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BLADE RUNNER: LA NAVAJA VIVA QUE CORTA ENTRE CIBORGS Sergio DANSILIO Primer Premio Categoría Ensayo SMU, Revista Noticias 2004, texto cedido por el autor para su publicación electrónica LA PELÍCULA Sobre Blade Runner (desde ahora: BR) se ha escrito mucho y desde vetas plurales1, aunque el film permanezca quizá sumergido entre otras obras cuyos directores forman parte de la iconografía académica del cine de fantaciencia; como Kubrick, puliendo el hastío con la nietzcheana 2001 hasta el punto de constituir un sacrilegio intelectual decir que es profundamente aburrida. Pero a pesar del thriller previo (Alien), tan gratuito como el propio espectáculo de la pantalla, Ridley Scott supo arreglárselas para armar una historia de entretenimiento, despliegue visual, narración dinámica con golpes y disparos y suspense y al mismo tiempo sugerir, abandonar preguntas, tocar hilos que nos comprometen y algo que no puede desecharse: todo eso, sin aburrirnos2. En este caso, sin el propósito de indagar dentro de dimensiones puramente artísticas o técnicas –sobre de cuyo campo seríamos inmigrantes ilegales- nos detendremos en dos aspectos relacionados del film, la naturaleza de los seres que lo protagonizan (tanto el grupo de los replicantes como de los blade-runners, o humanos Ä) así como el recurso a una técnica ancestral para diferenciarlos: la exploración directa y artesanal, cuyo contraste es sorprendente en un mundo del futuro donde la tecnología y particularmente la biotecnología han alcanzado logros inauditos. Por lo demás, quizás sin quererlo, el argumento pone en juego un concepto relativamente nuevo en neuropsicología humana y animal, el de la “teoría de la mente”, facultad vinculada al gran desarrollo de la corteza frontal en los seres humanos y que permitiría –sostenemos– desarrollar una acabada capacidad de “empatía”. En realidad el film echa a rodar toda una serie de problemas y sugerencias inquietantes acerca del estatuto posibles de nuevos seres (artificiales, biológicos, biónticos), del decurso actual y futuro de nuestras metodologías del conocimiento empírico humano, así como de las más recientes teorías acerca de la frontalización (registro neurobiológico) dentro del desarrollo filogenético humano. LA EXPLOSIÓN COMBINATORIA Y EL PROBLEMA DE LA CIRCUNSCRIPCIÓN La
prueba VOIGHT-KAMPFF, empleada por los blade-runners
como herramienta de pesquisa, indaga acerca de la facultad de establecer una
teoría de la mente, es decir, considerar al otro, un sujeto de pensamientos y
deseos y luego estimar las consecuencias sobre el mismo de lo que el primero
hace o dice, así como predecir las respuestas del interlocutor. Los replicantes
carecerían de esa facultad y ello constituye una de sus debilidades, quizá
la única distinguible en la dimensión cognitiva. Pueden realizar cálculos
acerca de los comportamientos, respuestas o significados que producen los seres
humanos. Pero fallan ante la irracionalidad, lo que no puede calcularse, lo que no es computable. Simulan memorias prestadas para tratar de parecer
humanos, sin embargo, a pesar de la formidable inteligencia que poseen, esa
simulación es torpe y se autodelata fácilmente (engañar no es una de sus
posibilidades más desarrolladas). Aunque se les plantee un problema no logran
estimar los propósitos de quien pregunta: cuando se interroga a León, un replicante,
devuelve las cuestiones que le formulan con interrogantes humanamente
tontas como ¿Porqué me pregunta eso?
Peor aún. Si se le plantea una situación de “como si...” dentro de un
desierto, necesita saber, para poder
desarrollar sus cálculos, qué desierto
(no es lo mismo el Sahara, algún desierto de Sonora o de Arizona). Para un ser
humano tal información de contexto puede ser desechada como no directamente
relevante para el problema planteado, pero el replicante
requiere manejar toda o la mayor información
posible, las premisas de las cuales se parte, y las variables que de alguna
forma incidirían en el escenario cerrado del cálculo. No logra resolver lo que
McCarthy definió como el problema de la circunscripción en la inteligencia
artificial3.
Los humanos no pueden manejar el número de premisas adecuado a todo cálculo
deductivo porque se vería enfrentado al escollo insalvable de la explosión
informativa: las fórmulas se multiplicarían en tal cantidad que alcanzarían
una magnitud imposible de concebir. No así las máquinas. EMOCIONES Ya
es un lugar común que el plano de lo afectivo, de las emociones, del estado de
ánimo, hacen la diferencia entre las inteligencias protoplásmicas y las
inteligencias artificiales (hasta ahora). Así parece documentarlo la trasnoche
neuropsicofilosoficoide de Damasio4.
