Suplemento julio-agosto 2003

Superior

hoja informativa de Galileo

publicación dedicada a

problemas metacientíficos

 

volumen diez

número cuatro b

  suplemento

julio-agosto de dosmiltres


SOBRE ASESINOS MALOGRADOS

WINDSCHUTTLE, Keith, The Killing of History: how literary critics and social theorists are murdering our past, San Francisco, Encounter Books, 1996, 372 pp.

 

El objetivo explícito de Keith Windschuttle con este libro consiste en mostrar que, “a pesar de todas las afirmaciones actuales en sentido contrario, la historia puede estudiarse de un modo objetivo y que no existen obstáculos filosóficos para buscar la verdad y el conocimiento sobre el mundo humano”. De modo general debe tenerse en cuenta que los argumentos propuestos apuntan más a la evaluación de tesis generales que al análisis de detalles; pero si carece de la calma necesaria para la exhaustividad analítica es por la convicción de estar asistiendo al derrumbe de la historia como disciplina, y por la urgencia con que se le impone la necesidad de intentar evitarlo.

La revisión comienza con las tesis del “nuevo historicismo” propuesto por Stephen Greenblat. Su énfasis en el contexto, en tanto crítico literario, no hace a los ojos de Windschuttle más que perpetuar virtualmente todos los supuestos antirrealistas que ya había hechado raíces dentro de la crítica posestructuralista de los Estados Unidos, y fundamento de la convicción de que los “estudios culturales” proporcionan el canon para el estudio de la sociedad. Esta conclusión es vista por Windschuttle como derivada de las siguientes premisas: a) que todas nuestras representaciones “están dominadas por la cultura o ideología dominante”, b) todo contexto social está “discursivamente construido”, c) el uso del lenguaje está social y materialmente constreñido.

Dado que el problema está en las premisas, Windschuttle pasa a la revisión del estructuralismo de Ferdinand Saussure con el fin de identificar las tesis responsables. En primer término identifica la comprensión saussureana del lenguaje como “sistema autocontendio”, la cual conduce a que quien usa el lenguaje se encuentra “encerrado en un circuito de signos o textos”. Si esto es así, el acceso a los hechos estará eternamente vedado y toda estragia inductiva será en sí misma imposible; la única alternativa consistirá en la “deducción de conclusiones a partir un un marco teórico preexistente”;  y el dominio total de la estructura limitara la eficacia de toda operación humana. Cada uno de estos puntos es suficiente según Windschuttle para destruir la disciplina. El primer supuesto anula la metodología de la investigación histórica, el segundo elimina la distinción entre historia y ficción y el tercero destruye los fundamentos hasta para la creencia de que existió un pasado independiente de nosotros mismos.

En el capítulo 2 la atención está puesta en el historiador búlgaro Tzvetan Todorov, quien en su libro The Conquest of America (1982) habría hecho más que nadie para definir el entorno político y literario de la conquista, y de ese modo tratar de precisar las expresiones de Greenblatt “tecnología simbólica”, “representaciones entramadas”, “metáforas compartidas” y “operaciones imaginarias”, las que en su libro Marvellous Possessions ofrece como guías para comprender el descubrimiento y la conquista del nuevo mundo. Windschuttle apunta a la caracterización que pretende hacer Todorov de ambas culturas en términos de la distinción sociedad de sacrificio y sociedad de masacre. Mientras en las primeras la identidad de la víctima se determina mediante reglas estrictas y en nombre de la ideología oficial, en las segundas la identidad es irrelevante, y se tiende a negar u ocultar su propia existencia, en gran medida a causa de que su función social no es reconocida. Estos aspectos son puestos en un lugar central por Todorov en la caracterización del enfrentamiento de ambas culturas. Sin embargo, Windschuttle observa la gran cantidad de excepciones que tal caracterización debe admitir (por ejemplo. La masacre de los Mexicas por los Tlaxcaltecas en el sitio de Tenochtitlan), que la distinción pierde su peso a nivel intelectual, y sólo queda el fondo oscuro de la propia naturaleza humana, cuya propia existencia el libro en gran medida está destinado a negar.

