Texto de Sergio Dansilio

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BLADE RUNNER: LA NAVAJA VIVA QUE CORTA ENTRE CIBORGS

Sergio DANSILIO

Primer Premio Categoría Ensayo SMU, Revista Noticias 2004,  texto cedido por el autor para su publicación electrónica

LA PELÍCULA

Sobre Blade Runner (desde ahora: BR) se ha escrito mucho y desde vetas plurales1, aunque el film permanezca quizá sumergido entre otras obras cuyos directores forman parte de la iconografía académica del cine de fantaciencia; como Kubrick, puliendo el hastío con la nietzcheana 2001 hasta el punto de constituir un sacrilegio intelectual decir que es profundamente aburrida. Pero a pesar del thriller previo (Alien), tan gratuito como el propio espectáculo de la pantalla, Ridley Scott supo arreglárselas para armar una historia de entretenimiento, despliegue visual, narración dinámica con golpes y disparos y suspense y al mismo tiempo sugerir, abandonar preguntas, tocar hilos que nos comprometen y algo que no puede desecharse: todo eso, sin aburrirnos2. En este caso, sin el propósito de indagar dentro de dimensiones puramente artísticas o técnicas –sobre de cuyo campo seríamos inmigrantes ilegales- nos detendremos en dos aspectos relacionados del film, la naturaleza de los seres que lo protagonizan (tanto el grupo de los replicantes como de los blade-runners, o humanos Ä) así como el recurso a una técnica ancestral para diferenciarlos: la exploración directa y artesanal, cuyo contraste es sorprendente en un mundo del futuro donde la tecnología y particularmente la biotecnología han alcanzado logros inauditos. Por lo demás, quizás sin quererlo, el argumento pone en juego un concepto relativamente nuevo en neuropsicología humana y animal, el de la “teoría de la mente”, facultad vinculada al gran desarrollo de la corteza frontal en los seres humanos y que permitiría –sostenemos– desarrollar una acabada capacidad de “empatía”. En realidad el film echa a rodar toda una serie de problemas y sugerencias inquietantes acerca del estatuto posibles de nuevos seres (artificiales, biológicos, biónticos), del decurso actual y futuro de nuestras metodologías del conocimiento empírico humano, así como de las más recientes teorías acerca de la frontalización (registro neurobiológico) dentro del desarrollo filogenético humano.

 LA EXPLOSIÓN COMBINATORIA Y EL PROBLEMA DE LA CIRCUNSCRIPCIÓN

La prueba VOIGHT-KAMPFF, empleada por los blade-runners como herramienta de pesquisa, indaga acerca de la facultad de establecer una teoría de la mente, es decir, considerar al otro, un sujeto de pensamientos y deseos y luego estimar las consecuencias sobre el mismo de lo que el primero hace o dice, así como predecir las respuestas del interlocutor. Los replicantes carecerían de esa facultad y ello constituye una de sus debilidades, quizá la única distinguible en la dimensión cognitiva. Pueden realizar cálculos acerca de los comportamientos, respuestas o significados que producen los seres humanos. Pero fallan ante la irracionalidad, lo que no puede calcularse, lo que no es computable. Simulan memorias prestadas para tratar de parecer humanos, sin embargo, a pesar de la formidable inteligencia que poseen, esa simulación es torpe y se autodelata fácilmente (engañar no es una de sus posibilidades más desarrolladas). Aunque se les plantee un problema no logran estimar los propósitos de quien pregunta: cuando se interroga a León, un replicante, devuelve las cuestiones que le formulan con interrogantes humanamente tontas como ¿Porqué me pregunta eso? Peor aún. Si se le plantea una situación de “como si...” dentro de un desierto, necesita saber, para poder desarrollar sus cálculos, qué desierto (no es lo mismo el Sahara, algún desierto de Sonora o de Arizona). Para un ser humano tal información de contexto puede ser desechada como no directamente relevante para el problema planteado, pero el replicante requiere manejar toda o la mayor información posible, las premisas de las cuales se parte, y las variables que de alguna forma incidirían en el escenario cerrado del cálculo. No logra resolver lo que McCarthy definió como el problema de la circunscripción en la inteligencia artificial3. Los humanos no pueden manejar el número de premisas adecuado a todo cálculo deductivo porque se vería enfrentado al escollo insalvable de la explosión informativa: las fórmulas se multiplicarían en tal cantidad que alcanzarían una magnitud imposible de concebir. No así las máquinas.