La manera más eficaz de efectuar decisiones en tiempo y forma adecuándose al
contexto -parece ser la propuesta de Damasio en ese ensayo- es producto de la
combinación-contaminación-modulación entre el clásico razonamiento formal à-la-Descartes
y las emociones más informes y elementales. Ahora, más allá de lo muy
trillado no puede descartarse que la capacidad de estipular estos componentes en
una teoría de la mente y lograr saltar las reglas rigurosas del cálculo lógico
(deductivo e incluso inductivo–estadístico) son facultades muy caras al ser
humano y tardías en el desarrollo filogenético5.
“Hacia abajo” los primates no humanos parecen no tenerla acabadamente
adquirida, y no alcanzarían a poseerla los autistas6.
En BR los replicantes, “hacia
arriba” en la escala intelectual, tampoco. Pero llamativamente (y ahí está
uno de los giros interesantes), los diseñadores establecen una vida corta (sí,
le llaman vida) para que esos seres no lleguen a adquirir tales facultades. Al
mismo tiempo se desplazan más allá de la cúspide del desarrollo cognitivo, y
su posesión dejaría en serio riesgo a los propios humanos. A los creadores. Es
la cadena y las aves rapaces que se le asignaron a Prometeo. En
ese mundo del futuro vuelven técnicas ya casi olvidadas para identificar a
estos seres producto de la más acabada biotecnología. Se registran respuestas
difusas, poco específicas pero muy directamente vinculadas a lo emocional tales
como los movimientos de las pupilas. La prueba de VOIGHT-KAMPFF, a pesar del
alucinante nivel tecnológico, recurre a una técnica primitiva (la anamnesis,
la exploración directa del comportamiento del indagado o el mero
interrogatorio) y el registro de respuestas vegetativas. Trabajos recientes
sobre la función de los lóbulos frontales en el ser humano han recurrido a
desempolvar los vetustos galvanómetros7.
La articulación de los llamados marcadores somáticos con el resto del aparato
cognoscitivo y el sistema que produce respuestas, residiría en esas zonas cuyas
actividades que indicarían la diferencia entre los seres humanos y el resto de
las especies: los lóbulos frontales8.
Después del desarrollo de las facultades cognoscitivas más complejas (o que se
hacen cargo y tratan la complejidad del mundo como tal), estableciendo una
diferencia más o menos radical con el resto de las especies vivas, los seres
humanos retornan -pero ahora como brecha, como hendidura, como abismo que al
mismo tiempo separa y une- a lo no-racional para establecer esa diferencia
sustantiva. El marcador somático y la necesidad de volver al galvanómetro, las
técnicas adicionales de la prueba VOIGHT-KAMPFF apoyando algo a primeras vistas
anacrónico: termina todo en la mera entrevista verbal, narrativa, dialógica. Edwards
lleva la reflexión más lejos. La prueba de VOIGHT-KAMPFF se instaura en un
mundo ubicado luego del contexto informático primordial (Edwards, 1996)9 “El test de Voight-Kampff es una clase de test de Turing para un mundo post-Turing, donde las personas dejan de definirse a sí mismas como animales racionales aristotélicos –tal cual Sherry Turkle ha señalado acerca de las culturas computacionales contemporáneas- y se han vuelto, en cambio, máquinas emocionales.” (página 343) Efectivamente,
el test de Turing planteó en la década de los 40 la posibilidad de que las máquinas
“pensaran”. Se trata de un “juego de imitación” donde, si una
construcción cerrada que contesta mediante algoritmos asemánticos de manera
adecuada ante preguntas formuladas en chino, y proporcionadas por un examinador,
puede establecerse que la máquina-salón-caja cumple los criterios para
atribuirle pensamiento10.
En última instancia la cuestión cuya historia intelectual comienza en esta
prueba, es proponer que el estatuto de las entidades inteligentes radica en lo que
hacen y no en lo que son, inaugurando una nueva concepción de esa serie de constructos
posteriores que se considerarán propiamente inteligentes (protoplasmáticos,
artificiales o simultáneamente protoplásmicos-y-artificiales) pero también
capacitados con esas facultades que en el inglés representan palabras como “clever”
y “smart”, de dificultosa traducción. Edwards subraya que el BR
lleva el test de Turing un paso más,
mediante la indagación acerca de cómo las emociones están ligadas al
pensamiento, la memoria y a la corporalización – detrás de el test por si el
examinado califica como humano. Pensemos que las inteligencias del tipo HAL o
Colossus (de la novela de D. F Jones, Colossus,
1996) –para continuar con las ficciones- constituyen una especie genérica y
ontológicamente diferente que carece de una corporalidad, adquiriendo además
el don del panopticismo. En la situación decisiva, entonces, si los replicantes
experimentan temor, dolor y amor ¿Qué los hace diferentes de los esclavos
foucaltianos? ¿De los esclavos en general? Parece, sugiere Edwards, que el
problema ahora expuesto, es ético. En
este último movimiento queda poco más que la clínica como instrumento eficaz,
y gana la partida. FUTURO
CON PROBLEMAS SIN RESOLVER Alguien
podría suponer, fácilmente, que la tecnología permita en el futuro próximo
el diseño y producción de instrumentos que permitieran una más exhaustiva
descripción de los procesos que ocurren en el cerebro-mente mientras se piensa,