A continuación el examen se centra en el estudio en clave estructuralista de Greg Dening, Mr. Bligh’s Bad Language: Passion, Power and Theatre on the Bounty (1992). Luego de señalar la filiación entre Dening y Cliffort Geertz, cita a Dening en su intención de persuardir a sus alumnos de que “la historia es algo que hacemos y no algo que aprendemos”, “la historia que ellos harán será ficción, no fantasía, ficción, algo esculpido en función de sus propósitos expresivos”. Windschuttle señala, además cómo Dening toma de Michel Foucault la idea de ruptura entre epistemes, y del estructuralismo tanto la idea de que la tarea principal del historiador es el análisis de textos como su relativismo cultural y moral. De todos modos, no le será difícil mostrar cómo su propio libro contradice en gran medida tal concepción de la historia, dado que se apoya en conocimientos del pasado tal como fueron. En este sentido hace referencia a las propias estadísticas de Dening destinadas a mostrar que el capitán del Bounty, William Bligh, no fue más violento (sino en realidad menos violento) que los restantes comandantes de la flota británica en el Pacífico en ese tiempo, y a demoler el “mito común” de que el amotinamiento se debió a que era un sádico. Con este enfrentamiento entre su concepción de la historia y sus estadísticas que cerraron una vieja discusión, Windschuttle deja la posición de Dening en un equilibrio difícil de mantener.

El capítulo siguiente da cuenta del proyecto del historiador postestructuralista Paul Carter contra la narratividad histórica en sus tres aspectos: a) la narratividad no puede reflejar la realidad, dado que la narratividad es lineal y la experiencia multidimensional, b) la narratividad está cargada de ideología, especialmente la del imperialismo para dar cuenta de su creación de su orden a partir del caos, c) los hechos históricos no son sólo temporales, sino espacio-temporales. Una tesis central para Carter en este esquema es que por el acto de darle un nombre a un lugar, el espacio se transforma simbólicamente en un lugar, permitiendo que tenga historia. Windschuttle sigue aquí la misma estrategia general, otorgar crédito completo a los supuestos historiográficos involucrados, para luego enfrentarlos con hechos o datos de sus propios estudios que impiden su aceptación, al menos en su versión extrema. De este modo, p.e. se detiene en el capítulo de Carter sobre Matthew Flinders, quien en 1802 navegó las “costas desconocidas” del sur de Australia, a la cuales sólo “dio nombre” en 1812 al escribir el diario de su viaje de regreso en Inglaterra. Claramente para Windschuttle tales costas entraron en la historia de los descubrimientos europeos y de la exploración de Australia desde que Flinders entró en sus aguas y no diez años después. En otras palabras, la historia hace a los nombres y no a la inversa.

Windschuttle dedica un capítulo entero a las tesis de Michel Foucault y su impacto historiográfico, las cuales no es necesario reseñar aquí. Baste mencionar la tesis general de que lo que se debe examinar no es la cuestión de si una determinada afirmación “es cierta”, sino – a tono también con la historiografía marxista – “quién formuló la afirmación y por qué motivo”. La intención de Windschuttle es que este marco de racionalidad práctica no sea el único admisible en la historia como disciplina y que, por el contrario pueda abrirse debate sobre el contenido de las afirmaciones más que sobre los intereses de quienes las defienden. Y, como en los casos anteriores, busca enfrentar las implicancias ficcionalistas de tal historiografía con información fáctica en un sentido fuerte, proveniente de los propios trabajos analizados. En el caso de Foucault, tal información se refiere al número de internados en los asilos, las fechas de las reformas penales, las palabras de los textos de las reformas médicas y de los regímenes disciplinarios, entre otros.

En este tono general, también la crítica a Francis Fukuyama puede formularse de modo muy simple, para que la historia haya llegado a su “punto de desvanecimiento” tuvo que haber una historia que comience a desvanecerse. Por otro lado, sólo quien entienda la historia como el desarrollo del ideal comunista, puede ligar tan fuertemente el fin de la historia a la caída del comunismo.