EMOCIONES

Ya es un lugar común que el plano de lo afectivo, de las emociones, del estado de ánimo, hacen la diferencia entre las inteligencias protoplásmicas y las inteligencias artificiales (hasta ahora). Así parece documentarlo la trasnoche neuropsicofilosoficoide de Damasio4. La manera más eficaz de efectuar decisiones en tiempo y forma adecuándose al contexto -parece ser la propuesta de Damasio en ese ensayo- es producto de la combinación-contaminación-modulación entre el clásico razonamiento formal à-la-Descartes y las emociones más informes y elementales. Ahora, más allá de lo muy trillado no puede descartarse que la capacidad de estipular estos componentes en una teoría de la mente y lograr saltar las reglas rigurosas del cálculo lógico (deductivo e incluso inductivo–estadístico) son facultades muy caras al ser humano y tardías en el desarrollo filogenético5. “Hacia abajo” los primates no humanos parecen no tenerla acabadamente adquirida, y no alcanzarían a poseerla los autistas6. En BR los replicantes, “hacia arriba” en la escala intelectual, tampoco. Pero llamativamente (y ahí está uno de los giros interesantes), los diseñadores establecen una vida corta (sí, le llaman vida) para que esos seres no lleguen a adquirir tales facultades. Al mismo tiempo se desplazan más allá de la cúspide del desarrollo cognitivo, y su posesión dejaría en serio riesgo a los propios humanos. A los creadores. Es la cadena y las aves rapaces que se le asignaron a Prometeo.

En ese mundo del futuro vuelven técnicas ya casi olvidadas para identificar a estos seres producto de la más acabada biotecnología. Se registran respuestas difusas, poco específicas pero muy directamente vinculadas a lo emocional tales como los movimientos de las pupilas. La prueba de VOIGHT-KAMPFF, a pesar del alucinante nivel tecnológico, recurre a una técnica primitiva (la anamnesis, la exploración directa del comportamiento del indagado o el mero interrogatorio) y el registro de respuestas vegetativas. Trabajos recientes sobre la función de los lóbulos frontales en el ser humano han recurrido a desempolvar los vetustos galvanómetros7. La articulación de los llamados marcadores somáticos con el resto del aparato cognoscitivo y el sistema que produce respuestas, residiría en esas zonas cuyas actividades que indicarían la diferencia entre los seres humanos y el resto de las especies: los lóbulos frontales8. Después del desarrollo de las facultades cognoscitivas más complejas (o que se hacen cargo y tratan la complejidad del mundo como tal), estableciendo una diferencia más o menos radical con el resto de las especies vivas, los seres humanos retornan -pero ahora como brecha, como hendidura, como abismo que al mismo tiempo separa y une- a lo no-racional para establecer esa diferencia sustantiva. El marcador somático y la necesidad de volver al galvanómetro, las técnicas adicionales de la prueba VOIGHT-KAMPFF apoyando algo a primeras vistas anacrónico: termina todo en la mera entrevista verbal, narrativa, dialógica.

Edwards lleva la reflexión más lejos. La prueba de VOIGHT-KAMPFF se instaura en un mundo ubicado luego del contexto informático primordial (Edwards, 1996)9 

“El test de Voight-Kampff es una clase de test de Turing para un mundo post-Turing, donde las personas dejan de definirse a sí mismas como animales racionales aristotélicos –tal cual Sherry Turkle ha señalado acerca de las culturas computacionales contemporáneas- y se han vuelto, en cambio, máquinas emocionales.” (página 343)

 

Efectivamente, el test de Turing planteó en la década de los 40 la posibilidad de que las máquinas “pensaran”. Se trata de un “juego de imitación” donde, si una construcción cerrada que contesta mediante algoritmos asemánticos de manera adecuada ante preguntas formuladas en chino, y proporcionadas por un examinador, puede establecerse que la máquina-salón-caja cumple los criterios para atribuirle pensamiento10. En última instancia la cuestión cuya historia intelectual comienza en esta prueba, es proponer que el estatuto de las entidades inteligentes radica en lo que hacen y no en lo que son, inaugurando una nueva concepción de esa serie de constructos posteriores que se considerarán propiamente inteligentes (protoplasmáticos, artificiales o simultáneamente protoplásmicos-y-artificiales) pero también capacitados con esas facultades que en el inglés representan palabras como “clever” y “smart”, de dificultosa traducción. Edwards subraya que el BR lleva el test de Turing un paso más, mediante la indagación acerca de cómo las emociones están ligadas al pensamiento, la memoria y a la corporalización – detrás de el test por si el examinado califica como humano. Pensemos que las inteligencias del tipo HAL o Colossus (de la novela de D. F Jones, Colossus, 1996) –para continuar con las ficciones- constituyen una especie genérica y ontológicamente diferente que carece de una corporalidad, adquiriendo además el don del panopticismo. En la situación decisiva, entonces, si los replicantes experimentan temor, dolor y amor ¿Qué los hace diferentes de los esclavos foucaltianos? ¿De los esclavos en general? Parece, sugiere Edwards, que el problema ahora expuesto, es ético. En este último movimiento queda poco más que la clínica como instrumento eficaz, y gana la partida.