se habla, se siente. Pueblan el espacio artefactual combinaciones de ingeniería
que conjugan la información estructural cerebral de forma cada vez más
detallada, con los sucesos que ocurren on-line,
supuestamente correlacionados con el acontecer psíquico. Nada haría dudar
entonces que en el futuro la sofisticación alcanzara grados en que la distinción
entre replicantes y seres humanos
fuera posible de otra manera más expeditiva y hasta cuantificable (por ejemplo,
mediante algún recurso tecnocientífico). En vez del anacrónico método de la
entrevista y el registro de respuestas neurovegetativas existiría algún
aparato desde cuya pantalla se leyera inequívoca y diligentemente la diferencia
entre unos y otros seres. No es así. Quizás dependa del propio universo que
Dick-Scott sueñan en la construcción del film: el regreso de lo antiguo, la
heterogeneidad del escenario y la arquitectura tanto como la vestimenta, donde
coexisten componentes ancestrales (incluyendo pirámides aztecas) con estéticas
proyectivas, esté en la idea de esta vuelta al sistema de la anamnesis y el
galvanómetro para estudiar los comportamientos de los seres inteligentes. No
puede saberse, pero el hecho está ahí. Alguno podría preguntarse hasta si un
mero raspado de células de la piel o de alguna mucosa no permitiría, luego del
análisis genético –evidentemente posible-, realizar la distinción. Tampoco
es así. Primera
respuesta: los replicantes están
vivos. No están hechos de microchips o de cerebros positrónicos a lo Bradbury,
ni siquiera son androides electrónicos como en la novela original de P. Dick.
Pero entonces el límite entre la artificialidad y la naturalidad empieza a
difuminarse. Tanto en el caso del ser humano como en los nuevos seres la
inteligencia es protoplásmica. La duda igual queda, porque se escucha el mote
“portapieles” que trasunta una cierta imagen de que lo “de adentro” es
falsamente biológico. No obstante, sería biológico en su propia naturaleza, y
otra vez, la frontera entre lo biológico, lo biótico o lo artificial es
inestable cuando no imposible de determinar. Salvo la manera en que se gestan:
en un caso, producto de los efectos de la evolución ciega de centenares de
millones de años, y en el otro de la acción del hombre ¿Es eso lo que marca
la diferencia, el modo de creación?
Nos veríamos en más aprietos para establecer que efectivamente hay una
diferencia metafísica. No parece que la hubiera en lo ontológico. La
diferencia se torna más tortuosa, inestable y hasta inquietante cuando al final
de la película Deckard (presuntamente humano) y Rachael (replicante)
se van como pareja. ¿Tendrán descendencia? ¿Tendrán descendencia fértil? ¿A
qué categoría corresponderían sus descendientes, si los tuvieren? Seres híbridos
por excelencia, pero híbridos de una manera difícil de precisar ya que no son
producto de la conjunción de un ser biológico y una máquina sino de dos seres
biológicos. Los
replicantes serían réplicas. Su carácter de copia los haría pues diferentes desde el principio. Ahora: ¿Copias
de qué? ¿Dónde están los originales? Esa, tal vez sin querer, es uno de los
huecos que hacen al film profundamente interesante y movilizador. Otra vez
Edwards realiza una serie de percepciones que agrupa dentro de lo que denomina
del “teatro de la recombinación”, adoptando la metáfora informacional de
la biotecnología11:
lo preocupante y molesto es que las memorias y los sentimientos humanos son
producto de reconstrucción, de elaboración posterior, donde confluyen
elementos ajenos al propio individuo, al final de cuentas una verdadera
recombinación dinámica e incierta de información. La memoria implantada al
cerebro de Rachel, rasgo que se emplea como argumento para reclamar humanidad,
también es producto del teatro de la recombinación, los BD y los diseñadores
podrían conocerla. En una serie de movidas especulares, se empieza a dudar
hasta qué punto la propia memoria humana no es también incierta, recombinante
y de algún modo implantada. ¿Qué
documenta al acontecimiento pasado, la frágil y liviana imaginería mnésica,
el mediador fotográfico expuesto a las vicisitudes de la trampa o algún patrón
de actividad cerebral aún por definirse? ¿Dónde se encuentra el borde crucial
que permita asegurar hasta qué punto los recuerdos son recuerdos del sujeto, están vinculados a la identidad o son
meras fabulaciones? Segunda
respuesta: más que copias son simulacros,
al menos tan reales como sus presuntos originales, que están sustituidos
radicalmente a tal punto que no aparecen. La copia que desplaza al original y
cobra existencia-vida propia pasa a ser un simulacro a la manera de Baudrillard12. Por ese lado entenderíamos
que ni el aparato más sofisticado sería capaz de captar la diferencia entre
seres humanos y replicantes. También
que ni el aparato más ultratecnológico conocido de imagenología
encefálica (o los ensayos de combinaciones entre técnicas de aquellos) dirime
el problema entre mente y cerebro. Los BR vuelven a las pruebas atávicas para
estipular el caso, dada la imposibilidad de la tecnociencia de crear recursos
adecuados al respecto. Solamente si se cuenta con los archivos de origen (la
acreditación develada del ser-en-sí) puede finalmente y sin conflicto sellarse
la naturaleza del individuo. Tercero.
