ocurre más bien a nivel técnico: la gente de ciencias y humanidades tiene distinto entrenamiento, hablan distintos lenguajes y les cuesta entenderse. Pasa también dentro de las humanidades: el trabajo interdisciplinario es pequeñísimo si se lo compara con la superposición de temas, porque hay jergas diferentes y hay orígenes distintos (es muy importante si tu disciplina se origina con Adam Smith o con Durkheim).

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Inspiración divina

En 2005 tuvo lugar el primer juicio contra la enseñanza de la teoría del Diseño Inteligente (opuesta a la de Teoría Evolucionista) en la secundaria pública norteamericana. El caso fue conocido como el juicio de Dover (por la localidad del liceo en cuestión) y Steve Fuller fue llamado como especialista por el jurado. Su testimonio sorprendió a muchos porque, siendo lo que en EEUU se considera una persona de izquierda, se manifestó a favor de la divulgación oficial de la teoría del diseño inteligente, ligada al creacionismo defendido por la derecha cristiana.

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-Me llamaron como testigo para rebatir a los filósofos e historiadores de la ciencia que había de la otra parte, así que mi primer paso fue aclarar si estos expertos representaban bien sus disciplinas al tratar de legitimar al darwinismo como posición única en cuanto a enseñanza sobre biología. Yo creo que es un error absoluto. Es más, dentro de la historia y la filosofía de la ciencia, el estatus del neodarwinismo no es tan fuerte como lo fue el paradigma newtoniano, es una construcción más débil. El asunto se volvió controversial porque el contexto era “qué vamos a enseñarle a los estudiantes”. Y yo creo que la mejor manera de enseñar ciencia es mirar la historia en su totalidad, y darse cuenta de las complejidades profundas que permanecen dentro de ellas. Aparte, es a través de la idea de Diseño Inteligente, que rastreo por lo menos hasta Newton y la revolución científica, a esa idea de que el mundo es una máquina, con Dios como Gran Mecánico y nosotros como pequeños mecánicos.

 

-No hay que olvidar entonces que la religión fue inspiración para la ciencia.

-En Europa, con el problema del Islam, ven al Islam por un lado y al fundamentalismo norteamericano por otro y a sí mismos como el espacio secular amenazado en el medio. Es una idea un poco paranoide, pero sobre todo improductiva, porque la religión ha estado detrás de la idea de que los seres humanos pueden entender la naturaleza de la realidad al nivel que somos capaces de hacerlo ahora. El detalle técnico con el que conocemos el mundo se debe a que creímos que el universo era inteligible: fue creado, entonces podemos entenderlo. Yo estoy a favor de textos de enseñanza aprobados científicamente, pero que muestren las raíces religiosas de la ciencia, como manera de estimular a los creyentes a trabajar en ciencia. Además, la explicación que hace el darwinismo de la actitud científica -curiosidad material, mejora de las condiciones materiales- no estimula  la Gran Ciencia, la ciencia heroica, la que nos hace preguntarnos por lugares del universo que no vamos a conocer; en cambio sí imaginarse un ser como Dios, porque inevitablemente nos lleva a ver el panorama total. De hecho, la Gran Física, como no tiene aplicaciones inmediatas, va a tener que justificar su financiación en el diseño inteligente.

 

"Con el debilitamiento del Estado y la universidad, y la apertura a las fuerzas del mercado, la ciencia ha perdido su dirección y se está volviendo simplemente un instrumento del poder"

"En veinte años, el asunto va a ser cómo regular las mejoras genéticas, no cómo detenerlas"

"Estoy a favor de textos de enseñanza  que muestren las raíces religiosas de la ciencia"

 


LIBROS RECIBIDOS

Beiser, Frederick C. (2002) German idealism; the struggle against subjectivism (1781-1801). Harvard University, Cambridge MA.

Beiser, Frederick C. (2006) The romantic imperative; the concept of German romanticism. Harvard University, Cambridge MA.

Brunetière, Ferdinand (1895) La science et la religion. Fermin-Didot, Paris.

Fermat, Pierre de (1891) Oeuvres de Fermat, publiées par les soins de Mm. Paul Tannery et Charles Henry sous les auspices du Ministère de l’Instruction Publique. Paris Gauthier-Villars (University of Michigan), Paris.
 

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Última Modificación: 17 de mayo de 2008