FUTURO CON PROBLEMAS SIN RESOLVER

Alguien podría suponer, fácilmente, que la tecnología permita en el futuro próximo el diseño y producción de instrumentos que permitieran una más exhaustiva descripción de los procesos que ocurren en el cerebro-mente mientras se piensa, se habla, se siente. Pueblan el espacio artefactual combinaciones de ingeniería que conjugan la información estructural cerebral de forma cada vez más detallada, con los sucesos que ocurren on-line, supuestamente correlacionados con el acontecer psíquico. Nada haría dudar entonces que en el futuro la sofisticación alcanzara grados en que la distinción entre replicantes y seres humanos fuera posible de otra manera más expeditiva y hasta cuantificable (por ejemplo, mediante algún recurso tecnocientífico). En vez del anacrónico método de la entrevista y el registro de respuestas neurovegetativas existiría algún aparato desde cuya pantalla se leyera inequívoca y diligentemente la diferencia entre unos y otros seres. No es así. Quizás dependa del propio universo que Dick-Scott sueñan en la construcción del film: el regreso de lo antiguo, la heterogeneidad del escenario y la arquitectura tanto como la vestimenta, donde coexisten componentes ancestrales (incluyendo pirámides aztecas) con estéticas proyectivas, esté en la idea de esta vuelta al sistema de la anamnesis y el galvanómetro para estudiar los comportamientos de los seres inteligentes. No puede saberse, pero el hecho está ahí. Alguno podría preguntarse hasta si un mero raspado de células de la piel o de alguna mucosa no permitiría, luego del análisis genético –evidentemente posible-, realizar la distinción. Tampoco es así.

Primera respuesta: los replicantes están vivos. No están hechos de microchips o de cerebros positrónicos a lo Bradbury, ni siquiera son androides electrónicos como en la novela original de P. Dick. Pero entonces el límite entre la artificialidad y la naturalidad empieza a difuminarse. Tanto en el caso del ser humano como en los nuevos seres la inteligencia es protoplásmica. La duda igual queda, porque se escucha el mote “portapieles” que trasunta una cierta imagen de que lo “de adentro” es falsamente biológico. No obstante, sería biológico en su propia naturaleza, y otra vez, la frontera entre lo biológico, lo biótico o lo artificial es inestable cuando no imposible de determinar. Salvo la manera en que se gestan: en un caso, producto de los efectos de la evolución ciega de centenares de millones de años, y en el otro de la acción del hombre ¿Es eso lo que marca la diferencia, el modo de creación? Nos veríamos en más aprietos para establecer que efectivamente hay una diferencia metafísica. No parece que la hubiera en lo ontológico. La diferencia se torna más tortuosa, inestable y hasta inquietante cuando al final de la película Deckard (presuntamente humano) y Rachael (replicante) se van como pareja. ¿Tendrán descendencia? ¿Tendrán descendencia fértil? ¿A qué categoría corresponderían sus descendientes, si los tuvieren? Seres híbridos por excelencia, pero híbridos de una manera difícil de precisar ya que no son producto de la conjunción de un ser biológico y una máquina sino de dos seres biológicos.

Los replicantes serían réplicas. Su carácter de copia los haría pues diferentes desde el principio. Ahora: ¿Copias de qué? ¿Dónde están los originales? Esa, tal vez sin querer, es uno de los huecos que hacen al film profundamente interesante y movilizador. Otra vez Edwards realiza una serie de percepciones que agrupa dentro de lo que denomina del “teatro de la recombinación”, adoptando la metáfora informacional de la biotecnología11: lo preocupante y molesto es que las memorias y los sentimientos humanos son producto de reconstrucción, de elaboración posterior, donde confluyen elementos ajenos al propio individuo, al final de cuentas una verdadera recombinación dinámica e incierta de información. La memoria implantada al cerebro de Rachel, rasgo que se emplea como argumento para reclamar humanidad, también es producto del teatro de la recombinación, los BD y los diseñadores podrían conocerla. En una serie de movidas especulares, se empieza a dudar hasta qué punto la propia memoria humana no es también incierta, recombinante y de algún modo implantada. ¿Qué documenta al acontecimiento pasado, la frágil y liviana imaginería mnésica, el mediador fotográfico expuesto a las vicisitudes de la trampa o algún patrón de actividad cerebral aún por definirse? ¿Dónde se encuentra el borde crucial que permita asegurar hasta qué punto los recuerdos son recuerdos del sujeto, están vinculados a la identidad o son meras fabulaciones?

Segunda respuesta: más que copias son simulacros, al menos tan reales como sus presuntos originales, que están sustituidos radicalmente a tal punto que no aparecen. La copia que desplaza al original y cobra existencia-vida propia pasa a ser un simulacro a la manera de Baudrillard12. Por ese lado entenderíamos que ni el aparato más sofisticado sería capaz de captar la diferencia entre seres humanos y replicantes. También que ni el aparato más ultratecnológico conocido de imagenología encefálica (o los ensayos de combinaciones entre técnicas de aquellos) dirime el problema entre mente y cerebro. Los BR vuelven a las pruebas atávicas para estipular el caso, dada la imposibilidad de la tecnociencia de crear recursos adecuados al respecto. Solamente si se cuenta con los archivos de origen (la acreditación develada del ser-en-sí) puede finalmente y sin conflicto sellarse la naturaleza del individuo.