En la película se sugiere que los replicantes
son construcciones procedentes de pedazos. Sebastian se encarga de los cuerpos,
otro se encarga de los ojos, Tyrell (genio máximo que vive en la cúspide de la
pirámide) se encarga del cerebro, de la mente. De manera angustiosa, y como
Frankestein, surgen de la conjunción de trozos diversos que luego (y antes)
sufren la acción de la manipulación genética por los seres humanos. No
solamente carecen de padres: también carecen de un original o ser inicial
individuado al cual puedan remitirse. Hasta los pedazos sufren transformaciones.
Pero Frankestein se armaba de pedazos muertos, y los replicantes de pedazos vivos. Salvo que las moléculas de DNA y las
enzimas no se consideren sustancia viva.
Otra vez: la frontera entre lo vivo y lo no vivo se desvanece, se vuelve
insegura y problemática. El drama es que, la sustancia inerte puesta en
contraposición o en conexión con la sustancia viva adopta la condición necrótica.
Ya no es una mera cosa, es la muerte. Pero aún en el caso nuestro ¿Aquellos
que cedieron sus moléculas de DNA con las cuales fuimos diseñados por
la vía designada como natural, no han muerto también? ¿Acaso no
procedemos también de lo que ya murió, ayer, o en los miles o millones de años
de la evolución, y de un conjunto de organismos y trozos de organismos? Los
replicantes están más cerca de lo que pensamos. Otra vez se
presenta la metáfora biotecnológica de la recombinación:
no solamente de moléculas genéticas diversas, sino de múltiples individuos,
seres, pedazos de organismos o de máquinas, prótesis y hasta relaciones o
acciones. El estatuto de lo recombinante es llevado, en el universo de los
ciborgs, hasta sus últimas consecuencias sin necesidad de interrupciones o
descanso. EL
ESTATUTO INCIERTO DE LOS NUEVOS SERES Algunos
movimientos de los replicantes nos
hacen dudar acerca de su naturaleza (más allá del propio diseño, del hardware
o los visos de agilidad física o hiper-inteligenciaª).
Mencionaremos dos: ¿Porqué
Roy, referente y avanzada final de los replicantes,
sobre el final de la película perdona y prolonga ese juego de gato-y-ratón con
Deckard? Aunque no de muestras, cediéndole la vida, estaría brindándole una
alternativa de subsistencia al último replicante (que primero se menciona por
el policía y Deckard niega), Rachael. Quizás apostando al ensayo de
perpetuarse mediante una nueva especie, híbrida, que inaugure inclusive el don
de la paternidad-maternidad. Pero son sólo conjeturas, nada en el film lo dice
así. Además Rachael es una verdadera marginada,
llega a eliminar uno de su propia línea para salvar a Deckard, lo cual también
podría terminar constituyendo una acción de sacrificio para la salvación
mediante una tercer vía: ni replicantes
ni humanos, la posibilidad de salida es híbrida. Siempre y cuando no se apueste
al hecho delicadamente sugerido en el film y en la novela original de que el
propio Deckard podría ser un replicante especialmente
diseñado (el agente Chew parece conocerle los sueños). Rachael
es marginal además porque resulta en gran parte como producto de un error.
Efectivamente, llega a decirse que hubo una equivocación en algún implante
cerebral a tal punto que Rachael ni siquiera sabía que era una replicante.
Hasta juega a simular una memoria, memoria prestada que es fácilmente
descubierta por el BR, y de la cual hemos hecho mención anteriormente. Huye de
su ubicación dentro de la microestructura social humana una vez que advierte la
persecución pero huye también para perseguir por seducción y ocultamiento al
propio Deckard – hasta ganarlo. Es “un experimento” al fin, y su capacidad
de desarrollar emociones podría ser diferente. Nadie habrá de perdurar, se
vuelve a decir al final, pero aún puede apostarse a lo efímero como acto
sublime y crítico. Antes de que el reloj deje de funcionar puede bastar para
perpetuar la nueva línea. En este caso quiero reparar en la condición del
error como factor de humanización. Chew,
con su mirada penumbrosa, vidriosa y brillante, parece por momentos él mismo un
replicante. Es hábil, helado, y funciona como un androide al
servicio del policía jefe. Pero algo lo trae abajo: cojea y utiliza un bastón,
detalles accesorios. Ese rasgo señala la humanidad del personaje. Roy no
solamente hace cálculos acerca de la racionalidad del otro, también hace cálculos
acerca de la eticidad de las actitudes (“eso es indigno”, dice en un caso),
poniendo a prueba al BR hasta en su sustancia moral (“veamos de qué estás hecho”).