Windschuttle también se refiere al impacto de la discusión epistemológica. Por ejemplo, observa que el falibilismo popperiano implica que pueden tenerse dudas no sólo sobre si Kennedy fue asesinado por Lee Harvey Oswald, si lo fue por un francotirador o varios, sino también sobre si fue asesinado o no. Y si bien reconoce el problema lógico de la verificación, también alerta sobre la necesidad de no privar a la observación de toda su función como fuente confiable de información. Windschuttle atribuye la tesis de no-acumulatividad del conocimiento científico y de cambios epistémicos radicales a la confusión de tesis propias de la filosofía de la ciencia con tesis propias de la sociología de la ciencia. Pero sea como fuese, en su opinión los planetas siguen orbitando alrededor del Sol y nada altera la importancia fundamental de tal conocimiento para la ciencia ulterior.

En lo referido específicamente a las ciencias sociales, Windschuttle también ve esta confusión de lo epistemológico y lo sociológico en las tesis de Anthony Giddens, quien, a partir ejemplos de comprensión reflexiva en la sociedad como premisas, infiere la conclusión de que tal reflexividad es un componente lógicamente necesario de la sociedad moderna. Por otra parte, deben distinguirse en su opinión entre “construir un caso” y “construir la evidencia”. Y el hecho de que ésta última sea ambigüa o carezca de claridad suficiente no es razón suficiente para su disolución en el sentido propuesto por Jacques Derrida.

En el horizonte de crítica de Windschuttle también entran la teoría trópica de Hyden White (que relaciona tipos de explicación con estilos de escritura y con las intuiciones poéticas que le preceden) y el uso de heterologías (o discursos sobre el otro) por parte de Marshall Sahlins. En el primer caso, dado que el propio White admite que algunos de los escritores que discute no responden a las categorías trópicas que les atribuye, concluye que tales categorías no pueden ser el “fundamento profundo” buscado por White para la estructura completa de la escritura de la historia. Con relación a las heterologías de Sahlins, si estas implican - como él mismo sostiene - seguir la recomendación de Michel de Certeau y tomar seriamente lo que aparece incongruente o ilógico en el comportamiento del otro, debería admitirse, además, junto a de Certeau, que tales incongruencias “resisten la especificación occidental”. Si esto es así, Windschuttle se pregunta qué pasa con las categorías propias utilizadas por Sahlins como “relativismo cultural”, “etnografía”, “evolución”, “estructuralismo” y el propio término “heterología”. No sin razón, observa la falta de acuerdo entre el proyecto de estudiar las culturas no-occidentales en sus propios términos, y el uso de un marco y de herramientas conceptuales de origen occidental. Por el contrario, el intento de aumentar el registro de datos, historias, costumbres y comportamientos con el menor bagaje metahistórico parece respetar mejor el consejo de de Certeau.

Todas las críticas anteriores se basan en las propias convicciones de Windschuttle: a) que el universalismo al que aspira la ciencia occidental es menos racista y más democrático que el relativismo cultural, y que es más compatible con los valores internacionales de los derechos humanos también de origen occidental, b) que la historia también debe aspirar a poder hacer afirmaciones ciertas en un sentido no relativo como única manera de enfrentar versiones depravadas de la historia como la de los neo-Nazis, neo-Stalinistas, raciosupremacistas, negadores del holocausto, etc. c) el realismo sobre el mundo es compatible con el relativismo sobre el conocimiento. En su opinión no es difícil mostrar que existen gran cantidad de hechos o proposiciones sobre la historia que no están sujetas a dudas, y esto es suficiente para relativizar todo intento de tender un manto general de escepticismo sobre el campo completo de la historia a partir de la filosofía.

En mi opinión la variedad y claridad de argumentos que encontramos en el libro de Windschuttle justifican ampliamente su lectura. Pero para apreciarlo completamente debemos estar dispuestos a atribuir a la escritura apasionada su manera de extremar los argumentos, y la dureza de ciertas críticas a su convicción de que las discusiones sobre el estatus de la historia ponen en juego la preservación de nuestro legado intelectual y cultural.    

Fernando TULA MOLINA

Universidad Nacional de Quilmes - CONICET 

 
Enviar correo electrónico a mhotero@adinet.com.uy con preguntas o comentarios sobre este sitio Web. Página en la red http://galileo.fcien.edu.uy
Copyright © 2001-2011 Galileo: Publicación dedicada a problemas metacientíficos. ISSN 07979533 
Última Modificación: 26 de febrero de 2012