Tercero. En la película se sugiere que los replicantes son construcciones procedentes de pedazos. Sebastian se encarga de los cuerpos, otro se encarga de los ojos, Tyrell (genio máximo que vive en la cúspide de la pirámide) se encarga del cerebro, de la mente. De manera angustiosa, y como Frankestein, surgen de la conjunción de trozos diversos que luego (y antes) sufren la acción de la manipulación genética por los seres humanos. No solamente carecen de padres: también carecen de un original o ser inicial individuado al cual puedan remitirse. Hasta los pedazos sufren transformaciones. Pero Frankestein se armaba de pedazos muertos, y los replicantes de pedazos vivos. Salvo que las moléculas de DNA y las enzimas no se consideren sustancia viva. Otra vez: la frontera entre lo vivo y lo no vivo se desvanece, se vuelve insegura y problemática. El drama es que, la sustancia inerte puesta en contraposición o en conexión con la sustancia viva adopta la condición necrótica. Ya no es una mera cosa, es la muerte. Pero aún en el caso nuestro ¿Aquellos que cedieron sus moléculas de DNA con las cuales fuimos diseñados por la vía designada como natural, no han muerto también? ¿Acaso no procedemos también de lo que ya murió, ayer, o en los miles o millones de años de la evolución, y de un conjunto de organismos y trozos de organismos?

Los replicantes están más cerca de lo que pensamos. Otra vez se presenta la metáfora biotecnológica de la recombinación: no solamente de moléculas genéticas diversas, sino de múltiples individuos, seres, pedazos de organismos o de máquinas, prótesis y hasta relaciones o acciones. El estatuto de lo recombinante es llevado, en el universo de los ciborgs, hasta sus últimas consecuencias sin necesidad de interrupciones o descanso.

EL ESTATUTO INCIERTO DE LOS NUEVOS SERES

Algunos movimientos de los replicantes nos hacen dudar acerca de su naturaleza (más allá del propio diseño, del hardware o los visos de agilidad física o hiper-inteligenciaª). Mencionaremos dos:

¿Porqué Roy, referente y avanzada final de los replicantes, sobre el final de la película perdona y prolonga ese juego de gato-y-ratón con Deckard? Aunque no de muestras, cediéndole la vida, estaría brindándole una alternativa de subsistencia al último replicante (que primero se menciona por el policía y Deckard niega), Rachael. Quizás apostando al ensayo de perpetuarse mediante una nueva especie, híbrida, que inaugure inclusive el don de la paternidad-maternidad. Pero son sólo conjeturas, nada en el film lo dice así. Además Rachael es una verdadera marginada, llega a eliminar uno de su propia línea para salvar a Deckard, lo cual también podría terminar constituyendo una acción de sacrificio para la salvación mediante una tercer vía: ni replicantes ni humanos, la posibilidad de salida es híbrida. Siempre y cuando no se apueste al hecho delicadamente sugerido en el film y en la novela original de que el propio Deckard podría ser un replicante especialmente diseñado (el agente Chew parece conocerle los sueños).  

Rachael es marginal además porque resulta en gran parte como producto de un error. Efectivamente, llega a decirse que hubo una equivocación en algún implante cerebral a tal punto que Rachael ni siquiera sabía que era una replicante. Hasta juega a simular una memoria, memoria prestada que es fácilmente descubierta por el BR, y de la cual hemos hecho mención anteriormente. Huye de su ubicación dentro de la microestructura social humana una vez que advierte la persecución pero huye también para perseguir por seducción y ocultamiento al propio Deckard – hasta ganarlo. Es “un experimento” al fin, y su capacidad de desarrollar emociones podría ser diferente. Nadie habrá de perdurar, se vuelve a decir al final, pero aún puede apostarse a lo efímero como acto sublime y crítico. Antes de que el reloj deje de funcionar puede bastar para perpetuar la nueva línea. En este caso quiero reparar en la condición del error como factor de humanización.

Chew, con su mirada penumbrosa, vidriosa y brillante, parece por momentos él mismo un replicante. Es hábil, helado, y funciona como un androide al servicio del policía jefe. Pero algo lo trae abajo: cojea y utiliza un bastón, detalles accesorios. Ese rasgo señala la humanidad del personaje. Roy no solamente hace cálculos acerca de la racionalidad del otro, también hace cálculos acerca de la eticidad de las actitudes (“eso es indigno”, dice en un caso), poniendo a prueba al BR hasta en su sustancia moral (“veamos de qué estás hecho”). Igual, aún queda lejos de una verdadera teoría de la mente. Pero esa distancia –y ahí está el riesgo, el temor- no es insalvable. Aparte de perdonar a Deckard el replicante superior, <<el mejor>>, da muestras de un nuevo gesto: ama a Zhora, la besa y hasta profiere un aullido de tristeza cuando comprueba la muerte ¿No estará accediendo ya a lo que los humanos evitaban otorgarle cuando le acortaron el tiempo de vida? El aullido rápidamente se trastoca en un ruido de engaño para atraer la presa, y los espectadores dudamos más. Sin embargo, el rasgo afectivo ya quedó manifiesto.