Igual, aún queda lejos de una verdadera teoría de la mente. Pero esa distancia
–y ahí está el riesgo, el temor- no es insalvable. Aparte de perdonar a
Deckard el replicante superior,
<<el mejor>>, da muestras de un nuevo gesto: ama a Zhora, la besa y
hasta profiere un aullido de tristeza cuando comprueba la muerte ¿No estará
accediendo ya a lo que los humanos
evitaban otorgarle cuando le acortaron el tiempo de vida? El aullido rápidamente
se trastoca en un ruido de engaño para atraer la presa, y los espectadores
dudamos más. Sin embargo, el rasgo afectivo ya quedó manifiesto. Los
replicantes son por lo menos seres transgénicos. Tyrell menciona cómo algunas modificaciones no
pueden ser realizadas bajo amenaza de generar consecuencias catastróficas
dentro del proceso evolutivo. De todas maneras queda abierta la distinción
entre seres humanos, alteraciones genéticas (como consecuencia de la radiación,
de tóxicos químicos, de mutaciones espontáneas, hasta de manipulaciones para
evitar enfermedades), y en qué momento la identidad del sujeto cambia ¿Tal vez
cuando se altera uno, dos o más ácidos nucleicos? Recién hoy los seres transgénicos
representan una variedad ajena. Nada dice que, paulatinamente, las identidades
se borren y la transgenicidad invada progresivamente a los propios seres
humanos. Ridley Scott insistió en evitar el término <<androide>>
para despejar confusiones y preconceptos creando la propia palabra de
“replicante”13: “Un replicante es, básicamente, un ser humano completo, un cultivo de pura carne, muy avanzado y altamente perfeccionado. Y ésa es justamente la singular dicotomía de todo el relato.” (página 136) La
diferencia subsistente radica en el encuentro de lo autogenerado, lo espontáneo,
y lo artificial: allí donde surgen los seres ciborg
como diría Haraway14.
El ciborg es tal por naturaleza y por
la función que cumple, interfase utilitaria, producto híbrido de ciencias
también híbridas que buscan seres para cumplir tareas predeterminadas y tender
a recuperar la esclavitud perdida15.
Quizás sean proto-ciborgs. Aunque podría rastrearse la génesis de la ciborgización
guiándonos por el trayecto de la artificialidad. Primero lo mecánico,
luego lo electrónico, sigue –en la fase computacional- el microchip, después
la asociación protésica microchip-protoplasma hasta concluir –con la
manipulación genética, los seres transgénicos y la clonación- en individuos
propiamente biológicos, productos de la biotecnología (¿O deberían llamarse biontes?).
El híbrido representa la negación de la máquina original para trocarse otra
vez en lo que es totalmente vivo. Y hasta quizás pueda dar descendencia fértil
inclusive cruzándose con especies humanas desde el inicio (aunque ya el mismo
concepto biológico de humano estaría demasiado inestable entonces) Parece una
re-escritura hegeliana. Por
otra parte el replicante provoca,
tomando a Zizek, el horror kierkegardiano donde la naúsea o el vértigo ante la
muerte es fundamentalmente una paradoja16.
El sujeto sabe que la muerte no es el
final, que tiene un alma inmortal, pero se halla incapaz de afrontar este hecho.
Esos ciborgs transgénicos cargan con lo más ominoso de la tecnología genética,
denunciando la objetividad de lo que somos (una fórmula química expuesta,
maleable y vulnerable), pero también inmortal,
indestructible e interminablemente reproducible. El reloj impuesto de los cuatro
años de existencia representa un gesto inútil de los seres humanos para evitar
la inmortalidad efectiva de aquel género de seres (aunque la superficie, también
válida, dice que en cuatro años adquirirían condiciones humanas preciosas –
seguramente la empatía entre ellas). Zizek sostiene que la pulsión, como
sustento de la perversión, conlleva la condena al goce, la imposibilidad de
liberarse de aquel. La clonación (los replicantes
pueden asimilarse a clones sofisticados y ajustados), marca el final de la
sexualidad y nuestro estatuto como seres finitos. Perversión y combate contra
ella es la solicitud aparentemente sádica de Deckard cuando le pide a Rachael
que profiera palabras de deseo propio
rebotado contra el espejo. Parece forzarla y parece necesitar ese decir. Confrontado ante lo real de su horror hecho carne intenta
implantar lo faltante, la capacidad de empatía. Esa ambigüedad de Rachael,
apenas indicada en la mención a un posible error en algún implante cerebral y
en el <<no saber que es algo
otro>>, marginada entre los humanos y la banda transgresora de los replicantes,
permite a Deckard hacer el juego perverso. Citando
al propio Zizek17: “Podemos
ahora puntualizar la oposición entre el sujeto del deseo y el sujeto de la
pulsión: mientras que el sujeto del deseo se basa en la falta
constitutiva (existe en cuanto está en busca del objeto-causa faltante), el
sujeto de la pulsión tiene su fundamento en un excedente constitutivo: en la presencia excesiva de alguna Cosa intrínsecamente
``imposible´´ y que no debe estar allí, en nuestra realidad presente: la Cosa
que, por supuesto, es en última instancia el
sujeto mismo.” (página 329) La
emergencia de la empatía solamente puede pensarse si sobre el Otro se desvela
otro-sujeto. El
estatuto de los replicantes puede
comprenderse también desde la óptica de Foucalt18.