Los replicantes son por lo menos seres transgénicos. Tyrell menciona cómo algunas modificaciones no pueden ser realizadas bajo amenaza de generar consecuencias catastróficas dentro del proceso evolutivo. De todas maneras queda abierta la distinción entre seres humanos, alteraciones genéticas (como consecuencia de la radiación, de tóxicos químicos, de mutaciones espontáneas, hasta de manipulaciones para evitar enfermedades), y en qué momento la identidad del sujeto cambia ¿Tal vez cuando se altera uno, dos o más ácidos nucleicos? Recién hoy los seres transgénicos representan una variedad ajena. Nada dice que, paulatinamente, las identidades se borren y la transgenicidad invada progresivamente a los propios seres humanos. Ridley Scott insistió en evitar el término <<androide>> para despejar confusiones y preconceptos creando la propia palabra de “replicante”13:

“Un replicante es, básicamente, un ser humano completo, un cultivo de pura carne, muy avanzado y altamente perfeccionado. Y ésa es justamente la singular dicotomía de todo el relato.” (página 136)

La diferencia subsistente radica en el encuentro de lo autogenerado, lo espontáneo, y lo artificial: allí donde surgen los seres ciborg como diría Haraway14. El ciborg es tal por naturaleza y por la función que cumple, interfase utilitaria, producto híbrido de ciencias también híbridas que buscan seres para cumplir tareas predeterminadas y tender a recuperar la esclavitud perdida15. Quizás sean proto-ciborgs. Aunque podría rastrearse la génesis de la ciborgización guiándonos por el trayecto de la artificialidad. Primero lo mecánico, luego lo electrónico, sigue –en la fase computacional- el microchip, después la asociación protésica microchip-protoplasma hasta concluir –con la manipulación genética, los seres transgénicos y la clonación- en individuos propiamente biológicos, productos de la biotecnología (¿O deberían llamarse biontes?). El híbrido representa la negación de la máquina original para trocarse otra vez en lo que es totalmente vivo. Y hasta quizás pueda dar descendencia fértil inclusive cruzándose con especies humanas desde el inicio (aunque ya el mismo concepto biológico de humano estaría demasiado inestable entonces) Parece una re-escritura hegeliana.

Por otra parte el replicante provoca, tomando a Zizek, el horror kierkegardiano donde la naúsea o el vértigo ante la muerte es fundamentalmente una paradoja16. El sujeto sabe que la muerte no es el final, que tiene un alma inmortal, pero se halla incapaz de afrontar este hecho. Esos ciborgs transgénicos cargan con lo más ominoso de la tecnología genética, denunciando la objetividad de lo que somos (una fórmula química expuesta, maleable y vulnerable), pero también  inmortal, indestructible e interminablemente reproducible. El reloj impuesto de los cuatro años de existencia representa un gesto inútil de los seres humanos para evitar la inmortalidad efectiva de aquel género de seres (aunque la superficie, también válida, dice que en cuatro años adquirirían condiciones humanas preciosas – seguramente la empatía entre ellas). Zizek sostiene que la pulsión, como sustento de la perversión, conlleva la condena al goce, la imposibilidad de liberarse de aquel. La clonación (los replicantes pueden asimilarse a clones sofisticados y ajustados), marca el final de la sexualidad y nuestro estatuto como seres finitos. Perversión y combate contra ella es la solicitud aparentemente sádica de Deckard cuando le pide a Rachael que profiera palabras de deseo propio rebotado contra el espejo. Parece forzarla y parece necesitar ese decir. Confrontado ante lo real de su horror hecho carne intenta implantar lo faltante, la capacidad de empatía. Esa ambigüedad de Rachael, apenas indicada en la mención a un posible error en algún implante cerebral y en el <<no saber que es algo otro>>, marginada entre los humanos y la banda transgresora de los replicantes, permite a Deckard hacer el juego perverso.  

Citando al propio Zizek17:

“Podemos ahora puntualizar la oposición entre el sujeto del deseo y el sujeto de la pulsión: mientras que el sujeto del deseo se basa en la falta constitutiva (existe en cuanto está en busca del objeto-causa faltante), el sujeto de la pulsión tiene su fundamento en un excedente constitutivo: en la presencia excesiva de alguna Cosa intrínsecamente ``imposible´´ y que no debe estar allí, en nuestra realidad presente: la Cosa que, por supuesto, es en última instancia el sujeto mismo.” (página 329)

La emergencia de la empatía solamente puede pensarse si sobre el Otro se desvela otro-sujeto.

El estatuto de los replicantes puede comprenderse también desde la óptica de Foucalt18. Al inicio de la época clásica se pedía para los delincuentes la adjudicación obligada de aquellos trabajos ya no meramente duros sino riesgosos o directamente nocivos y mortales (minería, exposición al mercurio, cercanía a explosiones). La justicia examinadora tipificaba a los delincuentes como “fuera de la ley”, y los replicantes ahora son sancionados de manera estructuralmente similar aunque más grave: como “fuera de la humanidad”. Condenados al destino que se pedía para los criminales en el siglo XVIII. Se regresa a lo que Foucalt ha llamado el modelo inquisitorial, ejecutándolos desde el momento en que se les fija de antemano una vida de cuatro años. Todavía más, si son ejecutables en tanto puede eliminárselos sin más (ni siquiera acceden a un juicio), debe eliminárselos si se rebelan o se proponen como sujetos de algún derecho. Por último, en todos los casos, delincuentes de la época clásica y replicantes están hechos del mismo protoplasma, no hay una frontera biológica inequívoca que los separe. No una frontera biológica en lo que ha sido la biología como ciencia.

¿Cómo distinguir a un replicante? Ese ha sido nuestro tema. La prueba de VOIGHT-KAMPFF es decisiva. Es, se dice en el film, una prueba de empatía. Desde el inicio subrayábamos la sorpresa de que, en un mundo futuro donde la tecnología (y la biotecnología en particular) alcanza niveles de desarrollo impresionantes, debe recurrirse a una técnica anacrónica: la entrevista, la exploración de respuestas neurovegetativas. Sucede igual que en la coexistencia de tiempos dispares en la arquitectura, los decorados y las indumentarias. Actividad vestigial sin fosilización de los técnicos, o resurrección del fósil. Haraway, contra la denuncia de Foucalt, ha sugerido que ya estamos en el momento de escribir la <<Muerte de la Clínica>>20. Los métodos clínicos requieren cuerpos y trabajo, pero la cultura actual cuenta solamente con textos y superficies. Si la clínica de Foucalt operaba para dominar, nuestra modalidad de dominio tardocapitalista no parece funcionar mediante la normalización, sino que obra por la disposición de redes (“networking”), de la comunicación, el re-diseño y la gestión (“management”). La normalización cede su lugar a la automatización. El vuelco interesante de Ridley Scott es que los nuevos ciborgs recuperan el cuerpo y se rebelan contra la automatización. Parece no importarles o no alcanzarles su fenomenal manejo y gestión de la información, sino que quieren detenerse a salvar el cuerpo. El cuerpo biológico-biótico que oscila entre la muerte, los deseos, las emociones y lo irracional. De ahí que la clínica cobre nueva vigencia y sufra una resurrección. Los BR vuelven a emplearla con sus fines policíacos ante el atolladero que imponen esos ciborgs transgresores.

LA EMPATÍA EN RESQUICIO DE LAS MÁQUINAS

La empatía es el concepto eje. Lo que correspondería a la Einfühlung de los alemanes, la empathy de los anglosajones, resulta de la relación reflexiva y afectiva entre el que indaga y el indagado, dos sujetos. Facultad que empuña el BR y de lo que parece carecer el replicante. Según ya fue mencionado, antes que una capacidad asimilable al concepto de empatía, la inteligencia prodigiosa del replicante (pero excesivamente cartesiana, diría Damasio), sólo efectúa cálculos formales aproximados acerca de los estados mentales del examinador y doblemente peor: demuestra una pobre destreza para estimar la facultad del ser humano para formular hipótesis sobre sus propios estados. Pero el BR, emplea cualquier recurso (interrogar, examinar, trucos del lenguaje, ver el gesto disimulado o el no-gesto) puesto que no aborda a una probable patología (en principio), sino a un peligro. A un enemigo. No será motivo en este caso de discutir las vicisitudes entre patología/peligro. En cualquiera de los casos permite comprender los recursos sanos y mórbidos de la empatía, que se dibujan en la interacción entre los BR y los replicantes. También facilita la comprensión de que, por su cualidad arcaica, previa al lenguaje y reflexiva, permita establecer rasgos de diferencias entre las inteligencias humanas y las replicantes, que en algunas ocasiones simulan manejarse a la misma manera que en los tics. O los BR, que buscan el artilugio del juego forzado para hacer moverse pasivamente al objeto, particularmente en el interrogatorio. También es patético el pedido de Deckard hacia Rachael de que pronuncie palabras de deseo.