Al inicio de la época clásica se pedía para los delincuentes la adjudicación
obligada de aquellos trabajos ya no meramente duros sino riesgosos o
directamente nocivos y mortales (minería, exposición al mercurio, cercanía a
explosiones). La justicia examinadora tipificaba a los delincuentes como
“fuera de la ley”, y los replicantes ahora
son sancionados de manera estructuralmente similar aunque más grave: como
“fuera de la humanidad”. Condenados al destino que se pedía para los
criminales en el siglo XVIII. Se regresa a lo que Foucalt ha llamado el modelo inquisitorial,
ejecutándolos desde el momento en que se les fija de antemano una vida de
cuatro años. Todavía más, si son ejecutables en tanto puede eliminárselos
sin más (ni siquiera acceden a un juicio), debe eliminárselos si se rebelan o
se proponen como sujetos de algún derecho. Por último, en todos los casos,
delincuentes de la época clásica y replicantes
están hechos del mismo protoplasma, no hay una frontera biológica inequívoca
que los separe. No una frontera biológica en lo que ha sido la biología como
ciencia. ¿Cómo
distinguir a un replicante? Ese ha
sido nuestro tema. La prueba de VOIGHT-KAMPFF es decisiva. Es, se dice en el
film, una prueba de empatía. Desde el
inicio subrayábamos la sorpresa de que, en un mundo futuro donde la tecnología
(y la biotecnología en particular) alcanza niveles de desarrollo
impresionantes, debe recurrirse a una técnica anacrónica: la entrevista, la
exploración de respuestas neurovegetativas. Sucede igual que en la coexistencia
de tiempos dispares en la arquitectura, los decorados y las indumentarias.
Actividad vestigial sin fosilización de los técnicos, o resurrección del fósil.
Haraway, contra la denuncia de Foucalt, ha sugerido que ya estamos en el momento
de escribir la <<Muerte de la Clínica>>20.
Los métodos clínicos requieren cuerpos y trabajo, pero la cultura actual
cuenta solamente con textos y superficies. Si la clínica de Foucalt operaba
para dominar, nuestra modalidad de dominio tardocapitalista no parece funcionar
mediante la normalización, sino que obra por la disposición de redes (“networking”),
de la comunicación, el re-diseño y la gestión (“management”).
La normalización cede su lugar a la automatización. El vuelco interesante de
Ridley Scott es que los nuevos ciborgs
recuperan el cuerpo y se rebelan contra la automatización. Parece no
importarles o no alcanzarles su fenomenal manejo y gestión de la información,
sino que quieren detenerse a salvar el cuerpo. El cuerpo biológico-biótico que
oscila entre la muerte, los deseos, las emociones y lo irracional. De ahí que
la clínica cobre nueva vigencia y sufra una resurrección. Los BR vuelven a
emplearla con sus fines policíacos ante el atolladero que imponen esos ciborgs
transgresores. LA
EMPATÍA EN RESQUICIO DE LAS MÁQUINAS La
empatía es el concepto eje. Lo que correspondería a la Einfühlung
de los alemanes, la empathy de los
anglosajones, resulta de la relación reflexiva y afectiva entre el que indaga y el indagado, dos sujetos. Facultad
que empuña el BR y de lo que parece carecer el replicante. Según ya fue mencionado, antes que una capacidad
asimilable al concepto de empatía, la inteligencia prodigiosa del replicante
(pero excesivamente cartesiana, diría
Damasio), sólo efectúa cálculos
formales aproximados acerca de los estados mentales del examinador y
doblemente peor: demuestra una pobre destreza para estimar la facultad del ser
humano para formular hipótesis sobre sus propios estados. Pero el BR, emplea
cualquier recurso (interrogar, examinar, trucos del lenguaje, ver el gesto
disimulado o el no-gesto) puesto que no aborda a una probable patología (en
principio), sino a un peligro. A un
enemigo. No será motivo en este caso de discutir las vicisitudes entre patología/peligro.
En cualquiera de los casos permite comprender los recursos sanos y mórbidos de
la empatía, que se dibujan en la interacción entre los BR y los replicantes. También facilita la comprensión de que, por su
cualidad arcaica, previa al lenguaje y reflexiva, permita establecer rasgos de
diferencias entre las inteligencias humanas y las replicantes, que en algunas ocasiones simulan manejarse a la misma
manera que en los tics. O los BR, que buscan el artilugio del juego forzado para
hacer moverse pasivamente al objeto, particularmente en el interrogatorio. También
es patético el pedido de Deckard hacia Rachael de que pronuncie palabras de
deseo. TEORÍA
DE LA MENTE En
resumen, la empatía es la capacidad de ponerse en el lugar del otro, reflexiva,
pero también compresiva y afectivamente. La empatía es de aparición tardía
en la escala filogenética, sin pruebas de su existencia en los monos y con
atisbos de la misma en los primates tales como el chimpancé y, por supuesto,
marcando la diferencia sustantiva con la aparición del Homo Sapiens28.