TEORÍA DE LA MENTE

En resumen, la empatía es la capacidad de ponerse en el lugar del otro, reflexiva, pero también compresiva y afectivamente. La empatía es de aparición tardía en la escala filogenética, sin pruebas de su existencia en los monos y con atisbos de la misma en los primates tales como el chimpancé y, por supuesto, marcando la diferencia sustantiva con la aparición del Homo Sapiens28. Es saberse individuos, reconocerse en un espejo, cobrar conocimiento de las propias capacidades y de los demás, imaginar qué haría y qué sabe el otro. Estaría íntimamente ligada al desarrollo del cortex prefrontal (que pasa a representar más de un tercio del neocortex total humano) y transcurriría por dos etapas: primero, la capacidad de atribuirle estados mentales al otro, luego, la facultad de estimar qué haría o pensaría el otro “si...”. Como explica Bradshaw constituye una competencia de naturaleza social, estableciendo el balance entre cooperación y competencia, reciprocidad y decepción, táctica, juego, veracidad o mentira y engaño. Ahí aparece la posibilidad de tender trampas deliberadamente, de practicar el “como si...” con un propósito determinado.

El concepto de la “teoría de la mente” puede rastrearse hasta los trabajos originales de Premack y Woodfruff en los chimpacés29. Luego comienza a transportarse la idea al caso del autismo por autores como Baron-Cohen, Leslie y Frith30, donde se plantea la hipótesis de que en niños con dicho síndrome no se accedería al desarrollo de esta facultad. Más tarde, en un trabajo de Bishop el trastorno se asocia cognitivamente a las funciones ejecutivas, íntimamente relacionadas con el neocortex prefrontal31. El origen reside en la capacidad de estimar que nuestras acciones tienen ciertos efectos sobre objetos del ambiente y otros seres, capacidad que sería conspicua hace aproximadamente dieciséis millones de años en un ancestro común al Homo sapiens y el orangután32. Para Bradshaw, esta capacidad estaría vinculada al uso del lenguaje, y quizás a la dimensión pragmática del mismo. De esa manera, el sujeto es capaz, como se ha dicho previamente, de atribuir estados mentales al otro, pero además estimar “qué haría si...” o “qué pensaría si...”, es decir, no solamente se reduce al entendimiento de lo que el otro está haciendo o tratando de hacer. Por estas razones es altamente significativo que, como decíamos al inicio, la prueba VOIGHT-KAMPFF indaga acerca de la teoría de la mente.

“Empatía” se diferencia de “simpatía”, y el fenómeno de señalar con el dedo hacia un objeto lejano, que no se observa ni en los chimpancés, estaría correlacionado con la presencia de esta facultad. El mindreading, agrega Bradshaw, no sería en último caso exclusivo de la especie humana, y emerge paulatinamente en el decurso de la evolución. Pero la teoría de la mente, emergida conjuntamente con el desarrollo de la parte medial de los lóbulos frontales, sería la quintaesencia de la condición humana33. Ahí estaría una de las diferencias con los replicantes. No basta con efectuar un cálculo más o menos lógico de los comportamientos del otro, no es suficiente establecer razones y argumentos formales, la teoría de la mente es simultáneamente la facultad de estimar con aciertos aproximativos y el error que nos caracteriza. También constituye el peligro que acecha ante una vida más prolongada que permita la adquisición por parte de esa nueva generación ciborg. Aprisionado en el movimiento perverso de su relación con Rachael, vale para Deckard citar nuevamente a Zizek34:

“Encontramos aquí el reverso necesario de la elevación espiritualista de la New Age: el final del apego apasionado al Otro, el surgimiento de un ego autosuficiente para el cual compañero-Otro no es ya un sujeto, sino el portador de un mensaje concerniente a ese ego." (página 413)  

Rachael no pasa la prueba de VOIGHT-KAMPFF, no parece haber desarrollado una cabal teoría de la mente. Pero logra, de alguna manera, seducir el narcisismo morboso del BD. Encerrados por defecto, es la falla lo que nos permite unirnos y discriminarnos. O en el caso de que el mismo Deckard sea un replicante, denuncia que la adquisición última buscada, es esa falla. La empatía necesita de esas brechas, de esos errores y lapsus, de esas dobleces e incertidumbres que van con la anomalía.

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REFERENCIAS



Ä En realidad “Blade-Runner” es el nombre del film, que versa sobre una novela de Philip K. Dick intitulada “Do Androids Dream of Electric Sheep?” y publicada en el año 1968. Los posteriormente caracterizados como replicantes (productos biotecnológicos de la ingeniería genética eran androides electrónicos). Si los androides de Dick sueñan con ovejas naturales o artificiales (a su modo), de por sí constituye una profunda pregunta que requiere ulteriores análisis.

ª El término “inteligencia” puede ser ya utilizado incorporando las más recientes caracterizaciones que se encuentran en los vocablos ingleses tales como “ultra-clever” o “ultra-smart”.



1 AA.VV. 1988. Blade Runner. TusQuets editores: Barcelona. 

2 Blade Runner. 1982. A Warner Bross Pictures release [The Ladd Co.], 6/82, 114 minutos. Warner/Columbia. 

3 McCarthy,  J. 1986. Circunscription – A form of nonmonotonic reasoning. Versión LaTeX2 (html) por N. Drakos, 1996 

4 Damasio AR. 1994. Descartes' Error: Emotion, Reason, and the Human Brain. Putnam, New York.   

5 Bradshaw JL. 1997. Human Evolution: A Neuropsychological Perspective. Psychology Press: Hove. 

6 Temple C. 1997. Developmental Cognitive Neuropsychology. Psychology Press: Hove. Ver, por ejemplo, las menciones en la página 305.  