Es saberse individuos, reconocerse en un espejo, cobrar conocimiento de las
propias capacidades y de los demás, imaginar qué haría y qué sabe el otro.
Estaría íntimamente ligada al desarrollo del cortex prefrontal (que pasa a
representar más de un tercio del neocortex total humano) y transcurriría por
dos etapas: primero, la capacidad de atribuirle estados mentales al otro, luego,
la facultad de estimar qué haría o pensaría el otro “si...”. Como explica
Bradshaw constituye una competencia de naturaleza social, estableciendo el
balance entre cooperación y competencia, reciprocidad y decepción, táctica,
juego, veracidad o mentira y engaño. Ahí aparece la posibilidad de tender
trampas deliberadamente, de practicar el “como si...” con un propósito
determinado. El
concepto de la “teoría de la mente” puede rastrearse hasta los trabajos
originales de Premack y Woodfruff en los chimpacés29.
Luego comienza a transportarse la idea al caso del autismo por autores como
Baron-Cohen, Leslie y Frith30,
donde se plantea la hipótesis de que en niños con dicho síndrome no se
accedería al desarrollo de esta facultad. Más tarde, en un trabajo de Bishop
el trastorno se asocia cognitivamente a las funciones ejecutivas, íntimamente
relacionadas con el neocortex prefrontal31.
El origen reside en la capacidad de estimar que nuestras acciones tienen ciertos
efectos sobre objetos del ambiente y otros seres, capacidad que sería conspicua
hace aproximadamente dieciséis millones de años en un ancestro común al Homo
sapiens y el orangután32.
Para Bradshaw, esta capacidad estaría vinculada al uso del lenguaje, y quizás
a la dimensión pragmática del mismo. De esa manera, el sujeto es capaz, como se ha
dicho previamente, de atribuir estados mentales al otro, pero además estimar
“qué haría si...” o “qué pensaría si...”, es decir, no solamente se
reduce al entendimiento de lo que el otro
está haciendo o tratando de hacer. Por estas razones es altamente significativo
que, como decíamos al inicio, la prueba VOIGHT-KAMPFF indaga acerca de la teoría
de la mente. “Empatía”
se diferencia de “simpatía”, y el fenómeno de señalar con el dedo hacia
un objeto lejano, que no se observa ni en los chimpancés, estaría
correlacionado con la presencia de esta facultad. El mindreading,
agrega Bradshaw, no sería en último caso exclusivo de la especie humana, y
emerge paulatinamente en el decurso de la evolución. Pero la teoría de la
mente, emergida conjuntamente con el desarrollo de la parte medial de los lóbulos
frontales, sería la quintaesencia de
la condición humana33.
Ahí estaría una de las diferencias con los replicantes.
No basta con efectuar un cálculo más o menos lógico de los comportamientos
del otro, no es suficiente establecer razones y argumentos formales, la teoría
de la mente es simultáneamente la facultad de estimar con aciertos
aproximativos y el error que nos caracteriza. También constituye el peligro que
acecha ante una vida más prolongada que permita la adquisición por parte de
esa nueva generación ciborg. Aprisionado en el movimiento perverso de su relación
con Rachael, vale para Deckard citar nuevamente a Zizek34: “Encontramos
aquí el reverso necesario de la elevación espiritualista de la New Age: el final del apego apasionado al Otro, el surgimiento de un
ego autosuficiente para el cual compañero-Otro no es ya un sujeto, sino el
portador de un mensaje concerniente a ese ego." (página 413) Rachael
no pasa la prueba de VOIGHT-KAMPFF, no parece haber desarrollado una cabal teoría
de la mente. Pero logra, de alguna manera, seducir el narcisismo morboso del BD.
Encerrados por defecto, es la falla lo
que nos permite unirnos y discriminarnos. O en el caso de que el mismo Deckard
sea un replicante, denuncia que la
adquisición última buscada, es esa falla. La empatía necesita de esas
brechas, de esos errores y lapsus, de
esas dobleces e incertidumbres que van con la anomalía. ...........
Ä
En realidad “Blade-Runner” es el nombre del film, que versa sobre una
novela de Philip K. Dick intitulada “Do
Androids Dream of Electric Sheep?” y publicada en el año 1968. Los
posteriormente caracterizados como replicantes
(productos biotecnológicos de la ingeniería genética eran androides
electrónicos). Si los androides de Dick sueñan con ovejas naturales o
artificiales (a su modo), de por sí constituye una profunda pregunta que
requiere ulteriores análisis. ª
El término
“inteligencia” puede ser ya utilizado incorporando las más recientes
caracterizaciones que se encuentran en los vocablos ingleses tales como “ultra-clever” o “ultra-smart”.
1 AA.VV.
1988. Blade Runner. TusQuets
editores: Barcelona. 2
Blade Runner. 1982. A Warner Bross Pictures release [The Ladd Co.], 6/82,
114 minutos. Warner/Columbia. 3
McCarthy, J. 1986.