7 Damasio AR & Anderson ST. 1993. The Frontal Lobes. En: KM Heilman & E Valenstein (Eds), Clinical Neuropsychology, páginas 409 – 460. Oxford University Press: New York. 

8 Damasio AD. The somatic marker hypothesis and the possible functions of the prefrontal cortex. En: AC Roberts, TW Robbins & L Weiskrantz, The Prefrontal Cortex, Executive and Cognitive Functions, páginas 36 – 49. Oxford University Press: Oxford. 

9 Edwards  P. 1996. The Closed World. MIT Press: Massachusetts. Traducción personal.

10 Turing, A. 1994. La maquinaria de computación y la inteligencia. En: M. Boden (Editora), La Filosofía de la Inteligencia Artificial, Fondo de Cultura Económica: México, páginas 53 – 81. Artículo original de 1950. Debe destacarse que Turing, en este trabajo afirma que “...deseamos excluir de las máquinas a los hombres que nacen de la manera acostumbrada.” (página 55), con lo cual sella la distinción hasta entonces radical entre la máquina y lo humano, lo artificial y lo protoplásmico. 

11 Cit. Ref. 9. Especialmente páginas 341 y 342 

12 Baudrillard J. 1993. De la seducción. Planeta-De Agostini: Barcelona (edición orignal de 1989). Se desarrolla aquí la idea del simulacro, de la metafísica de las apariencias. Pero además, y a propósito del tema que nos concierne: “En la visión biocibernética, es el menor elemento indiferenciado, cada célula, lo que se convierte en una prótesis embrionaria del cuerpo.” (página 160). Luego: “En consecuencia, la clonación es el estadio último del cuerpo, aquél en que reducido a su fórmula abstracta y genética, el individuo es entregado a la multiplicación en serie. [...] Es lo que le ocurre al cuerpo cuando sólo se concibe como stock de informaciones y de mensajes, como sustancia informática. Nada se opone a su reproductividad en serie en los mismos términos que utiliza Benjamin para los objetos industriales o las imágenes. Hay precesión del modelo genético a todos los cuerpos posibles.” (página 161), finalmente “...no hay más que una multiplicación de objetos sin original.” (página 170). Posteriormente el error o la perfección marcan la diferencia entre los simulacros (lo virtual, la copia sin original) y lo protoplásmico. En Baudrillard J. 1996. El crimen perfecto. Anagrama: Barcelona (edición original de 1995): Nosotros mismos, en tanto seres vivos y mortales, somos los modelos de la imperfección del crimen, soy huella de la imperfección ergo sum (página 53). El crimen perfecto habría consistido en inventar un mundo sin fallas y retirarse de él sin dejar huellas (página 62): que se instaure la ausencia más radical no solamente del original sino del autor de la copia. Ese acto no parece cumplido con los replicantes. 

13 Cit. Ref. 1. 

14 Haraway D. 1991. Simians, Cyborgs, and Women: The Reinvention of Nature. Routledge: Nueva York 

15 Pickering A. 1995. Cyborg History and the World War II Regime. Perspectives on Science 3: 1-48. En dicha obra el autor señala que el origen del término ciborg está ligado a la astronáutica y la conducción inteligente de naves por autómatas, citando el artículo de CF Clynes y NS Kline, “Cyborgs and Space” como original en el uso del término. Dicho artículo apareció en Astronautics (September), 1960, páginas 26-27 y 74-75. D. Haraway (Cit. Ref. 11) ha realizado un extenso desarrollo del concepto, a cuya obra es fundamental referirse.  

16 Zizek S. 2001. El espinoso sujeto: El centro ausente de la ontología política. Paidós: Buenos Aires. 

17 Cit. Ref. 16. 

18 Foucalt M. 2001. Vigilar y castigar. Siglo XXI: Mexico. Edición original (francés) 1975 

20 Cit. Ref. 14, página 245. 

28 Cit. Ref. 5 

29 Premack D & Woodruff G. 1978. Does the chimpanzee have a theory of mind? Behavoiral and Brain Sciences 1: 515 – 526. 

30 Baron-Cohen S, Leslie AM & Frith C .1985. Does the autistic child have a “theory of mind”? Cognition 21: 37 – 46. 

31 Bishop  DVM. 1993. Annotation: Autism, executive functions and theory of mind: A neuropsychological perspective. Journal of Child Psychology and Psychiatry 3: 279 – 293. 

32 Cit. Ref. 5. 

33 Cit. Ref. 5.

34 Cit. Ref. 16.

 
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Última Modificación: 17 de mayo de 2008