Circunscription – A form of nonmonotonic reasoning. Versión
LaTeX2 (html) por N. Drakos, 1996 4
Damasio AR. 1994. Descartes' Error: Emotion, Reason, and the Human Brain.
Putnam, New York. 5
Bradshaw JL. 1997. Human Evolution: A Neuropsychological Perspective.
Psychology Press: Hove. 6
Temple C. 1997. Developmental Cognitive Neuropsychology. Psychology Press:
Hove. Ver,
por ejemplo, las menciones en la página 305. 7
Damasio AR & Anderson ST. 1993. The Frontal Lobes. En: KM Heilman &
E Valenstein (Eds), Clinical Neuropsychology, páginas 409 – 460. Oxford
University Press: New York. 8
Damasio AD. The somatic marker hypothesis and the possible functions of the
prefrontal cortex. En: AC Roberts, TW Robbins & L Weiskrantz, The
Prefrontal Cortex, Executive and Cognitive Functions, páginas 36 – 49.
Oxford University Press: Oxford. 9 Edwards P. 1996. The Closed World. MIT Press: Massachusetts. Traducción personal. 10 Turing,
A. 1994. La maquinaria de computación y la inteligencia. En: M. Boden
(Editora), La Filosofía de la
Inteligencia Artificial, Fondo de Cultura Económica: México, páginas
53 – 81. Artículo original de 1950. Debe destacarse que Turing, en este
trabajo afirma que “...deseamos excluir de las máquinas a los hombres que
nacen de la manera acostumbrada.” (página 55), con lo cual sella la
distinción hasta entonces radical entre la máquina y lo humano, lo
artificial y lo protoplásmico. 11
Cit. Ref. 9. Especialmente páginas 341 y 342 12
Baudrillard
J. 1993. De la seducción.
Planeta-De Agostini: Barcelona (edición orignal de 1989). Se desarrolla aquí
la idea del simulacro, de la metafísica de las apariencias. Pero además, y
a propósito del tema que nos concierne: “En la visión biocibernética,
es el menor elemento indiferenciado, cada célula, lo que se convierte en
una prótesis embrionaria del cuerpo.” (página 160). Luego: “En
consecuencia, la clonación es el estadio último del cuerpo, aquél en que
reducido a su fórmula abstracta y genética, el individuo es entregado a la
multiplicación en serie. [...] Es lo que le ocurre al cuerpo cuando sólo
se concibe como stock de
informaciones y de mensajes, como sustancia informática. Nada se opone a su
reproductividad en serie en los mismos términos que utiliza Benjamin para
los objetos industriales o las imágenes. Hay precesión del modelo genético
a todos los cuerpos posibles.” (página 161), finalmente “...no hay más
que una multiplicación de objetos sin original.” (página 170).
Posteriormente el error o la perfección marcan la diferencia entre los
simulacros (lo virtual, la copia sin original) y lo protoplásmico. En
Baudrillard J. 1996. El crimen perfecto. Anagrama: Barcelona (edición original de 1995):
Nosotros mismos, en tanto seres vivos y mortales, somos los modelos de la
imperfección del crimen, soy huella de la imperfección ergo sum (página 53). El crimen perfecto habría consistido en
inventar un mundo sin fallas y retirarse de él sin dejar huellas (página
62): que se instaure la ausencia más radical no solamente del original sino
del autor de la copia. Ese acto no parece cumplido con los replicantes. 13
Cit. Ref. 1. 14 Haraway
D. 1991. Simians, Cyborgs, and Women: The Reinvention of Nature. Routledge:
Nueva York 15 Pickering
A. 1995. Cyborg History and the World War II Regime. Perspectives
on Science 3: 1-48. En
dicha obra el autor señala que el origen del término ciborg está ligado a la astronáutica y la conducción inteligente
de naves por autómatas, citando el artículo de CF Clynes y NS Kline, “Cyborgs
and Space” como original en el uso del término. Dicho artículo
apareció en Astronautics (September),
1960, páginas 26-27 y 74-75. D. Haraway (Cit. Ref. 11) ha realizado un
extenso desarrollo del concepto, a cuya obra es fundamental referirse. 16
Zizek S. 2001. El espinoso sujeto: El centro ausente de la ontología política.
Paidós: Buenos Aires. 17 Cit.
Ref. 16. 18 Foucalt
M. 2001. Vigilar
y castigar. Siglo XXI: Mexico. Edición original (francés) 1975 20
Cit.
Ref. 14, página 245. 28 Cit.
Ref. 5 29 Premack
D & Woodruff G. 1978. Does the chimpanzee have a theory of mind?
Behavoiral and Brain Sciences 1:
515 – 526. 30 Baron-Cohen
S, Leslie AM & Frith C .1985. Does the autistic child have a “theory
of mind”? Cognition 21: 37 –
46. 31 Bishop
DVM. 1993. Annotation: Autism, executive functions and theory of mind:
A neuropsychological perspective. Journal of Child Psychology and Psychiatry
3: 279 – 293. 32
Cit. Ref. 5. 33
Cit. Ref. 5. 34 Cit. Ref. 16. |
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